miércoles, 8 de abril de 2020

3 DE LA 3


El 8 de abril el Lehendakari Iñigo Urkullu inauguró la línea 3 del ferrocarril metropolitano de Bilbao operada por Euskotren 

Hoy se cumplen tres años de la apertura al público de la línea 3 del ferrocarril metropolitano de Bilbao. El 8 de abril de 2017 fue un día memorable para la historia de Bilbao y, sobre todo, para los barrios altos situados al norte de la ciudad, así como para los de San Esteban, Kukullaga y San Antonio de Etxebarri. A las 11:30 horas el Lehendakari del Gobierno Vasco Iñigo Urkullu presidió en la estación de Otxarkoaga la inauguración de la línea 3 del ferrocarril metropolitano de Bilbao en un acto que culminaba largos años de planificación y trabajo, para dar paso a una nueva y definitiva fase: el servicio al público. Poco después, a las 11:54 entraba en el nuevo túnel el primer tren, procedente dela estación de Kukullaga, mientras que a las 12:02 llegaba desde el Txorierri a Matiko la primera circulación en el sentido inverso.
Miles de personas se benefician a diario de la nueva línea 3 de metro de Bilbao operada por Euskotren. Fotografía de Juanjo Olaizola

Estas dos primeras circulaciones fueron de inmediato seguidas por otras muchas que pasaban por los nuevos andenes de Matiko, Uribarri, Casco Viejo, Zurbaranbarri, Txurdinaga, Otxarkoaga y Kukullaga cada siete minutos y medio en ambos sentidos. Los trenes fueron abordados con enorme entusiasmo por los vecinos del entorno, sobre todo hasta las ocho de la tarde, en el que el servicio se prestó de forma gratuita, hasta el punto de que en algunos momentos se llegaron a colapsar las estaciones. A partir de dicha hora, comenzaron a funcionar las validadoras de billetes y, en consecuencia, se inició el servicio comercial, que se prestó durante toda la noche para continuar, con toda normalidad, el domingo siguiente.
Las estaciones de la nueva línea 3 mantienen el diseño realizado por Norman Foster para el ferrocarril metropolitano de Bilbao. Fotografía de Juanjo Olaizola

En sus discursos, las autoridades presentes anunciaron que las previsiones apuntaban que la nueva línea sería utilizada diariamente por al menos 16.000 personas, cifra que, ciertamente, se alcanzó a los pocos meses de actividad. De hecho, cuando el 26 de enero de 2018 la empresa operadora, Euskotren, anunció los resultados del servicio desde la fecha de inauguración hasta el 31 de diciembre anterior, el balance era de 4,32 millones de viajes registrados en las diferentes estaciones de la línea 3, con una media diaria de 16.200 usuarios. Además, a lo largo del tiempo, esta cifra no ha hecho sino experimentar una constante mejoría y en octubre de 2019, cuando apenas habían transcurrido dos años y medio desde la apertura, esta media diaria se situó ya en los 24.998 pasajeros. Aunque la situación actual de confinamiento ha mermado radicalmente estas cifras, no cabe duda que en cuanto ésta se supere, los viajeros volverán a llenar los trenes de la línea 3.
Vista de los andenes de la estación de Uribarri. Fotografía de Juanjo Olaizola

Zorionak pues a todos los bilbaínos y etxebarritarras, pero también a los residentes en el Txorierri, Gernika, Bermeo, el Durangesado e incluso Ermua, Eibar y otras localidades guipuzcoanas a las que llega el influjo de esta nueva infraestructura, ya que ésta ha integrado los históricos ferrocarriles de Bilbao a Lezama y a Donostia, multiplicando sus positivos efectos por todo el territorio.

martes, 7 de abril de 2020

EL TRABAJO DEL FOGONERO EN LA POSGUERRA


Las locomotoras "Santa Fe" llegaban a quemar más de dos toneladas de carbón por hora. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


El trabajo que desarrollaban los fogoneros de Renfe en la posguerra española era uno de los oficios más duros de la época, ya que a la penosidad propia de este trabajo; alimentar de combustible la caldera, vigilar constantemente que se mantuviera el nivel de agua y la presión necesaria en todo momento, aprovechar las paradas para reponer el agua del ténder y lubricar cajas de grasa y cojinetes, así como un sinfín de actividades precisas para mantener la locomotora en perfectas condiciones, se unían los problemas derivados por la mala calidad de los carbones disponibles, lo que provocaba un significativo aumento del trabajo, tanto a la hora de palear como a la de limpiar las escorias e incrustaciones que se formaban en el emparrillado, dificultando el paso del aire y la adecuada oxigenación de la combustión.

Evidentemente, no era lo mismo palear algunas de las escasas 23.398 toneladas de carbón alemán que dispuso Renfe en 1944, de características ligeramente inferiores a las hullas británicas que España recibía antes de la guerra y cuyos análisis indicaban que proporcionaba una medida de 7.946 calorías con un porcentaje de cenizas del 7,82%, que consumir menudos de Puertollano, que solamente ofrecían 5.909 calorías y un nivel de cenizas del 25,36%. Sencillamente, para obtener la misma vaporización, hacía falta palear al menos un 34% más de combustible. Además, en el primer caso, apenas era necesario limpiar sobre la marcha el emparrillado de las cenizas y consiguientes incrustaciones que se formaban en el emparrillado, mientras que en el segundo, con un 25,36% de cenizas, este duro trabajo, moviendo grandes y pesados barrones para rascar su superficie, era agotador. Claro que, peor tenía que ser quemar alguna de las 39.463 toneladas de briquetas que, a falta de brea, se aglomeraron dicho año con cemento.

Naturalmente, tampoco era lo mismo trabajar en una locomotora de pequeñas dimensiones realizando maniobras o arrastrando trenes de corto recorrido, que remolcar pesados mercantes o prestigiosos trenes de viajeros. A estos últimos se reservaban los carbones de mejor calidad, como las hullas alemanas antes citadas. De este modo, las magníficas «montaña» de la serie 4600 de Norte, que remolcaban el Sudexpreso en los 339 kilómetros que separan Ávila de Miranda de Ebro en un tiempo de 5 horas y cuarto (velocidad comercial de 58,9 km/h y velocidad media, descontando las paradas, de 64,57 km/h), consumían una media de 23,48 kilogramos por kilómetro, lo que suponía cargar en su hogar 1.402 kilogramos por hora. Si se tiene en cuenta que con cada palada se cargaban unos 6 kilogramos, durante el trayecto el fogonero debía realizar esta operación 234 veces por hora, o lo que es lo mismo, palear 4 veces por minuto. En todo caso, estamos hablando de consumos medios que, en el caso de este tren, debían ser algo inferiores, aproximadamente de unos 20 kilogramos del mejor carbón por kilómetro, lo que representaría un consumo final en el trayecto de 6.780 kilogramos, apurando la capacidad de 7.000 kilogramos de carbón del ténder de estas magníficas locomotoras.

En todo caso, el Surexpreso era la gran excepción. Lo habitual en la España de la posguerra eran los trenes lentos y alimentados con carbón de bajo poder calorífico y exceso de cenizas y volátiles que multiplicaban el trabajo del fogonero, incluso en las locomotoras de vapor más modernas y eficientes disponibles en el parque de Renfe, como es el caso de las míticas«Santa Fe». Cubrir con estas impresionantes máquinas los 51 kilómetros que separan las estaciones de Ponferrada y Brañuelas, a través de la difícil rampa del mismo nombre, exigía en las mejores condiciones no menos de dos horas y cuarto, con una velocidad media de tan solo 22,6 kilómetros por hora. Aunque el promedio de consumo de carbón de estas locomotoras en 1944 fue de 56,63 kilogramos por kilómetro, en una rampa de estas características éste se podía disparar fácilmente hasta los 100 kilogramos por kilómetro, lo que representaría un consumo por hora de 2.260 kilogramos, es decir, palear más de 5 toneladas, ¡más de la mitad de la capacidad del ténder! en este breve trayecto de medio centenar de kilómetros, en el que el fogonero debería de palear en más de 376 ocasiones por hora, es decir más de 6 paladas por minuto. Evidentemente, el trayecto de regreso, la ley de la gravedad contribuiría a reducir el consumo a unos10 ó 12 kilogramos por kilómetro.


 

viernes, 3 de abril de 2020

DE BILBAO A LEZAMA, 125 AÑOS SOBRE CARRILES (Y III)


Imagen del tranvía en su ascenso a Begoña. Fotografía de Jeremy Wiseman

El tranvía a Begoña

La construcción del nuevo túnel de Artxanda supuso desviar el trazado del ferrocarril de Lezama, de modo que quedó desatendida la antigua estación de Begoña, en aquella época un municipio independiente de Bilbao, pero con un notable núcleo de población y una importante actividad comercial, agrícola e industrial.

Para que la populosa república de Begoña no quedara aislada, la Compañía del Ferrocarril de Bilbao a Lezama estudió la posible implantación de una nueva alternativa ferroviaria de montaña: un tren de cremallera. La iniciativa, propuesta en 1905, consistía en un nuevo trazado que partiría desde la propia estación de Bilbao-Calzadas para ascender, bordeando los antiguos viñedos de txakolí sobre los que en la actualidad se asienta el barrio de La Cruz hasta las Calzadas de Mallona. Desde este punto, la vía seguía la histórica calzada hasta llegar a la explanada de la basílica de Begoña, donde concluía su breve y vertiginoso recorrido de tan solo 657,91 metros, junto a la fuente del León.

El proyecto, redactado por el Ingeniero Julián Soriano, preveía la explotación con tracción eléctrica, mediante automotores de dos ejes y sus respetivos remolques, así como el uso de la cremallera sistema Abt. El diseño de los vehículos era similar al de los tranvías eléctricos y, de hecho, la propuesta tenía muchos aspectos en común con el único tranvía eléctrico de este tipo que ha existido en España; el que facilitaba el acceso a la Alhambra de Granada, inaugurado pocos años después, en concreto, el 22 de diciembre de 1907.
Plano del enlace del tranvía de Begoña con la red de tranvías urbanos de Bilbao. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Finalmente, este tranvía de cremallera de Bilbao a Begoña no llegó a materializarse. La tracción eléctrica había adquirido el suficiente desarrollo tecnológico como para garantizar la subida y bajada de los vehículos por el antiguo trazado ferroviario a Lezama. En consecuencia, la compañía ferroviaria optó por aprovechar la abandonada explanación hasta el viejo cementerio de Begoña para, tras rodearlo, dirigirse hasta la fuente del León. Esta opción simplificaba sobremanera la implantación de la vía, al no tener que expropiar terrenos y, además, facilitaba la conexión con los tranvías urbanos de Bilbao. De hecho, aunque la nueva línea fue construida por la Compañía del ferrocarril de Bilbao a Lezama, esta sociedad acordó con los gestores de los tranvías de la ciudad, la Compañía Vizcaína de Electricidad, filial, a su vez, de la firma belga Tramways et Eléctricité, el arriendo de su explotación.

La transformación del viejo trazado en tranvía eléctrico fue autorizada por el Ministerio de Fomento mediante una Real Orden promulgada el 17 de enero de 1912. Las obras de adaptación se desarrollaron con rapidez, ya que la nueva línea de tranvías fue inaugurada el 30 de octubre del mismo año. La longitud total del trayecto era de 1.838,10 metros, de los que 1.233,88 correspondían a la antigua traza ferroviaria, otros 337,72 a la prolongación desde las inmediaciones de la antigua estación de Begoña hasta la fuente del León y los restantes 266,5 a la vía de enlace con la red del tranvía urbano en la plaza del Instituto, actual plaza Unamuno.
Llegada del tranvía a Begoña. Fondo Albert González Masip. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En lugar de explotar aisladamente esta línea, Tramways et Electricité optó por integrarla con la que se dirigía hasta el final de la Gran Vía. De este modo, durante muchos años este itinerario fue conocido como la línea Nº 11 «Misericordia-Begoña», hasta su definitiva clausura el 1 de junio de 1955. Aunque se llegó a redactar un proyecto para su conversión en trolebús, éste nunca llegó a realizarse.

 



 

miércoles, 1 de abril de 2020

DE BILBAO A LEZAMA, 125 AÑOS DE HISTORIA SOBRE CARRILES (II)



EMILIANO OLANO LOIZAGA

El primer presidente del Consejo de Administración de la Compañía del Ferrocarril de Bilbao a Lezama fue el empresario y político bilbaíno Emiliano Olano Loizaga. Nacido en la capital vizcaína el 20 de julio de 1850, sus padres, José Antonio Olano Iriondo y Juliana Loizaga Aldama, estaban vinculados al comercio y los negocios navieros de la villa.

 Introducido en los negocios familiares desde muy joven, en 1882 figura ya junto a su padre, y también con otros empresarios más tarde vinculados al ferrocarril de Lezama como los Chávarri, entre los fundadores de la empresa siderúrgica La Vizcaya, con altos hornos en Sestao, una de las tres sociedades que en 1902 darían lugar a la creación de la compañía siderúrgica privada más importante en la historia de nuestro país: Altos Hornos de Vizcaya.Asimismo, fue uno de los principales promotores de la constitución de la Bolsa de Bilbao.

Emiliano Olano participó en numerosos negocios navieros e industriales, como la ya citada La Vizcaya o la sociedad de seguros La Aurora. También colaboró con su hermano José Enrique, futuro primer conde de Figols, en diversas iniciativas mineras e industriales en Catalunya. Asimismo, junto al de Lezama, también participó en otras iniciativas ferroviarias, entre las que destaca el tren de La Robla.

El 26 de diciembre de 1893, cuando apenas llevaba unos pocos meses en la presidencia del ferrocarril de Bilbao a Lezama, Emiliano Olano fue nombrado alcalde de Bilbao, cargo que ostentaría hasta 1897. Durante su mandato, impulsó la construcción y mejora de la red de saneamiento y abastecimiento de aguas de la villa, hasta entonces foco de insalubridad y epidemias. El 28 de marzo de 1895, tras el visto bueno de la corporación municipal, de la Jefatura de Obras Públicas y de la Junta de Obras del Puerto, logró que el gobierno aprobara el proyecto de saneamiento presentado por Recaredo Uhagón, que, a través de una nueva red de alcantarillado, conduciría hasta Punta Galea los vertidos urbanos de las poblaciones de la ría. De aquella época se conserva en Elorrieta, como pieza histórica, una magnífica máquina bombeadora de aguas impulsada por vapor.

Emiliano Olano también impulsó la mejora de las comunicaciones de Bilbao, con la ampliación del puente del Arenal, el principal de la villa, y la mejora de los caminos a La Peña, Atxuri, Miraflores, Basurto, Olabeaga y Zorrotza. Asimismo, levantó notable polémica en la capital vizcaína la concesión de una jugosa subvención al ferrocarril de Bilbao a Santander, propiedad de sus consocios, los Chávarri, para que pudieran prolongar su línea hasta el corazón de la ciudad, donde levantaron la elegante estación de Bilbao-Concordia.

El ambiente poco saludable del Bilbao industrial de finales del siglo XIX, marcado por el hacinamiento de sus pobladores en un clima irrespirable por los humos que constantemente emanaban de las chimeneas de sus factorías, provocaron en la época en la que Emiliano Olano dirigió el consistorio de la villa graves problemas, entre los que destacó el rápido incremento de la mortalidad infantil. Para intentar atajarlo, Emiliano Olano impulsó la implantación de un estricto reglamento de higiene, la aplicación del suero antidiftérico y a la mejora de los servicios sanitarios de la ciudad.

Fue en el marco de los problemas sanitarios de la ciudad en la que se circunscribió también la construcción de un nuevo cementerio alejado del casco urbano. Como se ha visto, la operación concluyó con la compra de los terrenos que el propio ferrocarril de Bilbao a Lezama, presidido por Olano, había ofrecido al consistorio de la villa, presidido también por Olano…

Emiliano Olano falleció en Burgos el 22 de septiembre de 1930.

 

lunes, 30 de marzo de 2020

DE BILBAO A LEZAMA, 125 AÑOS DE HISTORIA SOBRE CARRILES (I)


Estación de Bilbao-Calzadas, punto de origen del ferrocarril a Lezama. En la actualidad, este histórico edificio alberga el Museo de Arqueología de Bizkaia. Fotografía de Juan Bautista Cabrera. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La línea 3, con apenas 3 años de existencia, es la más moderna de las que componen la red del ferrocarril metropolitano de Bilbao. Sin embargo, desde su inauguración el 8 de abril de 2017 integró en su servicio una de los servicios de vía métrica más veteranos de Euskadi: el tren de Bilbao a Lezama, cuya construcción culminó hoy hace exactamente 125 años; el 30 de marzo de 1895.

Las primeras noticias sobre la construcción de un ferrocarril que comunicase Bilbao con las vecinas anteiglesias de Begoña, Derio, Zamudio y Lezama se remontan al año 1886, aunque la preceptiva concesión gubernamental no fue otorgada a Juan de Urrutia y Burriel hasta el 17 de febrero de 1891. El Pliego de Condiciones de la citada autorización indicaba que las obras se ejecutarían según el proyecto aprobado por la Real Orden de 30 de abril de 1890 que implicaba establecer estaciones en Bilbao, Begoña (apeadero), Artxanda (apeadero), Derio, Zamudio (apeadero) y Lezama.
Primitiva vista de la estación de Bilbao-Calzadas. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un trazado al límite

El trazado de la línea concedida a Juan de Urrutia era particularmente accidentado, ya que para ascender de la estación terminal de Bilbao, situada en la Plaza del Instituto, junto a las Calzadas de Mallona, de ahí que reciba el nombre oficial de Bilbao­Calzadas, hasta Artxanda, era necesario construir un duro y sinuoso trazado que en los primeros proyectos estaba previsto que tuviera rampas de hasta el 7%, prácticamente insalvables para un ferrocarril convencional con tracción vapor, todo ello con el fin de reducir al máximo la realización de grandes obras de fábrica. Claro está, lo mismo sucedía en el vertiginoso descenso hasta Derio. En principio, el túnel situado en la coronación de la vía tendría una longitud de tan sólo 330 metros.
Fotografía de la locomotora de vapor “Bilbao”, una de las tres suministradas por Krauss (Munich), en 1894 al ferrocarril de Bilbao a Lezama. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Ante la extrema dificultad que presentaba el recorrido, en el replanteo del proyecto se modificó el trazado por otro algo más favorable que, no obstante, presentaba rampas de hasta el 4%, es decir, el doble del máximo habitual en las vías férreas convencionales. Ante la falta de los recursos financieros necesarios para acometer obras de mayor envergadura, se rechazó la posibilidad de construir un túnel a menor cota, que habría evitado tan duras rampas y pendientes, pero que multiplicaría su longitud y su coste. Al respecto, sus promotores afirmaron:

Podría rebajarse la pendiente perforando la montaña por más abajo del punto en que hoy la atravesamos, pero además de ocasionar una longitud mucho mayor en el túnel y, por consiguiente, mayor costo, quitaría al ferrocarril gran parte del atractivo que ha de ofrecer a la muchísima gente que por recreo subirá a la montaña como punto de vista panorámico y paseo deliciosos, pues desde allí no sólo se domina toda la población sino una extensión considerable que abarca hasta el mar, presentando un golpe de vista imponderable.


Finalmente, las mejoras introducidas en el proyecto implicaron la construcción de un túnel inicialmente no previsto, de 157 metros, entre Bilbao y Begoña, así como incrementar la longitud del situado en la divisoria, que pasó a alcanzar los 445 metros. Según la prensa de la época, esta última galería quedó perforada el 21 de marzo de 1891.

Un viaje al más allá

Apenas habían transcurrido dos días cuando el Ayuntamiento de Bilbao, que había abierto un concurso público con el propósito de adquirir terrenos para construir un nuevo cementerio, aceptó la oferta presentada por los promotores del ferrocarril de Lezama, dispuestos a regalar al consistorio la superficie precisa en las inmediaciones de la futura estación de Derio. De este modo, la empresa ferroviaria se garantizaba una notable demanda tanto en el transporte de difuntos como el de los deudos y allegados que les acompañasen en el viaje a su última morada.

Estaba muy avanzada la construcción del ferrocarril cuando el 28 de marzo de 1893 se constituyó en Bilbao, con un capital social de 500.000 pesetas, la Compañía del Ferrocarril de Bilbao a Lezama, a la que Juan de Urrutia traspasó la concesión. Entre los principales accionistas de la nueva empresa ferroviaria se encontraban destacadas personalidades del mundo financiero e industrial de la época como los hermanos Víctor y Benigno Chávarri, Francisco Martínez Rodas,Federico Solaegui, Casilda Iturrizar y Emilio Olano, quien fue elegido presidente de la sociedad.

El avance de las obras permitió que el 2 de mayo de 1894 pudiera entrar en servicio la primera sección de la línea, entre la estación de Begoña y Lezama, ya que en retraso en las obras del nuevo túnel previsto en el tramo hasta Bilbao y, sobre todo, en las de la estación terminal de las Calzadas, impidió que se pudiera abrir a tiempo esta última sección.
Dramática imagen del descarrilamiento que tuvo lugar en las proximidades de la estación de Begoña el 7 de julio de 1894. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Lamentablemente, la belleza del paisaje que recorría el pequeño tren no fue capaz de ocultar las graves carencias de su durísimo trazado. Apenas habían transcurrido dos meses desde la inauguración cuando un trágico accidente tiñó de luto las laderas de Artxanda. El 7 de julio de 1894, a las ocho y media de la mañana, salía de Lezama un tren arrastrado por la locomotora de vapor «Lezama» que remolcaba tres coches de viajeros y un furgón. En las canteras de San Roque añadieron al convoy tres vagones cargados con 18 toneladas de piedra. Viajaban en el tren 34 personas, la mayoría baserritarras que bajaban a vender sus productos en Bilbao, así como un total de cuatro ferroviarios.

Iniciado el descenso desde Artxanda, el maquinista se percató de que no podía dominar el tren debido a la fuerte pendiente del trazado en su tramo final. Las crónicas cuentan que «los viajeros, advertidos del peligro, gritaban aterrorizados, intentando arrojarse por ventanillas y portezuelas». Poco después descarrilaba el tren, rodando por una zanja de tres metros de altura. El coche de primera quedó debajo del furgón de cola y los demás con las ruedas hacia arriba…El trágico balance fue de 13 muertos y 18 heridos, entre éstos el maquinista que, aferrado a la manivela del freno, quedó bajo la locomotora. El fogonero murió abrasado.

Pese a tan grave accidente, las obras del ferrocarril de Lezama prosiguieron su curso, lo que permitió que el 30 de marzo de 1895 entrara en servicio la sección comprendida entre la estación provisional de Begoña y la definitiva terminal de Bilbao-Calzadas.

Ruina y renacimiento

Tras la completa inauguración del servicio, pronto se pudo comprobar que la demanda no era suficiente para garantizar una mínima rentabilidad a la inversión realizada. Además, el nuevo cementerio de Vista Alegre todavía tardó varios años en entrar en servicio, ya que las importantes obras para el acondicionamiento de los terrenos cedidos por el ferrocarril de Lezama al Ayuntamiento de Bilbao retrasaron su definitiva inauguración hasta el 27 de abril de 1902. En consecuencia, la empresa ferroviaria ni siquiera podía disfrutar del potencial de tráfico de esta importante instalación y la explotación fue siempre deficitaria, pese a que sus rectores redujeron los gastos a la mínima expresión. Con el paso del tiempo, la falta de mantenimiento se hizo cada vez más patente y a medida que coches, vagones o locomotoras se averiaban, quedaban apartados del servicio sin que hubiera medios para sufragar sus reparaciones. Para colmo de males, el 4 de octubre de 1901 estalló en la estación de Bilbao la caldera de la locomotora Nº 2 "Begoña", la única que le quedaba operativa a la compañía, lo que obligó a suspender el servicio ante la falta de material motor.
En 1908 se construyó un nuevo trazado, con el que se eliminaron las duras rampas del paso del monte Artxanda con la construcción de un túnel de 1.350 metros de longitud. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Ciertamente, ante el mal resultado de esta línea en sus pocos años de explotación no parecía lógico albergar demasiadas expectativas sobre su futuro, pero en contra de cualquier pronóstico, sus propietarios no solo decidieron recuperar la explotación, sino también invertir grandes sumas para la construcción de una gran variante de trazado que, por una parte, permitiría eliminar la difícil subida y bajada del monte Artxanda y, por otra, acortaría el trayecto total en varios kilómetros. Para ello se solicitó al gobierno la oportuna autorización, refrendada por una Real Orden promulgada el 29 de octubre de 1902.

El proyecto aprobado por el gobierno suponía una transformación radical del primitivo ferrocarril de Lezama, del que únicamente se aprovecharían los 4.668 metros finales de su trazado, desde poco antes de llegar a la estación de Derio hasta la estación del barrio de La Cruz, a las afueras de Lezama. Los restantes 10,2 kilómetros quedarían al margen, al ser sustituidos por una variante de trazado de 7.167 metros que incluía la perforación de un nuevo túnel de 1.350 metros bajo el monte Artxanda, a una cota lo suficientemente baja, y que, unido a la construcción de otras tres galerías de 799, 134 y 72 metros de longitud, respectivamente, limitó las mayores rampas a tan solo 16,9 milésimas, notablemente más suaves que la brutal ascensión y el consiguiente descenso original. En consecuencia, el 65% de los 11.834 metros a los que quedaría reducida la línea serían de nueva construcción.
Locomotora de vapor “Derio”, adquirida a Krauss en 1908 para reforzar el servicio tras la reapertura del ferrocarril de Lezama. Fotografía de Frank Jones. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Una vez autorizado el nuevo trazado, se emprendieron las obras que, el 3 de marzo de 1905, vivieron una brillante jornada, al encontrarse las dos galerías con las que se había afrontado la perforación del gran túnel de Artxanda. Sin embargo, la puesta en servicio de la nueva vía todavía se hizo esperar, ya que fue preciso realizar trabajos de importancia en la destroza y definitiva consolidación de la galería y sus accesos, así como la construcción de nuevas estaciones en el Matadero (más tarde renombrada Ciudad Jardín) y La Ola, además de recibir nuevo material móvil, entre el que destacaba una locomotora de vapor bautizada con el nombre de «Derio». Finalmente, la gran variante de Artxanda entró en servicio el 31 de octubre de 1908, víspera de la festividad de Todos los Santos, día especialmente indicado para inaugurar los servicios funerarios de la empresa, que incluían la incorporación de nuevos coches fúnebres y la implantación de capilla ardiente en la estación de Calzadas. Poco después, el 23 de junio de 1909 se inauguró un ramal desde Berreteaga a la estación de Sondika, que permitió establecer trenes directos a Mungia desde la bilbaína estación de Calzadas.
En 1909 el ferrocarril de Lezama enlazó con el de Lutxana a Mungia con la construcción de un pequeño ramal a Sondika. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

Una nueva explotación, no exenta de sobresaltos

Tras la inauguración del nuevo trazado, el ferrocarril de Bilbao a Lezama retornó al servicio, sin que sus resultados alcanzasen nunca unas cifras prometedoras, pese al éxito de sus trenes fúnebres al camposanto de Derio. Aunque sus promotores intentaron ampliar el recorrido, hasta el corazón de Lezama, ya que la línea se quedaba en las afueras de esta localidad vizcaína, y prolongar la vía hacia Larrabetzu e incluso a Bermeo, ninguno de estos proyectos llegó a materializarse.
Durante la guerra civil, la locomotora “Aurrera” de los Ferrocarriles Vascongados trabajó en el ferrocarril de Lezama. En la actualidad, esta locomotora sigue prestando servicio en el Museo Vasco del Ferrocarril. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Como otros ferrocarriles del entorno, durante la Guerra Civil el de Lezama fue incautado por el Gobierno Vasco, siendo operado por su organización “Ferrocarriles de Euzkadi” hasta la caída de Bilbao en manos franquistas el 19 de junio de 1937. Reintegrado a sus propietarios, éstos mantuvieron la explotación hasta el 1 de julio de 1947, fecha en que la línea se integró en una nueva empresa, Ferrocarriles y Transportes Suburbanos, de la que también formaban parte otros trenes de cercanías de la zona como el de Bilbao a Plentzia, el de Lutxana a Mungia y el de Matiko a Azbarren.
Coche B-1, construido en los años cuarenta en los propios talleres del ferrocarril de Bilbao a Lezama. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En 1950 Ferrocarriles y Transportes Suburbanos de Bilbao electrificó el ferrocarril de Lezama. Años más tarde, el primero de abril de 1969, un corrimiento de tierras en las proximidades de Bilbao interrumpió el servicio entre las estaciones de Bilbao-Calzadas y Ciudad Jardín, obligando a los viajeros a realizar un incómodo trasbordo desde esta última a la estación de Matiko para poder llegar al centro de Bilbao. Entre tanto, la situación económica de la empresa concesionaria se fue deteriorando hasta el punto en que el 15 de diciembre de 1977 renunció a la explotación de sus líneas.
En 1950, Ferrocarriles y Transportes Suburbanos electrificó la línea de Bilbao a Lezama. Fotografía de Jean-Henry Manara

Un año más tarde, todas las líneas de los Suburbanos de Bilbao, incluido el ferrocarril e Lezama, fueron transferidos al Consejo General Vasco, embrión del actual Gobierno Vasco que, en 1982 crearía la sociedad pública Euskotren para la explotación de sus servicios ferroviarios.
Un grave desprendimiento interrumpió el servicio ferroviario entre Bilbao-Calzadas y Ciudad Jardín entre 1969 y 1986. Tren abandonado en la primera de las estaciones. Fotografía de Jean-Henry Manara

Una de las primeras actuaciones realizadas por Euskotren para mejorar el servicio en el ferrocarril de Lezama fue la recuperación del servicio entre Bilbao-Calzadas y Ciudad Jardín, suspendido desde 1969. El 28 de noviembre de 1986 se procedió a la reapertura de este trayecto que mejoró la accesibilidad de sus viajeros al centro de la capital vizcaína. Posteriormente, se realizaron más obras de mejora, como la construcción de las nuevas estaciones de Sondika, Elotxelerri y Derio, aunque, sin duda, la actuación más relevante fue la ansiada prolongación de las vías hasta el corazón de Lezama, inaugurada el 28 de septiembre de 1994.
En 1994 Euskotren festejó el centenario del ferrocarril de Lezama con un tren especial remolcado por la locomotora de vapor “Aurrera”. Fotografía de Pedro Luis Laborda

Euskotren, como operadora del servicio, y Euskal Trenbide Sarea como titular de las infraestructuras, han mejorado progresivamente las infraestructuras y el material móvil del histórico ferrocarril de Lezama que, integrado en la nueva línea 3, nada tiene que envidiar, pese a su veteranía, a los más modernos ferrocarriles metropolitanos del mundo.
Desde 2017, el tren de Lezama forma parte de la línea 3 del ferrocarril metropolitano de Bilbao, operado por Euskotren. Archivo ETS/RFV

sábado, 28 de marzo de 2020

UN VIAJE DE ESTUDIOS



En 1896 la Compañía del Tranvía de San Sebastián aprobó electrificar su red. La iniciativa era verdaderamente novedosa, ya que en aquel momento, en España únicamente empleaba este sistema de tracción la línea de Bilbao a Santurtzi. En consecuencia, los rectores de la empresa donostiarra intentaron asesorarse al máximo sobre esta tecnología y, antes de tomar una decisión definitiva, decidieron enviar al vocal del Consejo de Administración Justo Sansinenea y al secretario de este órgano rector, Blas de Escoriaza, a un viaje de estudios por Europa para conocer de primera mano las principales experiencias en materia de tranvías eléctricos realizadas en el continente.

Justo Sansinenea y Blas de Escoriaza partieron el 13 de agosto de 1896 de los andenes de la estación del Norte para visitar la instalación que había efectuado Thomson-Houston en el tranvía de Burdeos a Bouscat, tranvía dirigido por el ingeniero donostiarra Carlos Goenaga.

En su estancia en Burdeos, y ante los resultados de los tranvías de la capital de Aquitania, los delegados de la Compañía del Tranvía se convencieron de las ventajas de establecer una central térmica para generar el fluido necesario para el servicio, solución que se consideró más económica que el aprovechamiento de algún salto de agua, ya que esta última solución exigiría la construcción de una línea de transporte de fuerza y una central trasformadora. Además, el suministro no estaría sometido a la menor producción en periodos de estiaje que, por regla general, coincidían con el verano, precisamente la época en la que los tranvías donostiarras registraban mayor demanda. Asimismo, desecharon la opción de contratar el suministro con una empresa local, que provocaría una situación de dependencia que podía limitar su libertad de acción. Por otra parte, en aquel momento, las pocas empresas eléctricas que operaban en la capital guipuzcoana no tenían capacidad suficiente para atender la demanda que generarían los tranvías.

Una vez visitada la red bordelesa, los dos delegados de la Compañía del Tranvía se dirigieron en tren a París, donde pudieron conocer de primera mano los diversos sistemas de tracción mecánica en servicio en la capital francesa. Primero, visitaron algunas líneas operadas con tranvías de vapor sistema Serpollet y, a continuación, redes de tranvías eléctricos que funcionaban, tanto mediante baterías de acumuladores como por toma exterior de corriente y, en este último caso, bien por línea aérea, bien por conducción subterránea.

Los delegados de la Compañía del Tranvía consideraron que los tranvías de vapor no resultaban de interés «por su enorme coste de tracción y por la suciedad que dejan en la proximidad de los rails, a manera de un reguero de grasa paralelo a la vía, que en una población que se precia de tan limpia como San Sebastián no sería tolerado». En cuanto a los tranvías de acumuladores, tras montar en ellos, consideraron que el viaje resultaba muy molesto debido a las grandes trepidaciones del coche provocadas por el peso excesivo de las baterías, algo que «si en París es admisible por haber público para todo, no se soportaría en San Sebastián». Además, el coste del coche-kilómetro, de 0,36 francos, era superior al que generaba el motor de sangre en la capital guipuzcoana. Por último, el coste de instalación de la alimentación subterránea era muy elevado y eran frecuentes las pérdidas de fuerza e incluso las interrupciones del servicio por filtraciones de agua, sobre todo con motivo de fuertes lluvias.

Desde París, los delegados de la Compañía del Tranvía se dirigieron a Lyon, donde pudieron conocer de primera mano los tranvías a Oullins y a Saint Fous, implantadas por la firma Thomson-Houston, así como las líneas a Ecully y de Saint Just a Saint Foy, cuya electrificación había realizado la Compagnie de l’Industrie Electrique de Genève. En todas ellas tomaron buena nota de las características del servicio de transporte, tanto de viajeros como de mercancías, incluido el de tranvías fúnebres en los que se trasladaban a los difuntos y sus comitivas de deudos y allegados hasta el cementerio de Saint Foy. Además, también se interesaron sobre el negocio complementario de venta del excedente de energía generada a particulares, cuya implantación en San Sebastián podría generar una interesante fuente de ingresos. Sobre todos estos temas trataron largamente con el director de la explotación, el ingeniero Jean-Louis Berthet, persona que, pocos años más tarde, cobraría notable protagonismo en la historia del tranvía donostiarra, ya que en septiembre de 1900 se convertiría en su director.

Tras visitar Lyon, los Juan Sansinenea y Blas de Escoriaza se dirigieron a Ginebra, donde pudieron visitar las realizaciones de la la Compagnie de l’Industrie Electrique de Ginebra, y la más reciente de las realizaciones de esta sociedad, la electrificación de los tranvías de Lausanne, a cuya inauguración, celebrada el 1 de septiembre de 1896, tuvieron ocasión de asistir como invitados. Además de analizar con detalle las nuevas instalaciones, los delegados de la Compañía del Tranvía de San Sebastián se sorprendieron gratamente al comprobar la facilidad con la que los nuevos vehículos ascendían por las fuertes rampas que caracterizan las calles de esta ciudad.

Una vez concluida la visita a Suiza, los delegados de la Compañía del Tranvía de San Sebastián retornaron a la capital guipuzcoana el 10 de septiembre de 1896, un viaje de casi un mes de duración que dio como fruto un extenso informe; Historial del viaje al extranjero por los delegados del Consejo, conservado en el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren, en el que se detalla todo el periplo y las enseñanzas adquiridas durante el mismo. Poco después, con todo lo aprendido, se procedió a la contratación de toda la electrificación con la Compagnie de l’Industrie Electrique de Ginebra, empresa que realizó la instalación en un tiempo récord, ya que en tan solo un año la puso en servicio.

 


miércoles, 25 de marzo de 2020

UNA LOCOMOTORA ÚNICA


Fotografía de la locomotora 140-2438, en la que destaca la extraña forma de su caja de humos, preparada para encabezar un servicio por la línea de Ariza. Fotografía de John Blyth. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril




Un simple vistazo a la locomotora que protagoniza esta imagen permite suponer que no se trata de cualquier máquina. Por el contrario, es un prototipo único, no solo en España sino en todo el mundo: una locomotora de vapor dotada con una innovadora caldera Reggiane-Crosti.

Esquema del prototipo construido por Attilo Franco en Bélgica. Dibujo de Pedro Pintado Quintana
 
En 1913, un ingeniero italiano, Attilo Franco, centró sus estudios en diseñar una caldera que pudiera aprovechar la alta temperatura de los gases que las locomotoras de vapor vertían por su chimenea a la atmósfera inútilmente, para precalentar el agua de la caldera. Su trabajo tardaría años en dar sus frutos, ya que no fue hasta 1932 cuando pudo construir en Bélgica una gigantesca y estrafalaria máquina en la que aplicó sus principios.
Vista lateral de la locomotora 743.191 de la Ferrovie dello Stato, dotada de una caldera sistema Franco-Crosti. Fotografía de Bernhard Studer
 
Attilio Franco falleció en 1935, pero uno de sus colaboradores, Piero Crosti, continuó con el desarrollo de sus ideas, que culminaron en el diseño de una nueva caldera, la Franco-Crosti, que, aplicada a una locomotora de los ferrocarriles italianos, obtuvo un ahorro de combustible del 17,8%. A la vista de sus positivos resultados, la Ferrovie dello Stato decidió aplicar el sistema a diversas máquinas de su parque y, posteriormente, las calderas Franco-Crosti también serían montadas en locomotoras de los ferrocarriles alemanes, británicos e irlandeses.
Esquema publicado por The Railway Gazette del primer proyecto para adaptar precalentadores Franco-Crosti a una locomotora de la antigua serie 1400 de MZA. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril
 
España, que tras la Guerra Civil vivió una notable penuria de combustibles, pronto se interesó por las calderas Franco-Crosti y en 1946 Renfe comenzó a valorar la posibilidad de su aplicación en nuestro país. Sin embargo, el proceso de contratación de los nuevos equipos se dilató en exceso y, mientras tanto, Piero Crosti había rediseñado por completo todo el sistema, solucionando uno de los mayores inconvenientes del mismo: la situación del escape justo delante de la cabina de conducción, con lo que dificultaba la visión del maquinista sobre la vía y, además, provocaba la entrada de grandes cantidades de humo en su puesto de trabajo. Este nuevo desarrollo se realizó en colaboración con la firma Officine Meccaniche Reggiane, por lo que recibió el nombre de Reggiane-Crosti y, gracias a la recirculación de los gases a través del nuevo precalentador, el escape podía situarse en la ubicación habitual de la chimenea de las locomotoras de vapor.
Vista de la caldera con precalentador Reggiani-Crosti instalada en la locomotora 140-2438 de Renfe. Archivo EuskoTren/Museo Vasco del Ferrocarril
 
La caldera Reggiane-Crosti contratada por Renfe fue construida en los Talleres Vulcano de Vigo y colocada en la locomotora 140-2438. El 29 de octubre de 1959 se iniciaron las primeras pruebas y, poco después, fue destinada al depósito de Valladolid, desde el que cubrió las diversas líneas que irradian desde la capital castellana, entre ellas, la de Ariza.
Fotografía oficial de la locomotora 140-2438 tomada en Vigo el día de su recepción provisional por parte de Renfe. 29 de octubre de 1959. Archivo de la Asociación de Vecinos de Teis (Vigo)
 
Renfe estudió detalladamente el rendimiento de la nueva caldera, constatando un ahorro de combustible de hasta el 18,5% respecto a locomotoras idénticas sin este dispositivo. Ante los buenos resultados, se llegó a valorar la adquisición de más calderas Reggiane-Crosti para montarlas en otras locomotoras similares o incluso en las entonces modernas "mikados". Sin embargo, el rápido declive que experimentó la tracción vapor en los años sesenta en favor de la eléctrica y, sobre todo, la diésel, impidieron que este prototipo único tuviera más descendencia. La 140-2438 se retiró del servicio tras el fin de la tracción vapor por carbón, en 1968, y poco después fue desguazada.
Espectacular doble tracción ofrecida por la 140-2438 a la Mikado 141-2240 en las proximidades de Viana de Cega. 3 de agosto de 1962. Fotografía de Harald Navé. Cortesía Maquetren