lunes, 23 de septiembre de 2019

160 AÑOS DEL FERROCARRIL DE TERRASSA A MANRESA (II)



Fachada principal de la estación del ferrocarril de Barcelona a Zaragoza en la ciudad condal, el gran proyecto de José Manuel Planas Comte. Fotografía de Jean Laurent. Fototeca del Ministerio de Cultura

JOSÉ MANUEL PLANAS COMPTE

Si hay una persona clave en la génesis del ferrocarril de Barcelona a Zaragoza, ésta no es otra que el notario barcelonés José Manuel Planas Compte, decidido impulsor del proyecto y presidente de la empresa que construyó esta notable vía férrea.

José Manuel Planas Compte era hijo de un médico militar que por circunstancias de la guerra contra los revolucionarios franceses se encontraba con su familia en Sant Feliu de Guixols, localidad gerundense en la que vino al mundo el 1 de noviembre de 1794. Aunque su padre quiso encaminar los estudios de su vástago hacia la medicina, desde joven comenzó a colaborar en el gabinete de un notario barcelonés, profesión por la que finalmente optó. Sin embargo, dada la situación política del momento, sus estudios se vieron interrumpidos en numerosas ocasiones. Con 17 años tomó parte destacada en la defensa de Tarragona frente a la invasión napoleónica y más tarde cayó prisionero de los franceses, que lo confinaron en el campo de prisioneros de Lisieux (Baja Normandía). En 1814 logró huir de su cautiverio y, tras unirse a las tropas aliadas, participó en 1815 en la toma de París que supuso el fin de Napoleón.

Tras regresar a Barcelona, el 22 de marzo de 1819 José Manuel Planas obtuvo finalmente el título de Notario público Real, Colegiado de número de Barcelona y Escribano de la Real Audiencia. Un año más tarde también fue nombrado Escribano de la Comandancia de Marina de la capital catalana.

De espíritu liberal y defensor de la constitución de 1812, José María Planas participó activamente en la vida política del trienio liberal de 1820 a 1823. Sin embargo, tras la intervención francesa y el retorno del absolutismo de Fernando VII, fue represaliado, desposeído de sus cargos y desterrado a Madrid y, aunque en 1826 fue restituido, en 1831 volvió a ser deportado, en esta ocasión a Vic.

Tras la muerte del rey tirano y el estallido de la Primera Guerra Carlista, José Manuel Planas Compte participó activamente en el conflicto bélico en el bando gubernamental y alcanzó el grado de comandante, destacándose en varias acciones bélicas que le hicieron acreedor de diversas condecoraciones. Posteriormente, una vez finalizada la guerra, regresó a su notaría, donde fue testigo privilegiado del rápido desarrollo económico e industrial que vivió Barcelona en aquellos años, con la constitución de numerosas empresas, incluidas las primeras dedicadas a un nuevo medio de transporte: el ferrocarril.

En 1846 José Manuel Planas fue elegido Diputado a Cortes y cuatro años más tarde, Diputado provincial. En aquella época, tras la inauguración del ferrocarril de Madrid a Aranjuez, se había emprendido su prolongación hacia Alacant, lo que hizo que pronto se propagara en Barcelona el temor a que el puerto levantino pudiera arrebatar a la ciudad condal buena parte de su pujante comercio marítimo. Para conjurar este peligro, José Manuel Planas comprendió que resultaba fundamental construir un ferrocarril que enlazase Barcelona con la capital de España y, en consecuencia, el 8 de mayo de 1852 propuso a la Diputación impulsar su construcción. Aunque su iniciativa obtuvo una gran acogida en los círculos políticos y empresariales, el gobierno central se opuso a otorgar la concesión a una institución pública.

Pese a este revés inicial, José Manuel Planas siguió centrado en su proyecto de ferrocarril a Madrid. Dado que, finalmente, la sección de Madrid a Zaragoza fue concedida al conde de Morny, vinculado a la futura Compañía de los ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante, su objetivo fue, desde entonces, buscar el enlace con la capital aragonesa, promoviendo para ello la formación de la empresa del ferrocarril de Barcelona a Zaragoza, sociedad que obtuvo la preceptiva concesión gubernamental el 30 de noviembre de 1852.

Desde su puesto de presidente de la Compañía del Ferro-Carril de Barcelona a Zaragoza, José Manuel Planas dirigió todo el proceso de construcción de esta línea, siendo sin duda su principal impulsor. Desde la constitución de la empresa se mantuvo en la presidencia hasta 1861, momento en que, tras la conclusión de las obras, optó por pasar a un segundo plano, manteniéndose hasta su muerte, el 2 de febrero de 1874, como vocal en el Consejo de Administración. 

 


martes, 17 de septiembre de 2019

160 AÑOS DEL FERROCARRIL DE TERRASSA A MANRESA (I)




Viaducto de Olesa en 1965. Fotografia de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras el éxito del primer ferrocarril peninsular, inaugurado en 1848 entre Barcelona y Mataró, nuevas iniciativas comenzaron a tejer una densa red ferroviaria que pronto superaría el ámbito catalán para extenderse a las regiones limítrofes. El primer paso en este proceso fue la apertura de la línea de Terrassa a Manresa, abierto al servicio hace ahora 160 años, cuya vocación no era otra que alcanzar, primero Lleida y, a continuación, Zaragoza, donde a su vez se podría proseguir hasta Madrid. Por ello, este proyecto, el de mayor envergadura de la época, fue declarado como «línea general de primer orden».

José Manuel Planas Compte, notario y diputado provincial fue uno de los más destacados impulsores del ferrocarril de Barcelona a Zaragoza, compañía financiada por capital catalán, sobre todo de los hermanos Girona y de otras empresas relacionadas con la Sociedad Catalana General del Crédito, la entidad financiera más importante de aquel tiempo. Contó también con la participación del capital francés de Marcuard et Cie de París, que aportó aproximadamente una cuarta parte de la inversión total.
Plano original del tramo de la estación de Olesa donde está ubicado el viaducto del Boixadell. Archivo del Museo del Ferrocarril de Catalunya

El 27 de noviembre de 1852 el gobierno otorgó la preceptiva concesión a la Compañía del Ferro-carril de Barcelona a Zaragoza, autorización que sería posteriormente refrendada el 6 de julio de 1855. La nueva empresa se constituyó con un capital social de 171 millones de reales que se dividieron en 90.000 acciones. Además, recibió por parte del Gobierno una subvención de 80 millones de reales por los 367 km de la línea.

En principio, el ferrocarril de Barcelona a Zaragoza tenía su punto de origen en la población de Montcada, dado que el tramo de Barcelona a esta localidad ya estaba concedido al Ferrocarril de Barcelona a Granollers. En consecuencia, para acceder a la ciudad condal sus trenes tenían que pagar un peaje. Esta situación se mantuvo hasta 1862, año en que la compañía Barcelona a Zaragoza pudo alargar la línea con los 11 kilómetros que faltaban hasta Barcelona, aunque la autorización de este tramo incluía la prohibición de instalar estaciones intermedias en ese tramo, con el fin de evitar la competencia con la citada línea de Granollers.
El ferrocarril llegó a Terrassa en 1856. Fotografía de Jordi Escude i Coll

Obtenida la concesión, los promotores del ferrocarril de Barcelona a Zaragoza emprendieron de inmediato las obras y el 15 de febrero de 1855 circulaban los primeros trenes entre Montcada y Sabadell. Un año más tarde, el 16 de marzo de 1856, la vía férrea alcanzaba la otra gran población del Vallés, Terrasa.
Tren de viajeros estacionado en San Vicenç de Castellet. Fotografia de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La construcción del tramo Terrassa a Manresa

La continuación de las obras desde Terrassa hacia Manresa presentaba, frente al tramo anterior, notables dificultades, debido a la abrupta orografía del terreno, convirtiéndolo, por la cantidad de obras de fábrica y de movimientos de tierras realizados, en la obra ferroviaria más compleja realizada hasta esa fecha en España. Los promotores de la empresa confiaron para la dirección de la obra en el ingeniero de caminos, canales y puentes, Pedro de Andrés i Puigdollers, quien con sus estudios técnicos previos demostró la viabilidad del proyecto.
Túnel de la Mina dels Morts, en el kilómetro 324,4 (Vacarisses), conocido con tan lúgubre nombre porque durante su construcción se hundió una parte, muriendo cinco trabajadores. Fotografia de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Dada la complejidad del proyecto, Pedro de Andrés i Puigdollers decidió repartir los 32,453 kilómetros que debían atravesar la sierra prelitoral catalana hasta Manresa en cuatro tramos, cada uno de ellos supervisado por un ingeniero ayudante y bajo sus órdenes directas. A pesar de que se preveía finalizar la obra en el año 1857, como marcaba la Ley de concesión, las obras no se pudieron concluir hasta dos años más tarde, en 1859. Respecto a la dificultad del trazado resulta esclarecedor señalar que si se sumaran todas las obras que se hicieron para construir  los 32 kilómetros del trayecto, se alcanzaría una  mediade una obra por cada 349 metros de vía.
Reserva de locomotoras de la estación de San Vicenç de Castellet. Fotografia de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El primer tramo, con 9.400 metros, enlazaba Terrassa con la Masía de Can Marcetó, situada justo al lado de donde se construiría el gran viaducto de Olesa o del Boixadell,  el símbolo más impresionante de esta magna obra ferroviaria. El viaducto llegó a ser en su día el más grande de España, con 291,8 metros de largo y 18 arcos de medio punto de 11,6 metros de luz. El coste fue proporcional a su envergadura y su presupuesto ascendió a 2.172.266,42 reales. El ayudante de este tramo fue el ingeniero Lluís Massés.
Locomotora de la serie 400 de Norte fotografiada en la estación de San Vicenç de Castellet. Fotografia de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El segundo tramo, unía la Masía de Can Marcetó con la riera de Sanana y tenía 6,700 metros de longitud. Se realizó bajo la supervisión del ingeniero Vicenç Arroyo y transcurría en su práctica totalidad a través del término municipal del pequeño pueblo de Vacarisses. En él se acumularon la mayor parte de las obras más importantes como los viaductos del Mimó o Sanana,  el túnel de la Mina Llarga de Torrella, con más de 608 metros de longitud, y tres túneles más de unos 150 metros cada uno. Los viaductos se construyeron con la previsión de la futura instalación de la doble vía, pero los túneles se tuvieron que ampliar cuando se realizó esta importante mejora, completada en 1918, ya en tiempos de la Compañía del Norte.
Noticia de la llegada a Manresa del ferrocarril en el periódico semanal La Antorcha Manresana. Archivo de Eduard Martínez Hernández

El tercer tramo de la línea recorría los términos de Castellbell i el Vilar i SantVicenç de Castellet, con 9.200 metros de longitud. En este caso, las obras fueron supervisadas por el ayudante Gustau de Gispert. En el término de Castellbell i el Vilar, igual que en el de Vacarisses tuvieron que ejecutar grandes obras debido a la orografía del terreno, teniendo también que realizar movimientos de tierras de gran envergadura. Entre ellas cabe destacar un puente de madera que se construyó en el lugar conocido como el Clot de la Noguera, y que sirvió para poder aplanar el terreno destinado a la construcción de la estación de Monistrol de Monserrat, que fue llamada así pese a estar en Castellbell i el Vilar como reclamo por la cercanía de la mítica montaña de Montserrat y su famoso santuario. Otras obras importantes fueron los túneles de la Bauma con 134 metros, el de las Tallades con 137 metros y el más largo: el túnel del Grauet con 200 metros de longitud, además de los puentes hechos de piedra y de obra de la riera de Rellinars y la  de Vallhonesta.

Finalmente, el cuarto tramo de las obras llegaba hasta Manresa, tenía 7000 metros de longitud y la supervisión corrió, en este caso, a cargo del ayudante Josep Muntinyó. En este trayecto se tuvieron que construir tres puentes de hierro para salvar los ríos Llobregat y Cardener así como la riera de Rajadell.

Dadas las grandes dificultades que presentaba la construcción de la sección de Terrassa a Manresa, fue necesaria mucha mano de obra. En 1856 la compañía  ya tenía contratados 3.000 trabajadores, repartidos en equipos de trabajo formados por ingenieros, maestros de obra, paletas, picapedreros, capataces y multitud de obreros. La necesidad de mano de obra fue tan grande que el gobierno de la época cedió un buen número de presidiarios, vigilados por soldados, que cumplían condena por diversos delitos. Naturalmente, el gran movimiento de trabajadores dedicados a la construcción del ferrocarril comportó a nivel social muchos cambios en la tranquila vida a la que estaban acostumbradas las gentes de los pueblos por donde transcurría el trazado. Las masías y los pueblos acogían a los directivos e ingenieros de la compañía, pero eran insuficientes para la gran cantidad de obreros, muchos de ellos acompañados de sus familias. Algunos se instalaron en barracas de piedra seca existentes en las inmediaciones, pero la mayoría se alojó en los campamentos que la compañía habilitó junto al trazado de la línea.
Aunque Norte electrificó todo el tramo de Barcelona a Manresa, el relevo de la tracción eléctrica por la de vapor se realizaba en San Vicenç de Castellet, al contar esta estación con una reserva de locomotoras. Fotografia de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La inauguración

El trazado entre Terrassa y Manresa  contó en sus inicios con las siguientes estaciones intermedias: Olesa, Monistrol de Montserrat y SantVicenç de Castellet.

El 3 de julio de 1859 llegaba a las 10 de la mañana a Manresa el primer tren, que había salido de Barcelona unos 80 minutos antes. La prensa local explicaba que dentro de ese tren viajaban miembros de la Junta de la Compañía del Ferrocarril Barcelona-Zaragoza. El Jefe de división del Ferrocarril Carlos de Aguado, el Director del trazado, el ingeniero Pedro de Andrés, el arquitecto de la compañía José Oriol más los hermanos Girona y otras personalidades. Se celebró una misa y el ayuntamiento de Manresa ofreció un magnifico banquete, donde no faltaron brindis y grandes discursos.
En 1861 se concluyó la construcción del ferrocarril de Barcelona a Zaragoza. Viaducto de Sariñena. Fotografía de Jean Laurent. Fototeca del Ministerio de Cultura

Concluidas las obras entre Terrassa y Manresa, los trabajos prosiguieron a buen ritmo hacia Lleida, tramo inaugurado el 30 de mayo de 1860, y se completaron el 26 de septiembre de 1861 con la culminación del trazado hasta Zaragoza. El 25 de mayo de 1863 también se completó la vía férrea entre la capital aragonesa y Madrid, pero durante varios años más los viajeros que desearan cubrir el trayecto completo entre la capital de España y Barcelona se vieron obligados a realizar trasbordo en Zaragoza, ya que el enlace entre ambos ferrocarriles, incluida la construcción sobre las aguas del Ebro del puente de la Almozara, no se finalizó hasta el 1 de octubre de 1871.


Eduard Martínez Hernández
Juanjo Olaizola Elordi

domingo, 1 de septiembre de 2019

PRIMER CENTENARIO DEL FERROCARRIL DE PONFERRADA A VILLABLINO (IIII)


Plano de la patente de los vagones tolva con descarga automática patentados por Mariano de Corral. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Las tolvas de Mariano de Corral

Los promotores del ferrocarril de Ponferrada a Villablino encomendaron la construcción de todos los vagones precisos para el transporte de mercancías al constructor bilbaíno Mariano de Corral, directo antecesor de la actual Amurrio Ferrocarril y Equipos, firma especializada en la producción de aparatos de vía. Entre los vehículos suministrados destacaban las tolvas para el transporte de carbón, principal objetivo de la nueva vía férrea, que contaban con un sistema de descarga automática patentado por el propio fabricante con el  número 39.890 el 10 de enero de 1907.

El sistema consistía en dos compuertas colocadas en el bastidor del vagón que podían abrirse al ser accionadas por un disparador situado en la instalación de descarga, facilitando el vaciado del vagón y su posterior cierre automático. De este modo, un tren completo podía descargarse en cuestión de minutos y sin necesidad de personal, algo muy conveniente en un ferrocarril minero.
Fotografía de fábrica de los vagones tolva construidos por Mariano de Corral para el ferrocarril de Ponferrada a Villablino. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras obtener su patente, Mariano de Corral recibió el primer pedido de vagones tolva con el nuevo sistema de descarga y cierre automático; diez unidades con destino al ferrocarril de las Minas de Aznalcóllar al Guadalquivir, que fueron entregados en 1908. Sin embargo, y a pesar del buen funcionamiento de los vagones suministrados a la empresa andaluza, la difusión del nuevo modelo fue en sus primeros años muy limitada, ya que la mayoría de las empresas ferroviarias fueron reacias a sustituir los vagones destinados al transporte de minerales, muchos de ellos de reciente construcción, por el nuevo diseño. Finalmente, en 1918 se materializó el primer pedido de importancia: 60 unidades para el ferrocarril de Ponferrada a Villablino. Posteriormente, y debido a su buen resultado, la serie se amplió con otras ochenta unidades de un nuevo modelo que presentaba algunas modificaciones respecto al anterior, entre las que destacaba el incremento de su capacidad, al admitir una carga máxima de 15 toneladas, frente a las 10 de las anteriores. Este diseño también fue patentado mediante un nuevo privilegio de invención, el 69.495, con el que Mariano de Corral obtuvo una medalla de plata en la Exposición Nacional de Ingeniería celebrada en Madrid en el año 1919.

Los vagones tolva construidos por Mariano de Corral ofrecieron en el ferrocarril de Ponferrada a Villablino un magnífico resultado. De hecho, el único inconveniente que presentaron en su explotación era el de su descarga, pero no por fallos del sistema sino por las propias características del mineral transportado, ya que el carbón de las cuencas berzianas presentaba una clara tendencia al apelmazamiento, por lo que los operarios debían golpear las paredes de los vagones para ayudar a su vaciado, hecho que, por otra parte, demostraba la sólida construcción de estos vehículos.
Tolva construida por CAF en 1939 para el ferrocarril de Ponferrada a Villablino, dotada del sistema de descarga automática de Mariano de Corral. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Gracias a su buen resultado, la Sociedad Minero Siderúrgica de Ponferrada contrató más vagones tolva sistema “Corral”, construidos tanto en la factoría bilbaína, como, bajo la correspondiente licencia, por los astilleros Euskalduna de Bilbao y la CAF de Beasain.

jueves, 22 de agosto de 2019

PRIMER CENTENARIO DEL FERROCARRIL DE PONFERRADA A VILLABLINO (III)



JULIO LAZÚRTEGUI GONZÁLEZ

Julio Lazúrtegui González fue el principal propagandista y divulgador de las riquezas mineras del Bierzo y de la necesidad de construir ferrocarriles que pudieran ponerlas en valor sin depender de terceros. El centenario ferrocarril de Ponferrada a Villablino es directo reflejo de sus trabajos.

Nacido en Bilbao el 31 de enero de 1859, Julio Lazúrtegui cursó sus primeros estudios en la capital vizcaína. Posteriormente continuó su formación en Francia, Gran Bretaña y Alemania y aunque no llegó a obtener ningún título universitario, gracias a los amplios conocimientos que adquirió en minería y siderurgia se convirtió en un referente para el sector. Gracias a ello, en 1887 pasó a formar parte del Círculo Minero y dos años más tarde fundó la sociedad Rochet y Cía,con el propósito de explotar nuevos yacimientos de mineral en Bizkaia.

Lazúrtegui pronto tomó conciencia de la necesidad de buscar nuevos yacimientos que garantizasen la prosperidad que había alcanzado Bizkaia a finales del siglo XIX. Una vez en explotación los principales recursos de la región, orientó su interés hacia otros territorios hasta entonces inexplotados, sobre todo en el noroeste peninsular, como es el caso de las minas de A Pontenova, en el norte de Lugo y, sobre todo, en el Bierzo. Sus trabajos e inquietudes quedarían años más tarde plasmados en una obra a la que dio el significativo título de Una nueva Vizcaya a crear en el Bierzo. Altos hornos y acería en Ponferrada, publicada en Bilbao en 1918.

La intensa labor propagandística y divulgadora de Julio Lazúrtegui se tradujo en la publicación de más de cuarenta obras, entre las que destacan; Una excursión minero-metalúrgica a Escandinavia (Bilbao, 1898); Las minas de hierro en Vizcaya (Bilbao, 1900); El comercio Ibero-americano por el puerto de Bilbao (Bilbao, 1907); Ensayo sobre la cuestión de los minerales de hierro, ayer, hoy y mañana (Bilbao, 1910), La reunión del Instituto del hierro y del acero en Leeds (Bilbao, 1912); El desarrollo de la metalurgia nacional ante la conflagración europea (Bilbao, 1914); La hulla, el hierro y el ferrocarril ante la conflagración europea, con aplicaciones a España (Bilbao, 1916) o El problema ferroviario y el de la integral reconstrucción económica de España (Bilbao, 1920).

Julio Lazúrtegui fue presidente del Centro de la Unión Iberoamericana en Bizkaia, presidente del Círculo Minero, vicepresidente de la Cámara de Comercio y presidente de la Sociedad Coral de Bilbao. Además, en calidad de miembro del Instituto del Hierro y del Acero participó en diversas reuniones internacionales en Cardiff, Londres, Leeds, Glasgow, Estocolmo, Bruselas, Düsseldorf y otros granes centros siderúrgicos Europeos. Asimismo, promovió la organización de grandes exposiciones y de todo tipo de actos divulgativos. El gobierno sueco le nombró caballero de la Orden de Wassa en 1901. Falleció en Bilbao el 4 de agosto de 1943. En la actualidad, una de las principales plazas de Ponferrada honra su memoria.

viernes, 2 de agosto de 2019

TRENES DE PAPEL: 150 AÑOS DE EXPEDICIONES AMBULANTES Y COCHES CORREO EN ESPAÑA

 
Gracias al esfuerzo de la editorial de la revista Maquetren, los investigadores, estudiosos y aficionados del ferrocarril español tenemos a nuestra disposición una nueva obra que, sin duda, será todo un referente en la materia: TRENES DE PAPEL: 150 AÑOS DE EXPEDICIONES AMBULANTES Y COCHES CORREO EN ESPAÑA.
Furgón postal de Feve. Fotografía de Enric Vives
 
Fruto del trabajo investigador de tres empleados de Correos; Gaspar Martínez Lorente, Pedro Navarro Moreno y Javier Berbel Silva, equipo al que se ha unido el conocido investigador de temas ferroviarios Pedro Pintado Quintana, el nuevo volumen publicado por Maquetren nos ofrece una completa visión de la historia del transporte del correo por ferrocarril en España. El libro, estructurado en dos amplias secciones, presenta, en la primera de ellas, la historia y evolución de los vehículos utilizados en nuestro país en el transporte postal, tanto los pertenecientes a la Dirección General de Correos, como los que eran propiedad de las diferentes compañías de vía ancha y estrecha que prestaron este servicio. En la segunda parte el trabajo analiza la organización del transporte postal por ferrocarril.
Interior del departamento de Correos del coche TCE-4 de los Ferrocarriles Vascongados. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 
Los orígenes, tanto del correo como del ferrocarril se pierden en la noche de los tiempos. Sin embargo, hasta el desarrollo de la revolución industrial ambos sistemas de comunicación tenían una utilidad muy restringida: los servicios de postas solo estaban al alcance de las minorías más pudientes mientras que los primitivos trenes arrastrados por mulas únicamente se empleaban en pequeños trayectos con una elevada demanda, como podía ser el entorno de una mina o el enlace entre dos canales de navegación.
Alsasua, tren postal de Madrid a Hendaia. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi
 
La invención de la máquina de vapor fue trascendental para el desarrollo del ferrocarril como medio universal de transporte. El primer motor inventado por la humanidad tenía una gran limitación: el elevado peso, tanto de la caldera como de la ingente cantidad de combustible y de agua que necesitaba para su funcionamiento. De haber sido más ligero, probablemente se habría podido aplicar directamente al transporte por carretera, pero su gran tara exigió la utilización de un camino especial, capaz de soportarla: el camino de hierro.
Coche DDO de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado, en el que se aprecia el buzón para el servicio de correos. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 
A partir de 1830, gracias al perfeccionamiento de las primitivas locomotoras de vapor realizado por Georges y Robert Stephenson, el ferrocarril se convirtió en el primer medio de transporte terrestre impulsado por fuerza mecánica y ante sus innumerables ventajas frente a carretas y diligencias, pronto se tejió una densa red de comunicaciones que al finalizar el siglo XIX cubría con mayor o menor densidad prácticamente todo el planeta.
Recogida del correo en la estación de Zuasti (Navarra). Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi
 
Los diversos gobiernos europeos y sus servicios postales pronto comprendieron las ventajas que podía aportar al transporte del correo el rápido desarrollo de la red ferroviaria. El tiempo necesario para el envío de una carta se podía reducir de semanas a días o incluso a unas pocas horas y, además, tenía capacidad sobrada para trasladar no solo correspondencia, sino toda clase de paquetes y envíos postales. De este modo, no es de extrañar que a la hora de otorgar las oportunas concesiones a las empresas privadas interesadas en establecer una vía férrea, una de las exigencias habituales de los poderes públicos fuera el de ofrecer el transporte gratuito del correo, así como la reserva de al menos un hilo telegráfico para las necesidades gubernamentales. Así lo establecía, en nuestro propio país, la primera Ley para regular la construcción de ferrocarriles en España, la misma que cometió el grave error técnico de establecer un ancho diferente al predominante en el resto de Europa, que fue promulgada el 31 de diciembre de 1844. Mucho más acertado fue el artículo 29 del citado texto legal en el que se indicaba que «Las cartas y pliegos, así como sus conductores o agentes necesarios al servicio del correo, serán trasportados gratuitamente por los convoyes ordinarios de la compañía en toda la extensión de la línea».
30 de septiembre de 1982. Último servicio ambulante del trenet de València. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi
 
En consecuencia, gracias a la máquina de vapor, el transporte, tanto de personas como de información, se democratizó, dejó de ser algo al alcance únicamente de las élites, para estar a disposición de todos los ciudadanos. De la mano de la locomotora nuestra sociedad conoció la primera globalización. Gracias al tren, fue posible difundir noticias, ideas, conocimientos y, en definitiva, la cultura y, por supuesto, fue posible viajar de forma rápida, cómoda y barata a lugares hasta entonces remotos.
Matasello del último servicio ambulante del trenet de València. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 
Durante cerca de siglo y medio el tren fue el principal medio para el transporte del Correo. En todos los ferrocarriles de servicio público circulaba diariamente al menos un tren que, además de trasladar pasajeros en primera, segunda o tercera clase, también atendía las necesidades del servicio postal. Dada la trascendencia de éste, eran comúnmente conocidos como «trenes correo». A las estaciones acudían los carteros a recoger y entregar la correspondencia, mientras que complejas redes de distribución acercaban este servicio a las poblaciones del entorno, convirtiéndolo en universal. Muchos eran también los ciudadanos que, deseando la entrega más rápida posible de sus cartas, las depositaban en el buzón situado en el furgón postal, con lo que garantizaban su reparto a la mañana siguiente. 
Carga de paquetería postal en una unidad "suiza". Fotografía de Jordi Escudé i Coll
 
Correo y ferrocarril tejieron hasta 1993 una rica historia técnica y humana, hasta ahora poco conocida y apenas tratada en algunos artículos publicados en revistas especializadas, difíciles de consultar en la actualidad. Ahora, cuando se conmemora el 25 aniversario de la supresión de los últimos trenes postales y gracias a la labor investigadora de tres grandes profesionales de Correos y, a su vez, amigos del ferrocarril, junto con nuestro compañero Pedro Pintado,ve la luz este libro, en el que el lector podrá encontrar respuesta a cualquier cuestión relacionada con esta interesantísima faceta de nuestra historia ferroviaria: la evolución de los servicios, el parque de material móvil utilizado y, lo que es más importante, el testimonio de aquellos que trabajaron en ellos como Ambulantes.
Servicio postal en la estación de Terrassa. Fotografía de Jordi Escudé i Coll
 
Como cantaba Concha Piquer, «aquel Ambulante de Correos, aquel no volverá», pero nos queda el recuerdo, la historia y el legado de un servicio que, de la mano del tren, se convirtió en fundamental para el desarrollo económico, social y cultural de nuestro país. Para conocer todos sus detalles, os animamos a sumergiros en la lectura de este gran trabajo. ¡Seguro que el viaje resulta apasionante!

jueves, 25 de julio de 2019

PRIMER CENTENARIO DEL FERROCARRIL DE PONFERRADA A VILLABLINO (II)


En 1938 el ferrocarril de Ponferrada a Villablino reforzó su parque motor con dos locomotoras adquiridas de ocasión a los Ferrocarriles Vascongados. Fotografía de Xavier Santamaría

Carbón, pero también viajeros

No cabe duda que el objetivo principal del ferrocarril de Ponferrada a Villablino era el transporte de carbón. De hecho, a lo largo de su historia, abrió nuevos ramales y apartaderos para atender las minas del entorno, siendo los más destacados los que desde Villablino se dirigían, por una parte a Caboelles, de 8,5 kilómetros de longitud, y por otra a Villaseca, con otros 7 kilómetros de extensión. Sin embargo, desde sus inicios el ferrocarril también operó servicios de transporte de mercancías de todo tipo y de viajeros, con dos circulaciones diarias a lo largo de toda la línea.
La locomotora Nº 31 fue adquirida de ocasión al ferrocarril del Plazaola. Durante años fue la titular del tren correo que enlazaba a diario Ponferrada y Villablino. Fotografía de Xavier Santamaría

Durante la Segunda Guerra Mundial, se reprodujeron en España los problemas energéticos vividos durante la Primera, lo que supuso la reactivación de las explotaciones mineras del Bierzo y el aumento de la demanda de transporte en el ferrocarril de Ponferrada a Villablino. Para poder afrontar el incremento del tráfico, la Minero Siderúrgica de Ponferrada optó por adquirir locomotoras de vapor de ocasión al ferrocarril del Plazaola y a los Ferrocarriles Vascongados. Los resultados de éstas últimas fueron tan positivos que en los años cincuenta contrató con la valenciana Macosa la construcción de cuatro nuevas unidades prácticamente idénticas.
En 1950 el ferrocarril de Ponferrada a Villablino adquirió a Macosa dos locomotoras prácticamente idénticas a las compradas de ocasión a los Ferrocarriles Vascongados. Fotografía de Xavier Santamaría

El progresivo desarrollo de la electricidad también afectó positivamente al ferrocarril de Ponferrada a Villablino, ya que el gobierno decidió construir en Ponferrada una de las primeras grandes centrales térmicas del país, lo que implicó establecer un ramal para poder transportar hasta ella el combustible necesario. En la actualidad, sus instalaciones conforman la sede del Museo Nacional de la Energía.
En 1956 el ferrocarril de Ponferrada a Villablino adquirió otras dos locomotoras a Macosa para reforzar su parque motor. Fotografía de Xavier Santamaría

Años más tarde, la central de Compostilla II tomaría el relevo a la de Ponferrada, lo que exigió construir un ramal desde la estación de Cubillos de Sil. Mientras tanto, el desarrollo de otras fuentes de energía, sobre todo las derivadas del petróleo, fue restando importancia al trasbordo del carbón en Ponferrada a los vagones de Renfe para su distribución por toda España.

Gracias al fácil acceso al combustible, el ferrocarril de Ponferrada a Villablino siguió apostando durante años por la tracción vapor, hasta el punto en que su tren Correo se convirtió en el último de toda Europa Occidental arrastrado por esta clase de locomotoras, hasta su definitiva supresión el 10 de mayo de 1980. A partir de esta fecha, la explotación se centró exclusivamente en el transporte de carbón y, poco después, se introdujeron las primeras locomotoras diésel, cuya progresiva implantación y el paulatino declive del servicio, permitieron jubilar las últimas máquinas de vapor en 1989.
En 1980 dejó de circular el último tren de viajeros con tracción vapor de Europa Occidental: el correo de Ponferrada a Villablino. Fotografía de Martín Dieterich

A mediados de los años ochenta, la práctica totalidad del carbón transportado por el ferrocarril de Ponferrada a Villablino tenía como destino la central térmica de Compostilla II, por lo que el tramo final entre Cubillos de Sil y Ponferrrada solo era cubierto para poder trasladar el combustible a los lavaderos situados en esta última ciudad, para retornar nuevamente a Cubillos. Por ello, la construcción de un nuevo lavadero y de talleres para el material móvil en Villablino, trajo consigo la clausura de este trayecto a partir del 18 de julio de 1996. Además, gracias a diversas ayudas públicas, en estos años se renovó por completo la vía desde Villablino hasta Cubillos, se modernizaron sus instalaciones de seguridad y se adquirieron de ocasión tres locomotoras ALCo de la serie 313 de Renfe, convenientemente adaptadas al ancho de vía métrico.
A comienzos de los años ochenta se inició la dieselización de la tracción del ferrocarril de Ponferrada a Villablino. Fotografía de Martin Dieterich

Cuando en 1999 caducó la concesión original por 80 años, la Junta de Castilla y León, nueva titular de la línea, renovó el convenio con la Minero Siderúrgica de Ponferrada durante otros 50 años. Poco después, esta empresa fue adquirida por Coto Minero Cantábrico. Nuevas ayudas públicas permitieron sustituir las viejas tolvas suministradas por Mariano de Corral en 1919 por 140 nuevos vagones construidos por Renfe, así como la adquisición de otra locomotora ALCo. De este modo, con el ferrocarril renovado en su integridad, la línea siguió transportando carbón desde la Laciana hasta la central de Cubillos de forma eficiente.
En 1981 el ferrocarril de Ponferrada a Villablino contrató a Macosa cuatro locomotoras diésel. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

Lamentablemente, el progresivo abandono del carbón como fuente de generación de energía eléctrica y la crisis generalizada de este sector minero en España afectó directamente al ferrocarril de Ponferrada a Villablino que desde octubre de 2012 no registra el paso de trenes de mineral. Al mismo tiempo, Coto Minero del Cantábrico entró en proceso de administración concursal.
A finales de los años noventa el parque móvil del ferrocarril de Ponferrada a Villablino se renovó con locomotoras adquiridas de ocasión a Renfe y nuevos vagones tolva. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

En la actualidad, la situación del centenario ferrocarril de Ponferrada a Villablino es incierta. El administrador concursal ha vendido parte del material móvil, mientras que la Junta de Castilla y León ha recuperado la titularidad de la concesión. Existen proyectos para recuperar la línea como ferrocarril turístico, proyecto que sin duda puede alcanzar un notable éxito gracias al valor histórico de los vehículos que todavía se conservan, muchos de ellos preservados en el Museo del Ferrocarril de Ponferrada, y a la belleza de los paisajes que recorre la línea a través del valle del Sil.