domingo, 22 de febrero de 2026

EL FERROCARRIL DEL UROLA CUMPLE 100 AÑOS (I)

Composición del tren inaugural del ferrocarril del Urola, fotografiado en la estación de Azpeitia. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 

El ferrocarril del Urola culminó, el 22 de febrero de 1926, la conformación de la red ferroviaria guipuzcoana, en su momento, la más completa de España y una de las más densas de Europa. Varias singularidades marcaron la historia de esta pequeña línea que enlazaba Zumarraga con Zumaia, como es el hecho de ser una de las dos únicas del estado construidas y operadas por una Diputación provincial, el que estuviera electrificada desde sus inicios o la estética de sus estaciones, diseñadas en un depurado estilo neovasco por el arquitecto donostiarra Ramón Cortázar.

El primer contacto del valle del Urola con el ferrocarril fue la apertura de la estación del ferrocarril de Madrid a Irun en Zumarraga el año 1864. Fotografía de Jean Laurent. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un valle aislado

A comienzos de los años veinte del pasado siglo, Gipuzkoa contaba con la red ferroviaria más densa de España. Su territorio, de tan solo 1.997 kilómetros cuadrados de superficie, se vertebra en estrechos valles que se dirigen desde los montes del interior hasta el mar Cantábrico y en esa fecha todos estos valles, salvo el del Urola, contaban con alguna vía férrea. De este a oeste, el primero de ellos, el Bidasoa, era seguido por el ferrocarril de vía métrica homónimo, que enlazaba Irun con Elizondo (Navarra). El siguiente valle, el del Oiartzun, veía pasar por su cuenca inferior, la más poblada, los ferrocarriles del Norte y el popular «Topo», al tiempo que dos trenes mineros se adentraban en sus profundidades hasta Arditurri y Artikutza, respectivamente. El valle del Urumea, el río de la capital, Donostia, estaba atendido por el ferrocarril del Norte y, también, por el tren eléctrico de San Sebastián a Hernani. Le seguía el Oria, en su parte baja atravesado por el ferrocarril de Bilbao a Donostia, operado por los Ferrocarriles Vascongados; en la media, recorrida por el ferrocarril del Plazaola y el tranvía de San Sebastián a Tolosa, y en la superior, por el ferrocarril del Norte. El último río del territorio, el Deba, contaba con las vías de los Ferrocarriles Vascongados y también con el Vasco-Navarro, que ascendía hasta Vitoria y Estella y, además, disponía de un ramal de San Prudencio a Oñati.

Prácticamente desde los inicios de la era ferroviaria se intentó lograr que el nuevo medio de transporte también recorriera el valle del Urola. El primer paso fue la apertura, en 1863, de una carretera que facilitó la conexión de Azpeitia y Azkoitia con la estación de Zumarraga del ferrocarril del Norte, Madrid-Irun, todavía en construcción en aquel momento.

El ingeniero Pablo Alzola redactó en 1887 el primer proyecto para la construcción de un ferrocarril a lo largo del valle del Urola, desde Zumarraga hasta Getaria. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En una época en la que aún no se había iniciado el desarrollo de los transportes mecánicos por carretera, la conexión establecida en 1863 resultaba a todas luces insuficiente, por lo que los ayuntamientos del valle del Urola intentaron impulsar la construcción de un ferrocarril desde Zumarraga hasta Getaria, que en su camino atendería las localidades de Urretxu, Azpeitia, Azkoitia, Zestoa y Zumaia. Para su diseño, el 5 de febrero de 1884, contrataron los servicios del reputado ingeniero Pablo de Alzola,

Alzola pronto se puso manos a la obra y el 14 de mayo de 1884 remitió a los ayuntamientos del valle del Urola su primer estudio, en el que valoraba el potencial de la zona que, en aquel momento, contaba con una población de 21.323 habitantes. Pese a ser acérrimo defensor de la vía ancha, ante la baja demografía y el escaso desarrollo industrial de la zona, en su propuesta planteó la utilización de la vía estrecha, con el fin de reducir al máximo los costes e intentar así hacer más atractiva la inversión, a la que estimaba un rendimiento anual del 4,7% del capital invertido en su construcción.

El 27 de junio de 1921 se celebró la colocación de la primera piedra del ferrocarril del Urola. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Pese a los esfuerzos que hizo Pablo Alzola para reducir al máximo la inversión necesaria y al decidido apoyo de los ayuntamientos interesados, lo cierto es que el capital no se interesó por un negocio que no parecía demasiado lucrativo, sobre todo en comparación con otros proyectos ferroviarios del entorno. Por ello, pronto se estudiaron otras alternativas, como la prolongación del ferrocarril Anglo-Vasco-Navarro planteada en 1888 o la propuesta realizada por Francisco Igartua, presidente de los Consejos de Administración de los ferrocarriles Central de Vizcaya (Bilbao a Durango) y de Durango a Zumárraga, para la construcción de una línea de vía estrecha con el propósito de enlazar Eibar y Donostia por Azkoitia, Azpeitia, Zestoa, Zarautz, Orio y Usurbil. Ninguna de ellas llegó a materializarse.

Para intentar reducir aún más los gastos de construcción, y gracias al desarrollo que en la última década del siglo XIX estaban adquiriendo los tranvías eléctricos, el ingeniero José Manuel Oraá redactó un proyecto para la construcción de un tranvía desde Zumarraga hasta Zumaia, que en la mayor parte de su recorrido aprovecharía la calzada de la carretera existente a lo largo del valle del Urola. Sin embargo, aunque en 1901 el donostiarra Juan Sansinenea Solabarrieta obtuvo las concesiones preceptivas, tampoco logró la financiación necesaria para su construcción.

La difícil orografía del valle del Urola exigió la construcción de 20 puentes en sus 35 kilómetros de recorrido. Construcción del puente de Aizpurutxo. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Ley de Ferrocarriles Secundarios

Una nueva esperanza para la construcción de un ferrocarril en el valle del Urola vino de la mano de la Ley de Ferrocarriles Secundarios, aprobada el 26 de marzo de 1908, que incluía, entre los trayectos beneficiados por las ayudas estatales, la construcción de una línea entre Zumarraga y Zumaia.

Con la nueva legislación, el ferrocarril del Urola contaría con una garantía de interés del 5% del capital invertido en su construcción. Este importante incentivo despertó la atención de algunos empresarios y, sobre todo, el de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, cuyos trenes conectaban con los dos extremos de la futura vía: en Zumarraga, gracias a su ramal procedente de Maltzaga, y en Zumaia, por su línea general de Bilbao a Donostia.

En marzo de 1908, la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados encargó al ingeniero Manuel Alonso Zabala la redacción de un nuevo proyecto constructivo del ferrocarril de Zumarraga a Zumaia que, a diferencia del propuesto en 1887 por Pablo Alzola, debería tener un trazado menos accidentado, con curvas de radio no inferior a 120 metros de radio, aunque ello obligara a realizar un mayor número de puentes y túneles. Las rampas no superarían las 22 milésimas y eludiría las contrapendientes, con lo que se facilitaría la explotación y se podría mejorar la velocidad de los trenes.

La tramitación del proyecto fue lenta y la subasta de la concesión no se celebró hasta el 20 de noviembre de 1915, en un momento en el que las consecuencias de la Primera Guerra Mundial ya habían disparado la inflación en la economía española. El rápido incremento de los precios hizo que las cantidades presupuestadas en 1908 por Manuel Alonso Zabala fueran muy inferiores a las reales en ese momento y por ello la obra exigía un capital muy superior al inicialmente previsto, capital que no quedaría cubierto con el 5% de interés garantizado. En consecuencia, ni la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, ni ningún otro postor, se presentó a la licitación.

La ubicación de la estación de Azkoitia generó una gran controversia. En la imagen, obras de construcción del edificio diseñado por Ramón Cortázar. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Interviene la Diputación de Gipuzkoa

Solo gracias a la presión de la Diputación de Gipuzkoa y de los pueblos del valle del Urola fue posible que el Ministerio de Fomento revisara los precios del proyecto elaborado por Manuel Alonso Zabala y que el presupuesto garantizado con el 5% de interés pasara de 7.235.954 a 13.664.403 de pesetas, con un incremento superior al 88%. Pese a esta mejora, y ante el temor de que la nueva subasta de la concesión, anunciada para el 20 de septiembre de 1920, quedara una vez más desierta, la institución provincial decidió presentarse al concurso. Cabe recordar que, en aquel momento, el presidente de la Diputación Provincial, Julián Elorza, era natural de Azpeitia, corazón del valle del Urola, y también lo era su vicepresidente, Ignacio Pérez Arregui, hecho que, sin duda, facilitó el éxito de su iniciativa.

Como muchos temían, la única propuesta que se presentó al segundo concurso de la concesión para la construcción y explotación del ferrocarril secundario de Zumarraga a Zumaia fue la presentada por el representante de la Diputación Provincial de Guipúzcoa, Francisco Fregueiro González, a quien le fue otorgada el 5 de octubre de 1920. El día 8 del mismo mes se constituyó el Consejo de Administración del Ferrocarril del Urola que en su primera reunión nombró como director técnico al propio Manuel Alonso Zabala, pues era quien mejor conocía el proyecto.

Una sucesión de puentes y túneles permitió desarrollar un trazado favorable en un valle tan cerrado como el del Urola. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La construcción

Manuel Alonso Zabala propuso dividir la construcción en dos secciones, ambas con su centro de operaciones en el punto central de la línea, Azpeitia, donde se podría establecer una oficina desde la que se gestionarían todos los trámites administrativos. Aunque el plazo establecido en la concesión para las obras era de tres años, Alonso Zabala confiaba en hacerlo en tan solo dos, optimista previsión que no logró alcanzar. Por el contrario, éstas se dilataron durante más de cinco años.

Tras realizar el replanteo del proyecto sobre el terreno, el 13 de junio de 1921 se adjudicaron las primeras obras, las correspondientes a la sección de más fácil ejecución, entre Azpeitia y Zumaia, y el 27 de junio se dio inicio formal a los trabajos. La ejecución de la sección entre Zumarraga y Azpeitia se encomendó poco después al contratista Juan Bautista Arzubía Olavide. Además, el 16 de agosto de 1922 se decidió prolongar la línea hasta el puerto de Zumaia, lo que incrementaba la longitud original de la línea de 35 kilómetros, en otros dos.

Sobre la marcha fue preciso modificar algunos aspectos del proyecto, sobre todo en lo relativo a los emplazamientos de las estaciones de Azkoitia y del balneario de Zestoa. Pero, sin duda, la decisión más importante fue la de sustituir la tracción vapor inicialmente prevista, por la eléctrica, planteada el 26 de julio de 1921 y aprobada por el Gobierno el 10 de agosto de 1923.

Descubrimiento de la placa inaugural del ferrocarril del Urola, colocada en el edificio de la subestación de tracción eléctrica y que en la actualidad se conserva en el mismo lugar, integrado en el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Con el nuevo sistema de tracción, los rectores del ferrocarril confiaban en que mejoraría el rendimiento del servicio, al disponer de una fuente de energía más limpia y barata que el carbón y que, además, permitiría prescindir de la figura del fogonero, con la consiguiente reducción del gasto en mano de obra. Incluso estudiaron la adquisición de algún salto de agua en el río Urola o en sus inmediaciones y, también, la construcción de una central térmica de carbón que pudiera aprovechar los lignitos del vecino valle de Aizarna, aunque, finalmente, se firmó un contrato de suministro con la Sociedad Hidroeléctrica Ibérica, antecesora de la actual Iberdrola. La tensión elegida fue, por primera vez en España, la de 1.500 voltios en corriente continua.

La mayor parte de los puentes sobre el río Urola, así como el de su afluente, el Ibai Eder en Azpeitia, se construyeron mediante vigas de hormigón con encofrados prefabricados diseñados por el ingeniero Eugenio Ribera. Únicamente tres eran de estructura metálica, suministradas por La Basconia (Basauri) y cuatro de sillería.

Todos los cambios introducidos en el trazado, los problemas con los contratistas o la sustitución del sistema de tracción provocaron el consiguiente retraso en las obras y la imposibilidad de completarlas en los tres años previstos en la concesión. En consecuencia, el 4 de octubre de 1923 el Consejo de Administración no tuvo más remedio que solicitar su prórroga por el plazo de un año, petición que fue aceptada mediante una Real Orden dictada el 5 de enero de 1924 y que, lamentablemente, no sería la única que se vería obligado a tramitar.

El 18 junio de 1924 ya estaban prácticamente concluidas las obras en los trozos quinto a séptimo, incluido el montaje de la vía, por lo que se organizó un viaje desde Zumaia hasta Azpeitia en un tren formado por una locomotora de vapor alquilada al ferrocarril del Plazaola y tres vagones adquiridos a los Ferrocarriles Vascongados para las obras, sobre los que se colocaron unos bancos corridos. Sin embargo, pese al notable avance de las obras, a finales de año fue necesario solicitar una nueva prórroga del plazo de construcción, en esta ocasión hasta el 31 de diciembre de 1925, aunque finalmente tampoco se alcanzó esta fecha, ya que la inauguración definitiva no tuvo lugar hasta el 22 de febrero de 1926, con excepción del ramal de Zumaia al puerto, que no se abrió al tráfico hasta el 29 de mayo del mismo año.

La estación del puerto de Zumaia favoreció el transporte de mercancías del valle del Urola. Fotografía de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El servicio

Tras la inauguración, los siete automotores de viajeros, suministrados por la firma alemana Siemens & Schuckert con carrocerías de la Carde y Escoriaza de Zaragoza, asumieron la tracción de todos los trenes de pasajeros, servicio para el que contaban con catorce remolques de carrocería metálica y siete de madera construidos por CAF en Beasain. Además, para los trenes de mercancías se contaba con tres furgones automotores, realizados también por Siemens, y 81 vagones fabricados en Bizkaia por los Talleres de Miravalles.

La apertura del Ferrocarril del Urola representó, en su momento, una notable mejora para las comunicaciones del valle. Las fábricas dispusieron de un medio de transporte eficaz para recibir materias primas, sobre todo el carbón que llegaba de Asturias a través del puerto de Zumaia, y expedir sus productos, mientras que los viajeros vieron como los tiempos de viaje se reducían notablemente frente a los autobuses que hasta entonces atendían la comarca. De hecho, el 22 de febrero de 1926, el mismo día en que se inauguraba el nuevo ferrocarril, circularon por última vez los autobuses de la empresa «La Vascongada» que, desde 1907, enlazaban el valle con la estación de Arroa de los Ferrocarriles Vascongados.

Lamentablemente, pese al intenso servicio que ofrecía el ferrocarril, su explotación no resultó un buen negocio. Una plantilla sobredimensionada y un tráfico más débil del esperado hizo que año tras año los ejercicios se cerrasen con déficit y únicamente en 1928, 1940, 1942, 1946, 1947, 1955 y 1956 se logró un pequeño margen positivo, que, desde luego, nunca alcanzó para amortizar la gran inversión realizada en su construcción.

La de Lasao fue la estación más pequeña del ferrocarril del Urola. Fotografía de Luis Blas Sedano

Tras la guerra civil, circunstancia que aprovechó la Diputación para reducir la plantilla expulsando a todos los ferroviarios que abandonaron el servicio ante el avance de las tropas rebeldes, se establecieron servicios paralelos de transporte de viajeros por carretera. Aunque el ferrocarril reaccionó implantando, en combinación con los Ferrocarriles Vascongados, trenes directos de Azkoitia a San Sebastián, así como tomando el control de la concesión de autobuses, la situación económica no mejoró.

A medida que mejoraban los transportes por carretera, el déficit del ferrocarril era cada día más abultado, hasta alcanzar en 1985 un alarmante coeficiente de explotación del 764%. La Diputación, en lugar de intentar modernizar el servicio, se desentendió de él.

Un tren del ferrocarril del Urola desciende de Zumarraga a Zumaia entre Aizpurutxo y Azkoitia. Fotografía de Manolo Maristany. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El cierre

Ciertamente, el tiempo había dado la razón a quienes desde 1884 habían desconfiado de la viabilidad de los diversos proyectos de ferrocarriles y tranvías que se habían planteado en el valle del Urola. La propia Diputación Provincial había intentado deshacerse de su línea con la esperanza de que, al igual que había sucedido con otras muchas, su gestión fuera asumida por la empresa estatal Feve.

Las primeras propuestas de cesión, formuladas en 1976, no lograron su objetivo, en una situación de constantes cambios políticos y sucesión de ministros y ministerios. Por otra parte, el traspaso de competencias en materia ferroviaria desde el gobierno central al vasco implicó que fuera este último el posible responsable de la cesión. Finalmente, la promulgación de la Ley de Territorios Históricos el 5 de marzo de 1985, delimitó las futuras competencias de las Diputaciones y el gobierno autónomo y determinó el traspaso del Ferrocarril del Urola.

En materia de transportes, la Ley de Territorios Históricos devolvió a la Diputación Foral de Gipuzkoa todas las competencias en materia de construcción y gestión de carreteras que el gobierno del dictador Franco le había arrebatado en 1938 al declarar a este territorio, y al de Bizkaia, provincias traidoras. Por su parte, el Gobierno Vasco se reservaba todas las competencias en materia de ferrocarriles transferidos desde el Gobierno Central y, en consecuencia, también se hizo cargo del Ferrocarril del Urola.

La Asociación de Amigos del Ferrocarril de Gipuzkoa llegó a celebrar el 60 aniversario del ferrocarril del Urola poco antes de su cierre. Fotografía de Pedro Pérez Amuchastegui

Cuando el Gobierno Vasco, y su sociedad pública Euskotren, recibieron el Ferrocarril del Urola en 1985, el antaño moderno tren eléctrico era una línea moribunda en la que la totalidad de sus equipos; vías, automotores, remolques, catenarias y subestación de tracción, hacía tiempo que habían agotado su vida útil, pero que la falta de inversión durante 60 años había impedido renovar y actualizar en su momento. La situación era extrema, sobre todo en lo que se refiere a la alimentación de los trenes, ya que la línea contaba con una única e insuficiente subestación, situada en Azpeitia, totalmente desfasada y para la que resultaba prácticamente imposible lograr repuestos. Si hasta 1983 sus limitaciones se habían podido compensar, al menos de forma parcial, gracias al apoyo que podían ofrecer las instalaciones de Euskotren desde Zumaia y las de Renfe desde Zumarraga, ese año la empresa estatal elevó la tensión de alimentación de sus trenes, de los primitivos 1.500 voltios en corriente continua, comunes con el Urola, a los actuales 3.000 voltios, por lo que ya no era posible recurrir a su auxilio.

En este difícil contexto, ya en 1984, antes de la aprobación de la Ley de Territorios Históricos y su transferencia al Gobierno Vasco, la Diputación de Gipuzkoa había estudiado las posibles alternativas para la modernización del Ferrocarril del Urola. Lo cierto es que, de lo existente, únicamente se podía aprovechar el trazado y los bellos edificios de las estaciones, diseñados por Ramón Cortázar. Todo lo demás debía ser sustituido de inmediato; desde los desgastados carriles a las traviesas de madera, muchas de ellas podridas, así como los trenes y la destartalada catenaria, sin olvidar la necesidad de reemplazar la anacrónica subestación eléctrica. Naturalmente, el coste de la inversión era muy elevado e inasumible para una Diputación arruinada como consecuencia del contexto de crisis generalizada que vivía la economía vasca desde el inicio de la transición política.

El coste de la reconstrucción integral del Ferrocarril del Urola se estimó en unos 2.000 millones de pesetas de la época, motivo por el que también se valoró una actuación parcial, en la que únicamente se mantendría el servicio entre Azkoitia y Zumaia, que no requería, ni la renovación de la subestación de Azpeitia, ya que se pensó que se podría alimentar este trayecto desde las situadas en la línea de Euskotren de Bilbao a Donostia, ni la compra de nuevo material móvil, pues se podrían reaprovechar los vehículos excedentes de dicha empresa pública. De este modo, el coste de la actuación se reduciría a unos 750 millones de pesetas.

Los trabajos de renovación del ferrocarril del Urola iniciados en 1986 nunca se concluyeron. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Mientras se valoraba la oportunidad de estas inversiones, en 1985 se produjo el traspaso del Ferrocarril del Urola al Gobierno Vasco y de éste a su sociedad pública Euskotren. De inmediato, los nuevos rectores de la línea encomendaron a la ingeniería vizcaína Sener la redacción de un estudio integral, del que se pudo concluir que la demanda existente y prevista no era suficiente para garantizar la viabilidad del servicio.

De las alternativas propuestas por Sener, que iban desde el cierre total a su renovación, en un principio el Gobierno Vasco se decantó por la clausura. Como era de esperar, la decisión generó la inmediata reacción de las poblaciones del valle del Urola y sus protestas lograron que, al menos en principio y en plena precampaña para las elecciones al Parlamento Vasco que debían celebrarse el 30 de noviembre de 1986, se cambiara de opinión. Así, el 1 de mayo de dicho año se anunció la reconstrucción del ferrocarril.

Poco después, el 14 de julio de 1986 se suspendió el servicio y se iniciaron las obras de mejora, con la renovación de la vía, aunque limitada al tramo de Azkoitia a Zumaia y con material recuperado de otras líneas de Euskotren. No se llegaron a contratar otras actuaciones fundamentales, como la reconstrucción de la electrificación y una vez superado el periodo electoral, y tras un nuevo informe de viabilidad, el 5 de febrero de 1988 se anunció el definitivo cierre del ferrocarril del Urola.


miércoles, 18 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (y IV)

El coche de tercera clase C-1 del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo posa sobre el carro trasbordador de la fábrica de Material Móvil y Construcciones, antes de proceder a su transporte al ferrocarril riojano. Se observa la publicidad de la empresa constructora en cuatro de sus ventanas. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

EN LA FÁBRICA

A diferencia del parque motor, el material remolcado de viajeros del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo fue, en sus inicios, de nueva construcción. No obstante, tampoco puede decirse que los promotores del ferrocarril riojano se estirasen mucho en su compra, ya que limitaron su parque a tan solo ocho coches, un conjunto verdaderamente exiguo, incluso para una pequeña línea de apenas 35 kilómetros de longitud.

El parque de coches de viajeros inicial estaba compuesto por dos coches de bogies mixtos, dotados de departamentos de primera, segunda y tercera clase; otros dos similares, pero que, además, disponían de un pequeño espacio como furgón para el jefe de tren y el transporte de paquetería, y cuatro coches, también de bogies y similar factura, pero únicamente de tercera clase.

El suministro de este pequeño parque de coches de viajeros se contrató en 1921 con uno de los principales fabricantes españoles de la época, Material Móvil y Construcciones, antiguos talleres de Carde y Escoriaza en Zaragoza. Una vez concluida su construcción, la firma aragonesa, en la actualidad convertida en la factoría de CAF en la capital del Ebro, procedió a fotografiarlos sobre el carro transbordador de la factoría, como es el caso de este coche de tercera. En la actualidad, esta imagen, junto al valiosísimo archivo histórico de esta empresa, se conserva y está a disposición de investigadores y curiosos, en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza.



lunes, 16 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (III)

Una de las locomotoras de vapor construidas en Estados Unidos por Baldwin para el ejército francés durante la primera guerra mundial, adquirida de ocasión por la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos para su línea de Calahorra a Arnedillo. La imagen fue tomada en 1961, cuando ya se encontraba fuera de servicio. Fotografía de Frank Jones. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

SEGUNDA MANO

Uno de los muchos aspectos que evidencian la precariedad con la que fue explotado el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo a lo largo de sus poco más de cuatro décadas de su historia se encuentra en el hecho de que la totalidad de su parque motor fue adquirido de ocasión.

Como se ha señalado, las primeras locomotoras que operaron en el pequeño ferrocarril riojano habían sido alquiladas, una a la Compañía del Ferrocarril del Bidasoa, con la que los gestores del Calahorra-Arnedillo mantenían estrechos vínculos, la número 11, “Zarauz”, y dos a la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, la número 13, “Vizcaya”, y la número 302 “Tavira”. Cabe señalar que estas tres máquinas eran gemelas de la 104 “Aurrera” que, en la actualidad, se mantiene en funcionamiento en el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren y todas ellas habían sido construidas en Manchester, entre 1892 y 1898, por la firma Nasmyth & Wilson para la compañía del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián.

El parque de locomotoras del Calahorra a Arnedillo se amplió a mediados de los años veinte con otra unidad alquilada, en este caso al ferrocarril de Olot a Girona, la número 4 “Las Planas”, que se mantuvo en la línea riojana hasta 1932. Para entonces, el pequeño tren del Cidacos ya había adquirido tres locomotoras construidas por la firma norteamericana Baldwin, pero no se trataba de máquinas nuevas, pues habían sido fabricadas en 1916 para el ejército francés.

Una de las locomotoras construidas en Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón efectúa su entrada en la estación de Arnedo en cabeza de un tren mixto. Archivo Fermín de Blas

La situación no mejoró tras la incautación de la línea y su incorporación a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado. Esta entidad aportó las locomotoras que en 1936 había construido la fábrica de armas de Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón, aunque en este caso apenas habían prestado servicio antes de su llegada a la línea riojana. Hay constancia de la presencia de las máquinas 1, 7, 9 y 10 de esta serie en diversos periodos entre 1942 y 1965.

El parque de locomotoras de vapor del Calahorra-Arnedillo se completó en 1952 con la recepción de la número 32 “Cascante”, construida por Couillet en 1884 para el vecino ferrocarril de Tudela a Tarazona. Al parecer, fue la última en servicio en la línea riojana y, de hecho, arrastró también los trenes que desmantelaron sus instalaciones tras el cierre en 1966.

La última locomotora de vapor en servicio en el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo fue, paradójicamente, la más antigua de las que prestaron servicio en esta línea, ya que fue construida en 1884 por la firma belga Couillet para el Tudela-Tarazona. Fotografía de Ferrán Llauradó. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Al igual que las locomotoras, los pequeños autovías con que contó el Calahorra-Arnedillo procedían de otros ferrocarriles. Todos ellos del mismo modelo, un desarrollo de la firma alemana Wismar construido en España bajo licencia por Material Móvil y Construcciones de Zaragoza en 1935, el primero se recibió en 1943 procedente del Tudela-Tarazona. Esta misma línea transfirió otra unidad en 1947 y la tercera en 1952, tras la definitiva transformación a vía ancha de su línea originaria ese mismo año.



jueves, 5 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (II)

 

Fotografía de León Mourgues tomada durante los actos de inauguración del Ferrocarril del Bidasoa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

LEÓN MOURGUES VEUILLOT

Como se ha señalado, la construcción del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo fue impulsada por la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos, entidad que, a su vez, era filial de la Sociedad Electro-Metalúrgica Ibérica, empresa fundada en Madrid en 1918 por el francés Alfred Massenet, en la que se agrupaban diversos intereses financieros del país vecino. Entre sus técnicos más destacados, algunos también eran de nacionalidad gala, como es el caso del primer director de explotación del tren del Cidacos, el ingeniero León Mourgues, nacido en París el año 1865.

Vinculado desde su juventud a diferentes negocios mineros, León Mourgues trabajó en varias explotaciones mineras, tanto en Francia como en sus colonias de Túnez y Argelia. De ahí que pronto se vinculara al Crédit Foncier d’Algérie et Tunisie, entidad financiera fundada en París en 1888. Tras la descolonización, este banco, integrado desde 1971 en la Société Générale, se convirtió en la base de algunas de las entidades financieras más importantes de Túnez y Líbano.

A comienzos del siglo XX León Mourgues se trasladó a España como concesionario de unas minas de cobre en el norte de Navarra. Situadas en el valle del Bidasoa, pronto se interesó por la mejora de los transportes en esta zona y en 1911 impulsó la constitución de la compañía de los Ferrocarriles del Bidasoa, empresa que en 1916 inauguró el pequeño ferrocarril de vía métrica de Irún a Elizondo y de la que el Crédit Foncier d’Algérie et Tunisie era el principal accionista.

Tras la apertura del ferrocarril del Bidasoa, Mourgues se interesó por otros proyectos en la zona, como su continuación hasta la capital de Navarra, la línea de Pamplona a Logroño o la de Marcilla a Estella. Asimismo, colaboró en muchos de los proyectos que impulsó en la misma época su socio Alfred Massenet, empresario que estuvo presente en entidades tan diversas como la Compañía General de Ferrocarriles Catalanes, la del Tranvía de San Sebastián a Tolosa, el nonato tren de Lugo a Ribadeo, diversos proyectos en el protectorado de Marruecos o el Calahorra-Arnedillo, del que León Mourgues fue también director.

Una vez en marcha el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo, León Mourgues centró su actividad en la gestión del Ferrocarril del Bidasoa, hasta el punto de fijar su residencia en la estación de Irún-Mendibil, la dependencia más importante de esta línea. En ella le sorprendió la muerte el 14 de marzo de 1931. Según rezaba su esquela, en aquel momento, además de Administrador Delegado de la Compañía de los Ferrocarriles del Bidasoa era también Consejero del Comercio Exterior de Francia y Presidente de la Sociedad Francesa de Beneficencia y Enseñanza. En la actualidad, una avenida en Santesteban (Navarra), recuerda su memoria.



viernes, 30 de enero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (I)

 

Un tren de mercancías del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo recorre la cuenca del riojano río Cidacos encabezado por la locomotora de vapor número 32 “Cascante”. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

 

El 15 de enero de 1966 es una de las fechas más negras en la historia de los pequeños ferrocarriles de vía estrecha de nuestro país. Ese día, la antigua Feve procedió a la clausura de 282 kilómetros de sus líneas, repartidas por buena parte de la geografía española; los 24 kilómetros del Castro-Traslaviña, los 42 comprendidos entre Navalcarnero y Almorox, los 127 del Utrillas a Zaragoza, los 54 correspondientes al ferrocarril de La Loma y los tranvías de Linares y los 35 correspondientes al riojano tren de Calahorra-Arnedillo.

Aunque todos ellos son merecedores de un espacio en esta sección, en esta ocasión ésta se dedicará a recordar la historia del último de ellos, una pequeña línea que seguía prácticamente en todo su recorrido el valle del río Cidacos, al que acompaña en su camino hacia el Ebro. Operado por una empresa pomposamente denominada “Sociedad de los Ferrocarriles Eléctricos”, en realidad, su modesta vía métrica nunca conoció la catenaria y durante sus poco más de cuatro décadas de existencia siempre se operó con tracción vapor o con pequeños autovías impulsados por motores de combustión interna.

 Vista de las instalaciones de la estación de Calahorra-Tránsito, origen del ferrocarril de Arnedillo, en la que enlazaba con la red de vía ancha operada por la Compañía del Norte. Archivo Oskar Ramos Moreno


Los ferrocarriles del Ebro medio

Tras la construcción del corredor ferroviario entre Miranda de Ebro y Zaragoza, concluido en 1863 por las compañías de los ferrocarriles de Tudela a Bilbao y de Pamplona a Zaragoza, pronto surgieron iniciativas para recorrer los valles de los diferentes afluentes del Ebro en esta zona y comunicar así las poblaciones más importantes del interior. Un elemento común a todos ellos fue la utilización de la vía estrecha, con una separación de un metro entre las caras internas de sus carriles, para abaratar al máximo los costes de establecimiento.

El primero de ellos fue el que unía la localidad aragonesa de Tarazona con la estación de Tudela de Navarra, inaugurado el 1 de enero de 1886. Un año más tarde, el 10 de agosto de 1887 se sumó el ferrocarril de Cariñena a Zaragoza, que facilitó el transporte de los vinos de la región a la capital aragonesa y, desde ésta, al resto de España.

 El 27 de mayo de 1889 se abrió al público el ferrocarril de Borja a la estación de Cortes, también a caballo entre las provincias de Zaragoza y Navarra. No sería hasta el 29 de septiembre de 1904 cuanto se inaugurase la cuarta línea de vía métrica de la región, la que comunicaba las minas de carbón de Utrillas con Zaragoza. En esa misma época se llegó a poner en marcha otro ferrocarril de vocación minera entre Olvega (Soria) y la estación de Castejón de Ebro, aunque problemas técnicos y financieros impidieron que llegara a funcionar formalmente. Tras años de abandono, en 1941 sería reemplazado por un nuevo trazado en vía ancha proveniente de Soria.

Durante los años de la primera guerra mundial se abrieron dos nuevos ferrocarriles en la zona. El primero entre Sádaba, Ejea de los Caballeros y Gallur, el único situado en la orilla izquierda del Ebro y único también que cruzaba su cauce, inaugurado el 30 de diciembre de 1915 y pocos meses después entró en servicio la línea riojana de Haro a Ezcaray, que inició su andadura el 10 de julio de 1916.

Estación de Préjano, terminal provisional del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo durante 23 años. Archivo de Oskar Ramos Moreno


El carbón de Préjano

Fueron precisamente las circunstancias provocadas por la primera guerra mundial las que impulsaron la construcción de la última de las vías férreas construidas en el curso medio del Ebro: el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo. Hasta entonces, España atendía el 40% de su demanda de combustibles con la compra masiva de carbón de calidad en Gran Bretaña, pero la guerra submarina y el descenso de la producción británica al movilizar millares de sus mineros como soldados, provocó la primera gran crisis energética que ha vivido nuestro país. No hay que olvidar que, en una época, este combustible era el que impulsaba la industria y el transporte, además de resultar esencial en el sector doméstico.

Para intentar paliar este problema, el gobierno hizo todo lo posible para fomentar la extracción de carbón nacional. Entre otras muchas medidas, el 14 de marzo de 1918 promulgó la Ley de ferrocarriles carboneros, norma con la que pretendía reducir los plazos para la gestión de concesiones ferroviarias que tuvieran como objeto facilitar el transporte de carbón desde las minas hasta los centros de consumo. Lamentablemente, los resultados prácticos de esta ley fueron muy limitados, pues fue aprobada pocos meses antes del final de la guerra y, por consiguiente, de la progresiva normalización de las importaciones de carbones de calidad del extranjero, sobre todo de Gran Bretaña. De hecho, de los numerosos proyectos estudiados en aquel momento  únicamente se llegaron a construir el famoso tren de Ponferrada a Villablino y la línea que ahora nos ocupa.

Esquema del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo publicada en la Memoria de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado 1941-1942. Se observa que la línea todavía no ha alcanzado su destino final y, también, la traza del ferrocarril minero desde la estación de Préjano a las explotaciones carboneras. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

La concesión del Ferrocarril Carbonero y Secundario de Calahorra a Arnedillo fue otorgada por el Ministerio de Fomento el 28 de mayo de 1920 a una empresa constituida con capital francés: la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos. Esta empresa pretendía impulsar varios proyectos ferroviarios en Galicia, Navarra y La Rioja, aunque de todos ellos únicamente llegó a construir la línea que recorre el valle del río Cidacos.

En principio, el propósito de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos era construir una línea de vía métrica con origen en la estación de Calahorra, situada sobre la línea de Tudela a Bilbao, que entonces operaba la Compañía de los caminos de hierro del Norte de España. Desde ésta seguiría el valle del río Cidacos hasta alcanzar la estación de Ariñano, ubicada a un par de kilómetros de las minas de carbón de Préjano. La conexión entre ambos puntos se completaría con un pequeño tren minero, con ancho de vía de 600 milímetros, hasta los yacimientos. Además, el proyecto también contemplaba la posibilidad de prolongar la vía métrica hasta el famoso balneario de Arnedillo.

Los promotores del proyecto pretendían levantar en Préjano una potente central térmica que consumiría los carbones de la zona, de escasa calidad para otros usos. Su producción, además de venderse a terceros, también debería de alimentar a las locomotoras eléctricas inicialmente previstas en el ferrocarril, aunque la catenaria nunca llegó a ser instalada y, finalmente, el servicio se inauguró con tracción vapor, una locomotora alquilada a los Ferrocarriles Vascongados.

Inauguración del ferrocarril entre Calahorra y Préjano, con un tren encabezado por la locomotora número 13 “Vizcaya” originaria de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados. Colección Rada. Revista Carril


La construcción

Como nos recuerdan Lluis Prieto i Tur, Mariano Rodríguez Gonzalvo y Enrique Díez Gonzalez en su documentada monografía sobre este ferrocarril, los primeros proyectos ferroviarios entre Calahorra y Arnedillo, planteados a partir de la inclusión de esta línea en la Ley de Ferrocarriles Secundarios de 1908, pretendieron ahorrar al máximo los gastos de establecimiento. Para ello, inicialmente estaba previsto que más de la mitad de los 35 kilómetros del recorrido se implantasen sobre las calzadas de las carreteras existentes, de forma análoga a un tranvía. Esta propuesta, estudiada por el ingeniero Eduardo Carvajal Acuña fue rechazada por el gobierno, por lo que el proyecto definitivo, redactado en 1919 por Juan Cervantes Sainz de Andino, contemplaba la construcción de una explanación propia en todo el recorrido.

En julio de 1920 la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos lanzó los primeros concursos para la adjudicación de los diferentes tajos de la obra, así como para la adquisición del material preciso para su explotación. Los trabajos se desarrollaron con rapidez, gracias a la ausencia de obstáculos orográficos de relevancia, de modo que el 30 de mayo de 1922 se pudieron inaugurar los catorce kilómetros comprendidos entre la estación de Calahorra y Autol con un tren encabezado por la locomotora número 11, «Zarauz».

El ferrocarril de Calahorra a Arnedillo levantó junto a la estación de Arnedo las instalaciones necesarias para el mantenimiento de la línea, como es el caso de los talleres para el material motor y remolcado de la imagen. Archivo de Oskar Ramos Moreno

Desde luego, el topónimo con el que estaba bautizada la locomotora no parece tener vinculación alguna con la comarca que recorría el nuevo tren. Esta circunstancia tiene una fácil explicación; en realidad, se trataba de una máquina construida por la firma británica Nasmyth & Wilson en 1892 para el ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián, integrado en 1906 en la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados que, a su vez, la vendió en 1915 a la del Ferrocarril del Bidasoa. Este último, con estrechas vinculaciones en el accionariado y en algunos cargos relevantes con la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos, la había arrendado al tren de Calahorra a Arnedillo para encabezar los trenes de trabajo y a falta de máquinas propias, fue la utilizada en la inauguración.

El recurso a locomotoras de alquiler, incluso para actos tan importantes como la inauguración de la línea, evidencian la falta de recursos del concesionario, incapaz de disponer de su propio material motor. La escasa capacidad financiera de la empresa pronto se hizo patente en la renuncia a la electrificación del servicio o en la utilización de carriles usados, adquiridos de ocasión a la Compañía del Norte, en el tendido de la vía. Aunque la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos pudo continuar las obras y el 30 de abril de 1923 abrió al tráfico los tres kilómetros de la segunda sección, entre Autol y Quel; el 30 de agosto del mismo año sus trenes alcanzaban Arnedo, con otros cinco kilómetros, y el 31 de julio de 1924 otra máquina originaria de los Ferrocarriles Vascongados, la número 13 «Vizcaya» encabezaba el tren inaugural hasta Préjano, fue incapaz de completar los tres kilómetros restantes hasta Arnedillo, los de construcción más compleja, ya que el Cidacos se adentra en este tramo en el estrecho desfiladero de la Peña de la Cruz, que entre otras obras exigía la perforación de un túnel de más de 600 metros de longitud.

Vista de la estación de Calahorra-Tránsito. Foto Bella. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Una explotación ruinosa

Ante la paralización de las obras y la imposibilidad de que el tren alcanzara el punto final de la concesión, la estación de Arnedillo, en 1927 los hermanos Martínez Pinillos, propietarios del afamado balneario de esta localidad, decidieron establecer un servicio de autobuses para poder trasladar a sus clientes hasta la estación de Calahorra. De inmediato, se estableció una feroz competencia entre sus flamantes coches Hispano-Suiza y el tren, lo que agravó aún más la delicada situación económica de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos.

Año tras año, la explotación del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo se cerraba con números rojos. Pronto, a los impagos a los proveedores se sumaron los retrasos en el abono de las nóminas a sus propios trabajadores y, en consecuencia, éstos se declararon en huelga el 16 de marzo de 1934. Tras seis días de paro, los ferroviarios pudieron cobrar parte de los haberes pendientes y el 23 del mismo mes retornaron al servicio, pero poco después se reiteraron los impagos y las huelgas, como la iniciada el 29 de mayo, que se prolongó durante dieciséis días. Para colmo de males, el 4 de julio la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos anunció que el 1 de agosto cesaría el servicio y el despediría a todos sus trabajadores ante el embargo de los ingresos de la línea en favor de sus numerosos acreedores.

Aunque gracias a las presiones de las autoridades locales y de los sindicatos se pudo conjurar el peligro del cierre, la situación económica de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos no mejoró, al tiempo que algunos de sus rectores se veían implicados en diversos procesos judiciales por fraude y estafa. En consecuencia, pronto se volvieron a retrasar los pagos de las nóminas y, tras cuatro meses sin percibir sus salarios, el 27 de agosto de 1935 los trabajadores declararon nuevamente la huelga. En esta ocasión, los esfuerzos de los representantes políticos y sindicales de la zona para que se pudiera recuperar el servicio fueron estériles y éste no se pudo reanudar en los siguientes meses.

Las crecidas del río Cidacos dañaron las instalaciones del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo y retrasaron su reapertura tras la incautación de la línea por parte de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado en 1936. Archivo de Oskar Ramos Moreno


La incautación

Ante la incapacidad manifiesta del concesionario, el 22 de mayo de 1936 el Ministerio de Obras Públicas decidió incautar el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo. Sin embargo, el estallido de la guerra civil dos meses más tarde, así como las crecidas del río Cidacos, que destruyeron varios tramos de la explanación ferroviaria, impidieron que los trenes volvieran a circular.

El 6 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, el gobierno franquista encomendó a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado la gestión de la línea. Pocos días más tarde, el 28 de mayo, una comisión encabezada por el director de esta entidad, Alejandro Mendizábal Peña, visitó las instalaciones y pudo constatar la imposibilidad de reanudar el servicio ante los problemas que presentaba la vía, arrastrada en algunos tramos por las aguas del Cidacos, así como por el deficiente estado del material móvil y de las instalaciones.

Finalizada la guerra, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado emprendió la reconstrucción de la línea, con la reparación de los terraplenes afectados por las riadas, la sustitución de traviesas y sujeciones y la renovación de la línea telefónica de comunicaciones. Además, se reforzó el parque motor, con la incorporación de dos de las magníficas locomotoras construidas en Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón, entonces todavía en obras, en concreto, las matriculadas con los números 7 y 9.

Una vez finalizados los trabajos de reconstrucción, el 12 de abril de 1942 se procedió a la reapertura del servicio entre Calahorra y Arnedo con la pompa y el ceremonial propios de la época. En todo caso, las reparaciones efectuadas fueron bastante precarias y en los años inmediatos fue necesario realizar nuevas inversiones para consolidar la vía que, además, no era la más adecuada para soportar las pesadas locomotoras del Ferrol-Gijón.

El 12 de abril de 1942 se procedió a la solemne reapertura del ferrocarril de Calahorra a Préjano. En la estación de Arnedo se observa toda la parafernalia del régimen franquista, incluido el saludo fascista que realizan los asistentes al acto. Colección Díaz de Rada


La prolongación

Mientras se recuperaban las infraestructuras del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado estudió diversos proyectos para la construcción de nuevas líneas en su entorno, sobre todo la propuesta de enlaces de todos los ferrocarriles de ancho métrico del Norte y el Este del país. Entre otras, esta ambiciosa y poco realista iniciativa contemplaba la integración de la línea del Cidacos en esta nueva red con la construcción de la línea de Calahorra a Estella y Pamplona, que además contaría con un ramal de conexión desde Carcar hasta Marcilla. De este modo, habría enlazado con el Vasco-Navarro y con el Plazaola, lo que aseguraría su conexión con toda la red de vía estrecha de la cornisa cantábrica.

Naturalmente, en plena posguerra y en una época en la que los transportes mecánicos por carretera comenzaban a arrebatar el tráfico al ferrocarril, estos proyectos eran una quimera imposible de realizar. Más factible era la recuperación del proyecto original para alcanzar Arnedillo y, por ello, el mismo año en que se reemprendió el servicio, en 1942, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado decidió iniciar las obras para completar los cinco kilómetros  que faltaban desde Préjano.

Finalmente, el 15 de julio de 1947 se culminó la construcción del ferrocarril del Cidacos con la llegada de los trenes a Arnedillo. En cabeza de la composición inaugural la engalanada locomotora de vapor número 9 del ferrocarril de Ferrol a Gijón. Colección Diaz de Rada


El presupuesto inicial de 2.506.445,09 pesetas pronto se quedó corto y tan solo un año más tarde, el 26 de noviembre de 1943, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado aprobó una inversión de 3.311.902,22 pesetas. Las obras fueron encomendadas, mediante adjudicación directa, al contratista Antonio Cutillas y tras tres años de trabajos quedaron completadas, por lo que el 15 de julio de 1947 se procedió a su apertura al tráfico.

Un autovía de gasolina, originario del ferrocarril de Tudela a Tarazona, emprende la marcha en el apeadero de Calahorra-Norte. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


El fin

Pese a la prolongación de la línea hasta Arnedillo, la vida del ferrocarril del Cidacos no salió de su perpetua languidez. El servicio siempre se vio lastrado por sus carencias iniciales, como era el propio material de la vía, montada con carriles usados adquiridos de ocasión a la Compañía del Norte, o el parque de material motor, procedente de otros ferrocarriles.

La Explotación de Ferrocarriles por el Estado apenas realizó inversiones para su modernización. Nunca se sustituyeron sus primitivos y desgastados carriles, que difícilmente podían soportar el peso de las locomotoras de vapor construidas para una línea de la entidad del ferrocarril de Ferrol a Gijón y no para un pequeño tren secundario como el del Cidacos. Como en otras muchas líneas, en los años cincuenta se sustituyó la onerosa tracción vapor, pero en lugar de adquirir nuevos automotores, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado optó por reasignar los viejos autovías del tipo “Zaragoza” que hasta 1952 habían prestado servicio en el vecino ferrocarril de Tudela a Tarazona cuya vía se había ensanchado ese año e integrado en la red de Renfe.

Pese a su pequeño tamaño y a sus años de servicio en el Tudela Tarazona, la llegada de los autovías permitió intensificar el servicio y pasar de las dos o tres circulaciones diarias en cada sentido que mantuvo la línea desde su inauguración hasta 1947, a los ocho viajes que se verificaban a comienzos de los años sesenta. En aquel momento, solo uno de los trenes se efectuaba con tracción vapor, un mixto que recogía los pocos vagones de mercancías que todavía atendían la cada vez más reducida demanda de transporte de cargas, que en 1964 apenas alcanzó las 2.000 toneladas anuales.

La Explotación de Ferrocarriles por el Estado sustituyó los motores de gasolina originales de los autovías del Tudela a Tarazona, por otros diésel suministrados por Barreiros, lo que obligó a modificar la capota que lo albergaba. Fotografía de Jeremy Wiseman. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La falta de inversiones de mejora que arrastró el tren de Calahorra a Arnedillo durante toda su existencia impidió que pudieran mejorarse los tiempos de viaje y en los años sesenta los autovías necesitaban una hora para cubrir los 35 kilómetros del trayecto. En estas condiciones, resultó imposible poner freno a la rápida caída de la demanda, prácticamente nula en el caso de las mercancías y con apenas medio millar de viajeros diarios, cada día más seducidos por los nuevos autobuses que circulaban en competencia y, sobre todo, por el desarrollo del vehículo privado. En consecuencia, la situación del ferrocarril era cada día más insostenible.

Vista de las instalaciones para el trasbordo de mercancías entre los trenes de vía estrecha del Calahorra-Arnedillo y los de vía ancha de Norte y, posteriormente, Renfe, en la estación de Calahorra-Tránsito. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En 1965, los ingresos obtenidos por el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo sumaron cerca de dos millones de pesetas, pero los gastos de explotación ascendieron a más de seis millones. En estas condiciones, Ferrocarriles de Vía Estrecha, más conocida por el acrónimo Feve, constituida en septiembre de dicho año tras la transformación en empresa pública de la antigua Explotación de Ferrocarriles por el Estado, decidió el cierre de esta y otras líneas. La medida se anunció en todas las estaciones del recorrido el 29 de diciembre y la clausura definitiva se verificó dos semanas más tarde, el 15 de enero de 1966.

miércoles, 7 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (y IV)

Vista del puente de Mikeldi, levantado por el ferrocarril de Durango a Zumárraga sobre el río Ibaizabal en 1886. Fotografía de Aureliano Gómez de la Vega. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

EL PUENTE DE MIKELDI

Uno de los vestigios más singulares y poco conocidos de los inicios del ferrocarril de Bilbao a Donostia es el puente de Mikeldi. Esta estructura metálica, conformada por un único tramo en arco, fue construida por los talleres de Johann Kaspar Harkort, de Duisburg (Alemania), en 1886, y levantada sobre el cauce del río Ibaizabal, pocos metros aguas abajo de su unión con el Mañaria.

El montaje del puente de Mikeldi fue dirigido por el ingeniero cántabro Aurelio de la Vega Gómez y formaba parte del primer tramo del ferrocarril de Durango a Zumárraga, inaugurado el 21 de junio de 1886 entre Durango y Zaldibar. Situado en el punto kilométrico 0,720, su longitud es de 24 metros.

El puente de Mikeldi prestó servicio hasta el año 1923, cuando, tras la apertura de una variante de trazado entre la estación de Durango y Lebario, que evitó las constantes maniobras de inversiones de marcha que debían realizar los trenes debido a la configuración en fondo de saco de esta terminal, quedó apartado de la nueva traza ferroviaria. Por fortuna, no llegó a ser achatarrado, ya que se mantuvo durante años como acceso a un centro fabril.

Hace ya más de un siglo que el puente de Mikeldi no es hollado por un tren, pero su estructura se mantiene aún en pie. Aunque sin uso desde hace años, sigue resistiendo el paso del tiempo y de las crecidas del río Ibaizabal, lo que lo convierte en uno de los vestigios más antiguos de la ingeniería del hierro en Euskadi.

En la imagen, captada por el propio Aureliano de la Vega, se observa el puente de Mikeldi a los pocos meses de su apertura, cuando el ferrocarril de Durango a Zumárraga ya disponía de su propio material móvil, pues, como se ha señalado, la sección de Durango a Zaldibar tuvo que ser explotada inicialmente por el Central de Vizcaya al no haber recibido su titular las locomotoras, coches y vagones que había contratado a la industria europea.

La locomotora situada sobre el puente contribuye a datar la fotografía, ya que se trata de la número 25 del ferrocarril de Durango a Zumárraga, construida por la firma belga Couillet en 1888 con el número de fábrica 870. En la imagen, ostenta una placa en el que figura el nombre con el que fue inicialmente bautizada «Zumárraga», pero hay constancia documental de que un año más tarde fue rebautizada como «Placencia», por consiguiente, no cabe duda de que la instantánea fue tomada en ese pequeño intervalo temporal entre 1888 y 1889.