viernes, 30 de enero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (I)

 

Un tren de mercancías del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo recorre la cuenca del riojano río Cidacos encabezado por la locomotora de vapor número 32 “Cascante”. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

 

El 15 de enero de 1966 es una de las fechas más negras en la historia de los pequeños ferrocarriles de vía estrecha de nuestro país. Ese día, la antigua Feve procedió a la clausura de 282 kilómetros de sus líneas, repartidas por buena parte de la geografía española; los 24 kilómetros del Castro-Traslaviña, los 42 comprendidos entre Navalcarnero y Almorox, los 127 del Utrillas a Zaragoza, los 54 correspondientes al ferrocarril de La Loma y los tranvías de Linares y los 35 correspondientes al riojano tren de Calahorra-Arnedillo.

Aunque todos ellos son merecedores de un espacio en esta sección, en esta ocasión ésta se dedicará a recordar la historia del último de ellos, una pequeña línea que seguía prácticamente en todo su recorrido el valle del río Cidacos, al que acompaña en su camino hacia el Ebro. Operado por una empresa pomposamente denominada “Sociedad de los Ferrocarriles Eléctricos”, en realidad, su modesta vía métrica nunca conoció la catenaria y durante sus poco más de cuatro décadas de existencia siempre se operó con tracción vapor o con pequeños autovías impulsados por motores de combustión interna.

 Vista de las instalaciones de la estación de Calahorra-Tránsito, origen del ferrocarril de Arnedillo, en la que enlazaba con la red de vía ancha operada por la Compañía del Norte. Archivo Oskar Ramos Moreno


Los ferrocarriles del Ebro medio

Tras la construcción del corredor ferroviario entre Miranda de Ebro y Zaragoza, concluido en 1863 por las compañías de los ferrocarriles de Tudela a Bilbao y de Pamplona a Zaragoza, pronto surgieron iniciativas para recorrer los valles de los diferentes afluentes del Ebro en esta zona y comunicar así las poblaciones más importantes del interior. Un elemento común a todos ellos fue la utilización de la vía estrecha, con una separación de un metro entre las caras internas de sus carriles, para abaratar al máximo los costes de establecimiento.

El primero de ellos fue el que unía la localidad aragonesa de Tarazona con la estación de Tudela de Navarra, inaugurado el 1 de enero de 1886. Un año más tarde, el 10 de agosto de 1887 se sumó el ferrocarril de Cariñena a Zaragoza, que facilitó el transporte de los vinos de la región a la capital aragonesa y, desde ésta, al resto de España.

 El 27 de mayo de 1889 se abrió al público el ferrocarril de Borja a la estación de Cortes, también a caballo entre las provincias de Zaragoza y Navarra. No sería hasta el 29 de septiembre de 1904 cuanto se inaugurase la cuarta línea de vía métrica de la región, la que comunicaba las minas de carbón de Utrillas con Zaragoza. En esa misma época se llegó a poner en marcha otro ferrocarril de vocación minera entre Olvega (Soria) y la estación de Castejón de Ebro, aunque problemas técnicos y financieros impidieron que llegara a funcionar formalmente. Tras años de abandono, en 1941 sería reemplazado por un nuevo trazado en vía ancha proveniente de Soria.

Durante los años de la primera guerra mundial se abrieron dos nuevos ferrocarriles en la zona. El primero entre Sádaba, Ejea de los Caballeros y Gallur, el único situado en la orilla izquierda del Ebro y único también que cruzaba su cauce, inaugurado el 30 de diciembre de 1915 y pocos meses después entró en servicio la línea riojana de Haro a Ezcaray, que inició su andadura el 10 de julio de 1916.

Estación de Préjano, terminal provisional del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo durante 23 años. Archivo de Oskar Ramos Moreno


El carbón de Préjano

Fueron precisamente las circunstancias provocadas por la primera guerra mundial las que impulsaron la construcción de la última de las vías férreas construidas en el curso medio del Ebro: el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo. Hasta entonces, España atendía el 40% de su demanda de combustibles con la compra masiva de carbón de calidad en Gran Bretaña, pero la guerra submarina y el descenso de la producción británica al movilizar millares de sus mineros como soldados, provocó la primera gran crisis energética que ha vivido nuestro país. No hay que olvidar que, en una época, este combustible era el que impulsaba la industria y el transporte, además de resultar esencial en el sector doméstico.

Para intentar paliar este problema, el gobierno hizo todo lo posible para fomentar la extracción de carbón nacional. Entre otras muchas medidas, el 14 de marzo de 1918 promulgó la Ley de ferrocarriles carboneros, norma con la que pretendía reducir los plazos para la gestión de concesiones ferroviarias que tuvieran como objeto facilitar el transporte de carbón desde las minas hasta los centros de consumo. Lamentablemente, los resultados prácticos de esta ley fueron muy limitados, pues fue aprobada pocos meses antes del final de la guerra y, por consiguiente, de la progresiva normalización de las importaciones de carbones de calidad del extranjero, sobre todo de Gran Bretaña. De hecho, de los numerosos proyectos estudiados en aquel momento  únicamente se llegaron a construir el famoso tren de Ponferrada a Villablino y la línea que ahora nos ocupa.

Esquema del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo publicada en la Memoria de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado 1941-1942. Se observa que la línea todavía no ha alcanzado su destino final y, también, la traza del ferrocarril minero desde la estación de Préjano a las explotaciones carboneras. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

La concesión del Ferrocarril Carbonero y Secundario de Calahorra a Arnedillo fue otorgada por el Ministerio de Fomento el 28 de mayo de 1920 a una empresa constituida con capital francés: la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos. Esta empresa pretendía impulsar varios proyectos ferroviarios en Galicia, Navarra y La Rioja, aunque de todos ellos únicamente llegó a construir la línea que recorre el valle del río Cidacos.

En principio, el propósito de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos era construir una línea de vía métrica con origen en la estación de Calahorra, situada sobre la línea de Tudela a Bilbao, que entonces operaba la Compañía de los caminos de hierro del Norte de España. Desde ésta seguiría el valle del río Cidacos hasta alcanzar la estación de Ariñano, ubicada a un par de kilómetros de las minas de carbón de Préjano. La conexión entre ambos puntos se completaría con un pequeño tren minero, con ancho de vía de 600 milímetros, hasta los yacimientos. Además, el proyecto también contemplaba la posibilidad de prolongar la vía métrica hasta el famoso balneario de Arnedillo.

Los promotores del proyecto pretendían levantar en Préjano una potente central térmica que consumiría los carbones de la zona, de escasa calidad para otros usos. Su producción, además de venderse a terceros, también debería de alimentar a las locomotoras eléctricas inicialmente previstas en el ferrocarril, aunque la catenaria nunca llegó a ser instalada y, finalmente, el servicio se inauguró con tracción vapor, una locomotora alquilada a los Ferrocarriles Vascongados.

Inauguración del ferrocarril entre Calahorra y Préjano, con un tren encabezado por la locomotora número 13 “Vizcaya” originaria de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados. Colección Rada. Revista Carril


La construcción

Como nos recuerdan Lluis Prieto i Tur, Mariano Rodríguez Gonzalvo y Enrique Díez Gonzalez en su documentada monografía sobre este ferrocarril, los primeros proyectos ferroviarios entre Calahorra y Arnedillo, planteados a partir de la inclusión de esta línea en la Ley de Ferrocarriles Secundarios de 1908, pretendieron ahorrar al máximo los gastos de establecimiento. Para ello, inicialmente estaba previsto que más de la mitad de los 35 kilómetros del recorrido se implantasen sobre las calzadas de las carreteras existentes, de forma análoga a un tranvía. Esta propuesta, estudiada por el ingeniero Eduardo Carvajal Acuña fue rechazada por el gobierno, por lo que el proyecto definitivo, redactado en 1919 por Juan Cervantes Sainz de Andino, contemplaba la construcción de una explanación propia en todo el recorrido.

En julio de 1920 la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos lanzó los primeros concursos para la adjudicación de los diferentes tajos de la obra, así como para la adquisición del material preciso para su explotación. Los trabajos se desarrollaron con rapidez, gracias a la ausencia de obstáculos orográficos de relevancia, de modo que el 30 de mayo de 1922 se pudieron inaugurar los catorce kilómetros comprendidos entre la estación de Calahorra y Autol con un tren encabezado por la locomotora número 11, «Zarauz».

El ferrocarril de Calahorra a Arnedillo levantó junto a la estación de Arnedo las instalaciones necesarias para el mantenimiento de la línea, como es el caso de los talleres para el material motor y remolcado de la imagen. Archivo de Oskar Ramos Moreno

Desde luego, el topónimo con el que estaba bautizada la locomotora no parece tener vinculación alguna con la comarca que recorría el nuevo tren. Esta circunstancia tiene una fácil explicación; en realidad, se trataba de una máquina construida por la firma británica Nasmyth & Wilson en 1892 para el ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián, integrado en 1906 en la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados que, a su vez, la vendió en 1915 a la del Ferrocarril del Bidasoa. Este último, con estrechas vinculaciones en el accionariado y en algunos cargos relevantes con la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos, la había arrendado al tren de Calahorra a Arnedillo para encabezar los trenes de trabajo y a falta de máquinas propias, fue la utilizada en la inauguración.

El recurso a locomotoras de alquiler, incluso para actos tan importantes como la inauguración de la línea, evidencian la falta de recursos del concesionario, incapaz de disponer de su propio material motor. La escasa capacidad financiera de la empresa pronto se hizo patente en la renuncia a la electrificación del servicio o en la utilización de carriles usados, adquiridos de ocasión a la Compañía del Norte, en el tendido de la vía. Aunque la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos pudo continuar las obras y el 30 de abril de 1923 abrió al tráfico los tres kilómetros de la segunda sección, entre Autol y Quel; el 30 de agosto del mismo año sus trenes alcanzaban Arnedo, con otros cinco kilómetros, y el 31 de julio de 1924 otra máquina originaria de los Ferrocarriles Vascongados, la número 13 «Vizcaya» encabezaba el tren inaugural hasta Préjano, fue incapaz de completar los tres kilómetros restantes hasta Arnedillo, los de construcción más compleja, ya que el Cidacos se adentra en este tramo en el estrecho desfiladero de la Peña de la Cruz, que entre otras obras exigía la perforación de un túnel de más de 600 metros de longitud.

Vista de la estación de Calahorra-Tránsito. Foto Bella. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Una explotación ruinosa

Ante la paralización de las obras y la imposibilidad de que el tren alcanzara el punto final de la concesión, la estación de Arnedillo, en 1927 los hermanos Martínez Pinillos, propietarios del afamado balneario de esta localidad, decidieron establecer un servicio de autobuses para poder trasladar a sus clientes hasta la estación de Calahorra. De inmediato, se estableció una feroz competencia entre sus flamantes coches Hispano-Suiza y el tren, lo que agravó aún más la delicada situación económica de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos.

Año tras año, la explotación del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo se cerraba con números rojos. Pronto, a los impagos a los proveedores se sumaron los retrasos en el abono de las nóminas a sus propios trabajadores y, en consecuencia, éstos se declararon en huelga el 16 de marzo de 1934. Tras seis días de paro, los ferroviarios pudieron cobrar parte de los haberes pendientes y el 23 del mismo mes retornaron al servicio, pero poco después se reiteraron los impagos y las huelgas, como la iniciada el 29 de mayo, que se prolongó durante dieciséis días. Para colmo de males, el 4 de julio la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos anunció que el 1 de agosto cesaría el servicio y el despediría a todos sus trabajadores ante el embargo de los ingresos de la línea en favor de sus numerosos acreedores.

Aunque gracias a las presiones de las autoridades locales y de los sindicatos se pudo conjurar el peligro del cierre, la situación económica de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos no mejoró, al tiempo que algunos de sus rectores se veían implicados en diversos procesos judiciales por fraude y estafa. En consecuencia, pronto se volvieron a retrasar los pagos de las nóminas y, tras cuatro meses sin percibir sus salarios, el 27 de agosto de 1935 los trabajadores declararon nuevamente la huelga. En esta ocasión, los esfuerzos de los representantes políticos y sindicales de la zona para que se pudiera recuperar el servicio fueron estériles y éste no se pudo reanudar en los siguientes meses.

Las crecidas del río Cidacos dañaron las instalaciones del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo y retrasaron su reapertura tras la incautación de la línea por parte de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado en 1936. Archivo de Oskar Ramos Moreno


La incautación

Ante la incapacidad manifiesta del concesionario, el 22 de mayo de 1936 el Ministerio de Obras Públicas decidió incautar el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo. Sin embargo, el estallido de la guerra civil dos meses más tarde, así como las crecidas del río Cidacos, que destruyeron varios tramos de la explanación ferroviaria, impidieron que los trenes volvieran a circular.

El 6 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, el gobierno franquista encomendó a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado la gestión de la línea. Pocos días más tarde, el 28 de mayo, una comisión encabezada por el director de esta entidad, Alejandro Mendizábal Peña, visitó las instalaciones y pudo constatar la imposibilidad de reanudar el servicio ante los problemas que presentaba la vía, arrastrada en algunos tramos por las aguas del Cidacos, así como por el deficiente estado del material móvil y de las instalaciones.

Finalizada la guerra, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado emprendió la reconstrucción de la línea, con la reparación de los terraplenes afectados por las riadas, la sustitución de traviesas y sujeciones y la renovación de la línea telefónica de comunicaciones. Además, se reforzó el parque motor, con la incorporación de dos de las magníficas locomotoras construidas en Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón, entonces todavía en obras, en concreto, las matriculadas con los números 7 y 9.

Una vez finalizados los trabajos de reconstrucción, el 12 de abril de 1942 se procedió a la reapertura del servicio entre Calahorra y Arnedo con la pompa y el ceremonial propios de la época. En todo caso, las reparaciones efectuadas fueron bastante precarias y en los años inmediatos fue necesario realizar nuevas inversiones para consolidar la vía que, además, no era la más adecuada para soportar las pesadas locomotoras del Ferrol-Gijón.

El 12 de abril de 1942 se procedió a la solemne reapertura del ferrocarril de Calahorra a Préjano. En la estación de Arnedo se observa toda la parafernalia del régimen franquista, incluido el saludo fascista que realizan los asistentes al acto. Colección Díaz de Rada


La prolongación

Mientras se recuperaban las infraestructuras del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado estudió diversos proyectos para la construcción de nuevas líneas en su entorno, sobre todo la propuesta de enlaces de todos los ferrocarriles de ancho métrico del Norte y el Este del país. Entre otras, esta ambiciosa y poco realista iniciativa contemplaba la integración de la línea del Cidacos en esta nueva red con la construcción de la línea de Calahorra a Estella y Pamplona, que además contaría con un ramal de conexión desde Carcar hasta Marcilla. De este modo, habría enlazado con el Vasco-Navarro y con el Plazaola, lo que aseguraría su conexión con toda la red de vía estrecha de la cornisa cantábrica.

Naturalmente, en plena posguerra y en una época en la que los transportes mecánicos por carretera comenzaban a arrebatar el tráfico al ferrocarril, estos proyectos eran una quimera imposible de realizar. Más factible era la recuperación del proyecto original para alcanzar Arnedillo y, por ello, el mismo año en que se reemprendió el servicio, en 1942, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado decidió iniciar las obras para completar los cinco kilómetros  que faltaban desde Préjano.

Finalmente, el 15 de julio de 1947 se culminó la construcción del ferrocarril del Cidacos con la llegada de los trenes a Arnedillo. En cabeza de la composición inaugural la engalanada locomotora de vapor número 9 del ferrocarril de Ferrol a Gijón. Colección Diaz de Rada


El presupuesto inicial de 2.506.445,09 pesetas pronto se quedó corto y tan solo un año más tarde, el 26 de noviembre de 1943, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado aprobó una inversión de 3.311.902,22 pesetas. Las obras fueron encomendadas, mediante adjudicación directa, al contratista Antonio Cutillas y tras tres años de trabajos quedaron completadas, por lo que el 15 de julio de 1947 se procedió a su apertura al tráfico.

Un autovía de gasolina, originario del ferrocarril de Tudela a Tarazona, emprende la marcha en el apeadero de Calahorra-Norte. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


El fin

Pese a la prolongación de la línea hasta Arnedillo, la vida del ferrocarril del Cidacos no salió de su perpetua languidez. El servicio siempre se vio lastrado por sus carencias iniciales, como era el propio material de la vía, montada con carriles usados adquiridos de ocasión a la Compañía del Norte, o el parque de material motor, procedente de otros ferrocarriles.

La Explotación de Ferrocarriles por el Estado apenas realizó inversiones para su modernización. Nunca se sustituyeron sus primitivos y desgastados carriles, que difícilmente podían soportar el peso de las locomotoras de vapor construidas para una línea de la entidad del ferrocarril de Ferrol a Gijón y no para un pequeño tren secundario como el del Cidacos. Como en otras muchas líneas, en los años cincuenta se sustituyó la onerosa tracción vapor, pero en lugar de adquirir nuevos automotores, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado optó por reasignar los viejos autovías del tipo “Zaragoza” que hasta 1952 habían prestado servicio en el vecino ferrocarril de Tudela a Tarazona cuya vía se había ensanchado ese año e integrado en la red de Renfe.

Pese a su pequeño tamaño y a sus años de servicio en el Tudela Tarazona, la llegada de los autovías permitió intensificar el servicio y pasar de las dos o tres circulaciones diarias en cada sentido que mantuvo la línea desde su inauguración hasta 1947, a los ocho viajes que se verificaban a comienzos de los años sesenta. En aquel momento, solo uno de los trenes se efectuaba con tracción vapor, un mixto que recogía los pocos vagones de mercancías que todavía atendían la cada vez más reducida demanda de transporte de cargas, que en 1964 apenas alcanzó las 2.000 toneladas anuales.

La Explotación de Ferrocarriles por el Estado sustituyó los motores de gasolina originales de los autovías del Tudela a Tarazona, por otros diésel suministrados por Barreiros, lo que obligó a modificar la capota que lo albergaba. Fotografía de Jeremy Wiseman. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La falta de inversiones de mejora que arrastró el tren de Calahorra a Arnedillo durante toda su existencia impidió que pudieran mejorarse los tiempos de viaje y en los años sesenta los autovías necesitaban una hora para cubrir los 35 kilómetros del trayecto. En estas condiciones, resultó imposible poner freno a la rápida caída de la demanda, prácticamente nula en el caso de las mercancías y con apenas medio millar de viajeros diarios, cada día más seducidos por los nuevos autobuses que circulaban en competencia y, sobre todo, por el desarrollo del vehículo privado. En consecuencia, la situación del ferrocarril era cada día más insostenible.

Vista de las instalaciones para el trasbordo de mercancías entre los trenes de vía estrecha del Calahorra-Arnedillo y los de vía ancha de Norte y, posteriormente, Renfe, en la estación de Calahorra-Tránsito. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En 1965, los ingresos obtenidos por el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo sumaron cerca de dos millones de pesetas, pero los gastos de explotación ascendieron a más de seis millones. En estas condiciones, Ferrocarriles de Vía Estrecha, más conocida por el acrónimo Feve, constituida en septiembre de dicho año tras la transformación en empresa pública de la antigua Explotación de Ferrocarriles por el Estado, decidió el cierre de esta y otras líneas. La medida se anunció en todas las estaciones del recorrido el 29 de diciembre y la clausura definitiva se verificó dos semanas más tarde, el 15 de enero de 1966.

miércoles, 7 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (y IV)

Vista del puente de Mikeldi, levantado por el ferrocarril de Durango a Zumárraga sobre el río Ibaizabal en 1886. Fotografía de Aureliano Gómez de la Vega. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

EL PUENTE DE MIKELDI

Uno de los vestigios más singulares y poco conocidos de los inicios del ferrocarril de Bilbao a Donostia es el puente de Mikeldi. Esta estructura metálica, conformada por un único tramo en arco, fue construida por los talleres de Johann Kaspar Harkort, de Duisburg (Alemania), en 1886, y levantada sobre el cauce del río Ibaizabal, pocos metros aguas abajo de su unión con el Mañaria.

El montaje del puente de Mikeldi fue dirigido por el ingeniero cántabro Aurelio de la Vega Gómez y formaba parte del primer tramo del ferrocarril de Durango a Zumárraga, inaugurado el 21 de junio de 1886 entre Durango y Zaldibar. Situado en el punto kilométrico 0,720, su longitud es de 24 metros.

El puente de Mikeldi prestó servicio hasta el año 1923, cuando, tras la apertura de una variante de trazado entre la estación de Durango y Lebario, que evitó las constantes maniobras de inversiones de marcha que debían realizar los trenes debido a la configuración en fondo de saco de esta terminal, quedó apartado de la nueva traza ferroviaria. Por fortuna, no llegó a ser achatarrado, ya que se mantuvo durante años como acceso a un centro fabril.

Hace ya más de un siglo que el puente de Mikeldi no es hollado por un tren, pero su estructura se mantiene aún en pie. Aunque sin uso desde hace años, sigue resistiendo el paso del tiempo y de las crecidas del río Ibaizabal, lo que lo convierte en uno de los vestigios más antiguos de la ingeniería del hierro en Euskadi.

En la imagen, captada por el propio Aureliano de la Vega, se observa el puente de Mikeldi a los pocos meses de su apertura, cuando el ferrocarril de Durango a Zumárraga ya disponía de su propio material móvil, pues, como se ha señalado, la sección de Durango a Zaldibar tuvo que ser explotada inicialmente por el Central de Vizcaya al no haber recibido su titular las locomotoras, coches y vagones que había contratado a la industria europea.

La locomotora situada sobre el puente contribuye a datar la fotografía, ya que se trata de la número 25 del ferrocarril de Durango a Zumárraga, construida por la firma belga Couillet en 1888 con el número de fábrica 870. En la imagen, ostenta una placa en el que figura el nombre con el que fue inicialmente bautizada «Zumárraga», pero hay constancia documental de que un año más tarde fue rebautizada como «Placencia», por consiguiente, no cabe duda de que la instantánea fue tomada en ese pequeño intervalo temporal entre 1888 y 1889.


domingo, 4 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (III)

En 1989, Euskotren estableció entre Ermua y Éibar un servicio de carácter urbano que bautizó como «Tranbia». El carácter experimental de la iniciativa, con paradas provisionales y vehículos antiguos rehabilitados con este fin, pronto se consolidó y se convirtió en uno de los servicios más activos del operador vasco. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi 

UN «TRANBIA» Y DOS METROS

A lo largo de sus 125 años de historia el ferrocarril de Bilbao a Donostia ha contribuido de forma decisiva al desarrollo económico, demográfico y social de las comarcas atendidas por sus trenes. La población inicial se ha multiplicado por nueve, al pasar de los 93.569 habitantes de 1860 a los actuales 827.599.

Euskotren ha sabido adaptarse a la creciente demanda de movilidad sostenible en las comarcas que recorren sus trenes a través de la histórica línea de Bilbao a Donostia. El primer paso fue el establecimiento del denominado «Tranbia» de Ermua a Éibar, inaugurado el 29 de septiembre de 1989.

Pese a lo que su nombre pueda aparentar, no se trataba de un tranvía convencional, sino de un servicio de cercanías entre ambas localidades, encajonadas en el estrecho valle del río Ego y unidas por una carretera constantemente colapsada. La línea contaba en esta importante aglomeración urbana de 50.000 habitantes con tres estaciones, Ermua, Ardanza y Eibar, a las que se sumaron nuevas paradas en Errotaberri, San Lorenzo, Unibertsitatea, Amaña y Azitain El servicio inicial, en principio con  frecuencias de treinta minutos, se tuvo que duplicar en 1993 y pronto se convirtió en el principal modo de transporte en la zona.

En 2017 el extremo vizcaíno de la línea de Bilbao a Donostia se integró en la nueva línea 3 del metro de Bilbao

Años más tarde, el 8 de abril de 2017, el tramo inicial de la línea experimentó un notable cambio en su traza, al integrarse en la nueva línea 3 del metro de Bilbao. Desde esa fecha, parte de sus trenes pasaron a circular por un nuevo túnel a partir de la estación de Kukullaga, con paradas en Otxarkoaga,  Txurdinaga, Zurbaranbarri, Casco Viejo, Uribarri y Matiko, donde enlazan con la línea de Euskotren de Bilbao a Lezama. 

Los trenes que aún circulaban por la antigua traza hasta la bilbaína estación de Atxuri pasaron también a la línea 3 del metro de Bilbao a partir del 9 de septiembre de 2019. Sin embargo, lejos de levantarse, la vieja vía se integró en el servicio del tranvía urbano de Bilbao que opera Euskotren, que prolongó por ellas su recorrido hasta Bolueta el 25 de marzo de 2022.

Obras de construcción de la futura estación centro de San Sebastián, integrada en la variante subterránea del extremo guipuzcoano del ferrocarril de Bilbao a Donostia su conexión directa con el histórico «Topo». Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

En el otro extremo de la línea, el ferrocarril de Bilbao a Donostia también se está convirtiendo en parte del futuro metropolitano de la capital guipuzcoana, su popular «topo». En la actualidad, Euskal Trenbide Sarea construye una pasante ferroviaria subterránea que permitirá la conexión directa con la línea de San Sebastián a Hendaia y evitará las constantes maniobras de cambio de marcha en la actual terminal en fondo de saco de Amara, al tiempo que ofrecerá a sus viajeros nuevas alternativas de acceso en las futuras estaciones de Bentaberri, Centro y Amara, que se sumarán a las abiertas en los últimos años en Lugaritz, Anoeta, Intxaurrondo, Herrera o Altza. En la actualidad, se prevé la conclusión de las obras y la apertura del servicio a lo largo del presente año 2026.


viernes, 2 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (II)

Retrato de Aurelio de la Vega Gómez. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

AURELIO DE LA VEGA GÓMEZ, Vega de Pas (Cantabria), 1844-1903

En anteriores entradas de este blog se ha tratado la figura de algunos de los personajes clave en la historia del ferrocarril de Bilbao a Donostia, como es el caso de Francisco Igartua (abril de 2020) o de Adolfo Ibarreta (noviembre de 2020). En esta ocasión nos acercaremos a otro personaje, menos conocido, pero que también jugó un papel destacado en la génesis de esta línea: el ingeniero cántabro Aurelio de la Vega Gómez.

Nacido en Vega de Pas, Aurelio de la Vega era hijo de un destacado maestro de obras de la comarca, por lo que no es de extrañar que se decantara por estudiar ingeniería y arquitectura. Como nos recuerda el historiador José Javier Gómez Arroyo, pronto destacó por sus notables cualidades para el diseño de estructuras y con tan solo 22 años fue muy elogiada la maqueta para el nuevo puente de Soto, sobre el río Pas, que presentó en 1866 en la exposición provincial de Santander.

Afincado inicialmente en su natal Vega de Pas, donde su hermano ejercía como médico, gracias a su colaboración con el contratista cántabro Javier González Riancho, se trasladó a Bilbao en 1879 para participar en las obras de construcción del ferrocarril Central de Vizcaya. En ellas jugó un papel destacado en la perforación de su único túnel, el de Miraflores, que, pese a su escasa longitud, poco más de trescientos metros, ofreció grandes dificultades.

La obra, iniciada en septiembre de 1880, se acometió por ambas bocas y, aunque en sus primeros 100 metros la roca ofreció consistencia suficiente, a partir de febrero de 1881 se alcanzó una zona en la que el terreno estaba totalmente descompuesto, formado por bloques sueltos, mezclados con arcilla y tierras, lo que exigió el revestimiento con ladrillo de cerca de 200 metros de bóveda. Además, en algunos tramos la dureza de la roca exigió la utilización de explosivos que provocaron dos graves accidentes con la trágica muerte de tres trabajadores. La perforación de la galería concluyó el 26 de abril de 1881 y la labor de Aurelio de la Vega fue objeto de numerosos halagos por parte de la prensa bilbaína.

Tras culminar la construcción del ferrocarril de Bilbao a Durango, Aurelio de la Vega fue nombrado jefe de vía y obras del Central de Vizcaya. Poco después, también participó en la construcción de su  continuación, la línea de Durango a Zumárraga, por lo que fijó su residencia en Bergara (Gipuzkoa), donde permanecería hasta abril de 1898.

Como se ha señalado, la conclusión del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián solo fue posible gracias al apoyo que le brindó, a partir de 1898, el Central de Vizcaya, para rematar las obras de su tramo central entre Deba y Zarautz. La concesionaria del Bilbao-Durango no solo le prestó ayuda financiera, sino que también tomó la dirección de las obras y nuevamente recurrió para ello a Aurelio de la Vega. Gracias a su contribución fue posible completar la conexión ferroviaria entre Bilbao y Donostia hace ahora 125 años.

Aurelio de la Vega llegó a participar en los primeros proyectos que impulsó el Central de Vizcaya para la construcción de la línea de Durango a minas de Arrazola y ramal de Apatamonasterio a Elorrio, pero una grave afección respiratoria le obligó a dejar su trabajo. En 1902 el prestigioso doctor Madrazo le practicó una traqueotomía, pero su quebrada salud no se recuperó y falleció un año más tarde en su residencia familiar.