sábado, 6 de septiembre de 2014

EL MOTOR DE COMBUSTIÓN INTERNA EN LA VÍA ESTRECHA ESPAÑOLA (I)

Locomotora de la serie 1650 de Feve, fotografiada en San Sebastián. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

El motor de combustión interna, primero de gasolina y más tarde diésel, ha protagonizado buena parte de la historia de la tracción en los ferrocarriles españoles de vía estrecha y servicio público. El punto de inicio del nuevo sistema se encuentra en el año 1913, cuando la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados puso en servicio sus primeros automotores y, en el momento de redactar estas líneas, concluye en EuskoTren, directa heredera de la citada empresa, que recientemente ha adquirido doce nuevas locomotoras duales. Entre uno y otro acontecimiento ha transcurrido más de un siglo en el que, en muchos aspectos, los ferrocarriles de ancho inferior al normal han jugado en España un papel pionero en la evolución de esta tecnología.

Automotor construido por Mariano de Corral para el ferrocarril de Astillero a Ontaneda. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

Los inicios

La mayor parte de los ferrocarriles españoles de vía estrecha fueron construidos a finales del siglo XIX y principios del XX con el objeto de cubrir zonas cuya demanda potencial de transporte no resultaba atractiva para las grandes compañías de vía ancha. A pesar de que sus gastos de explotación eran, por lo general, inferiores, el margen de beneficio obtenido no acostumbraba a ser el necesario para cubrir la amortización de las obligaciones y, mucho menos, para repartir dividendos entre los accionistas. Por ello, las empresas concesionarias siempre se mostraron interesadas en introducir toda clase de novedades tecnológicas que permitieran realizar economías en el servicio, siendo uno de los capítulos más importantes el de la tracción.
Automotor de gasolina del ferrocarril del Bidasoa. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

Cuando a principios del siglo XX comenzó a desarrollarse en Europa la tracción mediante motores de combustión interna, muchas empresas concesionarias de ferrocarriles de vía estrecha pronto mostraron su interés por la nueva tecnología que, pese a su mayor complejidad, permitiría reducir los gastos de explotación, no sólo por la disminución del personal que representaba la eliminación del fogonero, sino también por una utilización más racional de los recursos disponibles, ya que un solo automotor, acompañado, a lo sumo, de un remolque, tenía la capacidad suficiente para atender la débil demanda de la mayoría de estas líneas. Así podían sustituir con ventaja las tradicionales composiciones formadas por una locomotora de vapor, un furgón para equipajes y mercancías en régimen de gran velocidad, y por lo menos un par de coches de viajeros.
Automotor 102 del ferrocarril de Valencia a Villanueva de Castellón. Archivo Histórico de Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana

Muchas empresas ferroviarias vieron en los motores de combustión interna una buena solución a sus problemas, principalmente en lo que se refiere al transporte de viajeros, a los que los nuevos vehículos aportaban un plus de modernidad. Así, durante muchos años, la evolución de este tipo de tracción se centró en el desarrollo de automotores de viajeros, mientras que las pocas locomotoras puestas en servicio durante la primera mitad del siglo XX eran modelos destinados exclusivamente a servicios de maniobras, en los que también se pretendía reducir los elevados gastos del vapor.
Automotor Renault/Scemia del ferrocarril de Tortosa a La Cava. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

Gracias a su mayor economía frente al vapor, la tracción mediante motores de combustión interna encontró en la vía estrecha española una buena acogida y, de hecho, en vísperas de la Guerra Civil, el parque de automotores de gasolina o diesel en servicio superaba, con más de sesenta unidades de diversos tipos, a los 51 vehículos disponibles en vía ancha, aspecto que si resulta significativo en términos absolutos, aun lo es más si se tiene en cuenta que la extensión de las líneas de ancho inferior al normal no llegaba a representar la tercera parte de la longitud de la red ferroviaria del país.


Automotores de vía estrecha construidos antes de 1936
Nº
Empresa
Año
Constructor
Ancho de vía
Observaciones
2
Ferrocarriles Vascongados
1913
FFCC Vascongados (T. de Durango)
1.000
Retirados del servicio en 1917
1
Ferrocarriles de Mallorca
1926
Berliet
910
Retirado del servicio en 1936
1
Estado (Vasco-Navarro)
1926
AEG/Berliet/Carde y Escoriaza
1.000
Vitoria-Estella
2
Tortosa-La Cava
1926
Renault/Scemia/C.M. Llobregat
1.000
Automotores de dos ejes
2
Tortosa-La Cava
1926
Renault/Scemia/C.M. Llobregat
1.000
Automotores de bogies
1
Reus-Salou
1927
Reus-Salou
1.000
Construido a partir de un coche de viajeros. Retirado en 1928.
3
Ferrocarriles Catalanes
1927
Cemsa/Mercedes
1.000
Retirados en 1932
2
Onda-Grao de Castellón
1927
Motor-Rail & Tramcar
750

3
Tranvía del Bajo Ampurdán
1927
Krupp-Quintana
750
Retirados en 1929
4
Valencia Villanueva de Castellón
1929-1934
Valencia Villanueva de Castellón
1.000

3
Ferrocarril del Plazaola
1930
Beardmore
1.000

3
Ferrocarriles de Mallorca
1931
De Dion Bouton/CAF
910

1
Suburbanos de Málaga
1931
Suburbanos de Málaga (T. Málaga)
1.000
Automotor articulado Jouvé, construido a partir de dos coches de viajeros.
2
Tranvía del Bajo Ampurdán
1931
Talleres de Palamós
750
Construidos a partir de antiguos coches de viajeros
2
Tranvía del Bajo Ampurdán
1931
Talleres de Palamós
750
Construidos a partir de equipos de los automotores Krupp-Quintana
3
Ferrocarriles del Bidasoa
1931
Verney/Panhard
1.000

3
Norte (Tudela-Tarazona
1931-1934
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»
13
Villena-Alcoy Tecla
1931-1935
Villena-Alcoy-Yecla (T. de Villena)
1.000
Diversos modelos
2
Aznalcollar-Guadalquivir
1932
Esslingen/Naval
1.000

2
Norte (Carcagente-Denia)
1934
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»
3
Secundarios de Castilla
1934
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»
2
Madrid-Aragón
1934
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»
1
Valencia Villanueva de Castellón
1934
Metalúrgica San Martín
1.000

2
Sádaba-Gallur
1934
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»
2
Haro a Ezcaray
1936
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»
2
Astillero-Ontaneda
1936
Mariano de Corral
1.000

2
Cortes-Borja
1936
Carde y Escoriaza
1.000
Tipo «Wismar-Zaragoza»

Un aspecto significativo y muy representativo de los primeros años de tracción con motores de combustión interna en la vía estrecha española es la importante presencia de vehículos de construcción artesanal. La explicación de este fenómeno se encuentra en varios factores, como puede ser el deseo de reducir al máximo el coste de la nueva inversión, optimizando los recursos materiales y humanos disponibles o la incapacidad de los constructores nacionales de desarrollar una oferta de vehículos que pudieran cubrir de forma satisfactoria las necesidades de las empresas explotadoras. En este sentido resulta significativo que el concurso convocado en 1924 por la Junta de Obras del Ferrocarril Vasco-Navarro, reservado en exclusiva a la industria española, fuera finalmente declarado desierto. Sólo a partir de 1930, y en una difícil situación de crisis generalizada, las empresas del sector comenzaron a desarrollar, con mayor o menor fortuna, diversos modelos con los que se pretendía atender la demanda potencial de esta clase de vehículos.
Automotor benzo-eléctrico, construido artesanalmente por la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras las primeras experiencias realizadas en algunos ferrocarriles mineros e industriales, la historia de la tracción con motores de combustión interna en los ferrocarriles españoles de servicio público se inició precisamente con dos vehículos de carácter artesanal, en concreto, un par de automotores construidos por la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados en sus talleres de Durango. Las dos unidades contaban con motores de benzina, combustible de características similares a la gasolina obtenido en el proceso de destilación del carbón, suministrados por la empresa francesa De Dion Bouton y un sistema de transmisión eléctrica de la casa norteamericana Westinghouse.

Los dos automotores de los Ferrocarriles Vascongados estaban destinados a circular entre San Sebastián y Zarauz, en aquella época dos importantes centros de veraneo, con el objetivo de atender la importante demanda de los turistas atraídos por sus playas. Para este servicio, inaugurado el 15 de mayo de 1913, Vascongados decidió utilizar la novedosa tecnología del motor de combustión interna frente a la clásica tracción por vapor, ya que su objetivo era que los trenes, en lugar de rendir viaje en la tradicional terminal donostiarra de Amara, pudieran llegar hasta el centro de San Sebastián circulando por las vías de los diversos tranvías de la ciudad, de forma similar a los modernos tren-tram que en la actualidad proliferan en Europa, y cuyo ejemplo más cercano es del moderno TRAM de Alicante. De hecho, la implantación de este novedoso servicio solamente sería posible gracias a la notable reducción de humos que proporcionaban los motores de benzina respecto al vapor.
Automotor diesel-eléctrico del ferrocarril del Plazaola. Archivo de la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Guipúzcoa

Cuando apenas había transcurrido un año desde la puesta en servicio de los automotores benzo-eléctricos de los Ferrocarriles Vascongados, estalló la Primera Guerra Mundial, lo que sin duda afectó negativamente al turismo internacional. Por ello, ante el brusco descenso de la demanda en las circulaciones entre San Sebastián y Zarauz, la empresa optó por retirarlos en 1917. Y, sin embargo, el mismo conflicto bélico que condenó al fracaso la primera experiencia de automotores con motores de combustión interna realizada en España impulsó indirectamente el desarrollo de nuevas iniciativas.

En efecto, pese a su neutralidad, la economía española y, por tanto, también la de las empresas ferroviarias, se vio directamente afectada por las consecuencias indirectas de la guerra europea, sobre todo en lo que respecta al incremento de los costes salariales y al brusco aumento del precio del carbón. Para intentar reducir sus repercusiones, algunas compañías comenzaron a experimentar con vehículos dotados de motores de combustión interna, con los que se esperaba obtener importantes ahorros en ambos aspectos.
Automotor-jaula del ferrocarril de Villena a Alcoy y Yecla. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

La mayor parte de los automotores puestos en servicio en los ferrocarriles españoles de vía estrecha en los años veinte del pasado siglo fueron construcciones artesanales, ya que la industria nacional no había iniciado el desarrollo de modelos propios mientras que la importación se veía penalizada por las políticas proteccionistas impulsadas por los gobiernos de la época. El caso más destacado en este sentido fue el del ferrocarril de Villena a Alcoy y Yecla, que construyó en sus talleres un total de trece automotores de diversos tipos, incluidos algunos para transporte de mercancías, llegando a ofrecer sus productos, aunque sin éxito, a otros concesionarios.
Automotor CAF-De Dion Bouton de los ferrocarriles de Mallorca. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

A partir de los años treinta, la crisis generalizada del sector ferroviario y el previsible incremento del interés hacia sistemas de explotación más económicos, impulsó a los principales fabricantes de material ferroviario español al desarrollo de nuevos modelos de automotores, bien de diseño propio, bien en colaboración con fabricantes extranjeros. Es el caso de los De Dion Bouton  construidos por CAF para Mallorca, los Renault de Construcciones Metálicas del Llobregat para el ferrocarril de Tortosa a La Cava, los Esslingen suministrados por la Sociedad Española de Construcción Naval al ferrocarril de Aznalcóllar o los dos automotores diseñados por Mariano de Corral para el Astillero Ontaneda.
Automotor Wismar construido por Carde y Escoriaza. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

Ninguna de estas propuestas llegó a consolidarse en el mercado, construyéndose, a lo sumo dos o  tres unidades de cada tipo. En este sentido, la única excepción reseñable fue la de los automotores Wismar, construidos bajo licencia por Carde y Escoriaza y que en España fueron conocidos como modelo Zaragoza, de los que se suministraron un total de 16 unidades de vía métrica así como otras 18 prácticamente idénticas pero de vía ancha.
Tractor Berliet de los Ferrocarriles Vascongados, preservado en el Museo Vasco del Ferrocarril. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

Por lo que respecta a las locomotoras, la aplicación del motor de combustión interna en la vía estrecha española con anterioridad a la Guerra Civil fue, en comparación con los automotores, muy reducida, aunque superior experimentada en la vía ancha. Su utilización se limitó a la sustitución de la tracción vapor en el servicio de maniobras, como es el caso del Simplex adquirido como material de ocasión por el ferrocarril de Bollullos a la Palma del Condado, de los Berliet de Ferrocarriles Vascongados y de la Compañía de Tranvías y Ferrocarriles de Valencia, de la locomotora suministrada por Metalúrgica de San Martín, bajo licencia Gmeider, al tren de Gerona a Palamós o el singular ejemplo de los tractores agrícolas Fordson adaptados para el servicio ferroviario, de los que el Santander Bilbao adquirió, al menos, un ejemplar.
Automotor Brissoneau & Lotz adquirido de ocasión por los Ferrocarriles de Santander a Bilbao en Francia. Fotografía de Ferrán Llauradó. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Guerra Civil supuso la completa paralización de los proyectos sustitución de la tracción vapor mediante vehículos con motores de combustión interna, mientras que en la inmediata posguerra, ante las dificultades de todo tipo existentes, las únicas incorporaciones se limitaron a la construcción artesanal de dos autovías para el ferrocarril de Alicante a Denia y la importación de un lote de automotores diesel eléctricos de ocasión en una operación auspiciada por el Santander-Bilbao y en la que también participaron Económicos de Asturias, el Ferrocarril del Cantábrico y Ferrocarriles y Transportes Suburbanos de Bilbao. Estos vehículos habían sido construidos entre 1934 y 1938 por Brissonneau & Lotz para el ferrocarril de Toulon a Saint Raphaël, clausurado en 1948, por lo que se encontraban en un estado de conservación muy razonable. Unos años más tarde, el Ferrocarril de Cantábrico volvería a realizar una operación similar al adquirir, en 1961, tres automotores Renault procedentes de los ferrocarriles de Côtes-du-Nord.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA CONSTRUCCIÓN DEL FERROCARRIL DEL NORTE (Y III)

Tren de mercancías fotografiado a su paso por el viaducto de Salera. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

El último eslabón

Si impresionantes resultan, aun hoy en día, las obras realizadas por la Compañía del Norte en la sierra de Guadarrama, más lo son las que exigió el paso de la divisoria de aguas al Cantábrico. Para poder valorar la complejidad de este tramo basta señalar que sus cien kilómetros de recorrido estaban jalonados por 31 túneles, cuya longitud sumaba un total de 14.224 metros, es decir, un 14% del nuevo ferrocarril transcurría bajo tierra. Sin duda, la actuación más importante fue la perforación del gran túnel de Oazurza, de 2.957 metros de longitud, que permitía a la vía saltar de la cabecera del valle del Oria a la del Urola, entre las estaciones de Zegama y Brinkola-Oñati. Por sus dimensiones, esta galería supuso un récord a nivel estatal, que ostentó durante veinte años hasta que fue superado por el de la Perruca, en Pajares, de 3.075 metros, inaugurado en 1884. Además, otras dos galerías superaron el kilómetro de longitud, la de Otzaurte, entre Alsasua y Zegama que, con sus 1.156 metros permite superar la divisoria de aguas entre el Mediterráneo y el Cantábrico, y la de Urnieta, de 1.004 metros, que facilita el paso del valle del Oria al del Urumea. El de menor entidad es el túnel de Pajiza, de tan sólo 68 metros de longitud.
Viaducto metálico sobre el Oria en Alegia. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

Por otra parte, el cruce de barrancos y ríos también exigió la construcción de 34 puentes con una luz superior a los diez metros, lo que representaba una longitud total de 1.374 metros. De ellos, quince servían para cruzar sucesivamente el cauce del río Oria, mientras que con los restantes se superaban los cauces del arroyo Salera y los ríos Estanda, Leizarán, Urumea, Oiartzun y Bidasoa.
Vista del viaducto de Ormaiztegi tomada en 1864 por el francés Jean Laurent. Archivo de la Biblioteca Nacional. Ministerio de Cultura

Once de los puentes del ferrocarril del Norte eran de estructura metálica y los restantes de sillería. Entre los primeros sin duda destacaba el espectacular viaducto de Ormaiztegi que, con sus cinco vanos, 288 metros de longitud y 35 metros de altura máxima, superó en su día diversos registros a nivel nacional. Levantado sobre dos estribos y cuatro grandes pilares de sillería, sus vigas metálicas, realizadas mediante celosías múltiples, fueron diseñadas por el ingeniero francés Alexander Lavalley y fabricadas en los talleres que la sociedad Ernest Gouin et Compagnie poseía en el parisino barrio de Batignolles.

Sobre la génesis y las obras de construcción del ferrocarril del Norte en Gipuzkoa, dirigidas por el ingeniero francés Letorneur, resultan de obligada lectura los dos tomos que al respecto han publicado recientemente Pello Joxe Aramburu y Luis María Intza, por lo que no merece la pena profundizar en el proceso que siguieron los trabajos. En todo caso es importante reseñar que, en un principio, las obras se repartieron entre numerosos contratistas, algunos locales y otros foráneos, sobre todo franceses, a los que se asignó secciones de pequeña longitud. Sin embargo, el grave retraso que experimentaron los trabajos en el tramo más complejo, el comprendido entre el límite con Navarra y Beasaín, hizo que en 1863 la Compañía del Norte encomendara este trayecto a la sociedad francesa Ernest Gouin et Compagnie.
Obras de construcción del túnel de Eizaga y la trinchera de Zumárraga. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

La nueva empresa constructora aportó los mejores medios mecánicos disponibles en la época, incluidas algunas máquinas de vapor utilizadas en la perforación del gran túnel de Oazurza, así como una ingente cantidad de mano de obra que, en algunos momentos, sumó más de 10.000 trabajadores, con lo que pudo cumplir el plazo comprometido con la Compañía del Norte para concluir las obras en el verano de 1864. En consecuencia, la línea se pudo inaugurar en cuatro fases, la primera de ellas, comprendida entre Beasaín y Donostia, el 1 de septiembre de 1863. Mes y medio más tarde, en concreto el 22 de octubre del mismo año, entraba en servicio el tramo comprendido entre Donostia e Irún mientras que, el 21 de abril de 1864 se abría al tráfico el puente internacional sobre el Bidasoa que garantizaba la unión de Irún con la vecina estación de Hendaya, ya en territorio francés. Finalmente, el 15 de agosto de 1864 se celebraba en los andenes de la estación de Donostia, con toda solemnidad que merecía tan magna ocasión, la inauguración definitiva del ferrocarril del Norte, no solo del último tramo en construcción, entre Olazagutía y Beasain, sino la totalidad de la línea, desde Madrid hasta Irún y París. Los actos, presididos por el rey consorte Francisco de Asís, fueron acompañados de regatas de traineras, fuegos artificiales y toda clase de fiestas populares. La alegría era inmensa. Tras largos años de lucha, el ferrocarril era, al fin, una realidad.
Inauguración del ferrocarril del Norte en San Sebastián, 15 de agosto de 1864. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril


Tramo
Fecha
Longitud
Valladolid-Venta de Baños-Alar del Rey
1 de agosto de 1860
127 km.
Medina del Campo-Valladolid
15 de septiembre de 1860
42 km.
Sanchidrián-Medina del Campo
25 de noviembre de 1860
56 km.
Venta de Baños-Burgos
25 de noviembre de 1860
84 km.
Burgos-Quintanapalla
27 de julio de 1861
16 km.
Madrid-El Escorial
9 de agosto de 1861
50 km.
Miranda de Ebro-Olazagutia
6 de marzo de 1862
75 km.
Qintanapalla.Miranda de Ebro
26 de julio de 1862
73 km.
Ávila-Sanchidrián
4 de marzo de 1863
30 km.
El Escorial-Ávila
1 de julio de 1863
70 km.
Beasain-San Sebastian
1 de septiembre de 1863
40 km.
San Sebastián-Irún
22 de octubre de 1863
16 km.
Irún-Hendaya
21 de abril de 1864
2 km.
Olazagutía-San Sebastián
15 de agosto de 1864
48 km.

Locomotora y vagón de mercancías fotografiados por Jean Laurent en 1864 en la estación de Irún. Archivo de la Biblioteca Nacional. Ministerio de Cultura

150 años de mejoras

La Compañía del Norte construyó la totalidad de su línea preparada para la futura implantación de la doble vía, tanto en lo que respecta a puentes y túneles como al resto de las explanaciones. Sin embargo, ante las escasas perspectivas de tráfico de los primeros años, en un principio solamente se estableció una.

Las primeras secciones de doble vía se implantaron en el tramo comprendido entre Madrid y Villalba, en servicio desde el 30 de junio de 1902, seguido poco después por el de Medina del Campo a Venta de Baños, concluido el 1 de julio de 1904, y por el de San Sebastián a Irún, inaugurado el 18 de julio de 1907.

La infraestructura del ferrocarril del Norte estaba prevista para la implantación de la doble vía. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Compañía del Norte prosiguió con el paulatino establecimiento de la doble vía a lo largo de su ruta principal, de modo que en 1911 ésta ya se encontraba operativa entre Alsasua y San Sebastián, mientras que dos años más tarde se implantó entre Venta de Baños y Miranda de Ebro. Finalmente, en 1929, concluían los trabajos de duplicación de vía entre Villalba y Medina del Campo, por lo que únicamente se mantenía la vía única entre Miranda de Ebro y Alsasua, obra que no sería concluida hasta el 1 de junio de 1969.

Antes de que finalizara el montaje de la doble vía, la Compañía del Norte afrontó la introducción de la tracción eléctrica con el propósito de mejorar las prestaciones de sus trenes de viajeros de largo recorrido y de mercancías, así como para poder implantar un servicio de cercanías en los alrededores de San Sebastián. De este modo, el 7 de junio de 1929 entraban en servicio las nuevas catenarias entre Alsasua e Irún, a la tensión de 1.500 voltios en corriente continua.
En 1929 la Compañía del Norte electrificó la sección de Alsasua a Irún. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril

El éxito de la electrificación del tramo guipuzcoano impulsó a la Compañía del Norte a implantar el nuevo sistema de tracción en la otra gran rampa de la línea, entre Madrid y Ávila. Sin embargo, los trabajos se vieron interrumpidos por la guerra civil y no fueron concluidos hasta el 9 de febrero de 1945, cuando el servicio ya era gestionado por Renfe, tras la nacionalización de todas las empresas concesionarias de vía ancha de 1941. En este caso, la tensión de alimentación elegida fue también de 1.500 voltios.
Locomotora de la serie 7400, adquirida por Renfe para la electrificación de Madrid a Ávila. Archivo Georges Muller

Aunque Renfe decidió en los años cuarenta implantar la tensión de 3.000 voltios en corriente continua en sus nuevas electrificaciones, entre Miranda de Ebro y Alsasua volvió a recurrir a los 1.500 voltios para facilitar el enlace con la electrificación existente desde este último punto hasta Irún. El nuevo tramo, inaugurado el 15 de diciembre de 1961, pronto fue prolongado hasta Burgos, donde los trenes eléctricos hicieron acto de presencia el 1 de julio de 1968. Ese mismo día también entró en servicio la electrificación entre Ávila y Burgos pero, en este caso, a 3.000 voltios, lo que exigió la utilización de material motor bitensión hasta la progresiva unificación del voltaje, iniciada en 1972 entre Madrid y Ávila y concluida en 1983.

Los primeros trenes Talgo prestaron servicio en la línea de Madrid a Irún. Fotografía de Juan Bautista Cabrera. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril