martes, 28 de julio de 2026

ADIÓS A LA TRACCIÓN TRIFÁSICA (I)

El 25 de mayo de 1976, se puso punto final a las electrificaciones ferroviarias alimentadas en corriente alterna trifásica en líneas de servicio general en la estación piamontesa de Acqui Terme. Archivo Fondazione FS Italiane

El pasado mes de mayo la Fondazione FS Italiane conmemoró el final de una de las más apasionantes aventuras ferroviarias europeas: la electrificación en corriente alterna trifásica en los ferrocarriles de servicio general. Aunque esta tecnología, cuyo origen se remonta a 1896, aún se mantiene viva en pequeños ferrocarriles de montaña, el país trasalpino fue el único que la utilizó de forma masiva en líneas convencionales, hasta sumar más de 1.800 kilómetros electrificados bajo sus singulares catenarias bifilares.

Los ferrocarriles de Gornegrat y de Jungfrau fueron pioneros en la alimentación de sus trenes con tracción alterna trifásica. En la imagen, una primitiva composición del Jungfrau. Fondo Georges Muller. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

Una tecnología embrionaria

Es preciso recordar que la tracción eléctrica ferroviaria nació prácticamente a la par que la propia electricidad. Aunque esta energía ya fue intuida en el antiguo Egipto y fueron los griegos los que le dieron nombre, élektron, ámbar, ya que al frotar esta resina con lana obtenían pequeñas descargas, no fue hasta el siglo XIX cuando se inició el verdadero desarrollo de esta tecnología. La invención de la bombilla eléctrica de Edison, patentada el 27 de enero de 1880 puede considerarse como el acta de bautismo de la energía eléctrica y sus aplicaciones industriales a gran escala.

Un año antes de la patente de la bombilla, Siemens ya presentó en la Exposición Universal de Berlín la que está considerada como primera locomotora eléctrica. Se trata, por tanto, de una tecnología embrionaria y cada avance científico de inmediato se introdujo en la tracción ferroviaria.

Los primeros pasos para el desarrollo de la energía eléctrica se dieron en el campo de la corriente continua y, en consecuencia, fue este sistema el utilizado en las primeras aplicaciones en tracción ferroviaria, sobre todo en los tranvías, impacientes por sustituir el motor de sangre o el humo de las locomotoras de vapor en sus servicios urbanos. Además, el motor de corriente continua aportaba, con los medios tecnológicos de la época, su gran flexibilidad y la facilidad de control mediante reóstatos. Sin embargo, la invención del transformador, desarrollado por los ingenieros de la firma húngara Ganz Miksa Déri, Ottó Bláthy y Károly Zipernowsky en 1885 pronto revolucionó el mundo de la generación y el transporte de la energía eléctrica a alta tensión mediante corriente alterna trifásica.

En pocos años, la corriente alterna trifásica desbancó a la continua en las centrales de generación y en las redes de distribución gracias a la sencillez con la que el transformador podía elevar o reducir la tensión, lo que facilitó el transporte de la energía eléctrica en alta tensión. En consecuencia, pronto se estudió también su aplicación directa en la tracción ferroviaria y el 1 de julio de 1896 se empleó por primera vez en el tranvía de Lugano (Suiza), diseñado con tecnología de la firma helvética Brown Boveri.

Los motores asíncronos trifásicos resultaban extremadamente robustos y apenas necesitaban mantenimiento respecto a los de continua, al carecer de colector y escobillas, siempre sometidos a desgaste, pero, en contrapartida, con los recursos tecnológicos de la época eran poco flexibles y resultaba sumamente complejo variar su velocidad, lo que únicamente se lograba mediante la modificación de las conexiones entre el estátor y el rotor, con las que se podía variar el número de polos y, por consiguiente, también el número de fases.

Las ventajas del motor asíncrono pronto se hicieron patentes en los ferrocarriles de cremallera, en los que la rigidez en la regulación de su velocidad lejos de ser una desventaja se convertía en una virtud, al proporcionar un elevado par de arranque y una marcha muy regular. Además, al mutar con facilidad de motor a generador, se podía utilizar como freno de recuperación, con la economía de energía que suponía que el tren descendente pudiera alimentar al ascendente.

Gracias a estas virtudes, las siguientes aplicaciones de la tracción eléctrica trifásica se desarrollaron en líneas de alta montaña de los Alpes suizos como el Gornegrat, inaugurado el 20 de agosto de 1898, y el Jungfraubahn, cuyo primer tramo se abrió el 20 de septiembre del mismo año. Tras estas experiencias pioneras, otros pequeños ferrocarriles helvéticos adoptaron este sistema, incluida la línea de Burgdorf a Thun, la primera en ancho de vía normal en aplicar la tracción trifásica a partir del 21 de julio de 1899.

Mientras tanto, en Budapest la firma Ganz, bajo la dirección del ingeniero Kálmán Kandó construyó en la isla Margarita una línea experimental que, por primera vez en la historia, sería alimentada a la tensión de 3.000 voltios en frecuencia especial de 15 Hercios. Los resultados de esta experiencia serían cruciales para el futuro desarrollo del sistema.

En 1902 se electrificó en Italia el ferrocarril de la Valtellina, primera experiencia mundial en la utilización de la alimentación en corriente alterna trifásica en un ferrocarril de servicio general. Fondo Georges Muller. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Valtellina

En una fecha tan temprana como 1898, el ministerio de Obras Públicas italiano organizó una comisión técnica para valorar las ventajas de la tracción eléctrica en sus ferrocarriles, sobre todo en los numerosos pasos de montaña en los Alpes y en los Apeninos, donde el vapor ya estaba mostrando sus limitaciones. Tras analizar detalladamente la cuestión, las necesidades del servicio y las posibilidades que ofrecían las diversas tecnologías disponibles a finales del siglo XIX, la citada comisión impulsó la realización de diversos ensayos, como los efectuados entre 1899 y 1904 con automotores alimentados mediante acumuladores en las líneas de Milán a Monza y de Bolonia a San Felice, así como, también en corriente continua pero alimentada mediante tercer carril a 650 voltios, en la línea de Milán a Varese.

Pese a los alentadores resultados de estas experiencias, la comisión constató que tanto la velocidad como la potencia obtenida resultaba insuficiente y, en el caso de los automotores con acumuladores, la autonomía que ofrecían era muy inferior a la necesaria en un servicio comercial. Mientras tanto, en las estribaciones de los Alpes se optó por ensayar la tracción trifásica según los principios desarrollados en Hungría por Kálmán Kandó en un duro ferrocarril de montaña de 80 kilómetros de longitud que conectaba Lecco con Sondrio, la línea de la Valtellina, puesta en tensión el 4 de septiembre de 1902.

La línea de la Valtellina, alimentada en corriente alterna trifásica a la tensión de 3.000 voltios en frecuencia de 15 hercios se convirtió, en su momento, en el ferrocarril electrificado de mayor longitud del mundo y el que utilizaba el voltaje más elevado de la época. Su buen funcionamiento pronto animó a proseguir la experiencia con la extensión de su catenaria bifilar al ramal de Colico a Chiavenna, de 26 kilómetros.

El 19 de mayo de 1906 entraba en servicio una nueva electrificación trifásica, en esta ocasión en la línea internacional que enlaza Suiza e Italia, los 24 kilómetros que contectan Brig e Iselle a través del túnel del Simplon. Sus primeras locomotoras, suministradas como en la Valltellina por la húngara Ganz, se alimentaban también a 3.000 voltios en frecuencia de 15 Hercios.

El ejemplo del Simplon fue seguido en los Estados Unidos en la electrificación del túnel de Cascade, alimentado en esta ocasión a 6.000 voltios y frecuencia de 25 Hercios. Además de los cuatro kilómetros de la galería, también se electrificaron sus accesos, con rampas de hasta 22 milésimas, con un recorrido total de 10 kilómetros inaugurados el 10 de julio de 1909.

Tras el éxito de las primeras electrificaciones alimentadas en corriente alterna trifásica, la Ferrovie dello Stato pronto extendió el sistema a otras líneas, como la que enlaza Génova con Savona, puesta en tensión en 1916. Fondo Georges Muller. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La tecnología avanza

A inicios del siglo XX, el desarrollo de la industria eléctrica favoreció la evolución de los sistemas de electrificación ferroviaria. Así, la mejora de los aislamientos permitió incrementar el voltaje y en 1915 se utilizaron por primera vez los 3.000 voltios en corriente continua.

Al mismo tiempo, en Alemania, donde en 1903 unos automotores experimentales alimentados con corriente alterna trifásica batieron el récord de velocidad absoluto al alcanzar los 210,2 kilómetros por hora, se inició, en colaboración con la industria suiza el desarrollo de un nuevo sistema de electrificación ferroviaria: la corriente alterna monofásica en alta tensión y frecuencia especial de 16 2/3 Hercios. De este modo, se podían aprovechar las ventajas del motor de colector y utilizar tensiones de hasta 15.000 voltios, con lo que se aligeraban y simplificaban las catenarias, se reducía el número de subestaciones y se limitaban las pérdidas energéticas y las caídas de tensión. El 11 de noviembre de 1905 se inició la explotación del primer ferrocarril alimentado de este modo, la línea suiza de Seebach a Wettingen y gracias a sus buenos resultados, este sistema pronto se implantó en Suiza, Alemania, Austria, Noruega, Suecia y también en los Estados Unidos, pese a que la utilización de una frecuencia especial, diferente a la de las redes de distribución, exigía disponer a las empresas ferroviarias de sus propias centrales generadoras o de complejos sistemas de cambio de frecuencia en sus subestaciones.

Diseñada por el húngaro Kálmán Kandó, la serie E333 de la Ferrovie dello Stato, que contó con 40 unidades, fue construida entre 1922 y 1924 por Nicola Romeo. Alcanzaban los 75 kilómetros por hora. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Italia se mantiene fiel

Pese a los avances que experimentaban las electrificaciones en corriente continua y en alterna monofásica en frecuencia especial, Italia se mantuvo fiel a la corriente alterna trifásica que tan buenos resultados había ofrecido en la línea de la Valtellina. La Ferrovia dello Stato, empresa pública creada en 1905 y que aglutinó la mayor parte de las concesiones privadas del país decidió, en 1907, afrontar la electrificación de uno de los trayectos más difíciles de su red, caracterizada, además, por un intenso tráfico de mercancías: la travesía de los Apeninos por la línea del Giovi, que comunica la industriosa Turín con el puerto de Génova con pendientes que alcanzan las 35 milésimas.  La marcha estable de los motores trifásicos, así como la sencilla utilización del freno de recuperación permitiría una explotación sumamente económica, ya que la energía generada por los motores de los trenes descendentes sería aprovechada por los ascendentes.

Tras un completo periodo de pruebas, el 1 de marzo de 1911 la tracción vapor fue completamente sustituida en el tramo más difícil, los quince kilómetros comprendidos entre las estaciones de Busalla y Pontedecimo. Con el nuevo sistema se pudo triplicar la capacidad de la línea y gracias a su ejemplo, en pocos años las electrificaciones trifásicas se extendieron por toda la región de Piamonte, Lombardía y Liguria, incluidas las conexiones internacionales con Francia, tanto por la costa, por Ventimiglia, como por los Alpes, a través de la línea de Turín a Modane por el túnel de Fréjus, completada en 1919.

Fotografía publicitaria de las locomotoras E552 construidas entre 1922 y 1924 por Nicola Romeo para el servicio de mercancías en líneas con grandes rampas de la Ferrovie dello Stato. Su velocidad máxima era de 50 kilómetros por hora. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Electrificaciones a la italiana

La tracción trifásica alcanzó su máximo apogeo en la región de Piamonte, Lombardía y Liguria, donde los trenes eléctricos alimentados con este sistema conectaron ciudades tan importantes como Turín, Genova, Pisa, La Spezia, Livorno o Alessandria con más de mil kilómetros bajo catenarias bifilares a la tensión de 3.600 voltios en frecuencia especial de 16 2/3 que pronto se convirtió en la estándar en los ferrocarriles italianos. Junto a éstas, la Ferrovie dello Stato también operaba la histórica línea de la Valtellina, ampliada entre Lecco y Monza, cerca de Milán, en 1914.

Fotografía de una de las seis locomotoras de la serie E332 de la Ferrovie dello Stato, construidas en 1917 por la firma Oerlikon, muy similares a las que circulaban por el túnel de Simplon. Su velocidad máxima era de 100 kilómetros por hora. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tan características fueron esta clase de instalaciones en el país transalpino, el único que utilizó de forma generalizada la alimentación en corriente alterna trifásica en líneas de servicio general, que este sistema pronto fue conocido como el de las «electrificaciones a la italiana». De hecho, en los años veinte las electrificaciones trifásicas se ampliaron a otras regiones del país. En la Toscana se implantó en la difícil y sobrecargada línea de Bolonia a Florencia, la «Porrettana» y dos años más tarde también se empleó en otro trayecto internacional, la principal comunicación con Austria a través de la región del Alto Adige, entre Bolzano y Brennero, electrificación que en 1934 se extendió hasta Trento.

Doble tracción de locomotoras de la serie E554 de la Ferrovie dello Stato en la línea internacional de Turín a Francia. Estas máquinas, de las que se construyeron 183 unidades, fueron las más modernas del parque de la Ferrovie dello Stato alimentadas en corriente alterna trifásica, construidas entre 1928 y 1930. Prestaron servicio hasta el final del sistema en 1976. Fondo Georges Muller. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Un caso excepcional fue el de la única electrificación trifásica realizada en la región del Lazio, la línea de Roma a Sulmona, de 127 kilómetros y rampas de hasta 31 milésimas, en la que por primera y única vez se empleó la tensión de 10.000 voltios en frecuencia industrial de 45 Hercios. Esta electrificación se inauguró el 28 de octubre de 1928 entre Roma y Tívoli y el 23 de marzo de 1929 el tramo restante hasta Sulmona.

La alimentación en corriente alterna trifásica se implantó en hasta seis núcleos diferentes e inconexos entre sí. La mayor concentración se dio en el oeste de Italia, en las regiones del Piamonte, Lombardía y Liguria. Dibujo de Pedro Pintado Quintana

Lenta decadencia

Pese a los resultados satisfactorios que ofrecía la tracción eléctrica trifásica a los ferrocarriles italianos, el desarrollo de las electrificaciones en corriente continua a la tensión de 3.000 voltios hizo que, finalmente, el país transalpino se decantara por este sistema, gracias a la flexibilidad que ofrecía el motor de colector frente a la difícil regulación de la velocidad de los motores asíncronos, y a la simplicidad de la catenaria, en comparación con la complejidad de las líneas bifilares, que, además, limitaban el desarrollo de velocidades superiores a los 100 kilómetros por hora.

La complejidad de las líneas aéreas alimentadas en corriente alterna trifásica fue uno de los puntos débiles de este sistema. Fondo Georges Muller. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El 29 de enero de 1927 se iniciaron los ensayos en la primera línea italiana electrificada a la tensión de 3.000 voltios en corriente continua, la de Beneveto a Foggia, y tras los positivos resultados de la experiencia, la Ferrovia dello Stato decidió apostar por este sistema en sus nuevas electrificaciones. Aunque, en principio, éstas deberían convivir con las existentes en alterna trifásica, entre 1933 y 1935 se produjo la primera conversión, la de la línea Porrettana, en paralelo a la puesta en servicio de la nueva «direttisima» de Florencia a Bolonia, inaugurada el 21 de abril de 1934.

A partir de 1957 la Ferrovie dello Stato adaptó algunos remolques de sus automotores de corriente continua de la serie Ale840 con equipos transformadores que permitían la circulación del coche motor en líneas electrificadas en corriente alterna trifásica. De este modo, dispusieron de vehículos bicorriente que facilitaron el paso entre trayectos alimentados con uno u otro sistema. Fondo Georges Muller. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial también se cambió el sistema de electrificación entre Livorno y Pisa, que se convertiría en continuación de la inaugurada el 14 de noviembre de 1938 a 3.000 voltios en corriente continua entre Roma y Livorno. Además, el conflicto bélico supuso la destrucción de buena parte de las instalaciones de la electrificación experimental de Roma a Sulmona, que no serían reconstruidas hasta su reelectrificación a 3.000 voltios en 1950.

Una locomotora de la serie E432 parte de la estación de Acqui Terme con uno de los últimos servicios alimentados en corriente alterna trifásica. Breda construyó en 1928 40 máquinas de esta clase, capaces de rodar a 100 kilómetros por hora. Fotografía de Paolo Betelli

El 15 de mayo de 1953 se completó la transformación a 3.000 voltios en corriente continua de la línea pionera de la Valtellina, y entre 1952 y 1965 la tracción trifásica también fue reemplazada en la línea internacional del Brennero. Más compleja fue la transformación de la gran red del Piamonte, Lombardía y Liguria. Iniciada el 22 de abril de 1948 en la sección de Génova Brignole a Sestri Levante, no se completó hasta el 25 de mayo de 1976, fecha en la que se suprimió el último tramo de ferrocarril convencional del mundo alimentado mediante corriente alterna trifásica, los 84 kilómetros del trayecto Alessandria-Acqui Treme-S. Giuseppe di Cairo. Con ella se cerraba una etapa trascendental en la historia de la tracción eléctrica, cuyos únicos testimonios son algunas líneas de montaña como los pioneros del Gornegrat y el Jungfrau o el brasileño del Corcovado, en Río de Janeiro, sin olvidar, a apenas unos metros de nuestra frontera con Francia, el cremallera de La Rhune.

Para acelerar el cambio de corriente alterna a continua, la Ferrovie dello Stato optó por alimentar los dos hilos de la primitiva catenaria con este último sistema, de ahí que la locomotora de la serie E655 “caimano”, presente en sus pantógrafos unos frotadores tan desmesurados. Archivo Fondazione FS Italiane

En contraste, mientras la alimentación mediante corriente alterna trifásica desaparecía de la escena, el desarrollo de la electrónica de potencia facilitó la aplicación directa de los motores trifásicos asíncronos a la tracción ferroviaria. De hecho, en la actualidad, éstos han desbancado prácticamente por completo al de colector y la inmensa mayoría de los trenes, metros y tranvías eléctricos cuentan hoy en día con motores de este tipo, que no dejan de ser una lejana herencia de los experimentos iniciados en 1896 con esta clase de tracción.



jueves, 2 de julio de 2026

EL PLAN DE FERROCARRILES DE URGENTE CONSTRUCCIÓN ( y III)

La moderna e inacabada vía del ferrocarril de Albacete a Baeza es el triste reflejo del estrepitoso fracaso del Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción de 1926. Fotografía de Enrique Andrés Gramage
 

PUNTARRIELES

En Argentina y otros países de Sudamérica se denominaron Puntarrieles a aquellos puntos finales de una vía férrea que se encontraban perdidos en medio de la nada, a la espera de una hipotética continuación. Fueron comunes en la expansión de este medio de transporte a través de las grandes llanuras del subcontinente y, en muchas ocasiones, pronto surgía la vida en su entorno, atraída por las facilidades de transporte de viajeros y mercancías que ofrecía el tren.

En 1978, Renfe y Vía Libre otorgaron el Premio de Narraciones Breves Antonio Machado al escritor argentino Adolfo Luis Pérez Zelaschi por su obra Deolindo el de Puntarrieles. Esta fotografía, tomada por Enrique Andrés Gramage bien podría ilustrar dicho trabajo, pero a diferencia del Puntarrieles de Deolindo, por éste nunca pasó un tren.

La imagen fue captada en el límite entre las provincias de Albacete y Jaén. Hasta este punto se llegó a montar la vía del ferrocarril de Utiel a Baeza desde Albacete, pero aquí se detuvo drásticamente la obra. Se puede apreciar que el equipamiento era el más moderno posible a principios de los años sesenta, con carriles en barra larga soldada sobre traviesas bibloque de hormigón armado y, sin embargo, toda esta inversión no sirvió para nada. Durante más de tres décadas esta vía esperó en vano que pasaran sobre ella trenes de viajeros y mercancías acortando el trayecto entre Catalunya, València y Andalucía hasta que, finalmente, fue desmantelada, convirtiéndose en la viva imagen del absoluto fracaso Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción de la Dictadura de Primo de Rivera.



jueves, 25 de junio de 2026

EL PLAN DE FERROCARRILES DE URGENTE CONSTRUCCIÓN (II)

Estación de Madrigalejos, en la línea de Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena. En los años sesenta, Renfe llegó a prestar servicio de mercancías desde estas dependencias. Fotografía de Martín Dieterich. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 

¿QUÉ FUE DE ELLOS?

La evolución de los ferrocarriles del Plan de Urgente Construcción, así como los que ya estaban en obras a cargo de Estado en el momento de su aprobación en 1926 y que se integraron en el mismo fue muy variada y podría dividirse en hasta cuatro categorías: los que ni siquiera llegaron a iniciarse, los que se construyeron en mayor o menor medida, los que se inauguraron y años después se cerraron y, finalmente, los que aún prestan servicio.

La primera de las categorías, los que no llegaron a ver obras de entidad en su recorrido fueron un total de cinco líneas que sumaban cerca de 400 kilómetros. Se trata de las líneas de Utiel a Teruel, de Málaga a Algeciras, Pamplona a Alduides, Plasencia a la frontera portuguesa y Betanzos al de Santiago-A Coruña.

Entre los iniciados y nunca finalizados, se encuentran ocho líneas que sumaban más de mil kilómetros. Se trata de las líneas de Baeza a Utiel, Teruel a Lleida, Totana a la Pinilla, Puertollano a Córdoba, Alcoi a Alacant, Madrid a Arenas de San Pedro, Águilas a Cartagena y Puertollano a La Carolina. El grado de desarrollo de cada una de ellas fue muy diferente, ya que, en algunas, como la de Puertollano a La Carolina, a penas se realizaron obras de entidad, mientras que en otras se llegó a completar toda la explanación y obras de fábrica y se levantaron algunos edificios, como es el caso de las de Alcoi a Alacant o la de Teruel a Lleida entre la capital turolense y Caspe. Incluso en algunas se llegó a montar la vía, como sucedió en los sietes 7 kilómetros comprendidos entre las estaciones de Pelayos y Arenas de San Pedro o la totalidad del trayecto entre Albacete y el límite con la provincia de Jaén en la de Baeza a Utiel, equipada, además, con el sistema más moderno del momento, mediante barra larga soldada y traviesa bibloque de hormigón.

La línea de Murcia a Caravaca se inauguró en 1933 y apenas prestó servicio durante 38 años. Archivo de Lluciá Vanyó i Giner

Las obras de alguna de estas líneas se paralizaron durante la República, pero en la mayoría de los casos se retomaron tras la Guerra Civil para ser definitivamente abandonadas a partir de 1962.

En la tercera categoría, la de las líneas que llegaron a abrirse al servicio total o parcialmente, pero que años después fueron clausuradas, se encuentran nueve trayectos que suman otros 1.300 kilómetros. Se trata de las que enlazaron Cuenca con Utiel, Jerez de los Caballeros con Almargen, Talavera de la Reina con Villanueva de la Serena, Bargas con Toledo, Soria con Castejón de Ebro, Huelva con Ayamonte, Alcañiz con San Carlos de la Rápita, Ontaneda con Calatayud y Murcia con Caravaca.

El grado de desarrollo de estas líneas también fue diverso. La de Cuenca a Utiel se inauguró en su totalidad el 26 de noviembre de 1947 y durante años formó parte de la conexión principal entre Madrid y València hasta que la electrificación del itinerario clásico por Alcázar de San Juan y Albacete la relegó al servicio regional. Los daños provocados por la borrasca Filomena en enero de 2021 precipitaron la suspensión del servicio. Menor utilidad llegó a tener la de Jerez de los Caballeros a Almargen, en la que se completó buena parte de la infraestructura y en los años cincuenta se montó la vía desde Jerez a Arcos para facilitar el transporte de materiales de construcción para la base Naval de Rota. Posteriormente, Renfe llegó a explotar este tramo, pero únicamente con trenes de mercancías, entre Jerez y la azucarera de Jédula.

Similar es el caso de la línea de Talavera de la Reina, aunque el empalme se estableció finalmente en la estación de Calera y Chozas, a Villanueva de La Serena. Se construyó buena parte del trazado y se llegó a tender la vía entre Logrosán y Villanueva de la Serena, tramo que se entregó a Renfe el 27 de julio de 1962. Aunque la empresa estatal llegó a realizar algunos trenes de carga desde Madrigalejo, el 17 de diciembre de 1964, decidió no abrir la línea al tráfico de viajeros y poco después se suspendieron las expediciones de mercancías.

El ferrocarril de Soria a Castejón, cerrado en 1996, acortó las distancias entre Madrid y Pamplona. En la imagen, un TER averiado, remolcado por una locomotora diésel de la serie 1900 en la estación de Ágreda. Fotografía de Pedro Pintado Quintana

Tampoco llegaron a completarse en su totalidad las líneas de Alcañiz a San Carlos de la Rápita y la de Ontaneda con Calatayud. La primera solo se llegó a inaugurar entre Alcañiz y Tortosa, el 24 de julio de 1942, sin que se concluyeran las obras del tramo final a San Carlos. Además, el 19 de septiembre de 1973, tras el hundimiento de un túnel, se procedió al cierre del tramo operativo. Lo mismo sucedió con el de Ontaneda a Calatayud, en el que nunca se terminó el tramo entre Ontaneda y Cidad-Dosante. El resto de la línea se completó el 20 de noviembre de 1930 y se clausuró el 31 de diciembre de 1984.

Otras cuatro líneas si llegaron a completarse en su totalidad, las de Toledo a Bargas, Murcia a Caravaca, Huelva a Ayamonte y Soria a Castejón. La primera de ellas se abrió al tráfico el el 22 de marzo de 1939, pero, construida en zonas inundables, pronto se vio afectada por las embestidas del Tajo. El 26 de febrero de 1947 una de sus crecidas paralizó el servicio y el 11 de noviembre de 1955 se decretó su clausura. 

La construcción de la línea de Murcia a Caravaca se había iniciado con anterioridad al Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción, en 1921 y se inauguró el 29 de mayo de 1933, pero solo se mantuvo activo hasta el 16 de enero de 1971. Lo mismo sucedió con la de Huelva, en realidad, desde Gibraleón, a Ayamonte, abierta el 4 de septiembre de 1936 y clausurada el 27 de septiembre de 1987. Por último, la de Soria a Castejón se completó el 30 de septiembre de 1941 y, tras su apertura, sus vías vivieron el paso de la mayor parte de los servicios de viajeros entre Madrid y Pamplona, aunque su difícil trazado, y el hecho de que no se electrificase, hizo que con el tiempo éstos fueran nuevamente desplazados hacia la vía tradicional, pese al gran rodeo que debía darse por Zaragoza. Así fue perdiendo sus tráficos hasta que éstos fueron definitivamente suspendidos el 1 de diciembre de 1996. En la actualidad, un pequeño tramo en el entorno de la estación de Corella se ha convertido en una vía de pruebas en la que se ensayan los trenes, metros y tranvías que construye Caf para todo el mundo.

Estación de Ordes-Pontagra, en la línea de Zamora a Orense, Santiago y A Coruña. Su edificio es idéntico al del Ferrocarril del Urola en Azpeitia, actual sede del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

La última categoría es la de los ferrocarriles que, total o parcialmente, todavía prestan servicio. Se trata de un total de seis líneas y otros 1.200 kilómetros, en concreto, los enlaces de Madrid, el de Madrid a Burgos, Zamora a Orense y A Coruña, Ferrol a Gijón, Lleida a Saint Girons y Pontevedra a Marín.

Como en algunos casos anteriores, uno de estos ferrocarriles no se llegó a completar en su totalidad. Se trata del que debía comunicar Lleida con la ciudad francesa de Saint Girons, que nunca pasó más allá de la Pobla de Segur. En la actualidad, esta línea se mantiene en servicio de la mano de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya.

Los enlaces de Madrid, cuyas obras no se iniciaron hasta la República, régimen que, además, añadió al proyecto la construcción de un túnel urbano para comunicar la estación de Atocha con la futura terminal de Chamartín es, sin duda la de mayor éxito de todas las incluidas en el Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción y, en la actualidad, juega un papel fundamental en las conexiones ferroviarias de la capital española y, sobre todo, en su servicio de Cercanías. En todo caso, sus obras se desarrollaron con notable lentitud y Los primeros tramos no se pusieron en servicio hasta el 11 de abril de 1964, mientras que el túnel de unión de las estaciones de Atocha y Chamartín no fue inaugurado hasta el 17 de julio de 1968.

La situación de su vecino ferrocarril de Madrid a Burgos es menos alentadora. Las obras de los 284 kilómetros de esta línea se iniciaron el 21 de julio de 1928 y antes de la Guerra Civil ya se había completado prácticamente todo el recorrido entre Burgos y Miraflores de la Sierra. Por el contrario, nada se había hecho desde esta localidad hasta Madrid, a falta de determinar el punto en el que se ubicaría su terminal en la capital de España.

Tras la guerra, el Régimen de Franco decretó su conclusión, con la utilización de mano de obra esclava de presos republicanos, para lo que se crearon destacamentos penales en Colmenar Viejo, Miraflores, Valdemanco, Chozas de la Sierra, Bustarviejo y Garganta de los Montes. Hacia el año 1950, las obras de la infraestructura del ferrocarril directo de Madrid a Burgos estaban prácticamente finalizadas, pero los trabajos de montaje de la superestrutura no se iniciaron de inmediato, por lo que parecía que esta línea correría la misma suerte que otras del Plan Guadalhorce y quedaría definitivamente abandonada. No sería hasta el año 1962, coincidiendo con el informe emitido por el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, que desaconsejaba la construcción de nuevos ferrocarriles en España y que por tanto supuso el definitivo abandono de la mayoría de los ferrocarriles todavía en obras, cuando se inició el montaje en vía única, pese a que toda la explanación estaba prevista para doble, entre Burgos y Aranda, aunque todavía tendrían que transcurrir seis años para su definitiva inauguración, presidida por el propio Franco, el 4 de julio de 1968.

El túnel entre las estaciones de Atocha y Chamartin, impulsado durante la República por Indalecio Prieto es, sin duda, el único éxito del Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

En la actualidad, y tras el hundimiento del túnel de Somosierra en el año 2011, el ferrocarril de Madrid a Burgos solo presta servicio de viajeros entre la capital de España y Colmenar Viejo, línea de Cercanías C-4, y de mercancías hasta Soto del Real y desde Aranda de Duero a Burgos.

Otro superviviente al informe del Banco de Internacional de Reconstrucción y Desarrollo fue el del Ferrol a Gijón. No hay que olvidar que la primera de estas ciudades era la localidad natal del Dictador Franco, lo que probablemente justificó su terminación. Inaugurada en su totalidad en 1972, en la actualidad forma parte de la red de ancho métrico de Adif.

La línea Zamora a Orense y A Coruña, construida también con la mano de obra esclava de los presos republicanos en algunas de sus secciones, se inauguró en diferentes fases, hasta completarse el 8 de septiembre de 1958. Desde su apertura, la mayor parte del tráfico de viajeros entre Madrid y Galicia se desvió por esta vía, pero la nueva línea de alta velocidad le ha restado protagonismo en buena parte de su recorrido, mientras que la sección de Santiago a Coruña se ha remodelado por completo para integrarla en el nuevo servicio. Además, el túnel del Padornelo, entre Puebla de Sanabria y Ourense, con casi 6 kilómetros de longitud, se ha integrado en esta línea de alta velocidad.

Por último, cabe señalar que la pequeña línea de Pontevedra a Marín nunca llegó a estar incluido formalmente en el Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción, pero sus obras también se iniciaron durante la Dictadura de Primo de Rivera. Adjudicadas por el Ministerio de Fomento el 17 de noviembre de 1928, se detuvieron con la Guerra Civil y se retomaron en 1944 para quedar definitivamente paralizadas en 1955. Cuando todo parecía indicar que su suerte sería similar a la de la mayor parte de sus contemporáneos, a finales del siglo XX el proyecto resucitó ante el interés de la Xunta de Galicia de fomentar el desarrollo del puerto de Marín y se inauguró en fecha tan tardía como el 10 de julio de 2002.



miércoles, 17 de junio de 2026

EL PLAN DE FERROCARRILES DE URGENTE CONSTRUCCIÓN (I)

Muchas de las costosas infraestructuras del Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción solo han servido para el paso del ganado. Obras inconclusas del ferrocarril de Totana a La Pinilla. Fotografía de José Antonio Gómez Martínez

Hace un siglo, el 5 de marzo de 1926, la Dictadura de Primo de Rivera aprobó la puesta en marcha del más disparatado proyecto ferroviario de la historia de nuestro país, el Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción, que contemplaba la realización de diecisiete nuevos ferrocarriles, que sumaban 2.490 kilómetros. Estas líneas que se añadieron a otros 1.800 kilómetros cuyas obras había emprendido el Estado con anterioridad, es decir, un total de 4.290 kilómetros. 

Aunque este Plan de Ferrocarriles de Urgente construcción se justificaba en el menor desarrollo de este medio de transporte en España respecto a otros países europeos, ni existía demanda que justificase estas obras, ni se contaba con los recursos económicos precisos para hacer frente a tantos kilómetros de nuevas vías férreas y menos en un momento histórico en el que ya se había iniciado el declive del tren frente al rápido desarrollo del camión, el autobús y el automóvil, en buena medida fomentado por el propio régimen primoriverista con la construcción de las primeras carreteras modernas del país: el Circuito Nacional de Firmes Especiales.

El fracaso del Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción fue absoluto. Ni se desarrolló con la celeridad que hace presuponer el término de «Urgente», ya que tuvieron que transcurrir 46 años para que se inaugurase la última de sus líneas, ni se completó, ya que únicamente se llegaron a abrir al servicio el 55,2% de los kilómetros previstos, mientras que otros 1.514 kilómetros, pese al notable avance de sus obras, nunca se terminaron. Por otra parte, de los 2.369 kilómetros que llegaron a prestar servicio, muchos de ellos nunca alcanzaron las expectativas de tráfico previstas por sus promotores y, de hecho, a lo largo de los años se han clausurado más de un millar de ellos.

Algunos de los ferrocarriles del Plan de Urgente Construcción llegaron a estar equipados con vía, pero sobre ella nunca circuló un tren. Ferrocarril inacabado de Albacete a Baeza. Fotografía de Martin Dieterich. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

¿Era insuficiente la red ferroviaria española en 1926?

En España el ferrocarril inició su andadura en 1848, con cierto retraso respecto a otros países europeos. Además, la construcción de la red no adquirió un verdadero desarrollo hasta la promulgación de la Ley de Ferrocarriles de 1856. Desde ese momento, gracias a los beneficios otorgados a la iniciativa privada y a la inversión extranjera, el ferrocarril español experimentó un rápido crecimiento: en tan solo diez años se construyeron más de 4.000 kilómetros de vías férreas.

La crisis política y económica que sufrió el país a partir de 1864, provocada en buena medida por los pobres resultados de explotación de los primeros ferrocarriles, frenó la expansión de la red ferroviaria española, que en la siguiente década solamente creció en otros 1.350 kilómetros. Una vez superada esta situación, y gracias a la Ley General de Ferrocarriles de 1877, la construcción de nuevas vías experimentó una segunda edad de oro, no tan intensa como la anterior, que se extendió hasta finales del siglo XIX con la inauguración, entre 1877 y 1899, de otros 6.725 kilómetros de nuevas vías.

A finales del siglo XIX el modelo de construcción de ferrocarriles mediante el sistema de concesiones a la iniciativa privada mostraba síntomas de agotamiento. El ritmo constructivo se redujo notablemente durante la primera década del siglo XX y, lo que es más significativo, se construyeron más kilómetros en vía estrecha frente al ancho normal español, lo que reflejaba que los principales corredores y las zonas económicamente más dinámicas de país ya se encontraban atendidas. Por ello se optaba por entrevías más reducidas para limitar los gastos de establecimiento, a fin de mejorar los futuros rendimientos en itinerarios de los que no se esperaban elevados niveles de tráfico. De hecho, en este periodo se construyeron cerca de 1.500 kilómetros de vías, con una media anual similar a la que siguió a la crisis de 1864. De ellos, 1.160 eran de vía estrecha.

Viaducto del ferrocarril de Alacant a Alcoi, cuyas obras se abandonaron tras la Guerra Civil. Fotografía de José Vicente Coves Navarro

La red ferroviaria española a comienzos del siglo XX estaba formada por más de 13.000 kilómetros de vía, pero las instituciones políticas y económicas del país consideraban que ésta era todavía incompleta, con amplias zonas sin cubrir y con una configuración excesivamente radial. Para intentar remediarlo, nuevas iniciativas legislativas, sobre todo las diversas leyes de Ferrocarriles Secundarios y Estratégicos, intentaron atraer nuevos inversores a los que se ofrecía la garantía del Estado al capital invertido en los nuevos ferrocarriles con un interés del 5%.

Los frutos de la nueva legislación no fueron los esperados y, de hecho, entre 1910 y 1920 solamente se construyeron 1.150 nuevos kilómetros. La grave crisis ferroviaria que experimentó España a partir de 1914 paralizó el desarrollo de nuevos proyectos y dio paso a un lento proceso de sustitución de la iniciativa privada por la pública.

La pérdida de vigor de la iniciativa privada hizo que, con el cambio de siglo, el Gobierno asumiera progresivamente la construcción de nuevas líneas por su cuenta y riesgo. Así, con anterioridad al golpe militar de Primo de Rivera, el Ministerio de Fomento tenía en construcción 1.800 kilómetros de nuevas vías dispersas por la geografía española.

Tras más de cuarenta años de obras, en 1968 se inauguró el ferrocarril de Madrid a Burgos, aunque en vía única, pese a que sus infraestructuras se habían diseñado para vía doble. Fotografía de Hodei Goldarazena Biela

¿Más ferrocarriles?

En los años veinte del pasado siglo, la inversión en nuevos ferrocarriles se había convertido en una aventura excesivamente arriesgada para el capital privado ante el incremento de los gastos de explotación y el progresivo desarrollo de la competencia que ofrecían los nuevos transportes mecánicos por carretera. Sin embargo, la mayor parte de la sociedad española, con la excepción de las propias empresas ferroviarias, consideraba que era necesario construir nuevas líneas.

El desarrollo del ferrocarril en el territorio español había sido manifiestamente desigual, con amplias zonas sin un solo kilómetro de vía, mientras que otras, como era el caso de la provincia de Gipuzkoa, contaban con una densidad viaria similar a la de los países europeos más industrializados. En 1926, este territorio histórico contaba con 196 metros de ferrocarril por kilómetro cuadrado, y 1,28 metros de ferrocarril por habitante mientras que la media estatal era de 32 y 0,81 metros respectivamente. Pese a la desventaja en ambos parámetros respecto a naciones como Suiza, Alemania o Bélgica, la red existente resultaba sobredimensionada respecto a la demanda que era capaz de generar el país.

Una de las primeras medidas tomadas por el Directorio Militar impuesto por Primo de Rivera tras su golpe de estado fue la creación, el 30 de enero de 1924, de un Consejo Superior de Ferrocarriles desde el que se plantearían las medidas oportunas para intentar solucionar lo que por entonces ya era conocido como «el problema ferroviario». Poco después, el 12 de julio de 1924, se promulgó el Estatuto Ferroviario que financiaría sus proyectos mediante la emisión de Deuda Ferroviaria, amortizable por el Estado, por valor de 2.600 millones de pesetas.

Incluidos en el Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción, los enlaces de Madrid no se iniciaron hasta la República. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Entre otras iniciativas, el Gobierno encomendó al Consejo Superior de Ferrocarriles el estudio de un anteproyecto de Plan de Ferrocarriles de nueva construcción que, abierto a información pública el 7 de marzo de 1925, proponía la realización de 9.142 kilómetros de nuevas vías, divididas a su vez en líneas de interés nacional, con 3.176 kilómetros, regional, con 4.089 kilómetros, y local, con 1.877 kilómetros, a los que debían sumarse los 1.707 kilómetros de vías en construcción con fondos o subvención del Estado en aquel momento.

Como era previsible que la tramitación de los ferrocarriles estudiados por el Consejo Superior de Ferrocarriles iba a resultar larga y compleja, el ministro de Fomento de la Dictadura, Rafael Benjumea Burín, conde de Guadalhorce, seleccionó 17 líneas que, según su criterio, resultaban fundamentales para completar la red ferroviaria de española y, para ello, promulgó el Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción. Los detractores de esta iniciativa consideraron que actuó con excesiva precipitación y sin realizar los estudios precisos para determinar los costes reales de las obras, los recursos financieros disponibles, así como su futura viabilidad económica.

El plan pretendía mejorar la red ferroviaria española con la construcción de líneas transversales que permitieran contrarrestar su configuración radial o que acortaran algunos recorridos. Entre los primeros se encontraban las líneas de Lleida a Teruel, Utiel, Albacete y Baeza, Málaga a Algeciras, Jerez a Almargen, Totana a La Pinilla, Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena y Alcoi a Alacant, mientras que los de Madrid a Burgos, Cuenca a Utiel, Zamora a Orense y A Coruña, Puertollano a Córdoba o Soria a Castejón, pertenecían al segundo grupo.

Tras más de medio siglo de obras, en 1972 se inauguró el ferrocarril de vía métrica de El Ferrol a Gijón. Archivo de José Antonio Gómez Martínez

Las grandes compañías ferroviarias y la banca que las respaldaba se opusieron frontalmente a este proyecto, ya que consideraban que las nuevas líneas apenas generarían por sí mismas una mínima demanda de transporte, al recorrer zonas poco pobladas y de escasa actividad económica, por lo que su único tráfico iba a ser el que arrebatarían a las líneas tradicionales explotadas por estas empresas.

Pese a la oposición de las compañías, el gobierno decretó, el 3 de julio de 1926, que fuera la Caja Ferroviaria del Estado la que asumiera la financiación de los nuevos ferrocarriles y procedió de inmediato a la contratación de las obras, con la construcción simultánea de 2.121 kilómetros de nuevas vías, dispersas en un total de trece líneas, ya que finalmente nada se hizo en cuatro de las incluidas inicialmente en el Plan; las de Utiel a Teruel, de Málaga a Algeciras, de Pamplona a Alduides y de Plasencia a la frontera de Portugal, que sumaban otros 398 kilómetros.

Algunos de los ferrocarriles del Plan de Urgente Construcción contaron con magníficas estaciones, como la de Valdeconejos, en la línea de Teruel a Lleida, por las que nunca pasó un viajero. Fotografía de Vicente Miralles Payá

Décadas de obras

El desarrollo de tan ambicioso plan, al que se sumaron los 1.800 kilómetros en construcción por el Estado antes de su promulgación, fue forzosamente lento, debido a su elevado costo y las ajustadas disponibilidades de la Caja Ferroviaria. De hecho, la inauguración de la primera línea del Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción no se produjo hasta 1936, y se trataba de una pequeña línea de tan solo 18 kilómetros de longitud, la de Toledo a Bargas, mientras que las restantes entraron en servicio durante el franquismo, algunas de ellas en fecha tan tardía como el año 1972. En todo caso, la parsimonia con la que se desenvolvió este Plan contrasta notablemente con la celeridad con la que se construyó la red básica de los ferrocarriles españoles entre 1856 y 1865, con 4.263 kilómetros inaugurados en apenas diez años, cifra similar al conjunto de los impulsados bajo el ministerio del conde de Guadalhorce.

Los factores que explican la lentitud con la que se desarrollaron las obras del Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción son varios: el primero, la imposibilidad de coordinar un plan tan vasto, repartido entre más de treinta líneas a lo largo y ancho de la geografía española; el segundo, la falta de los recursos económicos necesarios para afrontar simultáneamente tantas obras, y el tercero, la precariedad de los proyectos sobre los que se basaron los trabajos, muchos de ellos simples anteproyectos, tal y como reconoció posteriormente el propio Conde de Guadalhorce, quien, en un artículo publicado en 1932 en la revista Ferrocarriles y Tranvías, señalaba que «Todas las obras que se pusieron en ejecución tenían su proyecto aprobado con los trámites oficialmente requeridos; es cierto que estos proyectos, aunque seria y concienzudamente estudiados, tenían el carácter real de anteproyectos…», lo que provocó continuas paralizaciones, replanteos, modificaciones y rescisiones de contratos que afectaban seriamente al ritmo de las obras.

La construcción del ferrocarril de Alcañiz a San Carlos de la Rápita se inició antes de la promulgación del Plan de Ferrocarriles de Urgente construcción. Tras incorporarse al mismo, la batalla del Ebro aceleró la puesta en servicio de sus primeros tramos. Fotografía de Ferrán Llauradó

El reparto de los fondos disponibles fue muy desigual entre unas líneas y otras. Así, en 1930 la inversión por kilómetro realizada en la línea de Alacant a Alcoi ascendía a 468.848 pesetas, mientras que, en el polo opuesto, la efectuada en el Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena era solamente de 10.358 pesetas, muestra patente de que a pesar de que el Plan pretendía realizar todos los ferrocarriles de forma simultánea, lo cierto es que las obras se desarrollaron a ritmos muy diferentes.

El Conde de Guadalhorce se mantuvo al frente del Ministerio de Fomento hasta la caída de la Dictadura de Primo de Rivera en enero de 1930. La prioridad del nuevo gobierno presidido por el General Berenguer fue intentar restablecer la situación financiera del país, y ello acarreó como primera medida un recorte drástico de las obras públicas en curso. Así, una nota oficiosa del nuevo ministro de Hacienda, fechada el 18 de febrero, señalaba; «No se debe empezar ninguna obra nueva. Ya es bastante si no se detiene el curso de las empezadas, porque no están los tiempos para alegres expansiones.» Sin embargo, resultaba difícil paralizar muchas de las obras contratadas, tras haber invertido en ellas 636 millones de pesetas, por lo que éstas prosiguieron durante los estertores de la monarquía, aunque a un ritmo muy inferior al de la etapa anterior. 

Puente de la inconclusa línea de Águilas a Cartagena. Fotografía de José Antonio Gómez Martínez

Sin dinero

Poco después, el 14 de abril de 1931, se proclamó la II República que, de inmediato, cuestionó los planes y proyectos del régimen anterior, incluidos los ferrocarriles de nueva construcción impulsados por el Conde de Guadalhorce. En estos años, marcados por la fuerte recesión económica provocada por la grave crisis internacional desencadenada tras el crack de la bolsa de Nueva York en 1929, el modelo de transporte en España había experimentado un cambio radical con un creciente protagonismo de la carretera, gracias en gran medida al desarrollo del Circuito Nacional de Firmes Especiales impulsado por el propio conde de Guadalhorce.

En este contexto, la República carecía de los recursos financieros precisos para proseguir con todas las obras públicas que había impulsado la Dictadura debido, tanto a la recesión económica como al fuerte endeudamiento heredado del régimen anterior, en gran medida consecuencia de los enormes gastos generados por los planes del conde de Guadalhorce, que exigieron una financiación que sólo se pudo llevar a cabo merced al recurso de una compleja maraña de emisiones de Deuda Pública, ante el fracaso de los intentos de reforma fiscal o de alteración de la propiedad agraria de la Dictadura. En consecuencia, el Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción se derogó el 12 de enero de 1932, lo que no significó la automática paralización de las obras, ya que muchas de ellas estaban comprometidas en los diversos contratos establecidos con las empresas constructoras adjudicatarias.

Tras su inauguración en 1947, el ferrocarril de Cuenca a Utiel protagonizó la mayor parte de los tráficos de viajeros de Madrid a València hasta los años ochenta. Cruce de un TER con el Omnibus en la estación de Camporrobles. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

¿Qué se podía hacer con unas obras en las que se habían invertido cerca de 700 millones de pesetas y cuya definitiva conclusión y puesta en servicio exigía una cifra superior a los 2.000 millones de pesetas? Muchos consideraban que la menos mala de las soluciones era el abandono directo de los trabajos ejecutados y destinar los recursos previstos a otro tipo de infraestructuras más beneficiosas para el país. Finalmente, el 13 de abril de 1932 las Cortes Constituyentes declararon nulo el Plan de Ferrocarriles de Urgente Construcción de 1926, pero para que las obras no se paralizasen por completo, lo que habría agravado el paro obrero, otorgaron un crédito de 20 millones de pesetas a distribuir en los meses de abril, mayo y junio.

En años siguientes, nuevas consignaciones presupuestarias permitieron mantener las obras en casi todas las líneas, aunque a un ritmo muy reducido y, de hecho, las únicas que adquirieron un notable desarrollo en ese periodo  fueron las de los enlaces de Madrid.

Viaducto sobre el río Alfambra, en la inconclusa línea de Teruel a Lleida. Fotografía de Vicente Miralles Payá

El estallido de la Guerra Civil, aunque paralizó buena parte de las obras, no impidió que prosiguieran algunas de ellas, como es el caso de las de Cuenca a Utiel y de esta localidad a Baeza, en la zona republicana, y, sobre todo, la puesta en marcha en la zona rebelde de las líneas de Huelva a Ayamonte y de Bargas a Toledo, así como la sección entre Alcañiz y Pinell del ferrocarril a San Carlos de la Rápita, debido a su gran valor estratégico.

Finalizada la guerra, las obras de construcción de algunos ferrocarriles, como es el caso de las líneas de Teruel a Lleida, Totana a La Pinilla y Puertollano a Córdoba, quedaron definitivamente abandonadas, mientras que en otras, como las de Alacant a Alcoi o Águilas a Cartagena, todavía se ejecutaron algunos trabajos durante los años cuarenta. Singular fue el caso del tren de Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena, paralizado en la inmediata postguerra y retomado en 1952 como consecuencia del Plan Badajoz.

En los años cuarenta y cincuenta el régimen franquista prosiguió con la construcción de los restantes ferrocarriles, inaugurándose algunos de ellos, como es el caso de los de Soria a Castejón, Cuenca a Utiel, Zamora a Orense y Vigo, la sección de Lleida a la Pobla de Segur del Transpirenaico a Saint Girons o la definitiva puesta en marcha de la línea de Alcañiz hasta Tortosa. Las obras de las líneas del Santander al Mediterráneo, de Jerez a Almargen, de Baeza a Utiel o las retomadas entre Talavera de la Reina y Villanueva de la Serena adquirieron con el paso de los años un alto grado de desarrollo e incluso en las tres últimas se procedió al montaje de buena parte de la vía.

El ferrocarril de Lleida a Saint Girons nunca afrontó la travesía de los Pirineos y su aventura concluyó en la estación de La Pobla de Segur. Fotografía de Martin Dieterich. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo, el cada vez más evidente cambio de modelo de transporte que, al igual que el resto de los países occidentales, experimentaba España gracias al rápido desarrollo del automóvil, hacía que estos ferrocarriles, cuya rentabilidad era más que cuestionable en el momento en que se tomó la decisión de su construcción, fueran altamente deficitarios treinta años más tarde.

El informe sobre la economía española que emitió en 1962 el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo supuso la puntilla definitiva para los ferrocarriles del Plan Guadalhorce. La decisión de paralizar su construcción, que nadie se había atrevido a tomar en treinta años, fue adoptada por los gobiernos tecnócratas del franquismo en un momento en que, en muchos casos, la inversión necesaria para su puesta en servicio era realmente escasa. Solamente se salvaron de la quema dos líneas, la de Madrid a Burgos y la del Ferrol a Gijón, probablemente más por razones «sentimentales» del régimen que, por motivos más consistentes, inauguradas en 1968 y 1972 respectivamente.

Lamentablemente, los augurios de los detractores del Plan Guadalhorce sobre la dudosa rentabilidad de estos ferrocarriles, pronto se confirmaron y, de hecho, buena parte de los que llegaron a inaugurarse fueron posteriormente clausurados, mientras que los restantes viven en la actualidad una lenta agonía debido a la falta de tráfico en sus vías. La única excepción a esta regla son los enlaces ferroviarios de Madrid, obra que, aunque incluida en el Plan Preferente de Ferrocarriles de Urgente Construcción, en realidad no fue iniciada hasta la caída de la Dictadura y la proclamación de la República. Estas vías se han convertido en la actualidad en una pieza fundamental en el sistema ferroviario de la capital de España, sobre todo en lo que se refiere a su red de cercanías.



miércoles, 10 de junio de 2026

EL FERROCARRIL DE LAS MINAS DE CALA (y IV)

 

Mariano de Corral posa al pie del basculador de vagones construido para la Sociedad Minas de Cala, al concluir las pruebas de este dispositivo en sus talleres de Bilbao. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

ORGULLOSO DE SU OBRA

Amurrio, Ferrocarril y Equipos es una de las empresas más destacadas del sector ferroviario de nuestro país, especializada en la fabricación de aparatos de vía y con presencia en los ferrocarriles de los cinco continentes. Los orígenes de esta empresa se remontan a un pequeño taller de calderería que estableció en 1880 el industrial Mariano de Corral en el bilbaíno Campo Volantín.

Tras dedicar sus primeros años de actividad industrial a la reparación de maquinaria y elementos navales, en 1892 Mariano de Corral realizó sus primeras incursiones en el sector ferroviario con el suministro de un par de vagones de mercancías para el Ferrocarril Central de Vizcaya. Gracias al buen resultado obtenido con esta experiencia, sus talleres pronto recibieron nuevos pedidos y ya a finales del siglo XIX se había consolidado como uno de los pocos fabricantes de material remolcado de nuestro país.

Durante sus primeros años de actividad como constructor ferroviario, los pedidos de vagones que pudo obtener fueron, en su gran mayoría, muy pequeños, frecuentemente apenas uno o dos para cada cliente, pero en 1904 logró uno de los más importantes en su aún breve trayectoria empresarial; la totalidad del parque de material remolcado del ferrocarril de las Minas de Cala, en concreto, ciento cincuenta vagones de dos ejes con descarga frontal, quince plataformas, doce de bordes altos, seis jaulas para transporte de ganado, catorce cerrados, tres furgones, cuatro coches mixtos de primera y tercera clase, otros cuatro de tercera y un coche salón, pedido inicial que, en años sucesivos, se ampliaría con más unidades, incluidos cuatro magníficos coches de bogies.

Junto al material remolcado, Mariano de Corral también suministro otros elementos a la Sociedad Anónima Minas de Cala, entre los que destaca la parte mecánica de los embarcaderos sobre el Guadalquivir. Una vez construidos y antes de remitirlos a Sevilla, se procedió al ensayo de los volteadores de los vagones, para verificar su correcto funcionamiento.

Tras el éxito de las pruebas se tomó una última fotografía, en la que se observa perfectamente el sistema de descarga mediante volteo del vagón, que contaba con un testero móvil que facilitaba su rápido vaciado por gravedad. Mariano de Corral, orgulloso de su trabajo, aprovechó la ocasión para posar al pie del volteador.


miércoles, 3 de junio de 2026

EL FERROCARRIL DE MINAS DE CALA (III)

Plano general del embarcadero del ferrocarril de las minas de Cala en San Juan de Aznalfarache, obra del ingeniero Juan Manuel Zafra Esteban, publicado en Le Génie Civil

EL CARGADERO DE SAN JUAN DE AZNALFARACHE

El embarcadero de minerales de San Juan de Aznalfarache (Sevilla) sobre el Guadalquivir era, sin lugar a duda, la obra más singular de todo el sistema de transporte establecido por la Sociedad Minas de Cala. En él destacaba el hecho de que, a diferencia de la mayor parte de las instalaciones de este tipo que hasta entonces se habían realizado mediante estructuras metálicas, fue ejecutado gracias a una tecnología que en el momento de su construcción era totalmente novedosa: el hormigón armado.

La estructura del embarcadero, diseñada por el ingeniero Juan Manuel Zafra, estaba formada por dos viaductos de hormigón armado que fue preciso levantar en un terreno poco favorable para este tipo de construcciones, sobre capas de fango mezcladas con arena y de varios metros de espesor, que reposaban sobre un lecho de graveras y guijarros. La gran altura que debía adquirir para poder descargar los vagones del ferrocarril por gravedad, la escasa capacidad portante del terreno y, sobre todo, la necesidad de no dificultar el paso libre de las aguas durante las crecidas del Guadalquivir, hizo que en su diseño se optara por levantar un viaducto doble sobre la zona de inundación que debía atravesar el ferrocarril hasta llegar hasta los buques.

El viaducto de acceso al embarcadero se dividía a su vez en dos estructuras independientes separadas entre sí por un terraplén intermedio. La primera de las estructuras era un puente doble formado por trece vanos de nueve metros de luz cada uno de ellos, que sumaban una longitud total de 117 metros. De ellos, los seis primeros conformaban en planta una curva de 190 metros de radio. El proyecto constructivo preveía que debía soportar la carga de un tren formado por veinte vagones, cada uno de ellos de veinte toneladas de peso, dos ejes y 4,40 metros de longitud entre topes. Esta composición sería remolcada por una locomotora de vapor de 48 toneladas de peso, tres ejes acoplados y un bogie trasero.

Vista general del primer embarcadero construido por Juan Manuel Zafra para el ferrocarril de las minas de Cala. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El segundo de los viaductos unía el terraplén intermedio con la estructura del embarcadero mediante un puente doble formado por ocho vanos de nueve metros de luz, por el que las vías del ferrocarril alcanzaban las instalaciones de descarga, situadas a una altura de 15 metros sobre la bajamar. Por el primer viaducto circulaban los vagones cargados y por el otro, dispuesto con una pendiente de veinte milésimas, los vacíos, que, de este modo se podían evacuar por gravedad.

El embarcadero contaba en su extremo con un basculador de vagones que permitía descargar un vagón cada dos minutos y medio, con una capacidad de 360 toneladas por hora y entre 2.250 y 2.700 toneladas diarias. El conjunto se completaba con una vertedera cuya altura se podía regular a fin de adaptarla tanto a la altura de los barcos como a las oscilaciones de las mareas. Este equipo fue construido por la empresa bilbaína Mariano de Corral, la misma que suministró todo el parque de vagones y coches de viajeros con el que inició el servicio el ferrocarril de las Minas de Cala.

La línea de amarre de los barcos al embarcadero estaba formada por cuatro grupos de pilones de madera, protegidos por un cerramiento del mismo material, que ofrecían un conjunto completamente independiente al de la estructura del cargadero. De este modo, podían a su vez funcionar como amortiguador de cualquier golpe provocado por una maniobra incorrecta en la aproximación de los navíos a la instalación.

Al igual que cualquier puente o viaducto, el embarcadero de San Juan de Aznalfarache y sus accesos fueron sometidos a rigurosas pruebas de carga, realizadas con gran rigor, máxime si se tiene en cuenta la escasa experiencia disponible en esa época en construcciones de este tipo en hormigón armado. La primera de ellas consistió en cargar uno de los vanos, que fue seleccionado para las pruebas debido a que presentaba algunos defectos de construcción y a que estaba situado en un tramo especialmente desfavorable, en curva y a la máxima altura, con un conjunto de carriles dispuestos de modo que produjeran el mismo efecto que el paso de una locomotora de vapor de 48 toneladas, sin que la estructura presentara flecha significativa. Posteriormente, la carga se incrementó hasta 72 toneladas, es decir, el peso de una locomotora y media. Transcurridas 36 horas, la estructura presentaba una flecha de tan solo 4 milímetros, que recuperó de inmediato una vez liberada de su peso.

Imagen publicada en el diario ABC el 19 de marzo de 1907. Tras el primer embarcadero, se aprecia el segundo, similar al anterior, levantado ese mismo año para hacer frente al creciente tráfico de minerales del ferrocarril de Cala. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

La siguiente prueba de carga consistió en estacionar un tren compuesto por veinte vagones cargados y su locomotora, lo que suponía un peso total de 450 toneladas. Posteriormente se realizaron sucesivas pruebas de arranque y frenado, forzando las maniobras a fin de que se produjeran patinajes lo más violentos posibles. Los registros más desfavorables en estas operaciones fueron de flechas de 2,6 milímetros bajo la locomotora y de 1,5 milímetros bajo los vagones. En el transcurso de estas pruebas no se registró ninguna oscilación, ni siquiera en el tramo en curva, en el que el viaducto por el que circulaban los vagones cargados alcanzaba su máxima altura.

El coste de construcción de ambos viaductos fue de 172.500 pesetas, a los que debe sumarse otras 60.000 pesetas por lo que respecta al propio embarcadero. La construcción de todo el conjunto se realizó en ocho meses, experimentando durante las obras importantes oscilaciones térmicas, desde los 5º bajo cero registrados durante los primeros días de enero de 1905 hasta los más de 45º del verano de ese mismo año, lo que obligó a tomar especiales precauciones en el proceso de curado del hormigón, mediante la instalación de toldos y sombrillas durante los días más calurosos.

Gracias a los buenos resultados de esta instalación y a la rápida consolidación del tráfico de minerales durante los primeros años de explotación de las minas, la empresa propietaria decidió construir en paralelo un segundo cargadero de similares características. Lamentablemente, tras la caída de la producción en los años treinta, estas infraestructuras dejaron de tener utilidad y fueron demolidas. En la actualidad únicamente se conservan algunos muros que difícilmente permiten evocar la envergadura de una instalación que en su día fue pionera en el empleo de un material constructivo tan común hoy en día como es el hormigón armado.