sábado, 19 de mayo de 2012

CASO DE ABLATIVO

Madrid, bendición del tren inaugural del ferrocarril del Norte

El pasado mes de abril recordaba, en una entrada que también ha sido publicada en la edición impresa de Vía Libre del presente mes de mayo, que este año 2012 se celebra el sesquicentenario del primer ferrocarril del País Vasco. Este primer tren inició su andadura el 6 de marzo de 1862 entre Miranda de Ebro (Burgos), Vitoria (Alava) y Alsasua (Navarra), tramo que formaba parte de la importante línea internacional llamada a conectar Madrid con Irún y París.

Dos años más tarde se culminó la construcción de este importante ferrocarril, definitivamente inaugurado el 15 de agosto de 1864. Entre los numerosos invitados a tan destacado evento, la inauguración de la primera conexión ferroviaria internacional de nuestro país, asistió una nutrida representación de la prensa de la época, entre los que se encontraba el insigne escritor Gustavo Adolfo Becquer. Pocos días después, su singular crónica del viaje inaugural fue publicada en el periódico El Contemporáneo bajo un llamativo título; "Caso de Ablativo".

A continuación reproducimos íntegro su contenido:


EN, CON, POR, SIN, DE, SOBRE LA INAUGURACION
DE LA LINEA COMPLETA DEL FERROCARRIL
DEL NORTE DE ESPAÑA

Queridos amigos: Por huir de Scila he dado en Caribdis; por abandonar la corte, donde el calor comenzaba a sofocarme, he contraído el compromiso de escribir a ustedes algo sobre la inauguración, y en este momento en que con las cuartillas delante vuelvo y revuelvo la ociosa pluma entre las manos, la mojo en el tintero, se seca, y la torno a mojar sin saber por dónde dar principio a la relación de los sucesos, no sé qué es peor, si hallarse descansado y libre de inquietudes, aunque sea a una temperatura de treinta grados de Réaumur, o aspirando esta deliciosa brisa del mar que viene a acariciar el rostro después de haber mojado sus alas en el océano, pero atado por la conciencia del deber a una silla, frente a una mesa, donde el papel parece mofarse de nuestra esterilidad y nuestra impotencia con su insultante y deslumbradora blancura.

Después de diecisiete horas de ferrocarril, después de haber visto desfilar como un interminable panorama cien pueblos y ciudades distintas, oyendo incesantemente como el acompañamiento de una canción que nunca se acaba, el férreo y asordecedor estruendo de la locomotora, después de un día de agitación y bulla, de fluctuar arrastrado por la muchedumbre, de acá para allá, en una ciudad nueva donde todo impresiona, envuelto en esa nube de ruidos, de objetos y de colores que, combinándose entre sí de mil maneras diversas, acaban por aturdir la vista y embotar la imaginación; de escuchar por aquí el clamoreo de las turbas, por allá el estampido de los cañones, los ecos de las músicas, la aérea armonía de las campanas, y ver las banderolas que se agitan, las armas que lanzan chispas de luz, los carruajes y jinetes que cruzan en todas direcciones, un pueblo entero, en fin, que todo él a un tiempo se mueve y hace ruido, y va y viene lleno de ese entusiasmo expansivo y alborotador que acaba por hacerse contagioso y comunicar su vertiginosa alegría al más impasible; después de una noche y un día semejantes, figúrense ustedes qué cuerpo y qué espíritu tendré para coger la pluma y bosquejar ese cuadro de contornos tan difíciles de fijar que la fotografía instantánea apenas podría sorprender un momento para reproducirlo con toda su animación y su vida.

Yo quisiera enviar a ustedes una relación circunstanciada de cuanto ha sucedido, hasta el punto que no perdonaría el más insignificante detalle. Apuntaría uno por uno los pueblos y las estaciones por donde hemos pasado, haría la cuenta minuciosa de los puentes, las cortaduras y los túneles que hay en el trayecto de la vía desde Madrid a San Sebastián, no olvidando tampoco el nombre y las circunstancias personales de todos y cada uno de los invitados a las fiestas, con expresión del lugar que ocupó cada cual, si se movió o mantuvo quieto, si habló y lo que dijo, los platos que se sirvieron en el banquete, los cañonazos con que saludó al tren real el castillo de la Mota, el número de flámulas, escudos, guirnaldas y banderolas que adornaban las estaciones de Vitoria, Tolosa y San Sebastián, cuál era la forma de las tribunas y la materia de sus adornos, como igualmente las proporciones de la tienda en que tuvo lugar la comida y su decoración interior, y todo esto con las horas, las medidas y los números justificantes de mi escrupulosa relación; pero ni creo que esto sea posible, ni aun dado caso que hubiese podido adquirir tantos datos y hecho tantas observaciones, tendría tiempo de coordinarlas con la amplitud y el orden debidos. En este apuro sólo me ocurre una cosa: en la cartera de viaje y escritas con lápiz, tengo unas cuantas notas hechas en el camino, descosidas, incorrectas, casi sin ilación, como tomadas al escape para fijar las impresiones del momento, pero que si juntas no forman un artículo con sus requisitos de plan, de gradación y enlace, darán seguramente una idea más aproximada que cualquiera otro género de trabajo de la rapidez con que los objetos y los pensamientos que éstos engendraban herían los ojos y la imaginación.

¿No creen ustedes que sería más barato para ustedes y para mí que las enviase tal como están escritas, dado caso que pueda descifrarlas? En la duda de lo que ustedes contestarán doy hecho que les parece bien lo que más me conviene, y procedo a transcribirlas.

He aquí la traducción más aproximada de los jeroglíficos de mi cartera.

Salida de Madrid

Son las cinco de la tarde y en este momento arranca el tren. En los andenes he visto a una porción de gente conocida y he estrechado la mano de algunos amigos. No sé aún quiénes son todos los que vienen con nosotros. Me ha parecido divisar a lo lejos a varios personajes importantes en el mundo de la política, la banca, las artes y la literatura. Si damos una voltereta en el camino o se le viene al tren encima la bóveda de un túnel, dejamos a España en cruz y en cuadro respecto a grandes hombres. Sería una fatalidad para España y para nosotros. Después de escrita esta última palabra reparo que, sin pensar, me he incluido en el número de las notabilidades. Cada vez me voy convenciendo más de que, a pesar de lo que se haga y se diga en público, la modestia no es una virtud privada. No sé si borrar la frase. ¡Bah! La dejaremos como está escrita. «Dime con quién andas, te diré quién eres», dice el adagio. Pues voy con ellos, ¿por qué me he de negar en el secreto de la cartera la satisfacción de asociar mi nombre al de tanta eminencia?

Media hora después

La poco agradable temperatura de Madrid quiere darnos la despedida antes que salgamos del término de su jurisdicción. ¡Hace un calor insufrible! Sudo sin moverme. A un lado y a otro de la vía se descubre por todo horizonte una faja de terreno árido y parduzco, con algún que otro arbolillo raquítico y tortuoso. Por las ventanillas del coche, que están abiertas, entran, amén del humo de rigor, un verdadero simoun de polvo y arena. Se me han saltado las lágrimas. No de sentimiento porque abandono Madrid, sino por que al asomarme para ver cómo se esconde en las ondulaciones del terreno el más alto de sus edificios, me ha entrado una partícula de carbón en los ojos.

El Escorial

Poco a poco el terreno cambia de aspecto y se hacen más caprichosas las líneas de sus accidentes. Ya esto vale la pena de asomarse a verlo. Aquí se descubre una ladera erizada de enormes pedruscos que parecen hacinados unos sobre otros por la mano de los titanes. Más lejos, una cadena de montañas que se van degradando y perdiendo en la luminosa atmósfera del horizonte, entre cuyas encendidas nubes asoma por intervalos un rayo de sol próximo a desaparecer. He allí El Escorial, con su atrevido cimborrio, sus torres cuadradas y macizas y sus extensas alas de construcción uniforme e imponente. ¡El Escorial, que parece grande aun comparado con la inmensa mole de granito a cuyo pie se descubre! Un mar de verdura compacta y sombría presta su color melancólico y severo al paisaje. La soledad y la naturaleza hablan aquí al alma con su misterioso lenguaje y la llenan de sus extrañas armonías. Si en efecto buscaba un retiro adonde no llegase ni el rumor del mundo, el rey prudente dio una gran prueba de serlo, eligiendo este lugar para erigir en él el inmenso panteón donde dejó esculpidos en piedra su genio, su carácter y el espíritu de su época. Aquí se ha mantenido oculto entre los pliegues de la montaña hasta que el pico de la civilización allanó las escabrosas pendientes, hizo volar las rocas hechas mil pedazos, y los rails se tendieron sobre su pedregosa cuenca. ¡Adiós, austeras meditaciones de los cenobitas! ¡Adiós, majestad de las soledades! ¡Adiós, armonías extrañas de la naturaleza que habla al espíritu en el silencio! El siglo XIX ha llamado a las puertas del escondido valle, y la vida, la animación y el tráfago vienen con él a llenarle de ruidos discordes, cuyos ecos llegan perdidos hasta el fondo de las catacumbas de los reyes. Un jirón de la niebla de la tarde flota en lontananza sobre la cúpula del templo. Parece que la sombra de Felipe II se levanta soñolienta de su panteón para ver al siglo que pasa con tanto estrépito por delante de sus puertas. La locomotora silba. En un siglo en que hasta las mesas responden a lo que se les pregunta, ¿quién puede asegurarse que las locomotoras no silban con intención cuando lo hacen con tanta oportunidad?

Ávila

El cielo comienza a ensombrecerse y la noche se adelanta. Se oye distante el ruido sordo del trueno. Al calor ha sucedido una frescura que al principio hace un efecto agradable y por último obliga a echar un mirada de través al abrigo, arrojado hace poco corno inútil sobre el asiento del wagon. El aire entra a bocanadas, húmedo e impregnado en ese perfume especial que anuncia la aproximación de la lluvia. A un lado del camino se descubre, casi perdida entre la niebla del crepúsculo y encerrada dentro de sus dentellados murallones, la antigua ciudad patria de santa Teresa. Ávila, la de las calles oscuras, estrechas y torcidas, la de los balcones con guardapolvo, las esquinas con retablos y los aleros salientes. Allí está la población, hoy como en el siglo XVI, silenciosa y estancada.

Pero ya se acerca la hora. Unas tras otras, las ciudades, al despertar de su profundo letargo, comienzan por romper, al desperezarse, el cinturón de vetustas murallas que las oprimen. Ávila, como todas, romperá el estrecho cerco que la limita y se extenderá por la llanura como un río que sale de madre. Si hoy volviese santa Teresa al mundo, aún podría buscar su casa por entre las revueltas calles de su ciudad natal sin dudar ni extraviarse. Esperemos que, de hacerlo dentro de algunos años, le será preciso valerse de su cicerone.

Medina del Campo

Comienzo a aburrirme. La noche ha entrado por completo; pero la luna, que ha salido por detrás de las nubes, derrama una claridad azulada y confusa que parece la prolongación del crepúsculo. Por no entretenerme en algo peor, voy a entretenerme en fumar, aprovechando la ocasión de no ir señoras en el coche. No hay mal que por bien no venga. He encendido un cigarro en la punta de aquel otro, y al arrojar el segundo para encender el tercero, me encuentro sin saber cómo ni por dónde en Medina. Anuncian su aproximación las altas alamedas que se destacan vigorosamente por oscuro sobre el cielo nebuloso de la noche, y los derruidos restos de algunas construcciones magníficas que atestiguan su pasado esplendor. Si Medina fuera hoy lo que ha sido en tiempos, ¿con qué alborozo saludaría el paso de la locomotora por delante de sus muros? Pero de Medina la grande, del mercado de las Castillas, cuyas célebres ferias atraían en otras épocas los traficantes de Europa y del mundo, sólo queda la tradición. Hoy no sé si se venderá algo en Medina, y caso que se venda, si habrá quien lo compre. Es triste en medio de la noche esta línea de ciudades que parecen otros tantos sepulcros donde yacen nuestras glorias, nuestro poder y nuestras tradiciones de grandeza.

Valladolid

Pasa tiempo y tiempo y sigue la tierra llana de Castilla desfilando ante mis ojos como una cinta oscura e interminable, siempre del mismo color e idéntica forma. De cuando en cuando, una mancha oscura, una torre puntiaguda y las desiguales chimeneas de los tejados, que se destacan confusamente sobre la tinta parda del horizonte, anuncian la presencia de un pueblecillo. Siento en el estómago un malestar indefinible. No puedo decir a punto fijo si es que tengo ganas de cenar o que he fumado mucho. De todos modos, si Valladolid no está aún muy lejos, la empresa se ha manifestado altamente previsora designándolo como punto el más adecuado para tomar un piscolabis.

Media hora más sin que Valladolid aparezca. He averiguado, al fin, que lo que tengo no es precisamente hambre, pero que puede calificarse de apetito. La marcha del tren se hace cada vez más lenta, la locomotora produce un ruido especial, semejante al de la fatigosa respiración de un caballo después de una carrera muy larga. A lo lejos se ve una lucecita, como esas que se divisan de noche en los cuentos de los muchachos. La luz se acerca, o, mejor dicho, nosotros nos acercamos a la luz. Se ven otras. ¡Es una estación iluminada! ¡Es Valladolid!

¡Valladolid, la espléndida corte de los antiguos monarcas castellanos! ¡Valladolid!, ¡ah...!, ¡con qué gusto dejaría volar la imaginación desatada por los laberintos de nuestra historia, si en este instante no me fuera preciso exclamar con Baltasar de Alcázar en sus famosas redondillas de El cuento interrumpido:

Pero... cenemos, Inés,

si te parece, primero!

Hemos cenado de pie, como los israelitas cuando despachaban el cordero pascual en traje de camino, sin tomar asiento, y con el bordón en la mano. Esto no ha impedido, al que tenía ganas, hacerlo bien. Yo lo he hecho tal cual. Ahora meditemos sobre las pasadas glorias de la corte de Castilla; preguntémonos con Jorge Manrique:

¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón,

¿qué se hicieron?

Tratemos de recoger nuestras ideas. ¿Qué se hizo el rey don Juan? Eso es: ¿qué se hizo ese buen hombre...? Creo que las he recogido tan bien que me he quedado sin ninguna. Cada vez me parece que oigo más lejos el ruido de la máquina. La luz me incomoda; voy a correr la cortinilla por delante del reverbero. Mis párpados se cierran insensiblemente... Juraría que voy a dormirme. ¡Y sin que se me ocurra siquiera una frase sobre Valladolid! ¿Si será verdad que el ayuno es el mejor acicate de la imaginación? No sé; pero la verdad es que yo me duermo, y no puedo atribuirlo más que a los vapores de la cena.

Burgos

Acabo de despertar, lleno de sobresalto, de uno de esos ensueños ligeros y nerviosos, únicos que pueden conciliarse en el ferrocarril. Consulto el reloj y son las dos y media de la madrugada. La luna permanece aún escondida entre las nubes, pero a intervalos su claridad ilumina el paisaje con un resplandor azulado y fantástico. Allí estaba Burgos. Burgos debe ser, porque entre esa masa compacta y oscura de techos puntiagudos, de torres almenadas y altos miradores, he visto destacarse, como dos fantasmas negros, las gigantes agujas de su catedral. En este momento me ocurre qué pensarán esos monstruos de piedra, esos patriarcas y esos personajes simbólicos, tallados en el granito, que permanecen día y noche inmóviles y asomados a las góticas balaustradas del templo, al ver pasar entre las sombras la locomotora ligera como el rayo y dejando en pos una ráfaga de humo y chispas encendidas. Acaso saludarán, con una sonrisa extraña, la realización de un hecho que esperan hace muchos siglos. Acaso esas simbólicas figuras grabadas en la entreojiva de la catedral, jeroglíficos misteriosos del arte cristiano que aún no han podido descifrarse, contienen la vaga predicción de las maravillas que hoy realiza nuestra época. La Edad Media, que produjo espontáneamente esas asombrosas moles de piedra que aún son y serán por largo tiempo el pasmo de las generaciones que le han sucedido; la Edad Media, que planteó e intentó resolver, aunque de una manera empírica, los más grandes problemas científicos y sociales; que soñó, aunque de un modo confuso, con la soberanía del espíritu del hombre sobre los elementos que le rodean, y quiso arrancar a la naturaleza el secreto de la transmutación de los metales, a los astros el secreto del porvenir y, por último en el delirio de su entusiasta locura, a Dios el secreto de la vida; la Edad Media, tan llena de ideas extrañas, de aspiraciones infinitas, de atrevimientos inauditos, desarrollados al impulso de una religión que había conmovido la antigua sociedad hasta en sus más hondos cimientos y abierto al espíritu del hombre horizontes interminables, fue con sus relámpagos de luz en medio de la oscuridad profunda, con sus sangrientas convulsiones, con sus utopías increíbles, sus alquimistas y sus astrólogos, sus trovadores y sus menestrales, sus monjes sabios y sus reyes guerreros, el magnífico prólogo lleno de símbolos y misterios de este gigante poema que poco a poco va desarrollando la humanidad a través de los siglos.

Tal vez por eso encuentro yo como una relación secreta entre esta última palabra de nuestra civilización y esas vetustas torres que esconden entre las nubes sus flechas agudas, o lanzándose desde la tierra al cielo como con ansia de prolongar hasta lo infinito el último punto de triángulo. ¡Ah!, no: vosotras no sois El Escorial, cuyo cóncavo cimborrio pesa sobre los muros como un cráneo de plomo; vosotras no sois el matemático producto de un genio frío, material y severo, que traduce con su igualdad monótona y su antipática dureza de contornos el pensamiento de un rey mezquino aun en su obra más grande.

Con vuestros antepechos calados como el encaje, vuestras agujas delgadas y esbeltas, vuestros canalones de animales monstruosos y fantásticos, y esos miles de figurines extravagantes que se combinan y confunden con un sinnúmero de detalles a cual más caprichosos y escondidos, vosotras sois toda una creación inmensa que nunca acaba de revelarse del todo, en que cada una de las partes es un mundo especial, una parábola, una predicción o un enigma no resuelto, escrito en piedra, y el conjunto, una obra grande e infinita, remedo de la del Supremo Hacedor, a quien imitaron los hombres al levantaros del polvo. Día llegará en que, una vez soldados los rotos eslabones de la cadena, se revele a los ojos del pensador la maravillosa y no interrumpida unidad de desenvolvimiento con que, empujados por la idea cristiana, hemos venido desde la catedral a la locomotora, para ir después desde la locomotora a quién sabe dónde.

Miranda de Ebro

Yo he debido dormir: de por fuerza, porque recuerdo que he soñado, y aunque en algunas ocasiones suele acontecerme soñar despierto, en ésta, por lo menos, tengo la seguridad de haber soñado dormido. Dormido profundamente, y tal vez con alguna copa de burdeos de más, porque, si no, es imposible explicarme cómo he imaginado tanta extravagancia. En este mismo instante me acordaba perfectamente de cuanto he soñado, y ahora que lo quiero coordinar, se me escapa un retazo por aquí, otro por allí, y se deshace como una nube de niebla que cuando sopla el aire se desbarata y flota en todos sentidos, dispersa en jirones. ¡Oh!, no: pues aunque sea poco yo he de acordarme de algo.

¡Soñaba yo que en silenciosa noche...!

¡Ah!, no. Esto es el principio del sueño de El trovador de García Gutiérrez. Yo soñaba una cosa menos romántica, soñaba... Sí, ya me acuerdo, soñaba una cosa absurda: que dentro de un wagon, y con una celeridad como imaginada, recorría una línea férrea tan inmensa que después de salir de un punto llegaba al fin de mi viaje, bajando en la misma estación de donde había partido, después de dar la vuelta al globo. Ya esto de por sí era bastante extraño; pero lo más particular era, lo había observado en el camino, observé que cada vez que tocábamos a las fronteras de una nación y cuando en los wagones de transportes se hacían los preparativos para descargar las mercancías, se presentaban unos cuantos señores, sin duda gente del resguardo o cosa por el estilo, que preguntaban a los consignatarios de aquellos géneros: «¿Qué traen ustedes aquí?» «Nada de particular -respondían los interesados-: géneros de lícito comercio.» «¿No traen ustedes ideas?» «¡Quia! ¡No, señor! Éstas son sardinas de Nantes; aquéllos, vinos generosos; los de más allá, pimientos en conserva, y todas cosas así, como lienzos pintados, dijes de bisutería, objetos de moda, frutos coloniales, etc.» Dada esta satisfacción, y convencidos aquellos señores de que, en efecto, era así, el tren descargaba sus géneros y tomaba otros, y seguíamos adelante. Pero en todas partes se repetía la misma escena, hasta el punto que, picado de la curiosidad, no pude menos de preguntar a un señor desconocido que iba en mi compañía:, «¿Podrá usted decirme qué diablos de ideas son ésas que tanto buscan y persiguen, cuál es su color o su hechura, y qué bienes nos vienen con la gracia de esta ceremonia que en todas partes se repite?». «Yo le diré a usted -me contestó aquel buen señor, a quien parecía embarazar un poco mi pregunta-: las ideas en cuestión son las ideas del siglo, el cual, a última hora y después de haberlas engendrado, asustado de su obra, quiere ahogar a sus hijas. Para desterrarlas del comercio de los hombres se inventan cada día artificios al cuál más ingenioso; pero es el caso que esos demontres de ideas, que son traviesas como ellas solas, se cuelan, como vulgarmente suele decirse, por el ojo de una aguja y no hay modo de darles con la puerta de las naciones en la nariz. El comercio material sirve, en último caso, de inocente instrumento a ese otro comercio del espíritu, y ahí donde usted las ve, cada una de esas botellas de vino, cada una de esas sardinas de Nantes, llevan una idea en sí. ¿Dónde? Vayan ustedes a averiguarlo; pero ello es que, cuando se comen o se beben, el sólido o el líquido bajan por el garguero abajo, y la idea sube por la cabeza arriba, y entonces comienza la doble digestión del cerebro y del estómago.»

«¡Ja, ja, ja! -exclamé yo riendo a trapo tendido de la explicación de mi acompañante-; ¡habrá cosa más original que la estratagema de esas pobres ideas tan perseguidas por todo el mundo! Y dígame usted -añadí cuando se me hubo sosegado la risa-, ¿qué efecto cree usted que producirán esas ideas después de haberse infiltrado en la sociedad por medio de un recurso tan ingenioso?» «Hombre, no sé; unos dicen que son un veneno que producirá retortijones de tripas con su correspondiente calentura; otros, que una panacea universal con la que sanan todos los males como por ensalmo. Lo que fuere tronará, porque lo cierto es que con éstas y con las otras, buenas o malas, ya las tiene medio mundo dentro del cuerpo, y a este paso, fatalmente las tendrá muy pronto el otro medio. Nosotros, no; pero nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos, allá verán lo que resulta.»

En este punto he despertado en Miranda de Ebro. El día comienza a clarear, y a su escasa luz me parece distinguir en uno de los muelles de la estación multitud de pirámides formadas de cajas, botes y pequeños barrilillos de mercancías extranjeras. Parecen vinos del Rin y Koenigsberg, patte-foigras, vaca de Hamburgo y queso de Rochefort. ¡Diantre! ¿Si poco a poco nos irán trayendo ideas todos esos nuevos primores de la ciencia culinaria del siglo? En la duda, sería cosa de vigilar de cerca a Lhardy.

De Olazagutía a Beasaín

Cójase una caja de juguetes, alemanes o suizos de esas que venden en casa de Sckrok, y que son el sueño de oro de los muchachos; una de esas cajas que dejan ver, al levantar su blanca cobertura, todo un mundo de animalitos, casas, árboles, peñas y figuras de aldeanas, con sus trajes azules, amarillos y rojos, mezclado y confundido en caprichosa revolución sobre una capa de musgo verde. Colóquese primero el campanario en el valle, los chalets con sus barandas de madera y sus pisos volados en el ribazo del monte, muchos árboles por acá y por allá, mucho musgo por todas las praderas y por cima de las rocas y las cortaduras; en un término, unas vaquitas; en otro, un pueblecito y verdura, un mar de verdura que contenga todos estos objetos como en un marco. Después la iglesia, que estaba abajo, se coloca arriba; y el pueblecito, que estaba arriba, abajo; los árboles que se veían aquí, más allá, y el puentecito y las vacas que se veían allá, aquí, y así se sigue trastornándolo todo y combinando de mil modos distintos la misma torre con los mismos caseríos, sobre las mismas hondonadas y las mismas eminencias, siempre sobre el idéntico fondo de verdura, como se combinan los objetos y los colores en un caleidóscopo, y se tendrá una idea aproximada de lo que son las provincias vistas al paso desde una de las ventanas del coche.

En este momento comienza propiamente la inauguración. Yo quisiera ser inteligente para consignar una opinión autorizada acerca del mérito de las obras. No obstante, valga por lo que valiere la de un profano, diré que me parecen magníficas. Sólo el acometer una empresa de tanta magnitud revela una osadía y un atrevimiento dignos de la época de los grandes arrojos científicos e industriales. Desde que se abandona a Olazagoitia hasta llegar a Beasaín, se vive como Proserpina, según la relación de las fábulas mitológicas: la mitad del tiempo, sumido en las sombras de las entrañas de la tierra; la otra mitad, gozando de la luz del sol en la superficie. Atravesamos una verdadera cordillera de montañas. Se sale de un túnel para entrar en otro. Yo he contado en este trayecto hasta veintitantos, y después he perdido la cuenta. Donde no se ha horadado la roca para atravesar una altura, se ha levantado un puente para salvar un precipicio. Por un lado y otro del coche se ven las antiguas sendas que suben y bajan serpenteando lenta y trabajosamente alrededor de los montes y los valles, siguiendo sus vueltas, sus ondulaciones y sus caprichos, para enlazar unos con otros los pueblos, mientras el tren corre con una carrera frenética a lo largo de la vía, derecho a su camino, salvando los obstáculos, desafiando las contrariedades, rompiendo las vallas que puso la naturaleza a la osadía de los hombres, volando ansioso a coger por la vez primera el otro extremo del carril de hierro, que se ha de poner en comunicación con el mundo. Verdaderamente esto es admirable. El siglo XIX, como el Supremo Hacedor del Génesis, puede creer sin vanidad al contemplar su obra que, en efecto, «es buena.»

En marcha

De las aldeas comarcanas salen a saludarnos a la orilla del camino los habitantes de estos alrededores. A la entrada de las grandes poblaciones se ven arcos de triunfo; en los caseríos de las aldeas cuelgan de los ventanillos y los barandales, a falta de otra cosa mejor, las colchas de las camas; de cuando en cuando llegan hasta nosotros, en las ráfagas del aire, el alegre sonido de las campanas, echadas a vuelo en las cien torres que, unas empinadas sobre las cumbres, otras escondidas en lo más profundo de los precipicios, saludan con sus voces de metal el fausto acontecimiento. No sé por qué todo esto me alegra y me entristece a la vez. Verdad es que me sucede una cosa semejante en todas las grandes fiestas. Hace un momento he visto un grupo de aldeanos que nos saludaban al pasar, con sus boinas rojas y azules, y más allá, sobre un fragmento de roca arrancado de la embocadura de un túnel, una niña que nos contemplaba entre temerosa y suspensa, teniendo entre sus manos una rama de oliva.

La oliva es el símbolo de la paz y la abundancia, que son la felicidad de los pueblos. Pero, ¿qué sabe ella lo que significa esa rama verde que ha desgajado del árbol para agitarla, por juego, al paso de la locomotora? Sus padres han oído decir que ese monstruo de hierro que arroja columnas de humo y nubes de chispas inflamadas, y cuyos roncos silbidos oyeron la primera vez con asombro, ha de traerles la prosperidad, la calma y la dicha. Ella ha visto a sus padres vestirse sus mejores galas, abandonar la aldea y salir al camino, no sin haber cortado antes algunas ramas de los seculares troncos que prestan sombra a su humilde heredad, y los ha imitado, y sale también a saludar la nueva aurora de la civilización.

¡Pobre niña! ¡Quién sabe las lágrimas que, ya mujer, has de derramar antes que llegue ese día de paz que anuncia un albor confuso! ¡Quién sabe los hijos que has de amamantar a tus pechos para que vayan a morder el polvo de un campo de batalla, primero que se resuelvan los temerosos problemas sociales y políticos, cuya resolución apresura el rápido desenvolvimiento de la ideas y los intereses! La lluvia que hace fructificar el campo de tus padres y a cuyo benéfico influjo brotan las flores que tú buscas por la ladera de las montañas, es una bendición de Dios, pero siempre la acompañan y la preceden las tempestades, el trueno y el rayo.

He aquí que entre las nieves del Norte se forma como una gran tempestad. Mas no importa. Ya no hay Pirineos. Ya no hay Alpes tampoco. España, Francia e Italia, los tres grandes pueblos latinos, se dan la mano a través de las cordilleras de montes que los dividían. La gran raza, que es una por sus tradiciones, sus costumbres y sus intereses, tal vez en un día no lejano se mostrará compacta, fuerte y dominadora como en otros tiempos. Desde luego, las liga entre sí un lazo poderoso: el lazo de las creencias. Desde luego, puede tener una unidad y una sola cabeza en cuanto se relaciona con el espíritu. ¿Quién dice que la Roma del Vaticano no volverá a ser, como la Roma del Capitolio, la égida y el guía civilizador de su gran pueblo, derramado hoy por el mundo en diferentes naciones?

En San Sebastián

Quisiera ser Hamlet, y no precisamente por tener su talento, que es todo él de su creador que vació su gigante inteligencia en la de esta magnífica figura, sino por disponer de la calma y el aplomo necesarios para sacar un librito de apuntes en la situación más crítica y apuntar en él cuanto me impresiona o me importara saber más tarde. Yo no me canso de admirar a sus compatriotas los ingleses que, en medio de una conflagración general y en el filo de una espada, son capaces de hacer un croquis o apuntar una nota con la impasibilidad y la sangre fría más admirable del mundo.

Heme aquí en San Sebastián, traído y llevado por las oleadas de la multitud, sin saber de qué forma valerme para proseguir apuntando mis impresiones. ¡Son tantas las cosas que a la vez reclaman mi atención! ¡Tantos los objetos que a un tiempo hieren mis ojos! Aquí un altar, con un sacerdote revestido de las capas pluviales, sus cantos religiosos y sus incensarios que despiden columnas de humo perfumado y azul. Allá un dosel de oro y terciopelo, grandes uniformes, bandas rojas y azules, placas de brillantes, todos los esplendores de la monarquía, y la Marcha real que llena el viento de sus acordes majestuosos. En medio, la locomotora empavesada que bufa contenida como un corcel fogoso sujeto por el jinete. Luego, una multitud inmensa de colores abigarrados que acude por todas partes y se apiña en torno al lugar de la ceremonia. Al fondo, el puerto con su bosque de mástiles empavesados con banderas de todas las naciones; el castillo, que saludó a las majestades del cielo y de la tierra con sus formidables bocas de bronce; la ciudad, que se extiende al pie de la montaña; las campanas, que voltean ruidosas y alegres, y, por último, el mar inmenso, que se prolonga en lontananza hasta confundirse con el cielo en el horizonte.

En el banquete

Acaban de servirme un plato, de cuyo contenido he dado fin con una presteza admirable, y aprovecho el momento que tardan en servirme otro para consignar que esto me parece muy bien.

Antes de acostarme

Estoy completamente mareado. Después del banquete ha habido regatas; después de las regatas, la visita de su majestad a la iglesia de Santa María, y vivas, y música, y cohetes voladores; en seguida ha partido el tren real, y a la media hora el de los convidados que continúan hasta París. No sé a cuántas personas notables he visto. Yo no creía que hubiese tanta gente notable en el mundo, aun contándome yo y otras notabilidades por el estilo en el número de ellas. Y no han parado aquí, sino que acto continuo ha comenzado la iluminación, y los fuegos de artificio, y el baile, que se ha prolongado hasta las tantas de la noche.

En este momento, que es la una de la mañana, todavía llega a mis oídos el rumor de una música que le dan a no sé qué personaje.

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Yo no sé cómo me las voy a gobernar para poner en limpio tanta divina cosa como llevo apuntada en la cartera! ¡Y decir que mañana tengo que emprender esa obra, más colosal que hacer la luz en el caos!

Francamente, dan ganas de no divertirse, por no tener que contar al público en qué y cómo se ha divertido.

El Contemporáneo
21 de agosto, 1864 [A]
Inauguración del ferrocarril del Norte en San Sebastián

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