jueves, 15 de junio de 2023

25 AÑOS DE TRENES HISTÓRICOS EN EL MUSEO VASCO DEL FERROCARRIL DE EUSKOTREN (II)

 

Los viajeros de los trenes del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao reciben un billete de cartón tipo Edmonson. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

409.032

409.032 son las personas que han disfrutado a lo largo de los últimos 25 años de los trenes históricos del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren en sus servicios regulares y especiales entre Azpeitia y Lasao.

Viajeros de uno de los servicios regulares del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao observan la locomotora “Aurrera” en esta última estación. Fotografía de María Mercedes García Fernández

Las modestas cifras del primer año de servicio del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao, con 5.675 viajeros en los trenes regulares de fin de semana y siete circulaciones especiales concertadas con grupos, pronto se vieron superadas y desde entonces se han ido superando año tras año, salvo dos importantes baches, el primero en el año 2012, en que la temporada no pudo arrancar hasta el mes de julio como consecuencia de algunos problemas organizativos del museo, y en 2020, debido a las restricciones impuestas por la pandemia provocada por el virus Covid-19.

El año 2018 ha sido, hasta el momento, en el que más viajeros han registrado los trenes históricos del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren en su servicio regular, con un total de 17.589 personas. Por su parte, el pasado 2022 marcó la mayor cifra de trenes especiales alquilados por grupos, con 71 circulaciones contratadas por colegios, jubilados o agencias de viajes.

Los mejores amigos de los viajeros del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao también reciben su propio billete, gracias a la colaboración de la imprenta Edmoron. Fotografía de Juanjo Olaizola

Todos los viajeros de los trenes que gestiona el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren en el ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao reciben un clásico billete de cartón sistema Edmonson, utilizado en el pasado en la gran mayoría de los ferrocarriles de nuestro país y que en Euskotren se mantuvieron en uso hasta 1994. Recientemente, gracias a la colaboración de la imprenta Edmoron, incluso sus mejores amigos disponen de un billete especial de esta clase.


 

domingo, 11 de junio de 2023

25 AÑOS DE TRENES HISTÓRICOS EN EL MUSEO VASCO DEL FERROCARRIL DE EUSKOTREN (I)

 

El 12 de junio de 1998 se inauguró el ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao que, desde entonces, gestiona el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. Fotografía de Javier Fernández López

El Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren conmemora hoy el 25 aniversario de uno de los pocos ferrocarriles históricos de nuestro país, la línea de Azpeitia a Lasao. En este trayecto de cinco kilómetros que recorre parte del valle del Urola, circulan los vehículos preservados en esta institución, habitualmente remolcados por centenarias locomotoras de vapor, aunque en verano y en jornadas especiales, también es posible verlos arrastrados por veteranas máquinas diesel.

A diferencia de otros países europeos, España no es pródiga en ferrocarriles históricos. A los pioneros de Arganda (Madrid) y Río Tinto (Huelva) les siguió en 1998 el de Azpeitia a Lasao (Gipuzkoa), que ahora cumple su primer cuarto de siglo de servicio, y, posteriormente, también se han puesto en marcha iniciativas similares en Utrillas (Teruel) o en Samuño (Asturias).

Obras de construcción del Ferrocarril del Urola entre Azpeitia y Lasao. En la imagen, el puente número 18 y el túnel 22, por los que en la actualidad transcurre el ferrocarril histórico. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Sobre el ferrocarril del Urola

El ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao recuperó un tramo de cinco kilómetros del desaparecido Ferrocarril del Urola. Esta línea de vía métrica había sido construida por la Diputación Provincial de Guipúzcoa para conectar las localidades de Zumárraga y Zumaya. En la primera de ellas, sus trenes enlazaban con la línea de ancho español de Madrid a Irun y con la de ancho métrico de los Ferrocarriles Vascongados a Málzaga (Eibar), mientras que en Zumaya combinaban con los trenes de la línea de Bilbao a San Sebastián, también operada por los Ferrocarriles Vascongados.

En sus 36 kilómetros de recorrido el ferrocarril del Urola se mantenía fiel al cauce del río que le dio nombre y atendía a las localidades guipuzcoanas de Zumárraga, Villarreal de Urrechua, Azcoitia, Azpeitia y Cestona, hasta alcanzar Zumaya, donde, además, la empresa ferroviaria disponía de su propio puerto sobre la ría, lo que facilitaba el tráfico intermodal de mercancías. La vía presentaba un descenso continuado, sin contrapendientes en todo su recorrido, desde los 354,56 metros sobre el nivel del mar en los que se encontraba la estación de Zumárraga, hasta los 3,95 de altitud de la terminal en los muelles de Zumaya.

La construcción del Ferrocarril del Urola en un valle tan estrecho y sinuoso exigió la realización de numerosas obras de fábrica, como demuestra la presencia de 20 puentes y 29 túneles diseminados en sus 36 kilómetros de recorrido. Éstos últimos sumaban 3.894 metros de longitud, por lo que más del 10% del trayecto transcurría en galerías subterráneas.

Tren inaugural del Ferrocarril del Urola, fotografiado el 22 de febrero de 1926 en la estación de Azpeitia, actual sede del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El Ferrocarril del Urola se inauguró el 22 de febrero de 1926 y desde sus inicios se explotó con tracción eléctrica, gracias a siete automotores de viajeros y tres de mercancías suministrados por la firma alemana Siemens, con equipos eléctricos fabricados en su factoría de Cornellá (Barcelona) y carrozados por Material Mövil y Construcciones, antiguos talleres de Carde y Escoriaza, en Zaragoza. Los 21 coches de viajeros fueron construidos por CAF en Beasain y los vagones por los Talleres de Miravalles (Vizcaya).

El trazado del Ferrocarril del Urola, uno de los más esmerados en la vía métrica del cantábrico, fue diseñado por el ingeniero Manuel Alonso Zabala, mientras que los edificios de sus estaciones fueron proyectados por el arquitecto Manuel Cortázar en un depurado estilo neovasco. Curiosamente, dos de sus edificios fueron, posteriomente, reproducidos en el ferrocarril de Zamora a La Coruña, en concreto, en la estación de Ordes-Pontagra, idéntica a la de Azpeitia, y en Cabañas de Aliste, que reproduce una de las casillas de guardabarreras del tren guipuzcoano.

En 1986 se clausuró el Ferrocarril del Urola. En la imagen, uno de sus últimos servicios abandona la estación de Lasao. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un ferrocarril ruinoso

Aunque los primeros proyectos para la construcción del Ferrocarril del Urola se remontan a 1888, durante más de treinta años el capital privado no se interesó por su construcción, al considerar que sus vías atravesarían una comarca poco poblada y escasamente industrializada, por lo que no se garantizaría la demanda necesaria para rentabilizar sus servicios. Lo cierto es que los capitalistas no estaban muy equivocados, ya que en los sesenta años en que funcionó el ferrocarril de la mano de la Diputación de Guipúzcoa, entre 1926 y 1986, únicamente en ocho años, 1928, 1930, 1940, 1942, 1946, 1947, 1955 y 1956, su explotación llegó a ofrecer algún beneficio, en todo caso insuficiente para amortizar la gran inversión realizada en su construcción.

Los malos resultados económicos que arrastró el Ferrocarril del Urola durante su existencia impidieron que se realizaran las necesarias inversiones de modernización que exige cualquier servicio de esta clase. El resultado es que, sesenta años después de su inauguración, seguían circulando los veteranos automotores eléctricos construidos en 1926, sobre los ya desgastadísimos carriles estrenados ese mismo año y tomaban la corriente sobre una anticuada catenaria que, milagrosamente, todavía se sostenía sobre la vía.

Cuando en 1985, y como consecuencia de la aprobación de la Ley de Territorios Históricos, la Diputación Foral de Gipuzkoa traspasó el Ferrocarril del Urola al Gobierno Vasco, sus instalaciones y material móvil hacía tiempo que habían agotado su vida útil. En aquella época, en la que el País Vasco atravesaba la .mayor crisis económica de su historia y en la que todavía no existía conciencia mediambiental alguna, ante la disyuntiva de realizar una inversión multimillonaria para reconstruir prácticamente de cero el ferrocarril o sustituirlo con la adquisición de tres o cuatro autobuses, se optó por esta segunda alternativa. Así, el 14 de julio de 1986 los trenes recorrieron por última vez el valle del Urola.

Entre 1992 y 1995 los trenes históricos del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren circulaban entre Azpeitia y Loyola. Fotografía de Javier Fernández López

El Museo Vasco del Ferrocarril

Cuando apenas habían transcurrido tres años desde la clausura del Ferrocarril del Urola, el Gobierno Vasco, inmerso en su primer programa de modernización de la red ferroviaria de vía métrica de su titularidad, tomó conciencia sobre el valor histórico de los vehículos y equipos que en aquel momento se retiraban del servicio, algunos de ellos con más de sesenta años de intensa vida activa. Para valorar correctamente el potencial de este patrimonio, en la primavera de 1989 inició la redacción de un inventario que hizo patente la existencia de elementos de gran interés histórico que, a su vez, se encontraban en riesgo inminente de ser destruidos.

Tras las conclusiones arrojadas por el citado inventario, el Gobierno Vasco decidió crear el Museo Vasco del Ferrocarril con el propósito de preservar y divulgar el rico legado histórico generado por más de un siglo de actividad ferroviaria en Euskadi. Como sede de la institución se eligió la antigua estación del Ferrocarril del Urola en Azpeitia, en el pasado corazón de este pequeño tren, ya que, junto al clásico edificio de viajeros, contaba con otras instalaciones como las oficinas administrativas de la línea, la histórica subestación de tracción eléctrica y, sobre todo, sus primitivas cocheras, un edificio de más de 2.000 metros cuadrados especialmente adecuado para albergar el material móvil que conservaría el museo y que, además, contaba con un magnífico taller mecánico que conservaba toda la maquinaria original de 1926, impulsada por un solo motor eléctrico que transmitía su fuerza a través de un complejo sistema de poleas, embarrados y correas.

El Gobierno Vasco siempre consideró que el Museo Vasco del Ferrocarril no solo debía preservar y conservar los vehículos históricos recuperados por esta institución, sino que debería de devolverles algo tan esencial como la posibilidad de volver a circular y transportar viajeros o mercancías, tal y como lo hicieron en el pasado. Por ello, cuando en 1989 emprendió el levante de las antiguas vías del Ferrocarril del Urola, decidió conservar las existentes a lo largo de los dos kilómetros que separan las antiguas estaciones de Azpeitia y Loyola.

El 20 de enero de 1992 el Museo Vasco del Ferrocarril abrió al público su primera fase, que comprendía la restauración de los antiguos edificios de la estación de Azpeitia y sus oficinas administrativas, mientras que el 4 de octubre de 1994 se completó la segunda fase, que abarcaba las cocheras, talleres y subestación de tracción. Mientras tanto, algunos fines de semana se ofrecieron los primeros servicios con tracción vapor entre Azpeitia y Loyola. Lamentablemente, estas circulaciones se tuvieron que suspender a partir de mayo de 1995, cuando la ampliación de una empresa siderúrgica situada en las imediaciones, y entonces la mayor generadora de empleo en la villa guipuzcoana, interrumpió la traza.

El verano de 1997 la empresa Balzola emprendió el montaje de la vía del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao. Fotografía de Juanjo Olaizola

El ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao

Para compensar la pérdida que supuso el desmantelamiento de la vía entre Azpeitia y Loyola, Euskotren, sociedad pública a la que en 1994 el Gobierno Vasco había encomendado la gestión del Museo Vasco del Ferrocarril, decidió reconstruir la vía en el sentido opuesto, es decir, entre la sede del museo y su colateral en dirección a Zumaya: la pequeña estación de Lasao.

En el verano de 1997 se iniciaron los trabajos de recuperación de la traza, ejecutados por la empresa Balzola. En una primera fase se limpió toda la explanación, invadida por la vegetación tras una década sin servicio ferroviario. Posteriormente, una vez verificado el buen estado de taludes, trincheras, túneles, puentes y muros de sostenimiento, se procedió al montaje de la vía en la que, al tratarse de un ferrocarril histórico, se optó por utilizar las clásicas traviesas de madera.

La primavera de 1998 se realizaron los primeros trenes de prueba entre Azpeitia y Lasao, remolcados por la centenaria locomotora de vapor “Aurrera”. Fotografía de Juanjo Olaizola

Una vez realizadas las pruebas oportunas de circulación del material histórico del museo, el 12 de junio de 1998 se procedió a la inauguración del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao, en un acto presidido por el entonces Viceconsejero de Transportes del Gobierno Vasco y antiguo director de la 5ª zona de Renfe, Carlos García Cañibano. El tren inaugural, encabezado por la locomotora de vapor “Aurrera”, conducida por Guillermo González Angulo, veterano maquinista de Alsasua, estaba formado por dos coches históricos del Ferrocarril del Urola, construidos por CAF en Beasain en 1925.

Llegada del tren inaugural del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao. Fotografía de Javier Fernández López

El recorrido

El ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao enlaza la antigua estación de Azpeitia, desde 1992 sede del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren, con su colateral en Lasao, en un recorrido de cinco kilómetros que bordea las orillas del río Urola.

Tras abandonar las instalaciones del Museo, la vía se situa en paralelo al río, y durante dos kilómetros y medio transcurre por su orilla derecha. El recorrido desciende suavemente, durante el primer kilómetro con una pendiente prácticamente imperceptible, con una media de tan solo 2,5 milésimas. Superado este primer tramo, la declividad se acentúa hasta situarse en las 8,8 milésimas a lo largo del segundo kilómetro del trayecto.

Un tren de viajeros desciende hacia Lasao remolcado por la locomotora de vapor “Zugastieta”, construida en 1888 para el ferrocarril de Amorebieta a Guernica. Fotografía de Enrique Andrés Gramage

Un pequeño paso a nivel marca el inicio del tercer kilómetro de la línea, en el que la vía transcurre completamente horizontal. En contraste a su fácil perfil este tramo concentra las principales obras de fábrica del recorrido, el puente número 18 y el túnel 22 del antiguo Ferrocarril del Urola. El puente, con el que la vía pasa a discurrir por la margen izquierda del río Urola, dispone de cuatro tramos de hormigón armado, realizado mediante vigas prefabricadas en π diseñadas por el ilustre ingeniero Eugenio Ribera, cada uno de 10,4 metros de luz. A su salida se encuentra el túnel, de 225 metros de longitud.

El ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao también ha registrado circulaciones de trenes de mercancías, como el de la imagen, remolcado por la locomotora de vapor “Euzkadi”, construida en 1920 para la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados. Fotografía de Juanjo Olaizola

Una vez superado el túnel, la vía emprende un nuevo descenso, más acentuado que el anterior, ya que alcanza las 16 milésimas de declividad durante más de un kilómetro. Finalmente, tras un nuevo tramo horizontal, el trazado alcanza la antigua estación de Lasao que cuenta con un bonito edificio inspirado en los caseríos de la zona, así como dos andenes y dos vías que facilitan las maniobras de paso de la locomotora de cabeza a cola de la composición.

Desde su creación en 2005, la titularidad de la vía entre Azpeitia y Lasao corresponde a la sociedad pública del Gobierno Vasco Euskal Trenbide Sarea/Red Ferroviaria Vasca, empresa que realiza el mantenimiento preventivo y correctivo es esta infraestructura. Cabe señalar que en la estación de Lasao cuenta con las dos únicas agujas talonables que todavía operan en la red ferroviaria vasca de ancho métrico, aparatos en el pasado muy comunes en los ferrocarriles de vía estrecha españoles, con los que se simplifican notablemente las maniobras a la par que incrementan su seguridad.

Euskal Trenbide Sarea-Red Ferroviaria Vasca es también la titular del edificio de viajeros de la estación de Lasao, que recientemente ha rehabilitado en su integridad. Además, la Asociación de Amigos del Museo Vasco del Ferrocarril ha recuperado su interiorismo original con los diversos espacios destinados a despacho de billetes, gabinete de circulación, vivienda del jefe de estación y retretes para los viajeros. Por su parte, Euskotren gestiona, a través de su Museo Vasco del Ferrocarril, la operación del servicio y realiza el mantenimiento de los vehículos históricos que circulan en este trayecto.

En los días laborables de agosto y durante la celebración de jornadas especiales también circulan trenes con tracción diesel en el ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao. A la izquierda, automotor Allan 301, construido en Holanda el año 1955, cedido al Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren por los Ferrocarriles Portugueses (CP) y, a la derecha, locomotora Alsthom 1004 de la Compañía Vasco-Asturiana. Fotografía de Juanjo Olaizola

El servicio

Desde la inauguración del ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao el 12 de junio de 1998, el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren, con la inestimable colaboración de los miembros de la Asociación de Amigos de la citada institución, ha ofrecido a sus visitantes la posibilidad de viajar en sus trenes de vapor todos los fines de semana desde la Semana Santa hasta el puente de Todos los Santos, así como a lo largo del puente de la Constitución-Inmaculada.

La locomotora “Aurrera” asciende desde Lasao hasta Azpeitia en cabeza de una composición de viajeros formada por dos coches procedentes del Ferrocarril del Urola y uno de los Ferrocarriles Vascongados, todos ellos construidos por CAF, los dos primeros en 1925 y el otro en 1944. Fotografía de Iñaki Arrizabalaga Bengoetxea

En principio, los trenes históricos del museo circulan entre Azpeitia y Lasao todos los sábados, con una salida por la mañana y otra por la tarde, así como los domingos y festivos con un viaje matinal. La composición está generalmente formada por una locomotora de vapor, siendo la más habitual la “Aurrera”, máquina construida en Mánchester por la firma Nasmyth & Wilson en 1898, y dos o tres coches de viajeros realizados por CAF entre 1925 y 1944 para los ferrocarriles del Urola y los Vascongados. Además, los días laborables del mes de agosto el servicio se incrementa con servicios asegurados con tracción diesel, bien con un automotor Allan de 1955 cedido por los ferrocarriles portugueses, bien con una locomotora Alsthom originaria del ferrocarril Vasco-Asturiano.

Por el ferrocarril histórico de Azpeitia a Lasao también han circulado vehículos ajenos a las colecciones del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren, como es el caso de este curioso automotor diesel de los ferrocarriles de Madagascar, dotado de una singular rodadura sobre neumáticos, propiedad del museo Michelin de Clermont-Ferrand (Francia). Fotografía de Juanjo Olaizola

Junto a estos servicios regulares, el Museo Vasco del Ferrocarril ofrece la posibilidad de alquilar trenes especiales cualquier día y a la hora que determine el cliente. Esta opción es cada día más utilizada por grupos de todo tipo, desde escolares a jubilados o turistas.

 

sábado, 3 de junio de 2023

EL FERROCARRIL DE LA ROBLA LLEGA A LEÓN (II)

 

Retrato de Pablo Callam publicado en El Liberal el 11 de noviembre de 1900

PABLO CALLAM 

 

Desde su cargo de director de los Ferrocarriles de La Robla, el ingeniero alemán Fiedrich Martin Paul Callam Strecker, Pablo Callam, fue uno de los principales impulsores de la construcción del ferrocarril de León a Matallana.


Natural de Berlín, ciudad en la que vino al mundo el 23 de octubre de 1868, tras cursar estudios superiores, Pablo Callam inició su andadura laboral en la firma alemana Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft (aeg), firma que, desde 1883, era la licenciataria para la explotación de las patentes de Thomas Alva Edison en Alemania y, poco después, de las de General Electric, incluidos los desarrollos de Frank Sprague, quien en 1887 había sentado en Ritchmond (Virginia, Estados Unidos), las bases del tranvía eléctrico.


aeg participó en la electrificación de numerosas redes de tranvías europeas y, tras su primera experiencia en Halle, inaugurada en 1891, una década más tarde ya había implantado el nuevo sistema de tracción tanto en Alemania (Gera, Breslau, Essen, Chemnitz, Dortmund, Lübeck, Plauen, Königsberg, Altenburg, Estrasburgo, Stuttgart, Spandau, Kiel, Leipzig, Nuremberg, Bromberg, Danzig, Bernburg, Heilbronn, Stettin, Eisenach, Braunschweig, Duisburg, Görlitz, Frankfurt Oder, Saarbrücken, Hörde y Karlsruhe ) como en otras ciudades extranjeras como Kiev, Christiania (Oslo), Bilbao, Lodz, Sevilla, Santiago de Chile, Barcelona y Génova.


Fue precisamente en Génova, ciudad italiana en la que aeg inauguró sus nuevos tranvías eléctricos el 14 de mayo de 1893, donde se inició la andadura profesional de Pablo Callam en el sector del transporte. Tras el éxito de esta experiencia, la firma alemana lo destinó a Sevilla, donde recaló en 1899 para, bajo la dirección de su compatriota Otto Engelhardt, asumir el cargo de Ingeniero Jefe y Director de la Explotación. Como señalaba El Liberal el 11 de noviembre de 1900, ya en sus primeros años en España comenzó a ser conocido como Don Pablo.


Pablo Callam apenas residió tres años en Sevilla, ya que en 1902 fue reclamado por la aeg para que se hiciera cargo de la dirección de la Compañía Vizcaína de Electricidad. Esta sociedad, en la que sustituyó en el cargo al también alemán Juan Golcher, era propietaria de los tranvías de Bilbao a Santurtzi y a Algorta, los primeros de España en utilizar la tracción eléctrica gracias, precisamente, a la colaboración de la firma berlinesa que, a su vez, participaba activamente en el capital de la empresa bilbaína.


Desde la Compañía Vizcaína de Electricidad, Pablo Callam lideró la toma de control de la Compañía del Tranvía Urbano de Bilbao, así como la unificación de su ancho de vía original, de 750 milímetros, por el de las restantes líneas de la capital vizcaína, de 1.365 milímetros; la electrificación de la red, y su ampliación. De este modo, en pocos años se pasó de las tres líneas urbanas originales a las nueve operativas en 1920.


A partir del 11 de septiembre de 1920, Pablo Callam inició un nuevo proyecto profesional, al ser nombrado Director de la Compañía de los Ferrocarriles de La Robla. Bajo el mandato de Pablo Callam la empresa ferroviaria se emprendió proyectos de gran relevancia, entre los que destaca la construcción del enlace entre Matallana y León por la firma filial Industria y Ferrocarriles. Además, modernizó la tracción, con la incorporación de cuatro impresionantes locomotoras articuladas sistema Garratt y amplió el parque de material remolcado aprovechando la favorable coyuntura que experimentó el carbón español tras la Primera Guerra Mundial.


La Guerra Civil sorprendió a Pablo Callam en su ciudad natal, Berlín, a donde se desplazaba con frecuencia para recibir tratamientos oftalmológicos. Mientras tanto, el Ferrocarril de La Robla, al igual que los demás servicios ferroviarios de Bizkaia, fue incautado por el nuevo Gobierno Vasco que, entre otras medidas, decretó la destitución de Pablo Callam, a quien consideraba sospechoso de connivencia con el bando sublevado.


Tras la caída de Bizkaia, Pablo Callam fue repuesto en su cargo de Director, pero poco después, el 25 de abril de 1938, presentó su dimisión debido a que ya contaba con 70 años de edad. En todo caso, se mantuvo vinculado a los Ferrocarriles de La Robla, ya que fue nombrado miembro de su Consejo de Administración y asesor, con un sueldo de 15.000 pesetas anuales.


Durante la Segunda Guerra Mundial Pablo Callam colaboró con los servicios secretos de la Alemania nazi, por lo que fue investigado por el Office of Strategic Services (oss) norteamericano. Aunque al finalizar el conflicto fue reclamado por los aliados, la petición, al igual que las relativas a otros muchos jerarcas nazis y a españoles colaboracionistas, fue desatendida por el gobierno de Franco.


Pablo Callam falleció en Bilbao el 16 de octubre de 1958 a la edad de 89 años. Cabe señalar que en su esquela se utilizó la forma alemana de su nombre, es decir, Paul Callam. Al profesar la fe luterana, fue enterrado en el cementerio británico de Loiu (Bizkaia).


martes, 30 de mayo de 2023

EL FERROCARRIL DE LA ROBLA LLEGA A LEÓN (I)

 

Vista de la estación de Matallana en León, tomada en 1977. Fotografía de Werner Hardmeier
 

El de La Robla ha sido el mayor ferrocarril de vía métrica de Europa. De vocación minera, inicialmente se construyó con el propósito de enlazar los yacimientos hulleros del norte de León y Palencia con Vizcaya, cuya siderurgia se había convertido a finales del siglo en una gran devoradora de carbón. En consecuencia, su vía enlazaba la localidad leonesa de La Robla con la vizcaína de Balmaseda, en la que los trenes podían continuar hasta las principales factorías vizcaínas a través del Ferrocarril del Cadagua.

Inaugurado en 1894, el ferrocarril hullero de La Robla a Balmaseda pronto experimentó diversas ampliaciones. La primera, desde Balmaseda hasta Lutxana, a orillas del Nervión y junto a las factorías de Altos Hornos de Vizcaya, abierta al tráfico en 1902 y con la que el tren  carbonero se independizó del Ferrocarril del Cadagua y sus gravosos peajes, que incrementaban el precio final del transporte y restaba competitividad a sus combustibles. Fue preciso esperar otras dos largas décadas para que su red creciera en su extremo opuesto, en concreto entre la localidad leonesa de Matallana y la capital de la provincia, de cuya inauguración, el 30 de mayo de 1923 se conmemora hoy su centenario.

Locomotora de caldera vertical utilizada durante las obras de construcción del ferrocarril hullero de La Robla a Valmaseda. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Una rentabilidad comprometida

Los orígenes del Ferrocarril Hullero de La Robla a Valmaseda se remontan al 26 de noviembre de 1889, fecha en la que el ingeniero guipuzcoano Mariano Zuaznávar presentó en las Cortes su proyecto constructivo. Tras su aprobación, obtuvo la correspondiente concesión para su construcción y posterior explotación el 5 de enero de 1891.

Una vez aprobado el proyecto por el gobierno e incluso antes de obtener la definitiva concesión, Mariano Zuaznávar decidió organizar la empresa que debía acometer la construcción del ferrocarril así como su futura explotación en los 99 años previstos. Así, el 21 de abril de 1890 se constituyó en Bilbao la Compañía del Ferrocarril Hullero de La Robla a Valmaseda, empresa que sería presidida por Cirilo María de Ustara. Paulino de la Sota sería el vicepresidente y Juan de Gurtubay, José A. de Errazquin, Enrique Aresti, Manuel Ortiz y Sainz, Victoriano Zabalinchaurreta, Manuel Orbe, Fernando Fernández de Velasco, Francisco Arratia, Epifanio de la Gándara, Luis Salazar y Santos L. de Letona asumirían los puestos de vocales. Muchos de ellos eran, a su vez, propietarios de explotaciones mineras situadas a lo largo de la nueva vía férrea o estaban vinculados a diferentes empresas siderúrgicas vizcaínas. Mariano Zuaznávar se reservó el puesto de Director de la sociedad.

El ferrocarril hullero de La Robla a Valmaseda captaba la producción de las minas de carbón de León y Palencia, como es el caso de las Hulleras de Sabero. Fotografía de Martin Dieterich. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El capital social de la nueva empresa se estableció en 6.250.000 pesetas, repartidas en 12.500 acciones de 500 pesetas. En todo caso, pese a tratarse de una cifra muy importante para la época, no resultaba suficiente para afrontar las obras, presupuestadas en 14 millones de pesetas, por lo que desde el principio se recurrió al endeudamiento. En 1892, con los trabajos muy adelantados, se emitieron 20.000 obligaciones hipotecarias por valor de 500 pesetas, con las que esperaban obtener otros diez millones de pesetas. Sin embargo, los mercados financieros desconfiaron de la oferta y no fue posible reunir todo el capital preciso.

El 23 de febrero de 1891 el gobierno autorizó la transferencia de la concesión de Mariano Zuaznávar a la Compañía del Ferrocarril Hullero de La Robla a Valmaseda. A cambio, el ingeniero guipuzcoano percibió 250.000 pesetas en acciones.

Resulta asombroso que los promotores del ferrocarril de La Robla fueran capaces de construir sus casi 300 kilómetros de línea en un tiempo récord de apenas tres años. Iniciadas las obras en el verano de 1891, el 14 de septiembre de 1894 los trenes ya podían recorrer el nuevo trazado en toda su longitud.

Antes incluso de que concluir las obras, los responsables del ferrocarril de La Robla pudieron constatar que el negocio no iba a ofrecer la rentabilidad prevista en los proyectos de Zuaznávar. La mayoría de las minas de la región recorrida por sus vías todavía no se habían puesto en explotación y, además, sus promotores no habían adquirido el material remolcado necesario para su transporte. El resultado de las primeras locomotoras adquiridas fue, simplemente, desastroso, lo que provocó constantes averías y retrasos, así como unos gastos de mantenimiento desorbitados. Por otra parte, el obligado convenio con el ferrocarril del Cadagua para el paso de los trenes entre Balmaseda y Zorroza, así como con el ferrocarril de Bilbao a Portugalete, para poder continuar con un tercer carril hasta las factorías siderúrgicas de Barakaldo y Sestao, encarecían el precio final del carbón y lo hacían poco competitivo frente al importado desde Gran Bretaña.

La estación de Mataporquera, enlace con la línea de la Compañía del Norte de Alar a Santander, fue una de las más importantes del ferrocarril hullero de La Robla a Valmaseda. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La primera víctima de la situación fue el propio promotor del ferrocarril, Mariano Zuaznávar, que ante la insostenible situación financiera de la empresa, se vio obligado a presentar la dimisión en julio de 1895. Le sucedió en el cargo de Director General Pedro de Alzaga, que pocos meses después fue sustituido por el catalán Manuel Souchirou y éste, a su vez, por Francisco Henrich, en el verano de 1896. Cuatro directores en un año son el mejor reflejo de la inestable posición de la sociedad. En diciembre de 1896, la situación era tan crítica, que la compañía del ferrocarril de la Robla se vio obligada a presentar la suspensión de pagos.

Para superar su comprometida situación financiera, el ferrocarril de La Robla decidió incrementar su parque de material móvil, incluidas seis potentes locomotoras de vapor norteamericanas, tipo «consolidation», las primeras con este rodaje que, con el tiempo, se convertiría en uno de los más utilizados en los ferrocarriles españoles. Además, sus rectores decidieron afrontar una de sus mayores carencias: la falta de unión directa de Balmaseda con los principales centros de consumo del carbón que transportaban sus trenes. Para evitar los onerosos convenios con los ferrocarriles del Cadagua y de Bilbao a Portugalete optaron por construir su propia vía desde Balmaseda hasta Lutxana-Barakaldo, donde podrían conectar con la red ferroviaria de Altos Hornos de Vizcaya.

El ferrocarril de La Robla obtuvo la concesión para la construcción de la línea de Balmaseda a Lutxana el 22 de diciembre de 1899. Para financiar las obras, la empresa recurrió al endeudamiento, mediante una emisión de obligaciones hipotecarias por valor de 2,5 millones de pesetas. En octubre de 1900 se adjudicaron las obras a los contratistas José de los Heros, Lino Landaluce, Ramón Madariaga, Felipe Garamendi y José Ereño y, una vez concluidos los trabajos, el nuevo ramal entró en servicio el 1 de diciembre de 1902.

En 1902, el ferrocarril de La Robla amplió su red con la construcción de una vía entre Balmaseda y Lutxana, que le permitió liberarse de los peajes que le imponía el Ferrocarril del Cadagua en el tramo final hasta la industria vizcaína. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La refundación

A pesar de la progresiva mejora del tráfico, el beneficio que ofrecía la explotación seguía siendo insuficiente para poder atender la enorme deuda contraída durante la construcción de la línea y salir de la suspensión de pagos que arrastraba la empresa desde 1896. Por ello, en el año 1905 se procedió a reestructurar la compañía, tras la aprobación judicial de un convenio con sus numerosos acreedores.

El convenio resultó ruinoso para los accionistas y obligacionistas, que perdieron gran parte de su inversión, pero permitió, tras una operación de reducción de capital y su posterior ampliación, así como la conversión de las obligaciones en acciones, reestructurar la compañía sobre unas bases financieras más sólidas que las iniciales. En 1905, el capital social se estableció en 20 millones de pesetas, mientras que la deuda en obligaciones se limitó a nueve millones.

La reestructuración de la compañía se completó con un cambio en su razón social, que pasó a denominarse Compañía de los Ferrocarriles de La Robla, S.A. Una vez saneadas sus finanzas, la sociedad puedo afrontar nuevas inversiones para la mejora de sus instalaciones y material móvil, acciones que se vieron respaldadas por un progresivo aumento del tráfico. En 1912 sus trenes fueron utilizados por 206.453 viajeros y transportaron 328.492 toneladas, de ellas 213.753 de carbón, superando por primera vez las previsiones de Zuaznávar de movilizar 200.000 toneladas anuales.

Esta positiva evolución se vio reforzada gracias a la Primera Guerra Mundial, que provocó una crisis energética sin precedentes en nuestro país. La movilización de los mineros británicos enviados a los frentes de batalla provocó una notable reducción de la producción y, poco después, la guerra submarina alemana encareció los fletes y dificultó los transportes, por lo que el competitivo carbón inglés prácticamente desapareció de los mercados españoles.

Antes del inicio de la guerra, cerca de la mitad del carbón consumido en España por la industria y el transporte era de procedencia británica. Sin embargo, las dificultades para su importación provocaron una rápida subida de su precio, de modo que, en 1917, éste se había incrementado en un 300%.

La desaparición de los carbones británicos en el mercado nacional incentivó la producción hullera española y la extracción de este mineral se duplicó en los años de la guerra. Naturalmente, esta coyuntura benefició directamente al ferrocarril de La Robla, que en 1918 llegó a transportar medio millón de toneladas de este combustible.

Finalizada la guerra, se recuperaron las importaciones de hullas británicas, aunque en menor medida que en el pasado, ya que el gobierno favoreció el consumo del carbón nacional, sobre todo en las empresas ferroviarias subvencionadas por el Estado. Así, aunque en 1921 Robla solo transportó 318.321 toneladas, la demanda se recuperó progresivamente y, en 1935, superó las cifras de 1918 al alcanzar las 511.217 toneladas.

¡A León!

En principio, como su nombre indica, el ferrocarril de La Robla tenía su origen en este pueblo leonés. Si algún viajero procedente de Bilbao quería continuar hasta la capital de la provincia, se veía obligado a trasbordar en este punto a los trenes de la Compañía del Norte que enlazaban Gijón con León.

La favorable coyuntura que atravesaba la compañía gracias a la mejora del tráfico que implicó la crisis energética de la Primera Guerra Mundial, impulsó a los rectores del ferrocarril de La Robla a construir un ramal desde Matallana que facilitaría la unión directa con la capital leonesa. Sin embargo, en lugar de afrontar directamente la obra, decidieron encomendar este objetivo a una de sus empresas filiales: Industria y Ferrocarriles, S.A.

Fotografía de fábrica de un coche de tercera clase construido por Material Móvil y Construcciones de Zaragoza para el nuevo ferrocarril de León a Matallana. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

El 10 de septiembre de 1920 el gobierno otorgó a Industria y Ferrocarriles la concesión para la construcción del ferrocarril de León a Matallana, línea que formaba parte de un proyecto más ambicioso, ya que estaba prevista, por un lado, su futura prolongación de Matallana a Figaredo, lo que habría permitido el enlace con el ferrocarril Vasco-Asturiano, y, por otro, entre León y Palanquinos, donde conectaría con la amplia red de los Ferrocarriles Secundarios de Castilla, que llegaba hasta Palencia y Valladolid.

Un tren mixto circula entre León y Matallana. Fotografía de Harald Navé. Archivo Maquetrén

Las previstas ampliaciones a Figaredo y Palanquinos nunca llegaron a materializarse. Por el contrario, los 29 kilómetros del tramo de León a Matallana se inauguraron, con la solemnidad propia de estos magnos acontecimientos, el 30 de mayo de 1923 y se abrieron al tráfico al día siguiente. Desde entonces, fue posible viajar directamente de León a Bilbao, invirtiendo en el trayecto 11 horas y 35 minutos. Aunque pueda parecer mucho tiempo, la alternativa por la vía ancha de la Compañía del Norte era de más de catorce horas y, además, exigía un incómodo trasbordo en Venta de Baños.

Vista de la estación terminal del ferrocarril de León a Matallana en la capital de la provincia. Fotografía de Juan Bautista Cabrera. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras la apertura del ferrocarril de León a Matallana, la estación de la capital leonesa se convirtió en la cabecera de los servicios de viajeros con destino a Bilbao, en detrimento de la original en La Robla, ya que la sección entre esta localidad y Matallana quedó relegada a ramal secundario, aunque mantuvo un notable tráfico de mercancías, tanto para el trasbordo con la red de Norte, y más tarde de Renfe, como, sobre todo, por el transporte de los carbones procedentes de las distintas explotaciones hulleras de la zona.

Conocida en León como la estación de Matallana, para diferenciarla con facilidad de la otra estación de la ciudad, la de vía ancha operada por la Compañía del Norte y, desde 1941, por Renfe, desde sus andenes partían los trenes de cercanías a Cistierna y, diariamente, su famoso Correo con destino a Bilbao.

El tren correo de León a Bilbao se prepara para emprender la marcha en la estación de León. Fotografía de Werner Hardmeier

En los años sesenta, la rápida sustitución del carbón por otras fuentes de energía como la electricidad y los derivados del petróleo provocó la rápida pérdida de la rentabilidad de las líneas operadas por la Compañía de los Ferrocarriles de La Robla. En consecuencia, en 1972 esta empresa se vio obligada a renunciar a la explotación de sus concesiones, que fueron asumidas por la sociedad estatal Ferrocarriles de Vía Estrecha, más conocida por su acrónimo Feve.

En los años setenta, el servicio de viajeros en las cercanías de León se mejoró con la introducción de los automotores Billard. Fotografía de Werner Hardmeier

La Compañía de los Ferrocarriles de La Robla había iniciado la modernización de sus servicios, que se tradujo en la supresión de la tracción vapor a finales de los años sesenta. Feve prosiguió esta política, con la mejora de los servicios de viajeros gracias a la introducción de nuevas unidades diesel y la renovación del parque de vagones con nuevas tolvas especializadas en el transporte de carbón. Además, en 1983 los andenes de la estación de Matallana se convirtieron en la cabecera de un nuevo servicio particularmente prestigioso; el tren turístico El Transcantábrico.

Lamentablemente, Feve no dispuso de los recursos necesarios para la renovación integral de la vía del viejo hullero, que, con el paso del tiempo y de los trenes, dejó de reunir las condiciones de seguridad necesarias. En consecuencia, el 27 de diciembre de 1991 el gobierno decretó la suspensión del servicio de viajeros en el tramo comprendido entre Matallana y Bercedo.

Pese a la paralización de la circulación de los trenes en buena parte del antiguo ferrocarril de La Robla en 1991, la sección de León a Matallana pudo mantener el servicio de cercanías. Fotografía de Juanjo Olaizola

La supresión del servicio decretada por el gobierno no afectó a la sección de León a Matallana en la que, en principio, se mantuvo la circulación de los trenes de cercanías. Sin embargo, desaparecieron de sus vías los trenes de mercancías que transportaban contenedores desde Bilbao hasta la capital leonesa y, también, el Transcantábrico. Afortunadamente, gracias a los acuerdos suscritos el 6 de abril de 1993 entre las Diputaciones de Palencia y León, la Junta de Castilla y León y los sindicatos UGT y CCOO, se pudo renovar la vía, primero entre Matallana y Cistierna, tramo reabierto el 26 de noviembre de ese mismo año, y más tarde, el 18 de octubre de 1994, entre esta última localidad y Guardo. Finalmente, el 30 de mayo de 2003 se pudo recuperar la totalidad de la línea hasta Bilbao.

Tras la reapertura del antiguo ferrocarril de La Robla en toda su longitud, la leonesa estación de Matallana recuperó su antigua vitalidad y, además, la oferta de trenes turísticos se vio incrementada con la incorporación de una nueva oferta: el Expreso de La Robla.

Lamentablemente, un proyecto para la implantación de una red de tranvías modernos en León, que en una primera fase pretendía conectar el centro de la ciudad con su mayor hospital, unido a la implantación de un servicio de tren-tranvía hasta Guardo mediante unidades híbridas diesel-eléctricas, supuso la supresión, el 18 de septiembre de 2011, del último tramo del ferrocarril de Matallana entre la estación de La Asunción y la capital. Una vez paralizado el servicio, se realizaron importantes obras para la transformación de la antigua traza ferroviaria, que, por otra parte, no presentaba ningún paso a nivel en su recorrido urbano, para su inserción en la ciudad como tranvía.

La tranviarización del ferrocarril de Matallana en León coincidió con importantes cambios en la gestión de la red de ferrocarriles de ancho métrico de titularidad estatal, ya que el 1 de enero de 2013, tras la disolución de la antigua Feve, sus servicios fueron asumidos por Renfe, mientras que sus infraestructuras pasaron a manos de Adif. Mientras tanto, los trenes procedentes de Bilbao, Guardo o Cistierna siguen recalando en la estación de La Asunción y, aunque en numerosas ocasiones se ha anunciado su inmediato retorno a la antigua estación de Matallana, lo cierto es que, por el momento, no existe ni el material móvil adecuado para su circulación por vías ferroviarias y tranviarias, ni la reglamentación necesaria que ampare su utilización.

Vista del entorno de la antigua estación del tren de La Robla en León, tras las desafortunadas obras realizadas a partir de 2011 para la tranviarización de sus accesos. Fotografía de Juanjo Olaizola

Cuando el ferrocarril de León a Matallana cumple su primer siglo de vida, los andenes de su cabecera en la capital provincial esperan en silencio recuperar algún día el bullicio del pasado. Confiemos en que así sea y que pronto los trenes vuelvan a circular por todo su recorrido. Solo el retorno al centro de la ciudad permitirá que el histórico ferrocarril de La Robla pueda jugar en el futuro un papel destacado en el tráfico de cercanías en toda su zona de influencia.



 

jueves, 4 de mayo de 2023

MIKADOS (y IV)

 

Maquinista y fogonero posan con orgullo ante la cámara, con su «mikado» como telón de fondo. Alsasua, 1970. Fotografía de Manolo Maristany. Fondo Miquel Palou i Sarroca. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La pareja

Con su personal sentido del humor, el gran Manolo Maristany escribió en su obra Los últimos gigantes, que en la España de la posguerra había tres clases de parejas: la de novios, la de la Guardia Civil y la que formaban el maquinista y el fogonero.

Fue precisamente Manolo Maristany quien mejor retrató con su cámara el trabajo de esta singular pareja ferroviaria, aunque más bien habría de hablarse de trío, ya que maquinista y fogonero estaban íntimamente ligados a su locomotora, la máquina que se les asignaba de forma permanente. Cuando ellos trabajaban, ella también lo hacía, y cuando descansaban, ella se retiraba al depósito.

Sin sus parejas, sería imposible entender la epopeya de la tracción vapor que impulsó el desarrollo de este medio de transporte durante el siglo XIX y la primera mitad del XX. Con el fin de la tracción vapor en Renfe en 1975 desaparecía toda una institución que marcó la historia del ferrocarril en España.