miércoles, 2 de junio de 2021

150 AÑOS DE LOS TRANVÍAS DE MADRID (II)

  

Un tranvía madrileño fotografiado junto a la fuente de Cibeles. Fotografia de G. Masino. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Sociedad Madrileña de Tranvías

Las dificultades financieras que la Primera Guerra Mundial provocó en los accionistas belgas que controlaban los tranvías de Madrid propició la progresiva nacionalización de su capital y la constitución, el 13 de noviembre de 1920, de una nueva empresa: la Sociedad Madrileña de Tranvías, presidida por Valentín Ruiz-Senén y estrechamente vinculada al grupo financiero del Banco Urquijo. Un año más tarde, sus servicios registraron 158 millones de viajes en las 37 líneas operadas, evidentemente, con tracción eléctrica.

La Sociedad Madrileña de Tranvías modernizó y amplió su red e introdujo nuevos coches, muchos de ellos construido por la CAF de Beasain, empresa también ligada al grupo financiero de los Urquijo y de la que Ruiz-Senén era vicepresidente. Además, tuvo que hacer frente a nuevos competidores, por una parte, el Metro, cuyas primeras líneas entraron en servicio en 1919, y por otra, a los primeros autobuses, que comenzaron a circular por las calles de la capital española en 1922 de la mano de la Sociedad General de Autobuses de Madrid.

En 1935 la Sociedad Madrileña de Tranvías adquirió su primer tranvía de bogies, el 1001, un Peter Witt originario de Milán. Fotografía de G. Masino. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras el fracaso de los primeros servicios de autobuses y para evitar la proliferación de nuevas iniciativas, en 1932 la Sociedad Madrileña de Tranvías aceptó la propuesta del Ayuntamiento para constituir una empresa mixta, a la que el consistorio concedería el monopolio de los transportes urbanos en superficie de la ciudad. Este organismo comenzó a operar el 1 de julio de 1933 y aunó las concesiones que todavía estaban en manos de la empresa tranviaria y las que ya habían revertido al consistorio, una vez superado su plazo legal. Pronto se organizaron nuevas líneas de autobuses, que, en este caso, en lugar de competir, se coordinaban con los servicios tranviarios.

En los años treinta, la Sociedad Madrileña de Tranvías puso en servicio sus primeras líneas de autobuses. En la imagen, un coche Leyland carrozado por CAF. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En los años treinta, la Sociedad Madrileña de Tranvías no fue ajena a la situación política, social y económica del momento, pero, pese a las dificultades de toda índole, en ésta época su red de tranvías alcanzó su máxima extensión. En 1933 contaba con 141,729 kilómetros, 551 coches motores y 80 remolques, que fueron utilizados por más de 200 millones de pasajeros. Un año más tarde, tras la huelga revolucionaria de octubre de 1934, se suprimieron las dos últimas líneas de vía métrica todavía operativas. En los años cuarenta, algunas de sus unidades, los populares «cangrejos», así bautizados por los madrileños por el llamativo color rojo que ostentaron durante un tiempo, en contraste con el amarillo de los «canarios» de vía ancha, encontraron una nueva vida en Granada.

Los últimos tranvías de vía estrecha de Madrid encontraron una nueva vida en Granada. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Guerra Civil afectó violentamente a los tranvías de Madrid. Sitiada la capital de la República desde los primeros meses del conflicto, los tranvías sufrieron bombardeos, fueron sobreexplotados, utilizados en el transporte de tropas a los frentes más próximos como el de la Ciudad Universitaria, y manejados por manos poco expertas, ante la movilización de gran parte de sus conductores y del experimentado personal de talleres. Además, la concesionaria fue incautada el 2 de septiembre de 1936 por el Ministerio de Industria y Comercio.

Finalizada la guerra, la Sociedad Madrileña de Tranvías reanudó el servicio. Sin embargo, ante el lamentable estado de las instalaciones, en los primeros meses de abril de 1939 solo pudo poner en marcha 16 líneas, en las que a duras penas circulaban los 158 coches motores en condiciones de rodar, de un parque que, en 1936, había alcanzado las 574 unidades.

Emprendida la reconstrucción, en pocos años se reabrieron la práctica totalidad de las antiguas líneas y se inauguraron nuevos itinerarios. Además, el parque se vio reforzado con la incorporación de los primeros tranvías PCC suministrados por la italiana Fiat, en su momento, sin duda, los tranvías más innovadores de Europa.

A comienzos de los años cuarenta, la red de tranvías de Madrid estaba sobreexplotada. Fondo familia Reigadas. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Empresa Municipal de Transportes

El esfuerzo que supuso la reconstrucción de la red, unido a las políticas tarifarias impuestas por el gobierno, provocó la rápida caída de la rentabilidad del servicio de tranvías, lo que unido a la inminente caducidad de las concesiones más antiguas hizo que, en aquel momento, se considerase la municipalización como la única solución posible al problema. En consecuencia, el 11 de noviembre de 1947 comenzó a operar, al menos formalmente, la Empresa Municipal de Transportes, ya que no asumiría la explotación de los autobuses hasta el 15 de diciembre de 1947 y la de los tranvías hasta los primeros días de junio de 1948.

En 1944 comenzaron a circular los primeros tranvías PCC de Madrid, en su día, los más innovadores de Europa. Fotografía de G. Masino. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El ayuntamiento pronto quiso marcar sus propias directrices. Hostil a los tranvías, cuyas concesiones, a diferencia de las de los autobuses no eran de su competencia sino del Ministerio, uno de sus primeros objetivos, a semejanza de lo que había sucedido en la Roma fascista, fue eliminar la circulación de los tranvías por el centro histórico de la ciudad. De este modo, el 26 de julio de 1949 dejaron de pasar por la emblemática Puerta del Sol y el 16 de agosto de 1956 desaparecieron de la histórica Plaza Mayor. Por el contrario, en un principio apostó por mantener las restantes líneas, incluidas las de la Compañía Madrileña de Urbanización, integradas en la Empresa Municipal de Transportes a partir del 1 de enero de 1952, por lo que adquirió nuevas series de tranvías PCC y, además, renovó el parque con la reconstrucción de los coches más modernos, integrados en las nuevas series 700, 900 y 5000 de tranvías unificados de dos ejes. Además, se construyeron nuevas líneas, como la de Nuevos Ministerios a la Plaza de Castilla, abierta el 1 de enero de 1954.

La estética de los tranvías PCC fue replicada en las nuevas carrocerías con las que se modernizaron los mejores tranvías de dos ejes de Madrid. Fotografía de G. Masino. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En todo caso, pronto se hizo patente la apuesta del Ayuntamiento por los autobuses diésel en detrimento de los tranvías. Si cuando en 1947 se constituyó la EMT funcionaban 42 líneas de tranvías, en 1960 operaban 23 y en 1965 tan solo nueve. En ese año, el parque quedó reducido a los 160 coches PCC, los más modernos de la red.

En 1971 la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Madrid conmemoró el centenario de los tranvías de Madrid. Fondo familia Reigadas. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

101 Años

Pese a la rápida sucesión de supresiones, los tranvías de Madrid todavía tuvieron tiempo de conmemorar su primer centenario. La celebración, organizada por la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Madrid con la colaboración de la propia EMT, tuvo lugar el domingo 30 de mayo, siendo el acto central una pequeña comitiva encabezada por un coche rematriculado para la ocasión con el número 477, probablemente el tranvía más famoso de Madrid, ya que había participado en el rodaje de la oscarizada película Doctor Zhivago, y el PCC 1160, el último incorporado al parque de la EMT apenas once años antes, en 1960.

Los asistentes al evento, que también pudieron ver en marcha el coche torre de mantenimiento TT-2, realizaron un recorrido por una de las tres últimas líneas todavía operativas en aquel momento, la 78, de Estrecho a Fuencarral por la Plaza de Castilla. Posteriormente, los participantes fueron agasajados por la EMT con un aperitivo servido en las cocheras de Fuencarral.

En 1972 circularon los últimos tranvías de Madrid. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Pese a que, después de un siglo, el tranvía formaba parte del paisaje y del patrimonio madrileño, las autoridades municipales no cejaron en su empeño de erradicar este medio ecológico y sostenible de las calles de la ciudad, pese a que no habría habido mayor problema en prolongar su existencia, si se tiene en cuenta que los coches en servicio apenas tenían una docena de años, por lo que todavía conservaban un notable potencial operativo y, desde luego, aun no habían sido amortizados, siendo, por otra parte, sus prestaciones, muy superiores a las de los autobuses diésel contemporáneos. De este modo, el 1 de junio de 1971, 101 años y un día después de la apertura de la primera línea de la ciudad, se clausuraron las dos últimas, la 70, Plaza de Castilla – San Blas y la 77, Pueblo Nuevo – Ciudad Pegaso.

 


lunes, 31 de mayo de 2021

150 AÑOS DE LOS TRANVÍAS DE MADRID (I)

 


En el marco de la conmemoración del 125 aniversario de la tracción eléctrica en España recordamos en el presente mes de mayo la que fue, cronológicamente, tercera red de tranvías eléctricos de nuestro país; los tranvías urbanos de Madrid que, además, este año habrían cumplido su sesquicentenario. Lamentablemente, esta red, que llegó a cumplir su primer centenario, fue definitivamente suprimida un año más tarde, en 1972, y aunque en la actualidad esta clase de vehículos han retornado a la capital de la nación en la forma de metro ligero, su papel es todavía testimonial en comparación con la gran relevancia que tuvieron en el pasado.

El de Madrid fue, también, el tercer tranvía implantado en los territorios de la corona española de la época, ya que el primero, al igual que ya había sucedido con el ferrocarril, se estableció en La Habana (Cuba), el 3 de febrero de 1858, y el segundo, según el investigador Francisco Sánchez Martínez, comenzó a funcionar en Jerez de la Frontera el 13 de abril de 1859.

Loubat implantó en París los primeros tranvías europeos. Tras su éxito, intentó expandir este medio de transporte en otros países, incluido España. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Los inicios

Lo cierto es que antes de que funcionara ningún tranvía en los reinos de Isabel II, ya se planteó en Madrid la construcción de un tranvía. El francés Alphonse Loubat, inventor del sistema de carriles empotrados que lleva su nombre y gran difusor del tranvía en Europa, solicitó en la temprana fecha de 1854 numerosas concesiones para establecer sus vías a lo largo de diferentes carreteras españolas como las de Barcelona a Sarriá, Málaga a Granada, Granada a Jaén, Burgos a Valladolid y, lo que puede ser el primer antecedente en la capital de España, de Madrid a Toledo.

Ninguna de estos fantásticos proyectos se llegó a materializar, pero, dos años más tarde reiteró su propuesta con un proyecto mucho más modesto, aunque sin duda más realista; una línea desde el interior de Madrid hasta la Puerta de Hierro. En esta ocasión la oportuna autorización fue otorgada por el Ministerio de Fomento mediante una Real Orden aprobada el 22 de agosto de 1856. Lamentablemente, pese a su razonable envergadura, Loubat nunca llegó a obtener la concesión definitiva y no pudo materializar este nuevo proyecto.

Tras el fracaso de Loubat, el Ayuntamiento de Madrid otorgó entre 1859 y 1860 hasta tres autorizaciones a diferentes peticionarios para la realización de estudios con el propósito de implantar este sistema de transporte en la capital de España. Sin embargo, tal y como señala el gran investigador de los tranvías madrileños, José Antonio Tartajo, ninguno de estos tres nuevos proyectos llegaría a materializarse.

Una vez abandonados los citados estudios, en 1863 hay constancia del registro de una nueva solicitud de concesión para un tranvía entre la Plaza del Progreso, hoy Tirso de Molina, hasta la Dehesa de los Carabancheles, que debería establecerse con el ancho de vía normal español de seis pies castellanos. La petición fue realizada por Jorge Higgins, aunque tras diversos avatares la línea fue otorgada el 28 de mayo de 1865 a Juan Ortega. El 27 de agosto del mismo año se iniciaron las obras pero, pese a que el 12 de marzo de 1867 su promotor obtuvo una prórroga hasta el 28 de julio del mismo año para la conclusión de los trabajos, finalmente este nuevo intento para implantar una línea de tranvías en la capital de España se vio también abocado al fracaso y la concesión caducó.

Entre los años 1865 y 1869 se sucedieron nuevos intentos para implantar líneas de tranvías en Madrid, sin mayor éxito, hasta que el 10 de julio de 1869, en pleno periodo revolucionario, el Ayuntamiento de la Villa autorizó la construcción de una línea con origen en Los Campos Elíseos y que por las calles de la Casa de la Moneda, Recoletos, Alcalá, Puerta del Sol, Mayor, Bailén, plaza de Oriente, Cuartel de Artillería, Quitapesares y Princesa, finalizaría en las inmediaciones de la nueva cárcel. En esta ocasión el concesionario era José Domingo Trigo, empresario cuya trayectoria venía avalada por ser también el titular de las concesiones de los tranvías de La Habana.

Tranvías de mulas y eléctricos transitan por la madrileña Puerta del Sol.  Archivo EMT/CRTM

Cuando apenas había transcurrido un año del inicio de las obras, en agosto de 1870, José Domingo Trigo transfirió la concesión de su tranvía al empresario británico William Morris quién, con respaldo de capital británico, concluyó las obras del tranvía. De este modo, el 31 de mayo de 1871 se inauguraba la primera sección de la línea en el trayecto que enlazaba las cocheras establecidas en la calle de Serrano con la Puerta del Sol.

Tranvía de vapor a de la Compañía Madrileña de Urbanización. Fotografía de Salvador Alcaraz. Archivo de Joan Alberich

La red se multiplica

Como era de esperar en una ciudad muy poblada y en constante crecimiento como Madrid, este primer tranvía registró de inmediato un notable tráfico, por lo que la empresa operadora, The Madrid Street Tramway, que en 1872 se había hecho cargo de la concesión, prosiguió con las obras, aunque la conclusión de las mismas experimentó una notable demora. Además, el mismo grupo inversor británico adquirió a través de otra empresa, la The Tramways Union Company Limited, otras concesiones como la de la Castellana al Hipódromo, inaugurada en 1881, o la de Claudio Coello a Ferraz, abierta en 1891.

El ejemplo de la compañía británica pronto fue seguido por otras empresas, como la del Tranvía de Estaciones y Mercados, el Norte de Madrid, la Compañía General Española de Tranvías y el Tranvía del Este. Todas ellas establecieron sus vías con el mismo ancho de vía utilizado por los británicos en la primera línea de la ciudad, con una medida similar al internacional, en concreto, de 1.445 milímetros entre las caras internas de los carriles, el mismo que años más tarde también adoptaría el Metro de Madrid. Sin embargo, otras, como el nunca completado Tranvía de Circunvalación y el del Pardo, optaron por emplear la vía métrica con el propósito de reducir al máximo los gastos de establecimiento.

Tranvía de vapor del Pardo. Archivo de César Mohedas

Las cada vez mayores distancias que debían recorrer los primitivos tranvías de mulas hizo que pronto se despertase el interés por utilizar algún sistema de tracción mecánica que proporcionara mayor velocidad a los vehículos. De este modo, tal y como señala Joan Alberich en su libro Los tranvías de vapor de la ciudad de Madrid,  se emplearon pequeñas locomotoras en el arrastre de los coches de los tranvías de ancho métrico del Pardo y de Circunvalación, así como en las de ancho internacional de Vallecas y Leganés. Además también fueron utilizadas a partir de 1901 en el que impulsaba la Compañía Madrileña de Urbanización en la Ciudad Lineal, en un tiempo en el que ya se había emprendido la electrificación de la red urbana.

En 1898 partió de la Puerta del Sol el primer tranvía eléctrico de Madrid. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Del motor de sangre al eléctrico

Madrid no fue ajena al rápido desarrollo que estaba adquiriendo el tranvía eléctrico en Norteamérica y Europa a finales del siglo XIX. De hecho, la empresa británica que operaba los primeros tranvías de la capital española solicitó la preceptiva autorización para su electrificación el 12 de agosto de 1895, aunque el permiso definitivo no fue otorgado por el Ministerio de Fomento hasta el 29 de julio de 1897.

Las obras de electrificación se desarrollaron con notable celeridad y, de hecho, el 4 de octubre de 1898, cuando apenas había transcurrido poco más de un año desde la aprobación ministerial, se inauguró el primer servicio en las líneas de la Puerta del Sol a la cochera de Serrano, el mismo itinerario que había cubierto el primer tranvía de la ciudad en 1871, y de Recoletos al Hipódromo. La operación, además del montaje de las líneas aéreas y la adquisición del nuevo material móvil necesario, incluía la construcción de una central generadora de fluido eléctrico emplazada en las inmediaciones de la Glorieta de Quevedo. Además, también fue preciso reemplazar los carriles originales, demasiado ligeros para soportar los nuevos coches, más pesados que los impulsados por las mulas.

Intensa circulación de tranvías a principios del siglo XX en la Puerta del Sol. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Las diversas operadoras de tranvías de Madrid pronto siguieron el ejemplo de la compañía británica, pero la inversión que requería la operación exigió ampliaciones de capital y otras operaciones financieras que propiciaron la caída de la mayor parte de las antiguas operadoras en las manos de dos empresas belgas íntimamente ligadas entre sí; la Societé Générale des Tramways Eléctriques d’Espagne y la Societé Générale des Tramways Eléctriques de Madrid et d’Espagne. Según relató Carlos López Bustos en su monumental obra Tranvías de Madrid, la primera llegó a explotar las líneas del Tranvía del Este, los de Estaciones y Mercados y los de la Sociedad General Española de Tranvías y, además, se hizo con el control de la antigua Madrid Street Tramway y de la Tramways Union, ambas adquiridas previamente por el Tranvía del Este. La segunda operaba los tranvías del Norte y el de Prosperidad. Además, un tercer protagonista, la Sociedad Continental para Empresas de Electricidad de Nuremberg, impulsó el denominado Tranvía Central Eléctrico de Madrid y se hizo con el control del Tranvía de Circunvalación, ambos de vía métrica, constituyendo para ello en el año 1900 la Compañía Eléctrica Madrileña de Tracción. De este modo, mientras los belgas operaban las líneas que conformaban la red de ancho internacional, los alemanes se centraron en la de vía estrecha.

Tras la unificación de los diversos concesionarios, a partir de 1910 solo los tranvías de la Compañía Madrileña de Urbanización mantuvieron su independencia. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Gracias a los capitales belgas y alemanes, la electrificación de las redes tranviarias madrileñas tomó rápido impulso y pronto reemplazó a las mulas en la tracción de los transportes públicos de la capital española. Por otra parte, en 1908 la Societé Générale des Tramways Eléctriques d’Espagne arrendó las líneas que explotaban los alemanes y en 1910 se fusionó con la otra firma belga, por lo que la explotación de todos los tranvías de Madrid, con excepción de los operados por la Compañía Madrileña de Urbanización, quedó unificada. En aquel momento, la capital del país contaba con 96,556 kilómetros de líneas, de ellos 77,770 de ancho internacional y los restantes 18,786 de vía métrica.

 

viernes, 28 de mayo de 2021

EL FERROCARRIL DEL IRATI EN SU 110 ANIVERSARIO (y V)

Tren del ferrocarril del Irati fotografiado a su paso por la Foz de Lumbier. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 

La Foz de Lumbier

El ferrocarril del Irati recorría la zona media de Navarra, por un paisaje muy variado, con tramos urbanos, otros por zonas de cultivos típicamente mediterráneos, como el cereal y los viñedos, así como zonas más agrestes, siendo entre ellas la más destacada el paso por la estrecha Foz de Lumbier.

En la Foz de Lumbier, el río Irati atraviesa una estrecha garganta, por lo que los constructores del ferrocarril debieron ceñir la vía al máximo a las escarpadas laderas de este desfiladero, lo que no impidió que fuera necesario perforar los dos únicos túneles que tuvo el ferrocarril en sus inicios. El primero, tenía una longitud de 166 metros y el segundo de 206, estando ambos perforados en roca viva, por lo que no requirieron ser revestidos y ni siquiera se construyeron las clásicas boquillas.

El paso de la Foz de Lumbier era, sin duda, el punto más pintoresco del ferrocarril del Irati y así lo señalaron diversas publicaciones de la época, como la revista La energía eléctrica, en su número del 10 de septiembre de 1911 que, al respecto, señalaba: 


En su trazado se encuentran puntos atrevidos para la ingeniería y de panorámico efecto. El llamado «La Foz», de Lumbier, es de los más atractivos. En las escarpadas de la montaña, sobre el deslizar angostoso del río Irati, en el estrecho cauce que antaño, quizás haga miles de años, la presión del agua elevó para dar curso en su declive al torrente, sobre la magma viva de la montaña rocosa, la dinamita ha perforado túneles y dispuesto explanaciones terraplenadas sobre las que se ha montado la vía.


Gracias a su espectacularidad, el paso del tren por la Foz de Lumbier se convirtió en la imagen más representativa del Ferrocarril del Irati, tal y como quedó reflejado en añejas tarjetas postales.


miércoles, 12 de mayo de 2021

EL FERROCARRIL DEL IRATI EN SU 110 ANIVERSARIO (IIII)

 

Automotor de viajeros Nº.1 del ferrocarril del Irati, construido en Zaragoza por Carde y Escoriaza con equipos eléctricos de las firmas Siemens-Schuckert y AEG. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un ferrocarril “electromonofásico”

El ferrocarril del Irati fue el primero en España en utilizar la corriente alterna monofásica para alimentar a sus trenes. Como señalaba la Ilustración católica, “Es un verdadero ferrocarril y como tal, y electromonofásico, puede tomarse como modelo para análogas construcciones”. Lamentablemente, la predicción del semanario carlista tardó décadas en hacerse realidad y, de hecho, tuvieron que pasar otros 81 años para que se implantase en nuestro país un nuevo ferrocarril “electromonofásico”, ni más, ni menos, que el AVE de Madrid a Sevilla.

Vista del sistema de electrificación mediante catenaria compuesta en la sección de Huarte a Sangüesa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El Irati, S.A. optó por la corriente alterna monofásica por la simplicidad de sus instalaciones respecto a las entonces habituales en España en corriente continua de baja tensión. Es preciso tener en cuenta que, en aquel momento, en nuestro país la tracción eléctrica únicamente se empleaba en los tranvías urbanos y en algunos ferrocarriles interurbanos de escaso recorrido, nada comparable a los más de cincuenta kilómetros de la línea de Pamplona a Sangüesa. Entre otras ventajas, con la utilización de la alta tensión, a 6.000 voltios, se podía alimentar todo el trayecto ferroviario desde la propia central generadora, situada en Aoiz, sin necesidad de más subestaciones a lo largo de la línea.

Postes de la electrificación del ferrocarril del Irati en las cocheras de Pamplona. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La producción de la energía eléctrica necesaria se realizaba en una central hidroeléctrica situada sobre el río Irati en Aoiz. Sus instalaciones contaban con un salto de 56 metros de altura y un caudal de entre 3.000 y 4.000 litros, que movía tres turbinas acopladas a sus respectivos generadores, de 500 caballos de potencia cada uno de ellos, suministrados por la firma suiza Brown Boveri. Los dos primeros alimentaban directamente la electrificación ferroviaria, mientras el tercero producía corriente trifásica, elevada mediante un transformador a 20.000 voltios, que era transportada a Aoiz y Pamplona para su distribución y venta a terceros.

Vista del sistema de electrificación en la variante de trazado construida en el entorno de Pamplona en 1940. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Por motivos de seguridad, no se autorizó utilizar la alta tensión a 6.000 voltios en la sección comprendida entre la estación del Norte de Pamplona y Huarte, en los que el ferrocarril transitaba por las calles más céntricas de la capital navarra, por lo que en este tramo se tuvo que emplear, al igual que en los tranvías urbanos de la época, la tensión de 600 voltios, aunque, en este caso, también en corriente alterna monofásica. Para evitar los efectos de las caídas de tensión a tan bajo voltaje, en este tramo fue necesario establecer  dos pequeñas subestaciones, una en las cocheras de Pamplona y la otra junto al Portal Nuevo.

Los tramos tranviarios del ferrocarril del Irati estaban alimentados a 600 voltios, por lo que los automotores no utilizaban en ellos los transformadores necesarios en la sección de Huarte a Sangüesa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Naturalmente, la necesidad de circular por tramos alimentados a 6.000 voltios en corriente alterna monofásica y otros a 600 voltios, exigió que los automotores, tanto de viajeros como de mercancías, del Irati fueran bitensión, otra novedad tecnológica desconocida en España hasta ese momento. Para ello contaban con un transformador estático bajo el bastidor, en el que se rebajaba la tensión cuando se circulaba en el tramo ferroviario de 6.000 a 600 voltios, mientras que en la sección tranviaria el sistema de regulación se alimentaba directamente desde la línea aérea.

El del Irati fue el primer ferrocarril español en utilizar pantógrafos articulados romboidales. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Otra novedad aportada por el ferrocarril del Irati era el sistema de captación de corriente, por primera vez en España mediante pantógrafos articulados, de accionamiento neumático, en lugar de los troles de pértiga o las liras de arco utilizadas hasta entonces en tranvías y ferrocarriles. En los tramos urbanos, la línea aérea era similar a la de los tranvías, con un único hilo de contacto, mientras que en la zona ferroviaria se montó una catenaria compuesta, con hilo sustentador del que se suspendía mediante péndolas el de trabajo, disposición también novedosa en nuestro país en aquel momento.


jueves, 6 de mayo de 2021

EL FERROCARRIL DEL IRATI EN SU 110 ANIVERSARIO (III)

 

Retrato de Domingo Elizondo Cajén. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

DOMINGO ELIZONDO CAJÉN


Entre los promotores del ferrocarril del Irati destaca la figura de Domingo Elizondo Cajén, quien organizó el conglomerado de empresas destinadas a aprovechar los recursos hidroeléctricos y forestales del valle del Irati, del que formaba parte el tren, y quien fue, además, el peticionario de la oportuna concesión administrativa al Ministerio de Fomento en nombre de la empresa Electra de Aoiz.


Natural de Aribe, pequeña localidad navarra situada en el valle del Irati en la que nació el 14 de noviembre de 1848, Domingo Elizondo era hijo de un oficial de los Cuerpos Francos de Navarra que había combatido contra los carlistas en las dos guerras civiles que asolaron el antiguo reino durante el siglo XIX. De ideas liberales como su padre, en 1866, con tan solo 18 años, decidió emigrar a Argentina, donde trabajó, primero en los propios muelles del puerto de Buenos Aires y, posteriormente, otros oficios como el de pastor ovejero. Pronto comenzó a trabajar en una ferretería y, tras dominar el oficio, decidió establecerse por su cuenta para, poco después, asociado con otros dos emigrantes navarros, Ciriaco Morea y Antonio Arostegui, crear la firma ferretera El Ciervo, que llegó a ser la más importante del país austral, con sucursales incluso en los Estados Unidos.


Tras acumular una notable fortuna, Domingo Elizondo regresó a Navarra en 1898 y pronto emprendió numerosos proyectos destinados a desarrollar industrial y económicamente su tierra natal. Entre las muchas empresas fundadas por él destaca sin duda la Electra de Aoiz, primera concesionaria del ferrocarril del Irati, y su continuadora, la sociedad El Irati, Compañía General de Maderas, Fuerzas Hidráulicas y Tranvía Eléctrico de Navarra.


El rápido desarrollo de sus industrias, así como los beneficios que aportaron en la región; con la generación de puestos de trabajo, la modernización de los transportes y la popularización de la energía eléctrica para fuerza y alumbrado, convirtieron a Domingo Elizondo en uno de los personajes más populares de la época en Navarra. En consecuencia, decidió aprovecharse de ello y, al igual que su padre, combatir el carlismo dominante en Navarra, aunque en esta ocasión, en lugar de utilizar las armas, optó por emplear las urnas. En 1915 se presentó a las elecciones a Diputado foral frente al candidato tradicionalista Gabriel Zabala Arbeloa, para lo que reunió el apoyo de prácticamente todas las restantes fuerzas políticas de la región; independientes, conservadores, liberales y republicanos. Tras vencer a su oponente, y junto a Pedro Uranga Esnaola, presentó una proposición de reforma del funcionamiento de la Diputación Foral, para que las sesiones fueran públicas y se rigieran de acuerdo a un reglamento interno. Sin embargo, su propuesta fue rechazada y ambos diputados presentaron su dimisión.


Pese a su retirada de la primera línea de la política, su apoyo siguió siendo fundamental para cualquier candidato que quisiera enfrentarse al carlismo en Navarra. Sin embargo, y pese a sus ideas liberales y republicanas, que le llevaron a rechazar el nombramiento de Marqués del Irati que le ofreció el Rey Alfonso XIII, en sus últimos años simpatizó con la dictadura de Primo de Rivera, e ingresó en su Unión Patriótica.


Durante su vida recibió diversos homenajes públicos, aunque para él los más destacados fueron el que le ofreció la junta directiva de la Asociación de Ferroviarios de El Irati en 1925 y su nombramiento como hijo predilecto de Navarra en 1928. Un año más tarde, el 13 de octubre de 1929, Domingo Elizondo fallecía en Pamplona.

 


martes, 27 de abril de 2021

EL FERROCARRIL DEL IRATI EN SU 110 ANIVERSARIO (II)

 

En los inicios, los autobuses de los pueblos del entorno establecieron servicios combinados con el ferrocarril, pero a partir de los años veinte establecieron una fiera competencia. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

44 años de servicio

A mediados de febrero de 1911 las obras de construcción del ferrocarril del Irati estaban prácticamente concluidas, por lo que el 22 y 23 de dicho mes se pudieron realizar las pruebas de carga de sus puentes. Superadas satisfactoriamente, se ensayaron las instalaciones eléctricas y el 4 de abril llegaron a la céntrica plaza del Castillo las primeras circulaciones de reconocimiento. Finalmente, el 23 de abril de 1911 se abrió a la explotación con un tren mixto discrecional que partió del pamplonés Paseo de Sarasate a las siete de la mañana para alcanzar la estación de Sangüesa a las 9:52. Siete días después, el 30 de abril, se procedió a la inauguración oficial del primer ferrocarril eléctrico de Navarra.

Desde sus inicios, el ferrocarril del Irati prestó servicios de viajeros y mercancías, destacando en estos últimos el tráfico que generaban las propias actividades industriales de El Irati, S.A., ya que la producción de su aserradero de Ecay proporcionaba un tercio de la carga movilizada anualmente. Respecto a los pasajeros, existían dos servicios claramente diferenciados, por una parte, el de carácter urbano, en el entorno de Pamplona, y por otra, el clásico de un ferrocarril secundario, desde la capital navarra hasta Sangüesa.

Paso de un tranvía del ferrocarril del Irati frente al palacio de la Diputación. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Para el tráfico urbano, de características análogas a las de una explotación tranviaria, El Irati, S.A. contaba con cuatro pequeños automotores de dos ejes, construidos por Carde y Escoriaza en Zaragoza, montados sobre trucks de la norteamericana Brill y con equipos de la firma alemana Siemens-Schuckert y motores AEG. Con ellos se estableció un intenso servicio con hasta 32 circulaciones diarias entre la estación del Norte y el centro de Pamplona, de las que buena parte extendían su recorrido hasta el vecino municipio de Huarte.

Respecto al resto de la línea, la frecuencia era notablemente inferior, con dos trenes que cubrían completo el recorrido de Pamplona-Paseo de Sarasate a Sangüesa y regreso, que invertían dos horas y diez minutos en recorrer los 54 kilómetros existentes, a una velocidad media de 23.14 kilómetros por hora. Además, tres circulaciones en cada sentido aseguraban el enlace de Aoiz con todos los trenes de Pamplona a Sangüesa y viceversa, en la estación de empalme de Villaveta. El precio del billete era, en 1929, de 5,40 pesetas.

Un tren del ferrocarril del Irati procedente de la estación del Norte atraviesa las antiguas murallas de Pamplona por el Portal Nuevo. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Para la prestación del servicio ferroviario, El Irati, S.A. disponía de tres grandes automotores de viajeros que, al igual que los tranvías, contaban con equipos eléctricos de la alemana Siemens-Schuckert y motores de AEG. Sin embargo, dada su mayor envergadura, en lugar de un truck de dos ejes, montaban dos bogies y contaban con cuatro motores de tracción. Además, también disponía de tres furgones automotores, de factura muy similar a la de los coches de viajeros, lo que facilitó que, ante el progresivo declive del transporte de cargas, uno de ellos fuera reconvertido también en automotor de pasajeros. En cuanto al material remolcado, estaba formado por dos coches de bogies, ocho de dos ejes para el servicio tranviario y cuatro furgones con departamento para el correo y retrete, así como por 80 vagones de mercancías de diversos tipos.

La explotación del ferrocarril del Irati nunca alcanzó las expectativas de sus promotores. La competencia de los transportes mecánicos por carretera, de la mano de diferentes empresas de camionaje y autobuses, entre las que destaca por su ilustrativo nombre La Veloz Sangüesina, con tarifas más económicas y servicios más frecuentes y rápidos, arrebataron buena parte de los viajeros al tramo ferroviario, al mismo tiempo que en Pamplona surgía otras compañías, como la popular Villavesa, que presentaron una dura batalla en el tramo tranviario, donde, además, jugaba en contra de El Irati, S.A. la hostilidad del ayuntamiento pamplonés hacia el tránsito de sus trenes por las calles de la capital navarra. De hecho, ya en 1916 el consistorio prohibió su paso por la céntrica plaza del Castillo y, aunque un año más tarde se recuperó este itinerario, finalmente fue suprimido en 1926.

En 1940 se construyó una variante de trazado para que los trenes del Irati alcanzaran la estación del Norte sin recorrer las calles de Pamplona. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El fin

Cuando apenas llevaba 18 años en servicio, en 1929, el ejercicio de explotación del ferrocarril se cerró con un déficit que pudo ser cubierto con los beneficios que arrojaron otras actividades de El Irati, S.A., sobre todo la producción y distribución de electricidad y la fabricación de productos químicos. Lejos de mejorar, tras la Guerra Civil, la situación se fue deteriorando y tras la construcción en 1940 de una variante de trazado por el este de la ciudad, de cuatro kilómetros de longitud, poco después se suprimió el acceso de los trenes a su céntrica estación del Paseo de Sarasate, quedando relegados sus servicios únicamente a una estación provisional situada en las afueras de la ciudad, junto a las cocheras.

En 1950 la situación mejoró ligeramente, al inaugurarse una nueva y céntrica estación en la calle Conde Oliveto, frente a la estación de autobuses de Pamplona, pero para acceder a ella los trenes del Irati debían dar un largo rodeo, circunvalando prácticamente toda la capital navarra, lo que los ponía en clara desventaja frente a los servicios de autobuses, que llegaban directamente a su destino. Esta nueva terminal era común con la del otro ferrocarril de vía métrica que operaba en la vieja Iruñea, el Plazaola, que comunicaba con San Sebastián y, de hecho, desde las inmediaciones de la antigua estación del Norte, ya operada entonces por Renfe, hasta las nuevas dependencias, los trenes del Irati circulaban por las vías del Plazaola, tras haber sido previamente electrificado este trayecto.

Estación de Pamplona en la calle Conde Oliveto, común con el ferrocarril del Plazaola, a la que el Irati trasladó sus servicios en 1950. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

De poco sirvió la nueva estación de la calle Conde Oliveto. En octubre de 1953 unas lluvias torrenciales arrastraron varios puentes del ferrocarril del Plazaola, que se vio obligado a suspender un servicio que nunca más se reanudaría. En consecuencia, desde entonces los trenes del Irati fueron los únicos huéspedes de sus cada día más solitarios andenes.

Un furgón automotor descarrilado en las cercanías de Huarte. En los últimos años del ferrocarril del Irati los descarrilamientos fueron lamentablemente frecuentes ante el mal estado de las instalaciones. Archivo de la Diputación Foral de Navarra

Solo las subvenciones que periódicamente recibía El Irati, S.A. permitieron mantener un servicio cada día más deficitario. Ciertamente, su titular nada hizo desde su inauguración para modernizar el ferrocarril cuyas instalaciones, con más de cuarenta años, comenzaban a mostrar evidentes síntomas de envejecimiento. Las averías y retrasos, así como los accidentes, comenzaron a ser cada día más frecuentes, lo que incentivó aún más el éxodo de sus clientes a otras alternativas de transporte más fiables. Por otra parte, a la sociedad matriz le resultaba más rentable destinar su producción eléctrica a su comercialización a terceros, en lugar de consumirla en sus obsoletos trenes, por lo que no tenía ningún incentivo para mantener activa la explotación ferroviaria. Así, ya en 1950 manifestó su intención de abandonar la explotación.

Los ayuntamientos de los pueblos atendidos por el ferrocarril del Irati intentaron comprometer la ayuda de otras instituciones como la Diputación y el Gobierno central para poder reunir los recursos necesarios para modernizar el ferrocarril, valorados en 25 millones de pesetas, pero no obtuvieron ninguna contestación positiva. De este modo, y ante la ausencia de respuesta por parte de la Administración, el Irati, S.A., decidió clausurar el servicio ferroviario. El 31 de diciembre de 1955 circularon los últimos trenes entre Pamplona y Sangüesa.

La vida de la estación de Pamplona en la calle Conde Oliveto fue breve, ya que quedó fuera de servicio en 1955 tras la clausura del ferrocarril del Irati. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras el cierre, a diferencia de lo que sucedió en la época con otras líneas, el Irati no fue rescatado por la Explotación de Ferrocarriles por el Estado, ya que el Ministerio de Obras Públicas consideró que sus servicios estaban sobradamente cubiertos por otras alternativas de transporte mecánico por carretera. En consecuencia, el 2 de enero de 1956 se iniciaron los trabajos de desmantelamiento de sus instalaciones, que quedaron concluidos el 12 de octubre del mismo año. Desaparecía de este modo uno de los ferrocarriles de vía métrica más singulares de nuestro país.


viernes, 23 de abril de 2021

EL FERROCARRIL DEL IRATI EN SU 110 ANIVERSARIO (I)

El 23 de abril de 1911 entró en servicio el ferrocarril de Pamplona a Aoiz y Sangüesa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Hoy, 23 de abril, se conmemora el 110 aniversario de un singular ferrocarril que, en nuestro país, fue pionero tanto en la utilización de la corriente alterna monofásica en su electrificación, como en su explotación como un moderno tren-tram. Se trata del ferrocarril del Irati, que conectaba Pamplona con Aoiz y Sangüesa y que, en sus primeros kilómetros, los comprendidos entre la estación de vía ancha de la Compañía del Norte en la capital navarra y el municipio de Huarte, recorría alguna de las principales arterias de la vieja Iruña a modo de tranvía.

De vida efímera, apenas funcionó durante poco más de 44 años, el ferrocarril del Irati trajo consigo la modernidad a amplias comarcas del este de Navarra que durante décadas habían aspirado a ver pasar por sus tierras el medio de transporte más representativo de la revolución industrial.

La sociedad El Irati, S.A. tenía, entre sus muchos negocios, el de la producción, distribución y venta de energía hidroeléctrica. Central de distribución de Pamplona. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un proyecto industrial

Durante el siglo XIX fueron numerosos los proyectos planteados para la construcción de ferrocarriles en las comarcas de la Navarra Media Oriental, tanto para buscar la comunicación con la capital, Pamplona, como con propuestas más ambiciosas como la comunicación de España y Francia a través de Sangüesa y el valle del Roncal. Ninguna de estas iniciativas tuvo mayor desarrollo, por lo que sería necesario esperar al cambio de siglo para que el camino de hierro se implantara en la comarca en el marco de un programa mucho más ambicioso, en el que el tren era solo un elemento más de un complejo conjunto de explotaciones forestales, industrias vinculadas a la madera y negocios de producción y distribución de energía eléctrica.

El punto de origen del ferrocarril del Irati se estableció frente a la estación de la Compañía del Norte en Pamplona. Ante el edificio se observan un coche y un vagón de mercancías del tren de Sangüesa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Bajo el impulso de un rico indiano, Domingo Elizondo, se constituyó el 5 de noviembre de 1907 la sociedad El Irati, Compañía General de Maderas, Fuerzas Hidráulicas y Tranvía Eléctrico de Navarra, más conocida como El Irati, S.A., con un capital social notable para la época; 5,5 millones de pesetas. Esta empresa pretendía aprovechar dos recursos muy abundantes en el valle del río Irati, en el Pirineo navarro: el agua y la madera. Desde tiempos inmemoriales se habían explotado los bosques de la zona y transportado su producción por los ríos mediante almadías, pero para su explotación a escala industrial resultaba preciso modernizar los sistemas de transformación y transporte.

La sociedad El Irati, S.A. construyó en Ecay un moderno aserradero, dotado de la maquinaria de corte más moderna del momento, suministrada por la reputada firma francesa Guilliet, Fils et Cíe., completada con una compleja instalación para el aprovechamiento de sus excedentes, para, mediante diferentes procesos de destilación, obtener una amplia gama de subproductos como carbón vegetal, acetato de cal, acetona, ácido acético, alcohol metílico o pasta de papel.

En Villaveta se estableció el enlace entre los ramales a  Aoiz y a Sangüesa. Fotografía de J. Isard. Archivo de Josep Miquel Solé

Junto al aprovechamiento de los recursos forestales, El Irati, S.A. adquirió pequeñas empresas de la zona dedicadas a la generación y distribución de electricidad, ampliando y modernizando sus instalaciones. De este modo, disponía de energía abundante y barata para alimentar sus negocios industriales y, además, notables excedentes que podía comercializar en Pamplona y otras localidades de la comarca, contribuyendo de este modo a la modernización de la sociedad navarra.

El necesario complemento para los negocios de El Irati, S.A. era contar con un medio de transporte que permitiera transportar de forma eficiente y económica la producción de su aserradero de Ecay hasta la estación de Pamplona, desde la que los trenes de la Compañía del Norte podrían distribuirla por toda España. Dado que la empresa disponía de energía eléctrica abundante y barata, desde el principio se planteó que el nuevo ferrocarril debería ser operado con tracción eléctrica, algo entonces verdaderamente novedoso en nuestro país.

Varios ferroviarios del Irati posan ante el automotor de viajeros N.º 3. Archivo de Javier Aranguren Castro

Los inicios del ferrocarril del Irati

En principio, el propósito de El Irati, S.A. fue el de comunicar sus instalaciones industriales de Ecay con la estación de la Compañía del Norte en Pamplona con un ferrocarril de unos 31 kilómetros de recorrido. Sin embargo, pronto se decidió ampliar el proyecto inicial, por una parte, desde el aserradero de Ecay hasta la vecina localidad de Aoiz, y, por otra, con la construcción de un ramal desde Villaveta hasta Lumbier, de 16 kilómetros, que finalmente sería prolongarlo otros once kilómetros más para alcanzar Sangüesa. De este modo, la red ferroviaria de la empresa maderera sumaría una extensión de unos 60 kilómetros.

El 5 de octubre de 1907 la Gaceta de Madrid anunciaba la petición, por parte de Domingo Elizondo, en representación de la sociedad Electra de Aoiz, firma que poco después se integraría en El Irati, S.A., para la concesión de un tranvía eléctrico desde la estación del Norte de Pamplona a Sangüesa, por Huarte, Urroz, Aoiz y Lumbier. Esta iniciativa pronto se vería modificada por la oposición de la Diputación de Navarra a que la vía férrea ocupase varias de sus carreteras, por lo que finalmente, en abril de 1908, el propio Domingo Elizondo solicitó al Ministerio de Fomento que su línea fuera considerada como un ferrocarril secundario, y no como un tranvía, medida con la que, por una parte, debería construir su propia explanación, sin aprovechar las carreteras existentes, pero, por otra, ampliaría el plazo de la concesión de 60 a 99 años. Este cambio fue aprobado el 11 de mayo de 1908.

Vista del trazado del ferrocarril del Irati. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La concesión definitiva del ferrocarril de Pamplona a Aoiz y Sangüesa fue otorgada por el Ministerio de Fomento a la sociedad Electra de Aoiz el 20 de junio de 1908. No obstante, pese a su condición legal de ferrocarril, los primeros siete kilómetros del recorrido, en concreto, desde la estación del Norte en Pamplona hasta la localidad de Huarte, se establecieron sobre vías públicas, atravesando calles tan céntricas de la capital navarra como la Taconera, el paseo de Sarasate, la plaza del Castillo o la avenida de San Ignacio.

Cocheras del ferrocarril del Irati en Pamplona. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Electra Aoiz, que no transfirió formalmente su concesión a El Irati, S.A. hasta el 4 de mayo de 1911, cuando el tren estaba recién inaugurado, fue la que impulsó las obras de construcción del ferrocarril, El proyecto había sido redactado por el ingeniero Daniel Múgica por un importe de 4.421.375 pesetas y las obras fueron dirigidas por su colega Carlos Lafitte. En principio, el recorrido no ofrecía excesivas dificultades orográficas, salvo el paso por la estrecha garganta de la Foz de Lumbier, donde fue necesario perforar dos pequeños túneles. Además, se construyeron algunos puentes para salvar los ríos más importantes de la zona, como el Urroz, Erro, Irati y Salazar, utilizando en varios de ellos una tecnología entonces bastante novedosa: el hormigón armado. Sin embargo, el paso de mayor envergadura, el cruce del río Irati en Liédena, se realizó aprovechando el puente existente de la carretera de Pamplona a Huesca, volviendo a funcionar, por unos metros, como tranvía.

En Liédena, el ferrocarril del Irati volvía a convertirse en tranvía durante unos metros para aprovechar el puente de la carretera de Pamplona a Jaca en su paso sobre el río Irati.  Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril