martes, 15 de mayo de 2012

LAS ESTACIONES DE LOGROÑO, UNA HISTORIA DIFÍCIL DE ENTENDER

Vista de la primitiva estación de Logroño, diseñada por el ingeniero británico Charles Vignoles. Fotografía de Juan Bautista Cabrera

Una de las características más singulares del ferrocarril español, en comparación con sus hermanos europeos, es el gran número de soterramientos y desvios de trazado realizados en los últimos cincuenta años con el fin de "liberar" el espacio urbano de ciudades y pueblos de la "opresión" del cinturón de hierro que conforman, en el imaginario colectivo, las vías del tren. Burgos, Elche, Durango, Sabadell, Villaverde, Palma de Mallorca o Castellón son parte de una larga lista que, según parece, pronto se verá incrementada con otras muchas otras ciudades, salvo si la crisis económica y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, no lo impide.

La estación de Logroño es, sin duda, uno de los ejemplos más paradigmáticos de esta singular afición española por ocultar el tren. La capital riojana cuenta, desde 1863, con una vía férrea, la establecida por la Compañía del ferrocarril de Tudela a Bilbao. La traza ferroviaria se estableció al Sur del histórico casco urbano de la ciudad, cuyo crecimiento por el Norte estaba limitado por el cauce del río Ebro. La estación se estableció muy cerca de la plaza del Espolón, centro de la vida social y económica de Logroño.
La primitiva estación de Logroño servía también de punto de encuentro de los autocares que enlazaban con las poblaciones próximas. Fotografía de Juan Bautista Cabrera

El crecimiento demográfico que experimentó Logroño a finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX hizo que pronto, la trama urbana superase el trazado de la vía férrea y se construyesen nuevas edificaciones al Sur de la estación. La existencia de pasos a nivel como el de la calle Vara de Rey o de pasarelas como la que comunicaba con la calle República Argentina, facilitaban la permeabilidad de la traza ferroviaria. Sin embargo, el ayuntamiento de la capital riojana consideraba que las vías del tren constreñían a la ciudad y dificultaban su crecimiento, por lo que plantearon sucesivamente, tanto a Renfe como al Ministerio de Obras Públicas, la necesidad de construir una variante más al Sur.

Las reivindicaciones del consistorio logroñés fueron bien acogidas por el Gobierno de Franco. Así, el 1 de febrero de 1946 se decretaba como obra de urgente construcción la realización de una variante de trazado y la construcción de una nueva estación en Logroño. Sin embargo, y a pesar de la urgencia de la obra, su ejecución no se adjudicó hasta el 14 de abril de 1948, fecha en que los trabajos fueron adjudicados al contratista Regino Criado González. Cinco años más tarde, el 24 de septiembre de 1953 y una vez realizadas las obras de infraestructura del nuevo trazado, el Ministerio de Obras Públicas adjudicaba al empresario José Díaz Herce, el montaje de la superestructura.
Andén principal de la antigua estación de Logroño. Fotografía de Juan Bautista Cabrera

Todavía fue preciso que transcurrieran otros cinco años para que el 9 de noviembre de 1958 se pudiera inaugurar el nuevo trazado, acto presidido por el Ministro de Obras Públicas del momento, Jorge Vigón.

La variante de trazado desplazó la nueva estación un kilómetro al Sur de la primitiva, con lo que el ferrocarril perdió centralidad, sobre todo respecto a los autobuses, que en la misma fecha estrenaron una nueva estación más próxima al centro de la ciudad.
Tren con destino a Miranda de Ebro, fotografiado en la estación de Logroño inaugurada en 1958. Fotografía de Lawrence G. Marshall

El nuevo trazado ofrecía una gran permeabilidad, con pasos superiores o inferiores con todas las calles y carreteras del entorno. Además, el ordenamiento urbano de la ciudad reservaba los terrenos situados al Sur de la nueva estación para el desarrollo industrial, que previsiblemente se vería beneficiado por el fácil acceso al servicio ferroviario. Sin embargo, el planeamiento original no se respetó durante mucho tiempo y pronto comenzaron a construirse viviendas al otro lado de las vías. En consecuencia, en los años ochenta, cuando apenas habían transcurrido treinta años desde la inauguración de la variante y nueva estación, el consistorio logroñés comenzó a reivindicar un nuevo trazado, todavía más al Sur, o el soterramiento de las vías.
Fachada principal de la estación de Logroño (1958-2010)

Nuevamente, las reivindicaciones del consistorio fueron atendidas por el Gobierno autonómico y el central. Así, el 25 de julio de 2002 las tres instituciones suscribieron un convenio que permitió la constitución de la sociedad pública Logroño Integración del Ferrocarril, 2002, aunque, tal vez, hubiera sido más apropiado hablar de ocultación en lugar de integración.
Andén principal de la estación de Logroño (1958-2010)

El nuevo organismo inició las obras de soterramiento de la estación, con el derribo de la elegante terminal inaugurada en 1958, que quedó fuera de servicio el 30 de abril de 2010, para ser demolida el 9 de agosto del mismo año. Durante unos meses funcionó una estación provisional hasta que el 18 de diciembre de 2011 entraba en servicio la nueva terminal, diseñada por los arquitectos Iñaki Ábalos y Juan Herreros.


Fachada de la nueva estación de Logroño

En Logroño, el ferrocarril ha sido víctima, dos veces en poco más de cincuenta años, de los errores de planificación urbanística del Ayuntamiento y del poco respeto que en España siente el ciudadano por el ferrocarril. Sin embargo, es difícil entender los motivos por los que el ferrocarril debe sufragar una parte destacada de estas complejas obras que, en realidad, en nada benefician al servicio ferroviario y a sus clientes. Por el contrario, con estas actuaciones, el tren pierde centralidad y, por tanto, accesibilidad para sus viajeros. Por otra parte, la explotación se encarece notablemente, tanto en energía para alumbrado y servicios auxiliares como por el mayor consumo que exige iniciar la marcha en rampa. Por último, la seguridad de las instalaciones soterradas, siempre se ve comprometida respecto a una estación en superficie. En definitiva, si el beneficiario de estas actuaciones son los ayuntamientos, tendrían que ser ellos los que, financiasen la integridad de las obras y, además, deberían abonar algún tipo de compensación económica a las empresas ferroviarias. De ser así, probablemente España no sería el líder mundial en soterramientos y variantes de trazados urbanos.
Vista de los terrenos de la estación de Logroño, tras la primera fase del soterramiento

jueves, 10 de mayo de 2012

UN RAINHILL A LA BILBAÍNA


Todos los aficionados al ferrocarril tienen noticias del concurso de Rainhill, celebrado en 1829 por los promotores del ferrocarril de Liverpool a Manchester, en el que los principales constructores de locomotoras del momento compitieron entre ellos para demostrar las bondades de sus productos. Los triunfadores fueron Georges Stephenson y su hijo Robert, con su locomotora «Rocket», con la que sentaron las bases para el futuro desarrollo del transporte ferroviario durante más de un siglo.

A una escala más pequeña, Bilbao también vivió un pequeño concurso entre tres constructores británicos, en el que el vencedor suministraría las locomotoras de vapor que pretendía adquirir la empresa que explotaba el tranvía que enlazaba la capital vizcaína con Algorta. Dada la longitud del trayecto, el motor de sangre pronto demostró sus limitaciones y los promotores del tranvía decidieron ensayar la posibilidad de introducir la tracción mecánica.

Coche de tranvía de mulas de la línea de Bilbao a Algorta

Lamentablemente, el resultado de estos ensayos fue infructuoso, probablemente como consecuencia de un grave accidente, por lo que apenas quedó constancia de ellos… salvo, precisamente, gracias al citado accidente.

En efecto, en la primavera de 1878, llegaron a Bilbao tres locomotoras de vapor para servicio en tranvías, construidas en Gran Bretaña por las firmas Merryweather, Hughes y Stephen Lewin. De estos constructores, el más conocido es Merryweather, que vendió sus ingenios a un buen número de redes de tranvías europeos de finales del siglo XIX, incluidos diversos ejemplares destinados a Barcelona. Al respecto es recomendable la lectura del libro de Joan Alberich, «Los tranvías de vapor de la ciudad de Barcelona». No tan conocido es el caso de Hughes’s Locomotives & Tramways, empresa fundada en 1865 y que, en 1882 pasó a denominarse Falcon Engine & Cars Works y, más tarde se integró en Brush Electric, firma que fue una de las pioneras en la introducción de la tracción eléctrica en los tranvías. Por lo que respecta a Stephen Lewin, su producción de locomotoras fue particularmente reducida y únicamente construyó un ejemplar diseñado específicamente para el servicio tranviario, precisamente la que se ensayó en Bilbao.

Por el momento no se conocen con detalle las características de las locomotoras de Merryweather y de Hughes ensayadas en Bilbao. Sin embargo, gracias a un trágico accidente, ha sido posible conocer algunos detalles de la máquina suministrada por Stephen Lewin. En efecto, el 24 de mayo 1878, a las 17:00 horas, cuando arrastraba una composición de ensayo formada por un coche de un piso y otro con imperial, arrolló a un ciudadano que paseaba por la calzada y que no atendió a las señales acústicas que realizó el maquinista… ¡porque era sordo!

Plano de una locomotora de tranvías Merryweather similar a la ensayada en Bilbao

Gracias al proceso judicial abierto como consecuencia del accidente, ha quedado constancia de que la locomotora había sido construida en los talleres de Stephen Lewin en Poole (Dorset, Gran Bretaña), con el número de fábrica 712. Es preciso indicar que este fabricante numeraba consecutivamente todos sus productos, desde máquinas herramientas hasta lanchas, por tanto, no quiere decir que ya hubiera construido otras 711 locomotoras. De hecho, su producción de material ferroviario jamás alcanzó esta cifra…

Gracias al atestado, podemos saber que, en el momento del accidente, la locomotora era conducida por el maquinista británico Tom Dibben Lock, que residía, precisamente, en Poole, la ciudad en la que se encontraban los talleres de Stephen Lewin. Como fogonero actuaba un maquinista español llamado Braulio Ruiz. Las funciones de conductor (lo que en la actualidad se denominaría «cobrador») las cubría Juan Antonio Orue y, dada la importancia de los ensayos, también viajaban en la composición, entre otros, el ingeniero jefe de la demarcación, José Luis Vildosola Torre, autor de numerosos proyectos ferroviarios en el País Vasco, y James Welman Holloney, representante comercial del fabricante, Stephen Lewin.

Aunque la locomotora de Stephen Lewin fue la que ofreció los resultados más prometedores, ya que las de Merryweather y Hughes eran, al parecer, poco potentes para las necesidades del servicio, tras el accidente, los responsables del tranvía de Bilbao a Algorta desistieron en su proyecto de sustituir el motor de sangre por el de vapor y las mulas siguieron arrastrando los tranvías hasta su definitiva sustitución, en 1896, por el motor eléctrico.

Tras fracasar este intento, es fácil suponer que las tres locomotoras ensayadas en Bilbao pronto serían adquiridas por otras redes y, de hecho, hay constancia de que la construida por Stephen Lewin fue adquirida, en 1879, por los tranvías de la isla de Germsey. Curiosamente, los tranvías de esta isla del Canal de la Mancha también contaron con varias locomotoras fabricadas por Hughes y Merryweather, por lo que es posible que las otras dos locomotoras ensayadas en Bilbao también terminaran sus días en este pintoresco lugar.

viernes, 4 de mayo de 2012

¿DOBLE EXPANSIÓN O VAPOR RECALENTADO?

Locomotora montaña de la Compañía del Norte, de vapor recalentado y doble expansión

Los avezados en historia ferroviaria saben como, a finales del siglo XIX y principios del XX, se desató una intensa polémica entre los diseñadores de locomotoras de vapor, divididos en los que defendían la utilización de la doble expansión, frente a los que preferían el uso del vapor recalentado. El primero de los sistemas tiene en su favor la teórica posibilidad de reutilizar el vapor que, una vez ha realizado su trabajo en el cilindro motor, en lugar de perder su fuerza residual por la chimenea, se podía volver a emplear en un segundo cilindro. En trazos gruesos se podría decir que optimiza el rendimiento del vapor a costa de complicar la locomotora que, en lugar de dos cilindros, pasaría a tener cuatro. Por contra, el vapor recalentado mejora el rendimiento de una forma más simple, incrementando la temperatura del vapor al hacerlo pasar por un conjunto de serpentines en contacto con las llamas y gases de la combustión.

Sin embargo, esta explicación, que es la que habitualmente se da en muchos libros y artículos, no es completa, ya que para entender las verdaderas razones de la polémica entre los defensores de la doble expansión, también denominada sistema compound, y el uso del vapor recalentado, es preciso tener en cuenta un factor que obsesionó a los ingenieros desde el mismo momento en que se inventó la máquina de vapor: la condensación de este gas en su camino desde la caldera hasta el motor y durante la realización de su trabajo en el cilindro.

En efecto, aunque en muchas ocasiones se ha llegado a escribir que el diseño de locomotoras con cilindros y distribuciones interiores se debía, únicamente, a cuestiones estéticas, en realidad, este diseño, que tuvo un especial predicamento en Gran Bretaña, obedecia a la voluntad de los ingenieros de proteger los motores del frio exterior. De este modo, reducían al máximo la condensación del vapor en los motores.
Locomotora de vapor dotada de motores y distribuciones interiores, disposición que no obedecía a cuestiones estéticas sino a intentar evitar el fenómeno de las condensaciones

En efecto, producir vapor no es cosa sencilla, y no había cosa que más desesperase a los ingenieros ferroviarios que, con la energía que había costado convertir el agua en gas, buena parte del vapor se convirtiese nuevamente en agua nada más entrar en los circuitos que lo conducían a los motores, así como en la propia distribución y cilindros de la locomotora. Sin embargo, este fenómeno era muy difícil de evitar al estar estos conductos y motores sensiblemente más fríos que la caldera.

El primer paso para evitar este fenómeno fue, precisamente, disponer los motores en el interior del bastidor, justo debajo de la caja de humos. Con esta disposición se acortaba el recorrido del vapor a los motores y, éstos últimos, estaban abrigados por el propio bastidor y relativamente calientes por el calor que irradiaba desde la inmediata caja de humos. De este modo, se lograba atenuar el enfriamiento del vapor en su camino a los motores y en los propios motores y, por tanto, su condensación. 

Como se ha dicho al principio, generalmente, se ha simplificado la explicación del sistema compound afirmando que consiste en aprovechar la presión que todavía conserva el vapor, una vez ha empujado el pistón en el cilindro y que, en caso contrario, se desperdiciaba por la chimenea. Sin embargo, esta explicación no es suficiente para responder a la siguiente cuestión ¿Porqué no diseñamos un motor con la distribución y dimensiones necesarias para que la dosis de vapor que entre en el cilindro a cada golpe de pistón, desarrolle todo su esfuerzo en el interior del cilindro y, una vez exhausto, salga por la chimenea? La respuesta a esta pregunta es que resulta imposible diseñar un motor de esas características, precisamente, ¡por culpa de las condensaciones!
Aunque la mayor parte de las locomotoras compound contaban con cuatro cilindros, algunas, como ésta de la popular "Panderola" de Castellón, unicamente disponían de dos. Como se puede apreciar en esta magnífica instantánea de Peter Willen, el cilindro de la izquierda, el de alta presión, tiene un diámetro notablemente inferior al derecho, de baja presión, que requiere mucho mayor volumen de vapor para realizar un trabajo similar

En efecto, durante la fase de admisión del vapor en el motor, el vapor saturado procedente de la caldera se encuentra con las paredes de los conductos y del cilindro relativamente frías e, inevitablemente, se produce la condensación, fenómeno que puede afectar hasta al 50% del vapor introducido que, con lo que ha costado producir, resulta que se convierte en agua líquida y, por tanto, sin capacidad de expandirse e impulsar la locomotora.

Sin embargo, a medida que el vapor realiza su trabajo en el cilindro, disminuye su presión y, de este modo, la temperatura del vapor que se había condensado y convertido en agua, resulta que es superior a la de la temperatura necesaria para su evaporación a esa presión. En consecuencia, en la fase de escape resulta que ese agua que fue vapor, se vuelve a evaporar pero, tan tarde, que solo sirve para ser expulsado por la chimenea, metiendo mucho ruido pero sin haber realizado trabajo útil alguno.

Por tanto, como se ha visto anteriormente, el inevitable fenómeno de las condensaciones, imposibilitaba diseñar un motor que permitiera el aprovechamiento íntegro de todo el potencial del vapor introducido en el cilindro.
La compañía MZA popularizó en España la utilización de la doble expansión

Esta explicación resulta fundamental para entender la rivalidad entre la doble expansión y el recalentamiento. El sistema compound hace de la necesidad, virtud y, ya que no puede evitar el fenómeno de las condensaciones, intenta al menos aprovechar la fuerza residual de ese agua que se ha licuado al entrar en el motor y que se ha regasificado en la fase de escape. Por el contrario, lo que el recalentamiento buscaba era anticiparse al problema de las condensaciones elevando la temperatura del vapor hasta tal punto que, pese a que también se enfría y condensa en los conductos y motores, el efecto es muy inferior respecto al vapor saturado. Por tanto, conseguía resultados similares pero con un procedimiento más sencillo que duplicando los motores. De ahí la gran polémica entre los defensores de uno y otro sistema. Sin embargo, pese a la elevada temperatura del recalentamiento, el fenómeno de las condensaciones seguía produciéndose, aunque en menor medida que en una locomotora de vapor saturado, por lo que la solución óptima, no era otra que la de de conjugar los dos sistemas, con lo que:

A.- Se reducía notablemente la pérdida de rendimiento que provocaban las condensaciones al reducir éstas notablemente.

B.- Se aprovechaba el agua condensada y reevaporada durante la fase de escape y que todavía tenía un importante potencial.

El problema de las condensaciones del vapor obsesionó a los ingenieros ferroviarios hasta el final de la tracción vapor. Buena muestra es la espectacular locomotora 160AI diseñada por André Chapelón en 1947. Para eludir las dificultades de lubricar los motores de alta presión con las elevadísimas temperaturas de recalentamiento propias de las locomotoras dotadas de calderas de alta presión, en las que se podían alcanzar los 500º, en esta máquina, el prestigioso diseñador francés optó por envolver los cilindros de alta presión en una cámara por la que circulaba el vapor a alta temperatura de la propia caldera, ¡un recurso que ya había aplicado el propio Watt 200 años atrás! De este modo, lograba que el cilindro estuviera caliente y que, en consecuencia, no se produjeran apenas condensaciones. En consecuencia, Chapelón superó con maestría y sencillez la degradación de los aceites lubricantes que provocaban las altísimas temperaturas de recalentamiento, reservando este procedimiento únicamente a los cilindros de baja presión de la locomotora.

Locomotora 160 A1 diseñada por Chapelón

martes, 1 de mayo de 2012

LA PRIMERA HUELGA EN LA COMPAÑÍA DEL TRANVÍA DE SAN SEBASTIÁN

Tranvía de San Sebastián, fotografiado a finales del siglo XIX en el Paseo de la Concha. Archivo de Georges Muller

De la mano de la grave crisis que asola nuestro sistema económico, parece que se ha abierto la veda al desguace del denominado Estado del bienestar. Conquistas sociales que a los de nuestra generación se nos antojaban incuestionables se ven ahora amenazadas ante la presión de los mercados. Por ello hoy, día del primero de mayo, me parece que es una buena ocasión para recordar como eran las relaciones laborales en las empresas ferroviarias hace poco más de un siglo. Creo que nos ayudará a ser conscientes de los grandes logros que, gracias a la lucha sindical y el sacrificio de muchos de los que nos han precedido, hemos conseguido los trabajadores a lo largo de la última centuria pero que, como nos descuidemos, podemos volver a perder.

Para ello, nos remontaremos al año 1901 y a la primera huelga del personal de la Compañía del Tranvía de San Sebastián que entonces, contaba con catorce años de existencia. Desde su fundación, las relaciones laborales habían dependido del exclusivo arbitrio del Consejo de Administración de la empresa. Los empleados no tenían otro derecho que el de trabajar largas jornadas de entre diez y doce horas, e incluso más en días de gran demanda, sin poder disfrutar de días de descanso en los tres meses de verano y solo dos al mes, sin remuneración, el resto del año y todo ello para, tras trabajar más de 3.500 horas anuales, obtener un salario de 3,50 pesetas diarias, es decir, lo que hoy se denominaría un mileurista. Las vacaciones pagadas eran, simplemente, una utopía inalcanzable.

A principios de 1900, el primitivo Consejo de Administración de la Compañía del Tranvía de San Sebastián experimentó ciertos cambios, entre los que se encontraba el nombramiento de un nuevo presidente, Luís María Echeverría, quien de inmediato adoptó algunas medidas que fueron acogidas con agrado por los trabajadores. La primera de ellas fue la de otorgar dos días mensuales de descanso, sin deducción de sueldo, a lo largo de todo el ejercicio, incluido el verano, siempre y cuando los trabajadores se comprometieran a ampliar su jornada laboral durante la campaña estival todo lo que fuera necesario, de modo que no fuera preciso contratar personal suplementario para cubrir las vacantes. Pese al sacrificio que representaba esta medida, la propuesta fue unánimemente aceptada por los empleados de la Compañía.

Poco después, en junio de 1900 Luís María Echeverría decidió implantar un Reglamento de castigos y premios a los trabajadores, ya que éstos se habían establecido hasta el momento al arbitrio del Consejo de Administración y su aplicación había sido tremendamente irregular. La nueva normativa tipificaba como faltas muy graves, la insubordinación, la blasfemia, la embriaguez, el abandono del servicio y el fraude, mientras que el retraso en la prestación del servicio, la falta de aseo, el incumplimiento de los límites de velocidad, la falta de cobro a los viajeros, el pronunciamiento de palabras groseras, la mala atención al viajero y el incumplimiento de lo estipulado en los reglamentos y órdenes dictadas por el Consejo de Administración eran consideradas como faltas leves. Por último, la clasificación de cualquier otra clase de faltas quedaba al arbitrio del Consejo.

Todas las faltas clasificadas como graves, estaban penadas con el despido, mientras que para las leves se establecía el siguiente baremo de castigos: 

«- El retraso en la presentación al servicio, se castigaba con multas que oscilaban desde los cinco céntimos si éste era de cinco minutos, hasta los treinta céntimos si era de media hora. Si la demora era mayor, ese día el trabajador no era admitido en el servicio y se le penalizaba con medio día de salario.
 - La falta de cobro a los viajeros se castigaría según las circunstancias y los años de servicio del empleado, por lo que la multa oscilaría desde el pago del billete no cobrado hasta la cuarta parte del jornal del día.
 - La entrada de empleados en casas de juego también era castigada con la expulsión y si lo hacían en tabernas vistiendo uniforme, aunque estuvieran fuera de servicio en ese momento, serían multados como medio día de haber.
 - El exceso de velocidad o el retraso no justificado al llegar a los cruces también se sancionaba con medio día de haber.
 - La falta de aseo se multaría con veinticinco céntimos, y con el doble si se reincidía». 

Es importante destacar que el nuevo Reglamento especificaba que los correctivos por faltas graves se impondrían siempre «después de oír a los interesados y testigos por el Consejo de Administración».

En marzo de 1901, probablemente confiados en las mínimas garantías que ofrecía el nuevo Reglamento de castigos y faltas, los conductores (nombre que recibían los que, en la actualidad, denominaríamos «cobradores»)  y wattmans (nombre que recibían los que, en la actualidad, denominaríamos «conductores»), de la Compañía del Tranvía decidieron de forma conjunta, por primera vez en la historia de la empresa, elevar al Secretario del Consejo de Administración algunas reivindicaciones para la mejora de su dura situación laboral. Para ello redactaron el siguiente escrito: 

«Los empleados de esta Compañía tienen el honor de exponer a Vd. los acuerdos por ellos tomados con objeto de que Vd. a su vez haga presente ante el Consejo de Administración las peticiones tan justas que los recurrentes solicitan y que debido a la benevolencia de los que ese Consejo componen, no dudamos alcanzar el fin que nos proponemos.
 Las peticiones son las siguientes:

1ª.- Un aumento de sueldo, quedando el precisar la cantidad a juicio del Consejo que estipulará lo que crea conveniente.
2ª.- El abono de las horas extraordinarias, el cual se desea que sea en la misma forma que se hace a otros empleados de esta Compañía y que no pertenecen a Movimiento, abonándose dicho extraordinario quincenalmente.
 3ª.- Abonar el sueldo por entero, durante el periodo de la enfermedad y quedando excluidos los casos que exceptúa el artículo veintiséis del reglamento de instrucciones.
4ª.- Modificación de los horarios de días festivos, con objeto de disfrutar de más tiempo a la hora de comer, pidiendo para ello disminución del tiempo que tenemos para el almuerzo.

Todas estas peticiones que como el Consejo verá nos asiste la razón al solicitarlo, nos induce a ello el mucho servicio que se nos impone y lo rudo de nuestras faenas, sufriendo tanto en el invierno por el frío como en el verano por el mucho trabajo, así que no dudamos en alcanzarlo.

Y por lo que a Vd. suplicamos se digne hacerlo constar en la próxima sesión y creemos nos prestará su apoyo para lograr conseguir lo que con justicia nos corresponde».

Sin embargo, antes de poder presentar el escrito ante el Secretario del Consejo de Administración, una confidencia transmitida por uno de los implicados provocó la inmediata reacción del Consejo de Administración que, el 17 de marzo, procedió al despido fulminante del conductor Félix Miñón, al que identificaban como cabecilla del movimiento reivindicativo.

Conductor de la Compañía del Tranvía de San Sebastián

En la sociedad actual, la visceral reacción del Consejo de Administración ante las peticiones formuladas por los trabajadores, respetuosas en todo momento y sin contener ninguna clase de amenaza o coacción, sería impensable. Es más, el fulminante despido del conductor Félix Miñón contravenía el propio Reglamento de castigos y premios que por decisión unilateral del Consejo se había aprobado tan solo unos meses atrás ya que, aunque se pudiera considerar su actitud como una insubordinación a sus superiores, clasificación totalmente desproporcionada ante una petición tan respetuosa, ni siquiera tuvo ocasión de ser escuchado por el Consejo o de presentar testigos en su defensa, como señalaba la citada normativa. Sin embargo, lo que ahora nos parece inimaginable, hace un siglo era el proceder habitual de la Patronal frente a la más mínima demanda de sus obreros y, sobre todo, ante el menor atisbo de que se estuviera formando alguna organización sindical en el seno de la empresa.

La situación estalló en cuanto los trabajadores de la Compañía tuvieron conocimiento del despido fulminante de su compañero. Así, el 18 de marzo, a las dos y media del mediodía, los wattman y conductores presentaron un nuevo escrito en las oficinas de la Compañía en los siguientes términos: 

«Señor Presidente del Consejo de Administración.

Los empleados de esta Compañía a Vd. se dirigen con objeto de que nos haga presente la causa del porqué ha sido expulsado el empleado de esta Compañía Félix Miñón, lo cual deseamos con verdadero interés se nos diga dentro del día de hoy».

En respuesta, el Presidente de la Compañía ordenó que fueran llamados uno por uno todos los conductores y wattmans para exigirles que depusieran su actitud, al tiempo que les exhortaba «a seguir por el buen camino, haciéndoles consideraciones sobre las consecuencias que para ellos y sus familias seguirían». Pese a las amenazas, al preguntarles si al día siguiente acudirían al servicio, todos, salvo el conductor Elizalde y los wattmans Amador y Guruceaga, se negaron si no era de inmediato readmitido su compañero, Félix Miñón.

Además, como en realidad el Consejo de Administración sospechaba que la reacción de los conductores y wattmans ante el despido de su compañero sería la de declararse en huelga, durante toda la jornada el Secretario de la Compañía organizó un nuevo cuadro de servicio en el que éstos podrían ser sustituidos por el personal de talleres, revisadores de noche, guardavías y demás personal que tenía conocimiento del manejo de los tranvías, mientras que los conductores serían reemplazados por los interventores, el portero, el guarda del almacén y dos obreros. De este modo, se podría cubrir el cuadrante habitual de un día laborable de invierno. Por otra parte, se informó del conflicto al Gobernador Civil para que las fuerzas de seguridad revisasen la vía y destacase una pareja de miqueletes en las cocheras con el fin de prevenir cualquier acto de sabotaje.

El propio Consejo de Administración de la Compañía del Tranvía se encargó de filtrar la noticia, convenientemente manipulada, a la prensa local. Así, el diario La Unión Vascongada, en su edición del 19 de marzo anunciaba que: 

«Según rumores que llegaron hasta nosotros, anoche, después de dejar el trabajo, los empleados del tranvía de esta capital anunciaron al presidente del Consejo de Administración que desde hoy se declaraban en huelga si no les aumentaban el sueldo y rebajaban las horas de trabajo».

Resulta evidente que esta información había sido deliberadamente manipulada ya que, como se ha visto, la huelga no se había convocado en demanda de aumentos de sueldo y reducción de la jornada laboral, sino en respuesta al despido fulminante y arbitrario del conductor Félix Miñón.

Como era de esperar, al día siguiente, 19 de marzo, que además coincidía con la celebración de la Junta General de accionistas, siete conductores y ocho wattmans se declararon en huelga. Como tenía previsto, el Consejo de Administración los despidió de inmediato y los sustituyó por los trabajadores de talleres y oficinas de la empresa. La propia Junta fue informada de la situación ya que en ella se leyeron las comunicaciones presentadas por los trabajadores, tras lo cual, los accionistas apoyaron sin fisuras la actuación de sus Consejeros «conviniendo unánimemente en lo improcedente de las pretensiones que como imposición presentaban al Consejo y aprobando la entereza del Consejo en no dejarse imponer por aquellos empleados».

Mientras tanto, la prensa informaba al día siguiente en los siguientes términos:

«Ayer se declararon en huelga veinte empleados del tranvía de esta capital, pero el servicio se lleva a cabo con toda regularidad con varios suplentes de cobradores, empleados de oficina y guardavías.
 Según nuestros informes, volvieron a sus trabajos tres de los huelguistas a las nueve de la mañana; los demás persisten en la misma actitud»       
   
Y un día más tarde señalaba:

«Según nuestros informes, la Compañía del Tranvía de esta capital ha dispuesto cubrir las plazas que dejaron vacantes los empleados que se declararon en huelga, con nuevo personal, y no admitir en los trabajos de la citada empresa a ninguno de los huelguistas».

En definitiva, el primer movimiento reivindicativo de los trabajadores de la Compañía del Tranvía de San Sebastián se saldó en un estrepitoso fracaso ya que todos los huelguistas perdieron su puesto de trabajo y, además, el Consejo de Administración decidió que los huelguistas jamás podrían ser readmitidos. Es más, una vez resuelto el conflicto, la empresa pudo reducir los gastos de personal ya que, quienes reemplazaron a los huelguistas, mantuvieron sus antiguos jornales, inferiores a los que percibían los wattmans y conductores.

En contrapartida, en poco tiempo se multiplicaron los episodios de fraude, como la reventa de billetes ya utilizados o la percepción del importe del viaje sin entregar a cambio el billete correspondiente, única forma de que los trabajadores pudieran obtener unos ingresos mínimos. El propio vicepresidente de la Compañía, Luis Calisalvo, reconocía un año más tarde ante sus compañeros del Consejo de Administración que:

«Llamaba la atención el personal de conductores que a su juicio dejaba mucho que desear, debido indudablemente, entre otras causas, a que lo conceptuaba mal retribuido, pues mientras hace 14 años el sueldo del conductor era de 3,50 pesetas, hoy que las necesidades de la vida son mayores, la mayor parte solo perciben 3 pesetas y por este sueldo no cree se puede tener buen personal».

viernes, 27 de abril de 2012

CALENTADORES, RECALENTADORES Y PRECALENTADORES

Montaje de elementos del recalentador de vapor de la locomotora Euskadi del Museo Vasco del Ferrocarril

En los últimos tiempos se puede observar en la literatura ferroviaria cierta confusión en la utilización del término «recalentador», el cual se emplea indistintamente para calificar, tanto a los aparatos cuya función es la de incrementar la temperatura del vapor en su camino desde la caldera hacia los motores, como a los equipos cuyo propósito es el de calentar el agua con el que se alimenta la propia caldera. Ambas son operaciones completamente diferentes, por lo que no parece conveniente denominarlas del mismo modo, algo por otra parte relativamente reciente, ya que, en el pasado, sí que se establecía una clara diferencia entre los aparatos precalentadores y los recalentadores. ¡La presencia o ausencia de esa modesta «p» resulta fundamental para evitar equívocos!

En efecto, si utilizásemos un símil culinario, cuando preparamos una sopa, calentamos el agua necesaria. Si esa sopa se enfría, la podemos «recalentar», es decir, volver a calentar, para tomarla. Asimismo, aunque lo normal es preparar la sopa con agua a temperatura ambiente, se puede intentar acelerar el proceso de cocción empleando en lugar del agua fría del grifo, agua caliente procedente del calentador eléctrico o de gas, es decir, agua calentada previamente al proceso de elaboración de la sopa y, por tanto, precalentada.

Salvando las distancias, en las locomotoras de vapor también se pueden realizar tres procesos similares. Para producir el vapor necesario para la marcha, se calienta el agua en la caldera. Aunque el vapor generado de este modo se puede utilizar directamente, el denominado vapor saturado, si queremos incrementar el rendimiento de la locomotora sin aumentar por ello el consumo, podemos «recalentar» ese vapor, con lo que se incrementa de forma notable su temperatura, su volumen y capacidad expansiva y, sobre todo, eludimos el grave problema que genera la condensación del vapor a baja temperatura. Dado que el vapor de la caldera ya está caliente, el nombre adecuado para denominar a los aparatos utilizados en el proceso es el de recalentador (literalmente, volver a calentar), como es el caso del más común en nuestros ferrocarriles; el Schmidt, que consiste en un grupo de serpentines alojados en el interior de los tubos de humo y, por tanto, en contacto directo con los gases calientes de la combustión. Al pasar el vapor por su interior, éste experimenta un notable aumento de temperatura. En concreto, en una locomotora timbrada a 16 kg/cm², el vapor, que ha salido de la caldera a 203 grados, ve incrementada su temperatura al pasar por el recalentador hasta los 350 grados centígrados.
 Locomotora serie 4.000 de la Compañía del Norte, en la que se aprecia la aparatosa bomba de alimentación de agua precalentada sistema Worthington. Foto, Xavier Santamaría

Cosa muy distinta es la función de los aparatos diseñados para preparar el agua con el que se va a alimentar la caldera. En principio, al introducir el agua del ténder, que se encuentra a temperatura ambiente, en la caldera, ésta se enfría y  la presión tiende a disminuir. Este hecho, en principio es inevitable y resultaba sumamente problemático, por ejemplo, cuando era imprescindible inyectar en plena rampa, precisamente donde se requiere que la potencia de la locomotora no desfallezca. Para ello se diseñaron diversos sistemas para poder elevar la temperatura del agua antes de introducirla en la caldera, aparatos que, por tanto, la calientan previamente. Estos aparatos, que en la literatura ferroviaria moderna son denominados «recalentadores», en realidad deberían llamarse, tal y como se hacía en el pasado, «precalentadores», ya que no calientan agua que previamente ya había estado caliente, sino que actúan sobre agua que se encuentra en el ténder a temperatura ambiente.

Locomotora Renfe 241-2106, ex MZA 1806, en cuya bancada se aprecia la bomba de alimentación de agua precalentada, en este caso del sistema ACFI. Foto, Xavier Santamaría

En realidad, existen diversas formas de «precalentar» el agua de alimentación de la caldera. El más simple era el de enviar vapor de la caldera al ténder, cerrando el grifo de purga del inyector, pero este procedimiento era únicamente válido cuando se trabajaba a bajas temperaturas y su eficacia era muy limitada. Por ello, a lo largo del siglo XX se desarrollaron diversos sistemas que aprovechaban para el precalentamiento del agua el calor residual del vapor del escape, el que suelta la locomotora por la chimenea, bien sea mediante intercambiadores de calor, tipo Caille y Ponttonié o Knorr, o bien con precalentadores de mezcla, como el Worthington, el ACFI o el DABEG, en los que el agua del ténder se mezcla con el del escape, al cual previamente se le ha hecho pasar por un separador de aceite. Dado que los precalentadores de mezcla reaprovechan parte del vapor de escape, lo que por tanto reduce el consumo de agua, este tipo de precalentadores también eran denominados «economizadores».
 Locomotora Renfe 241-2085, ex MZA 1785, en cuya bancada se aprecia la bomba de alimentación de agua precalentada, en este caso del sistema DABEG. Foto, Xavier Santamaría

Posiblemente, el sistema más singular de precalentamiento de agua para la alimentación de la caldera haya sido el denominado Franco-Crosti, ¡tan singular que en España solo ha existido una locomotora con este tipo de generador! Sin embargo, a diferencia de los anteriores, en los que se aprovecha el vapor del escape, en este caso se empleaban los gases de la combustión para incrementar la temperatura del agua.

Locomotora 743.015 de la Ferrovie dello Stato, dotada de precalentador Franco-Crosti situado en un lateral de la caldera

En cualquier locomotora de vapor, lo ideal sería que los gases de la combustión salieran por la chimenea a una temperatura próxima a la ambiental. Esto significaría que los gases generados en la combustión del carbón han cedido todo su calor a las partes metálicas de la caldera en su recorrido desde el hogar hasta la caja de humos y que éstas, a su vez, lo han transferido al agua de la caldera. Sin embargo, en la práctica esto no era posible, pese a la introducción de elementos como la bóveda refractaria, con los que se pretendía incrementar el recorrido de los gases y, por tanto, mejorar la capacidad de intercambio de calor. Pese a ello, el humo era expulsado por la chimenea a temperaturas próximas a los 350º.
Locomotora  743.433 de la Ferrovie dello Stato, dotada de precalentador Franco-Crosti situado, igual que en la Renfe 140-2.438, debajo de la caldera principal, aunque en este caso el escape se verificaba por una tobera lateral

Para intentar aprovechar este calor residual, los ingenieros italianos Attilio Franco y Piero Crosti, diseñaron una caldera secundaria situada en un lateral o debajo de la principal, aunque también hubo locomotoras que, para no incrementar en exceso el gálibo, tenían dos calderas secundarias, más pequeñas, situadas en los laterales, por las que se recirculaban los gases del escape. En esta caldera o calderas secundarias, se calentaba el agua del ténder con el calor residual de los gases de escape, agua que, a su vez, había sido introducida mediante un sistema precalentador de aprovechamiento del vapor de escape. El escape, por lo general, se realizaba mediante toberas laterales a la caldera situadas delante de la cabina de conducción.

Si con los sistemas precalentadores mediante el aprovechamiento del vapor de escape se lograba alimentar la caldera con una temperatura próxima a la de la ebullición del agua, cerca de los 100º, con las calderas Franco-Crosti, era posible hacerlo a temperaturas superiores a los 150º, sin que ello supusiera un gasto adicional de combustible o agua, por lo que el rendimiento de la locomotora se incrementaba de forma considerable, hasta un 18,9%. El mayor inconveniente se encontraba en que la baja temperatura de los gases de combustión, sobre todo si se empleaban carbones de baja calidad, provocaba una concentración de anhídrido sulfuroso (dióxido de azufre) y ácido sulfúrico que generaba graves problemas de corrosión.
Vista de los dos laterales de la Renfe 140-2.438 (ex-Norte 4.883) en la que se observa la inexistencia de toberas laterales de escape para el precalentador Franco-Crosti. En cambio, se puede apreciar en el centro de la parte superior de la caldera el chapitel de la chimenea

En España, la única aplicación del sistema de precalentamiento Franco-Crosti fue la transformación realizada sobre la locomotora Renfe 140-2.438 (ex-Norte 4.883), aunque en un principio, según informaba la prestigiosa revista Railway Gazette en su número de abril de 1948, estaba prevista la modificación de  una máquina de la serie 1.400 de MZA. La única Franco-Crosti Española fue dotada de una caldera con el precalentador situado debajo de la caldera, no a un costado, por lo que la altura del conjunto era considerable. Además, lo más llamativo es que el escape, gracias a un nuevo diseño elaborado por Piero Crosti se pudo emplazar sobre la caja de humos, al modo tradicional, en lugar de hacerlo en un lateral, que era la práctica común en las locomotoras Franco-Crosti y era también la disposición inicialmente prevista para la transformación de una locomotora 1.400 de MZA. De este modo, la visibilidad del maquinista se vio notablemente mejorada. 
Proyecto de adaptación de una caldera con precalentador Franco-Crosti a una locomotora 1.400 de MZA publicado en Railway Gazette. Archivo Histórico Ferroviario, Fundación de los Ferrocarriles Españoles

sábado, 21 de abril de 2012

ALMADÉN


Esta semana he tenido ocasión de conocer la hermosa localidad de Almadén (Ciudad Real) con motivo de la celebración de unas jornadas sobre Redención de Penas durante el franquismo, en las que presenté una comunicación sobre el trabajo forzado en el sector ferroviario del País Vasco durante esta negra etapa de nuestra historia reciente.

Como muchos recordarán, en la escuela nos enseñaron que Almadén contaba con los yacimientos de mercurio más importantes del mundo. Durante siglos, se ha extraído en diversas minas de la comarca el cinabrio; en una primera etapa como potente colorante y, sobre todo tras el descubrimiento de América, para utilizar el mercurio en la amalgama del oro y la plata de las colonias.

Hace algunos años que, como consecuencia de las estrictas normas medioambientales de la Unión Europea, se abandonó la actividad minera en Almadén. Sin embargo, gracias a la labor de la Fundación Almadén, impulsada por la antigua sociedad explotadora del yacimiento, la empresa pública Minas de Almadén y Arrayanes, S.A., buena parte del impresionante patrimonio histórico generado por la actividad extractiva se ha puesto en valor. De este modo, el mercurio se está convirtiendo, nuevamente, en el motor que dinamiza la vida de la localidad, aunque esta vez de la mano del turismo, sobre todo si, este mismo verano, logran la merecida declaración de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO.

Edificio principal de la estación de Almadanejos-Almadén

Almadén también alberga elementos de gran interés para los estudiosos de la historia del ferrocarril. La estación, bautizada con el nombre de Almadanejos-Almadén, se encuentra situada a una docena de kilómetros de Almadén, al parecer, en atención a oscuros intereses de Segismundo Moret, uno de los más destacados protagonistas de la política española en el siglo XIX y, por cierto, diputado electo por el distrito de Almadén.

Aguada y contraste de gálibo de la estación de Almadanejos-Almadén

La visita a la estación de Almadanejos-Almadén bien merece la pena, ya que todavía conserva elementos propios de otros tiempos. El cuidado edificio de viajeros cuenta con una sencilla y elegante marquesina metálica que protege el andén principal. Una mesa de enclavamientos a la intemperie permite el control, mediante transmisiones funiculares, de las señales avanzadas y de entrada, así como de los principales itinerarios. La estación también conserva las dos aguadas para alimentar las viejas locomotoras de vapor, con su correspondiente depósito de agua, una placa giratoria para vagones, un contraste de gálibo y un interesante cargadero de ganado, vestigio de tiempos pasados en los que la trashumancia se realizaba en tren.

Cargadero de ganado de la estación de Almadanejos-Almadén

Aguja de acceso al antiguo muelle de mercancías, dotado de una marmita de MZA fechada en 1922.

Ya en Almadén, el viajero puede visitar su singular plaza de toros, única en el mundo con planta hexagonal; el antiguo hospital de mineros, ahora reconvertido en sede de la Fundación Almadén y de su valiosísimo archivo, la Escuela de Ingenieria de Minas e Industrial, levantada sobre la antigua cárcel que, en el pasado, albergó a los penados que trabajaban como esclavos en las minas y, sobre todo, su parque minero, donde es posible bajar a la mina y conocer de primera mano, las diversas etapas históricas de la explotación.

Carro utilizado en las minas de Almadén en el siglo XVIII. Se aprecia en el entarimado la ranura que permite el guiado del vehículo

Vagoneta para el transporte de apeas para la entibación de las galerías

No es necesario explicar la importancia de los medios de transporte en las explotaciones mineras y, Almadén no fue una excepción. En la mina, el visitante puede contemplar la reproducción de un primitivo carro de mina que circulaba sobre un entarimado de madera con una ranura central que servía de guiado. Ya en los años veinte se extendió una densa red de vías de transporte por el interior de las galerías y, asimismo, se estableció un ferrocarril exterior para trasladar las vagonetas a los hornos de tratamiento del cinabrio, así como para el transporte de los estériles a los vertederos. Aunque no dispongo de datos más precisos, en la foto se puede comprobar como esta vía estaba electrificada mediante línea aérea.
Tren de transporte de mineral fotografiado en la inmediata posguerra

Aunque a partir de los años setenta, los ferrocarriles mineros fueron progresivamente sustituidos por camiones, en la actualidad, los visitantes pueden todavía contemplar parte de la red de vías de las minas de Almadén, así como algunas vagonetas y, lo que es más atractivo, pueden realizar un pequeño recorrido, de unos 500 metros, a través de la galería que permite comunicar la mina con el exterior. Para los curiosos, señalar que las dos locomotoras disponibles han sido construidas por un fabricante poco conocido pero, no por ello, menos interesante: la firma madrileña Trariasa, radicada en Pinto. Mi buen amigo y colega Javier Fernández me comunica que esta empresa, que inició su actividad en 1983, ha construido más de 600 locomotoras de acumuladores, adquiridas, entre otros, por Hunosa, Minas de Figaredo, Mina La Camocha, Encasur, Minas de Tharsis, Potasas de Suria y Sallent, Metro de Madrid, Hulleras de Sabero, Entrecanales, Dragados y Obras Subterráneas. En concreto, las dos locomotoras operativas en Almadén corresponden al modelo T-35, de 3,4 toneladas de peso y 9 Kw. de potencia.

En la actualidad, los visitantes del parque minero de Almadén pueden viajar a bordo de este pequeño tren

En definitiva, no me queda más que recomendar a mis lectores la visita a Almadén. ¡Su historia, su patrimonio, sus paisajes , su gastronomía y sus gentes bien lo merecen!