EL CARGADERO DE SAN JUAN DE AZNALFARACHE
El embarcadero de minerales de San Juan de Aznalfarache (Sevilla) sobre el Guadalquivir era, sin lugar a duda, la obra más singular de todo el sistema de transporte establecido por la Sociedad Minas de Cala. En él destacaba el hecho de que, a diferencia de la mayor parte de las instalaciones de este tipo que hasta entonces se habían realizado mediante estructuras metálicas, fue ejecutado gracias a una tecnología que en el momento de su construcción era totalmente novedosa: el hormigón armado.
La estructura del embarcadero, diseñada por el ingeniero Juan Manuel Zafra, estaba formada por dos viaductos de hormigón armado que fue preciso levantar en un terreno poco favorable para este tipo de construcciones, sobre capas de fango mezcladas con arena y de varios metros de espesor, que reposaban sobre un lecho de graveras y guijarros. La gran altura que debía adquirir para poder descargar los vagones del ferrocarril por gravedad, la escasa capacidad portante del terreno y, sobre todo, la necesidad de no dificultar el paso libre de las aguas durante las crecidas del Guadalquivir, hizo que en su diseño se optara por levantar un viaducto doble sobre la zona de inundación que debía atravesar el ferrocarril hasta llegar hasta los buques.
El viaducto de acceso al embarcadero se dividía a su vez en dos estructuras independientes separadas entre sí por un terraplén intermedio. La primera de las estructuras era un puente doble formado por trece vanos de nueve metros de luz cada uno de ellos, que sumaban una longitud total de 117 metros. De ellos, los seis primeros conformaban en planta una curva de 190 metros de radio. El proyecto constructivo preveía que debía soportar la carga de un tren formado por veinte vagones, cada uno de ellos de veinte toneladas de peso, dos ejes y 4,40 metros de longitud entre topes. Esta composición sería remolcada por una locomotora de vapor de 48 toneladas de peso, tres ejes acoplados y un bogie trasero.
El segundo de los viaductos unía el terraplén intermedio con la estructura del embarcadero mediante un puente doble formado por ocho vanos de nueve metros de luz, por el que las vías del ferrocarril alcanzaban las instalaciones de descarga, situadas a una altura de 15 metros sobre la bajamar. Por el primer viaducto circulaban los vagones cargados y por el otro, dispuesto con una pendiente de veinte milésimas, los vacíos, que, de este modo se podían evacuar por gravedad.
El embarcadero contaba en su extremo con un basculador de vagones que permitía descargar un vagón cada dos minutos y medio, con una capacidad de 360 toneladas por hora y entre 2.250 y 2.700 toneladas diarias. El conjunto se completaba con una vertedera cuya altura se podía regular a fin de adaptarla tanto a la altura de los barcos como a las oscilaciones de las mareas. Este equipo fue construido por la empresa bilbaína Mariano de Corral, la misma que suministró todo el parque de vagones y coches de viajeros con el que inició el servicio el ferrocarril de las Minas de Cala.
La línea de amarre de los barcos al embarcadero estaba formada por cuatro grupos de pilones de madera, protegidos por un cerramiento del mismo material, que ofrecían un conjunto completamente independiente al de la estructura del cargadero. De este modo, podían a su vez funcionar como amortiguador de cualquier golpe provocado por una maniobra incorrecta en la aproximación de los navíos a la instalación.
Al igual que cualquier puente o viaducto, el embarcadero de San Juan de Aznalfarache y sus accesos fueron sometidos a rigurosas pruebas de carga, realizadas con gran rigor, máxime si se tiene en cuenta la escasa experiencia disponible en esa época en construcciones de este tipo en hormigón armado. La primera de ellas consistió en cargar uno de los vanos, que fue seleccionado para las pruebas debido a que presentaba algunos defectos de construcción y a que estaba situado en un tramo especialmente desfavorable, en curva y a la máxima altura, con un conjunto de carriles dispuestos de modo que produjeran el mismo efecto que el paso de una locomotora de vapor de 48 toneladas, sin que la estructura presentara flecha significativa. Posteriormente, la carga se incrementó hasta 72 toneladas, es decir, el peso de una locomotora y media. Transcurridas 36 horas, la estructura presentaba una flecha de tan solo 4 milímetros, que recuperó de inmediato una vez liberada de su peso.
La siguiente prueba de carga consistió en estacionar un tren compuesto por veinte vagones cargados y su locomotora, lo que suponía un peso total de 450 toneladas. Posteriormente se realizaron sucesivas pruebas de arranque y frenado, forzando las maniobras a fin de que se produjeran patinajes lo más violentos posibles. Los registros más desfavorables en estas operaciones fueron de flechas de 2,6 milímetros bajo la locomotora y de 1,5 milímetros bajo los vagones. En el transcurso de estas pruebas no se registró ninguna oscilación, ni siquiera en el tramo en curva, en el que el viaducto por el que circulaban los vagones cargados alcanzaba su máxima altura.
El coste de construcción de ambos viaductos fue de 172.500 pesetas, a los que debe sumarse otras 60.000 pesetas por lo que respecta al propio embarcadero. La construcción de todo el conjunto se realizó en ocho meses, experimentando durante las obras importantes oscilaciones térmicas, desde los 5º bajo cero registrados durante los primeros días de enero de 1905 hasta los más de 45º del verano de ese mismo año, lo que obligó a tomar especiales precauciones en el proceso de curado del hormigón, mediante la instalación de toldos y sombrillas durante los días más calurosos.
Gracias a los buenos resultados de esta instalación y a la rápida consolidación del tráfico de minerales durante los primeros años de explotación de las minas, la empresa propietaria decidió construir en paralelo un segundo cargadero de similares características. Lamentablemente, tras la caída de la producción en los años treinta, estas infraestructuras dejaron de tener utilidad y fueron demolidas. En la actualidad únicamente se conservan algunos muros que difícilmente permiten evocar la envergadura de una instalación que en su día fue pionera en el empleo de un material constructivo tan común hoy en día como es el hormigón armado.



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