miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL "TOPO" CUMPLE UN SIGLO

Automotor Nº 8 del Topo fotografiado en la estación de Amara. Fotografía de Trevor Rowe

Hoy, 5 de diciembre de 2012, se cumple el primer centenario de la inauguración del ferrocarril de San Sebastián a la frontera francesa, popularmente conocido entre sus usuarios como el «Topo», debido al notable número de túneles que presenta su trazado. Ese día, la comitiva inaugural recorrió el trayecto comprendido entre la capital guipuzcoana y la villa de Irún, ya que para superar el Bidasoa y alcanzar territorio francés en la estación de Hendaya, todavía fue preciso esperar unos meses más, en concreto, hasta el 13 de julio de 1913.
El 13 de julio de 1913, el mismo día en que se inauguraba la prolongación del "Topo" hasta Hendaya, dos trenes colisionaron en las inmediaciones de la estación de Irún
 
Es preciso recordar que la alegría inicial suscitada por la culminación de la línea, pronto se vio empañada por el luto, ya que ese mismo 13 de julio de 1913, a las 16:30, dos trenes colisionaron frontalmente en las proximidades de la estación de Irún, con el trágico balance de siete muertos y veinte heridos graves. La desinteresada ayuda que prestaron los iruneses a las víctimas del accidente, impulsó al Rey Alfonso XIII a conceder a la localidad fronteriza, una semana más tarde, el título de «Muy Humanitaria».
 
Una historia difícil
 
La historia de este pequeño tren, el único de vía estrecha que ha traspasado las fronteras de nuestro país, ha sido especialmente compleja, al verse condicionada por factores como el elevado endeudamiento que exigió su construcción, el fracaso de sus objetivos iniciales, los cierres de la frontera provocados por guerras civiles y mundiales y, sobre todo, por la dura competencia que debió afrontar desde sus inicios en un corredor en el que, años antes de su inauguración, ya prestaban servicio los trenes de la Compañía del Norte y, también, el activo tranvía de San Sebastián a Rentería.
La Compañía del Norte cubría el trayecto entre San Sebastián e Irun desde 1863
 
El objetivo inicial del «Topo», y su lógica justificación en un corredor como el de San Sebastián a Irún, que ya contaba con un ferrocarril de ancho normal y doble vía, así como con un tranvía eléctrico en el tramo más densamente poblado y una carretera nacional de primer orden como la Nacional-1, era el de facilitar el enlace de la importante red ferroviaria de vía métrica que se había tejido a lo largo de la cornisa cantábrica los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, con la red ferroviaria francesa. Para ello, la poderosa Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, titular de la importante línea de Bilbao a San Sebastián, se había comprometido a financiar buena parte de la inversión necesaria para construir el ferrocarril a la frontera. Sin embargo, sus promotores no construyeron las instalaciones necesarias para atender el tráfico de mercancías previsto, lo que supuso la ruptura de las relaciones entre ambas empresas el incumplimiento de los compromisos financieros de los Ferrocarriles Vascongados y el inicio de los problemas económicos que, a lo largo de su etapa de gestión privada, marcaron el devenir del «Topo».
Obras de construcción del túnel Nº 2
 
En efecto, los promotores del «Topo», optaron por construir una línea diseñada específicamente para la prestación de un intenso servicio de cercanías, de forma análoga a la de los grandes ferrocarriles interurbanos norteamericanos. Así, el trayecto fue dotado desde sus inicios de tracción eléctrica, a la tensión de 600 voltios en corriente continua, lo que lo convirtió en la séptima electrificación ferroviaria de nuestro país. Esta apuesta por el transporte de viajeros contrastaba abiertamente con el desinterés mostrado hacia el tráfico de mercancías, ya que sus estaciones carecían de muelles para el servicio de mercancías y, en Hendaya, tan solo disponía de una vía para verificar el trasbordo de la carga de los vagones de vía estrecha a los de los ferrocarriles franceses, equipamiento completamente insuficiente para atender el tráfico internacional que podían generar los ferrocarriles de ancho métrico de la cornisa cantábrica.
Vista de la estación de Loyola, hace un siglo
 
Cuando apenas había transcurrido un año desde la conclusión de las obras, estalló la Primera Guerra Mundial, lo que dificultó el tráfico fronterizo entre la beligerante Francia y la neutral España, ya que las autoridades galas multiplicaron los controles aduaneros para evitar el paso de desertores o espías, la fuga de capitales o el contrabando de materias estratégicas. De hecho, en numerosas ocasiones se llegó al cierre completo de la frontera.
Vista del puente internacional del "Topo"
 
El estallido de la Guerra Civil en 1936, supuso un nuevo cierre de la frontera francesa, cierre que, en esta ocasión se prolongó durante doce largos años, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y el posterior bloqueo decretado por las democracias victoriosas contra el gobierno de Franco, debido a su vinculación con las potencias derrotadas en el conflicto. La situación no se normalizó hasta el 1 de marzo de 1948 cuando los trenes del «Topo» volvieron a rendir viaje en su modesta terminal de Hendaya.
Estación de Loyola, punto de enlace del "Topo" con el ferrocarril de Hernani. Se aprecia el monumento en homenaje a Placido Allende, principal promotor de esta línea. Fotografía de Christian Schnabel
 
Uno de los aspectos más singulares del «Topo» es el hecho de que el ferrocarril fronterizo fue un verdadero precursor de los modernos «tren/tram» que, en la actualidad, proliferan en Europa y del que Alicante representa el ejemplo más próximo. En efecto, en sus inicios, sus trenes circulaban a modo de tranvías, desde la donostiarra estación de Amara, hasta el centro de San Sebastián, recorriendo algunas de las principales arterias de la capital guipuzcoana. Este trayecto urbano, compartido con el ferrocarril de San Sebastián a Hernani, facilitaba el acceso de los viajeros hasta el corazón de la ciudad y su supresión en 1954, tras una arbitraria decisión del Ayuntamiento, supuso un duro golpe a la delicada economía de la empresa concesionaria, ya que la pérdida de centralidad de sus servicios le restó numerosos clientes.
Vista de un tren del "Topo" en la donostiarra calle Peñaflorida. Fotografía de G. Massino
 
Ante este cúmulo de circunstancias, la vida del «Topo» en los sesenta años en los que fue gestionado por la iniciativa privada no fue precisamente fácil. Su trazado, marcado por la sucesión de prolongados túneles, de donde precisamente viene su sobrenombre de «Topo», lo convirtió en la línea de vía estrecha más cara de España, con un coste por kilómetro superior a las 500.000 pesetas, más del doble de la cifra habitual en la construcción de esta clase de infraestructuras en aquella época. Además, la fuerte competencia del tren de vía ancha y del tranvía y, posteriormente, de los trolebuses de San Sebastián a Rentería, impidieron aplicar tarifas más remuneradoras. De este modo, pese a que la explotación del servicio aportó, la mayoría de las ocasiones, cifras positivas, el beneficio obtenido no resultaba suficiente para poder afrontar el pago de los abultados intereses y la amortización de la deuda contraída por sus promotores. En cuanto a los accionistas, su inversión solo se vio remunerada en una docena de ejercicios. Es decir, desde el punto de vista financiero, la construcción y explotación del ferrocarril de San Sebastián a la frontera fue, sencillamente, ruinosa.
Automotor del "Topo" fotografiado en la estación de Rentería. Archivo de César Mohedas
 
A pesar de estas difíciles circunstancias, la iniciativa privada explotó el «Topo» durante más de sesenta años, primero de la mano de la Compañía del Ferrocarril de San Sebastián a la frontera francesa y, a partir de 1923, por la Sociedad Explotadora de Ferrocarriles y Tranvías, cuyas iniciales, SEFT, fueron muchas veces traducidas entre sus usuarios por «Se Espera Fuerte Trompazo», dada la degradación que presentaban las instalaciones y el material móvil ante la imposible renovación, consecuencia de la maltrecha situación financiera de la empresa. Finalmente, el 29 de enero de 1973, sus promotores arrojaron la toalla optando por abandonar la ruinosa explotación y, aunque se llegó a plantear la creación de una cooperativa obrera de inspiración falangista, similar a la que en 1964 había asumido los transportes urbanos de Valencia, finalmente el servicio fue rescatado por la empresa estatal FEVE.
Acción de la Sociedad Explotadora de Ferrocarriles y Tranvías, empresa que, entre 1923 y 1973, gestionó el "Topo". Archivo de Pedro Pérez Amuchastegui
 
FEVE
 
La situación que presentaba el «Topo» en el momento en que FEVE asumió el servicio, no invitaba al optimismo. Tras sesenta años de intenso servicio, vías, catenarias y material móvil hacía tiempo que habían agotado su vida útil y, además, la línea se encontraba dividida en tres secciones inconexas, tras el hundimiento de dos túneles, los números 2 y 11, en 1972. En estas circunstancias, era difícil pensar que el futuro del «Topo» pudiera ser diferente al de otros muchos ferrocarriles de vía estrecha españoles que, uno tras otro, fueron clausurados en aquellos años. Sin embargo, el «Topo» se salvó «in extremis» gracias a la apuesta personal del entonces presidente de FEVE, Jaime Badillo, quien supo vislumbrar las capacidades del pequeño tren internacional como un eficaz servicio de cercanías, gracias a la mayor centralidad de sus estaciones respecto a los de los trenes de vía ancha de Renfe y a la posibilidad de ofrecer un servicio más rápido y fiable que el que podían ofrecer los autobuses en la cada vez más saturada carretera nacional-1.
El "Topo" debía competir con los servicios de cercanías de Renfe. Fotografía de Christian Schnabel
 
Gracias a Jaime Badillo, el «Topo» experimentó la primera modernización integral en sus, entonces, seis décadas de historia. En pocos años, se reconstruyeron los túneles, se renovó la totalidad de la vía y se montó una nueva catenaria, alimentada ahora a la tensión de 1.500 voltios en corriente continua, valor unificado en las líneas de FEVE. El proceso de renovación concluyó el 5 de mayo de 1978, con la puesta en servicio de las nuevas unidades de tren de la serie 3500, estrenadas en aquella ocasión y de las que muchas todavía prestan servicio en las líneas de EuskoTren y la propia FEVE.
Feve procedió a la modernización integral del "Topo". Fotografía de Werner Hardmeier
 
Presente y futuro
 
No cabe duda que la modernización realizada por FEVE entre 1973 y 1978 fue fundamental para garantizar el futuro de este pequeño tren transfronterizo. En años sucesivos, esta actuación, que puede calificarse sin duda como salvadora, se ha visto complementada con la constante modernización y mejora de las instalaciones y material móvil, la apertura de nuevas estaciones y apeaderos como Anoeta, Galtzaraborda, Fandería, Belaskoenea e Intxaurrondo, la prolongación de los servicios por la antigua línea de los Ferrocarriles Vascongados hasta Lasarte o la duplicación de diversos tramos de vía, obras impulsadas por el Gobierno Vasco y sus empresas públicas EuskoTren y Euskal Trenbide Sarea, tras la transferencia del «Topo» a las nuevas instituciones autonómicas, que tuvo lugar el 1 de junio de 1979. Sin embargo, todavía existe una asignatura pendiente: recuperar la centralidad que este servicio tuvo en San Sebastián desde sus orígenes en 1912, hasta la arbitraria prohibición del paso por sus calles que impuso el consistorio donostiarra en 1954. Aunque desde 1987 se han barajado diversas alternativas, tanto subterráneas como en superficie, hasta el momento ninguna de ellas se ha llegado a materializar.
En 1979 Feve transfirió el "Topo" al Gobierno Vasco
 
Desde el año 2009, todas las inversiones de modernización del «Topo» se han englobado en un nuevo proyecto, el denominado «Metro de Donostialdea». Con ellas, además de proseguir con el programa de mejoras de la línea, así como de su prolongación por el trazado de los antiguos Ferrocarriles Vascongados hasta Lasarte, también se contempla la construcción de una nueva penetración urbana mediante la perforación de un túnel que permita la conexión directa de las estaciones de Amara y Lugaritz que, a su vez, atienda el centro urbano, el barrio del Antiguo y el campus universitario. Asimismo, el Gobierno Vasco plantea la construcción de un nuevo trazado entre Herrera y Pasajes, cuya primera fase, hasta el barrio de Alza, ha sido recientemente adjudicada, y la posible prolongación de la línea hacia Fuenterrabía y su aeropuerto. Sin embargo, estos proyectos no cuentan con el apoyo de algunas de las instituciones directamente afectadas, como el Ayuntamiento de San Sebastián y la Diputación Foral de Gipuzkoa, hecho que unido al difícil contexto económico  del momento actual, hacen albergar serias dudas sobre la evolución del proyecto. En todo caso, este proyecto deberá ser analizado en el futuro, cuando se disponga de la suficiente perspectiva histórica.
Nueva estación de Fandería
 
Se hagan o no realidad los nuevos proyectos de transformación del «Topo», lo que no cabe duda es que, tras la desaparición de las fronteras interiores en la Unión Europea, el centenario ferrocarril de Donostia a Hendaya está llamado a convertirse en el eje vertebrador de la movilidad, tanto en el entorno de la capital guipuzcoana como en la denomina «eurociudad» Bayona-San Sebastián.
Vista de una de las modernas unidades eléctricas de la serie 900 pasando ante la centenaria estación de Rentería. Fotografía de Hodei Goldarazena Biela
 
Nota: Para conmemorar el centenario del «Topo», la editorial Abomey ha publicado el libro El «Topo», 1912-2012, primer centenario de un pequeño ferrocarril internacional. Los interesados pueden adquirirlo a través de la siguiente dirección electrónica: pedidos@maquetren.net
 

lunes, 3 de diciembre de 2012

LOS TROLEBUSES DE DOS PISOS EN SAN SEBASTIÁN

Trolebús Nº 88 fotografiado en el Boulevard por Jean-Henry Manara
Como hoy es mi cumpleaños, he decidido dedicar esta nueva entrada al blog a un vehículo que ha marcado mis recuerdos de infancia: los espectaculares trolebuses de dos pisos que la Compañía del Tranvía de San Sebastián adquirió de ocasión en Londres.
El trolebús 85 cubriendo la línea de Amara-Anoeta. Fotografía de Jean-Henry Manara
 
Las primeras noticias sobre la posibilidad de adquirir trolebuses de ocasión en Gran Bretaña llegan a la capital guipuzcoana el mes de julio de 1960, fecha en que el director de la Compañía del Tranvía de San Sebastián, Joaquín Peñalosa, informó al Consejo de Administración de la empresa, sobre una visita realizada a Barcelona para visitar la Feria del Transporte y la factoría de ENASA (Pegaso).
 
En dicho viaje, Joaquín Peñalosa se entrevistó con el director de los Tranvías de Barcelona, Sr. Torrents, quién le informó sobre la posibilidad de adquirir, «a precios convenientísimos, trolebuses ingleses de dos pisos de London Transport de Londres». Al recibir esta información, Joaquín Peñalosa, viajó de inmediato a Londres, con objeto de visitar la London Transport y ver los trolebuses ofertados, «comprobando que estos se encuentran en muy buen estado, por lo que su adquisición la consideran sumamente interesante». Los vehículos ofertados habían sido construidos entre 1948 y 1952 por la firma británica BUT y correspondían al modelo Q-1. Además, buena parte de los equipos eléctricos y mecánicos eran similares a los de los trolebuses BUT de un piso que ya explotaba la empresa donostiarra. En vista del informe presentado, el Consejo de Administración acordó facultar a su director general para la adquisición de «algunas unidades a título de prueba».
Los trolebuses londinenses compartían muchos equipos con los coches BUT de un piso que explotaba la Compañía del Tranvía de San Sebastián desde 1952. Fotografía de Trevor Rowe
 
En un principio, siguiendo las instrucciones del Consejo de Administración, Joaquín Peñalosa negoció con la London Transport la adquisición de seis unidades, sobre las que se recibió el correspondiente presupuesto a principios de agosto de 1960. Sin embargo, pronto surgieron las primeras dificultades para materializar la compra. En efecto, el 14 de septiembre, Peñalosa informó a su Consejo de Administración que, en aquel momento, el gobierno había liberalizado la importación de trolebuses, pero no la de sus motores de tracción.
Trolebús de la línea de Santander a Astillero, adquirido en Londres de ocasión en la operación conjunta liderada por Joaquín Peñalosa
 
Para intentar solucionar el problema, a primeros del mes de octubre Joaquín Peñalosa viajó a Madrid para, en unión con los directores de otras compañías interesadas, entrevistarse con el Subsecretario de Industria, con el propósito de obtener los permisos necesarios para la importación de los trolebuses de la London Transport. En dicha reunión, el representante del gobierno les indicó que, para agilizar la tramitación, resultaba conveniente que se solicitasen de forma conjunta todos los permisos de importación necesarios. Por ello, la Compañía del Tranvía de San Sebastián decidió, el 26 de octubre de 1960, solicitar 25 trolebuses, en lugar de los seis inicialmente previstos a título de prueba. Además, Joaquín Peñalosa fue nombrado coordinador de toda la operación por las restantes empresas interesadas.
 
De inmediato, Joaquín Peñalosa realizó las gestiones necesarias para lograr la definitiva autorización de la importación a España de los 125 trolebuses ofertados por la London Transport. Así, a finales del mes de diciembre de 1960 obtuvo el necesario permiso para su importación, autorización que expiraba el 10 de marzo de 1961, por lo que era urgente proceder a la inmediata materialización de la compra y del transporte hasta la Península Ibérica.
Pontevedra también adquirió algunos de los trolebuses de ocasión de Londres
 
De inmediato, Peñalosa negoció con la London Transport la fecha definitiva de entrega de los trolebuses, que fue fijada para el 12 de febrero de 1961, así como su transporte a España, contratado con la empresa consignataria Anso y Compañía. De este modo, todo estaba preparado para iniciar el embarque de los trolebuses en Londres para el mismo 12 de febrero de 1961. Dos días más tarde, llegaban las primeras unidades al puerto de Pasajes, a bordo de la motonave Hille Oldendorff.
El 14 de febrero de 1961 llegaron al puerto de Pasajes los trolebuses adquiridos de ocasión a la London Transport. Fotografía de Joaquín Peñalosa
 
Sin embargo, una vez en el puerto de Pasajes, la Compañía del Tranvía de San Sebastián no pudo proceder al inmediato traslado de los trolebuses a sus cocheras, ya que surgió un nuevo contratiempo con las autoridades españolas. En efecto, la aduana del puerto de Pasajes pretendía aplicar sobre los trolebuses un impuesto de importación valorado, no sobre el precio real de la compra de los trolebuses, sino sobre el valor estimado de estos vehículos, muy superior al primero. Así, tras ser desembarcados, quedaron retenidos en la aduana del puerto.
El servicio de aduanas retrasó la puesta en servicio de los trolebuses de Londres en San Sebastián. Fotografía de Joaquín Peñalosa
 
La única alternativa para solucionar el problema era la de utilizar todas las influencias posibles ante el gobierno español. Así, tanto el secretario de la Compañía del Tranvía de San Sebastián, José Ramón Machimbarrena, junto al propio Peñalosa, visitaron al alcalde de San Sebastián, al Gobernador Civil de la Provincia, al Ministro de Hacienda e, incluso, a los círculos más próximos del dictador Francisco Franco. Finalmente, a principios de mayo de 1961 lograron que la Dirección General de Aduanas dictase un acuerdo por el que autorizaba que los impuestos a aplicar a la importación de los trolebuses de Londres  se estableciesen según el precio realmente abonado por su compra a la London Transport Executive. De este modo, una vez abonados los derechos de aduanas, los trolebuses fueron trasladados el 2 de mayo desde el puerto de Pasajes hasta las cocheras. Para ello, las unidades de dos pisos fueron remolcadas mediante carretillas Fenwick desde la explanada de la aduana hasta la carretera Nacional-1 que une Pasajes con San Sebastián, ruta que se encontraba electrificada, ya que por ella transcurría la línea de trolebuses de San Sebastián a Rentería. En este punto se levantaron los troles y, todos los trolebuses se desplazaron por sus propios medios hasta las cocheras de Ategorrieta e, incluso, con alguno de ellos se realizó un recorrido de prueba hasta Venta-Berri, periplo que pudo realizarse sin problemas ya que previamente, en el mes de febrero, se había procedido a elevar la línea aérea en los puntos que lo requería, en previsión de las necesidades impuestas por la mayor altura de los trolebuses ingleses.
Carretillas Fenwick maniobraron los trolebuses BUT en las instalaciones del puerto de Pasajes. Fotografía de Joaquín Peñalosa
 
El 20 de mayo de 1961, la Compañía del Tranvía de San Sebastián presentó oficialmente un trolebús BUT que, junto a seis nuevos autobuses Pegaso adquiridos en esas fechas, se trasladó a la Jefatura de Obras Públicas sita en la calle Urbieta para, a continuación, dirigirse al Gobierno Civil (plaza de Pío XII) y el Ayuntamiento (calle Igentea).
Presentación del primer trolebús londinense en San Sebastián. Archivo de la Compañía del Tranvía de San Sebastián
 
Poco después, tras reformar en los talleres de la empresa carrocera Irizar (Ormaiztegui) sus plataformas de acceso, sustituidas por puertas situadas en el costado derecho de los vehículos, el 18 de julio de 1961 entraron en servicio los tres primeros trolebuses de Londres en San Sebastián, en concreto los matriculados con los números 71 a 73. El 6 de agosto se estrenaba una nueva unidad, rematriculada con el número 74.
Ensayos de los trolebuses londinenses en San Sebastián. Fotografía de Joaquín Peñalosa
 
En el otoño de 1961 Irizar entregó dos nuevas unidades reformadas (números 75 y 76) pero, ante el elevado coste de la operación, la Compañía del Tranvía optó por continuar con la transformación de las restantes unidades en sus propios talleres de Ategorrieta.
Para que los trolebuses londinenses pudieran circular en San Sebastián, fue preciso modificar sus accesos y adaptarlos a la circulación por la derecha. Fotografía de Jean-Henry Manara
 
Progresivamente se modificaron todos los trolebuses ingleses, que prestaron servicio hasta el 7 de mayo de 1969, fecha en que se retiraron del servicio las doce primeras unidades, con motivo de la puesta en servicio de doce nuevos autobuses Pegaso y de la supresión de las líneas de trolebuses a Igueldo y Venta-Berri. Los restantes trolebuses BUT de la London Transport Executive se retiraron del servicio en 1973.
Trolebuses BUT Q-1 apartados del servicio en Ategorrieta. Fotografía de Josep Miquel Solé

domingo, 2 de diciembre de 2012

LOS ORÍGENES DE LA VÍA MÉTRICA EN LA CORNISA CANTÁBRICA

Estación de Llanes (Asturias), punto de encuentro de las compañías del Ferrocarril del Cantábrico y de Económicos de Asturias, que enlazaban Santander y Oviedo. Fotografía de Peter Willen

El pasado jueves, 29 de noviembre, nos reunimos un buen grupo de amigos en el Museo del Ferrocarril de Gijón para hablar sobre los orígenes de la vía estrecha en los ferrocarriles de la cornisa cantábrica.
 
Nuestro país ha contado con diversas tipologías de ferrocarriles de vía estrecha, muchas de ellas comunes en otros países europeos. Los primeros surgieron con un objetivo muy concreto: enlazar minas del interior con los puertos en los que el mineral era embarcado hacia los países consumidores. Este es el caso, entre otros, de los ferrocarriles de Buitrón a San Juan del Puerto, Río Tinto o Tharsis-Odiel en Huelva, o los de Sestao-Galdames, Luchana Mining, Orconera o Franco-Belga, en Vizcaya, sin olvidar casos tan excepcionales como el ferrocarril de Sierra Menera que, con sus 207 kilómetros de longitud, se convirtió en la línea de mayor longitud en su género. Dada la función tan concreta que debían desarrollar estos trenes, no era necesario optar en su construcción por un ancho de vía común al resto de la red ferroviaria española, con la que no se preveía ningún tipo de intercambio, por lo que la elección de una latitud más reducida estaba justificada por el significativo ahorro de costes que suponía.
Ferrocarril de Río Tinto, establecido con un ancho de vía de 1.067 mm. Fotografía de Martín Dieterich
 
Una segunda tipología de ferrocarriles de vía estrecha es la de los ferrocarriles de Mallorca donde, dada su insularidad y, por tanto, la imposibilidad de conectar con la red ferroviaria peninsular, hacía totalmente innecesario buscar un ancho de vía común. En consecuencia, los ferrocarriles de esta hermosa isla mediterránea se establecieron con una separación entre las caras internas de los carriles de tres pies ingleses: una yarda.
Los ferrocarriles de Mallorca se establecieron con un ancho de vía de 910 mm. Fotografía de Xavier Santamaría
 
La tercera tipología de ferrocarriles de vía estrecha presente en nuestro país es la de las líneas complementarias a la red de vía ancha, que permitían alimentar a las líneas principales con el tráfico generado por poblaciones del entrono. Uno de los mejores ejemplos en este sentido es el valle del Ebro, donde al corredor principal, establecido en paralelo al gran río peninsular, afluían numerosas líneas de vía métrica, como es el caso de los ferrocarriles de Haro a Ezcaray, Calahorra a Arnedillo, Cortes a Borja, Sádaba a Gallur o Cariñena a Zaragoza.
Ensayos de un automotor Wismar en el ferrocarril de Cariñena a Zaragoza. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza
 
La cuarta tipología de ferrocarriles de vía estrecha es la de aquellas líneas dedicadas al enlace de las principales ciudades con las poblaciones de su entorno inmediato, con una clara vocación suburbana. Este es el caso de redes como el «trenet» de Valencia o diversas líneas de Barcelona o Bilbao, hoy integradas en los ferrocarriles metropolitanos de estas capitales.
Las líneas suburbanas de Valencia se establecieron en ancho métrico. Hoy en día, se encuentran integradas en la red de metro de la capital del Turia
 
Las anteriores tipologías han sido comunes en la mayor parte de los países europeos. Sin embargo, nuestro país cuenta con una quinta modalidad,:la de los ferrocarriles de vía estrecha que han suplantado las funciones de las líneas de ancho normal de las que en el continente únicamente se pueden encontrar casos similares en los ferrocarriles Réticos (Suiza) y en la red del Peloponeso (Grecia). En efecto, la red ferroviaria de vía métrica del cantábrico suplantó las funciones que, dado el nivel de tráfico que registraron, debería haber asumido un ferrocarril de ancho normal.
Los ferrocarriles Réticos suplantan las funciones de la vía normal en el cantón de los Grisones
 
Para entender los orígenes de la red ferroviaria de vía métrica del Cantábrico es inevitable hacer referencia a la primera línea con este ancho y servicio público en la región: el tren de Bilbao a Durango. En realidad, la primera concesión para la construcción de esta línea consideraba que esta vía debía establecerse con el ancho normalizado en los ferrocarriles españoles, es decir, de seis pies castellanos, o de 1.672 milímetros según el sistema métrico decimal. Sin embargo, en 1880 sus promotores optaron por reducir la entrevía al ancho métrico, decisión que en el futuro tendría una gran trascendencia pero que en el momento en que fue tomada apenas llamó la atención, ya que la nueva línea fue considerada como un servicio de carácter local y, por tanto, no estaba llamada a formar parte de la red ferroviaria de interés nacional.
 
En este sentido, cabe recordar, que el fracaso económico del ferrocarril de Tudela a Bilbao, pero también el de otras vías férreas que debían atravesar la Cordillera Cantábrica, como es el caso del de Alar del Rey a Santander, o las vicisitudes que vivió la compañía de Asturias a Galicia y León, hizo que en los círculos financieros y técnicos del país se divulgase la idea que, ante la difícil orografía de la región, era inviable la construcción de un ferrocarril a lo largo de la costa.
Estación de Bilbao-Abando. En su día, era la mejor equipada de toda la red ferroviaria española. Sin embargo, el elevado coste de construcción del ferrocarril de Tudela a Bilbao y su posterior quiebra, tuvo una influencia decisiva sobre el futuro desarrollo de los ferrocarriles de vía métrica en la cornisa cantábrica
 
A las dificultades técnicas para la implantación de un ferrocarril en la Cornisa Cantábrica se unía la existencia de un denso tráfico marítimo de cabotaje entre los principales puertos que, en todo caso, iba a suponer una dura competencia a cualquier iniciativa ferroviaria. Por otra parte, en 1864, la industria de la región todavía no había iniciado el rápido desarrollo logrado gracias a la exportación del mineral de hierro y de la implantación de la industria siderúrgica, por lo que las expectativas de tráfico eran en ese momento bastante limitadas.
 
Con estos antecedentes, durante la redacción del Plan General de Ferrocarriles, promulgado el 13 de abril de 1864, se descartó la posibilidad de construir un ferrocarril a lo largo de la costa cantábrica, lo que a su vez suponía que cualquier iniciativa de este tipo iba a carecer, en principio, de subvenciones estatales, apoyo que en otros casos había representado más del 30% de los gastos de establecimiento.
 
Ante este panorama, es normal que el proyecto para la construcción de un ferrocarril a lo largo de la costa cantábrica quedara olvidado y, por tanto, cuando se solicitó la modificación del ancho de vía de la línea de Bilbao a Durango, nadie tuvo en cuenta que este tramo podría convertirse en el primer eslabón de este trayecto.
El ferrocarril de Bilbao a Durango fue el primero de vía métrica y servicio público en la cornisa cantábrica
 
Sin embargo, el éxito del modesto «duranguillo» reavivó el interés por los ferrocarriles en la zona y mientras algunos inversores se proponían prolongar su vía estrecha hasta Zumárraga, lo que en cierto modo suponía materializar el enlace ferroviario entre Bilbao y San Sebastián, un destacado grupo financiero, la Sociedad Crédito General de Ferrocarriles, emprendió los estudios para la construcción de una línea, en ancho normal, entre Santander y Bilbao.[1] Estos trabajos incluirían poco después su ampliación hacia la capital guipuzcoana e Irún.[2]
 
La Sociedad Crédito General de Ferrocarriles se fundó el 22 de noviembre de 1881, con un capital de 100 millones de pesetas de los que sólo se hicieron efectivos cinco millones en el momento de su constitución. En sus primeros años desplegó una gran actividad, al solicitar autorizaciones para el estudio de nuevos ferrocarriles y concesiones por toda la geografía española, como es el caso de la líneas de Játiva a Alicante, de Valladolid a Calatayud, de Murcia a Granada, de Valdezafán a Tarragona, de Tarragona a El Vendrell, de Murcia a empalmar con el Alicante-Alcoy, o el de Santander a Irún, entre otros. Sin embargo, de tan ambiciosos proyectos solamente llegó a materializar el de Alcantarilla a Lorca en Murcia, consecuencia de la falta de capitalización real de la empresa, motivada en buena medida por la crisis bursátil de 1882.[3]
 
A pesar de la falta de recursos materiales para ejecutar sus ambiciosos proyectos, la Sociedad Crédito General de Ferrocarriles contrató a uno de los ingenieros más reputados del momento, Pablo de Alzola, para la realización de los proyectos del ferrocarril de Santander a Bilbao e Irún. Es evidente que la prolongación de la vía estrecha entre Durango y Zumárraga suponía un grave obstáculo para la materialización de esta propuesta, ya que el movimiento de viajeros y mercancías previsto era claramente insuficiente para sostener a dos empresas en abierta competencia.
Pese a los esfuerzos de Pablo Alzola, la red ferroviaria de la cornisa cantábrica se estableció en vía métrica. Fotografía de Peter Willen
 
La confrontación de intereses entre una y otra empresa estalló de inmediato y tuvo un claro reflejo en la prensa, tanto local como en la especializada. En este sentido destacan la larga serie de artículos publicados a partir de 1884 en la Revista de Obras Públicas y en la Gaceta de los Caminos de Hierro por Adolfo Ibarreta, director de las obras de construcción del Central de Vizcaya y del ferrocarril de Durango a Zumárraga, a las que replicó con contundencia Pablo de Alzola. El primero, evidentemente, exponía en sus trabajos las virtudes de la vía estrecha y el segundo de la vía ancha, pero sobre todo, ambos defendían los intereses de las empresas para las que trabajaban.
 
Finalmente,  triunfaron las tesis defendidas por Ibarreta, basadas principalmente en la búsqueda de la rentabilidad más inmediata de la inversión a realizar, a pesar de que ello supusiera limitar la capacidad de transporte de las líneas y las velocidades que en ellas se podrían desarrollar. Desde el punto de vista técnico la opción de Alzola era indudablemente superior, pero si resultó difícil garantizar la viabilidad económica en los de vía estrecha, es más que probable que los de vía ancha hubiesen fracasado de forma estrepitosa.
 
Red de vía métrica de la cornisa cantábrica en 1930. Dibujo de Pedro Pintado Quintana
 
En cualquier caso, es preciso tener en cuenta que, la utilización de la vía métrica en la construcción del ferrocarril de la cornisa cantábrica supuso a las empresas concesionarias una economía de, aproximadamente, un 30 ó 40% respecto a lo que habría supuesto emplear la vía ancha. Por tanto, de haberse incluido en el Plan General de Ferrocarriles de 1864, los empresarios que impulsaron estas líneas podrían haber construido, con idéntica inversión, una línea de vía ancha, ya que las subvenciones estatales previstas en el citado Plan habrían compensado esa diferencia. En todo caso, no hay que olvidar otros factores como la voluntad de independencia de sus proyectos respecto a la poderosa Compañía del Norte, algo que habría sido difícil de conseguir utilizando su mismo ancho de vía, o la propia moda por los ferrocarriles de vía estrecha imperante en Europa y Norteamérica en las últimas décadas del siglo XIX.
 
Lo cierto es que pese a las innegables virtudes técnicas de la vía ancha, el ejemplo del «duranguillo» fue determinante para que la red ferroviaria de la Cornisa Cantábrica se construyese en vía métrica. Así se generó un conjunto de líneas que en la actualidad, y a pesar de las numerosas vías que se han clausurado a lo largo de los años, enlazan la frontera del Bidasoa con Ferrol y Bilbao con León, formando un conjunto de 1.375 kilómetros de vía métrica, explotados por las empresas Feve y EuskoTren, sin parangón en toda Europa.
El tren de lujo "El Transcantábrico" recorre buena parte de la red de vía métrica de la cornisa cantábrica
 
 
 

[1] Gaceta de Madrid, 1 de abril de 1882, Nº 91, p. 4.
[2] Gaceta de Madrid, 25 de febrero de 1886, Nº 56, p. 586.
[3] La Sociedad Crédito General de Ferrocarriles no pudo superar los problemas financieros de falta de capitalización que lastró su actividad desde el origen y se disolvió el 19 de julio de 1891. Gaceta de Madrid, 6 de abril de 1893, Nº 96, p. 65.

lunes, 26 de noviembre de 2012

LOS FERROCARRILES DE LA ORCONERA: CANTABRIA

Vista del cargadero de Orconera en Astillero
 
El pasado viernes dedicamos la entrada de este blog a resumir la historia del ferrocarril de la Orconera Iron Ore & Co. en sus minas de Vizcaya. Sin embargo, este relato quedaría incompleto si no se hiciera referencia a sus otras explotaciones, las situadas en Cantabria, en el área de Obregón, que describiremos a continuación.
Plano de las explotaciones de Orconera en Cantabria
 
En un principio, la Orconera Iron Ore & Co. se constituyó para la explotación de diversas minas de hierro en el entorno del monte Triano (Vizcaya). Sin embargo, la empresa no desaprovechó la oportunidad que les ofreció el empresario José Mac Lennan para adquirir sus explotaciones en Cantabria, compra que se materializó el 26 de marzo de 1896.
Locomotora Nº 2, adquirida por José Mac Lennan para su ferrocarril de Obregón a Solía
 
La explotación de estas minas había sido iniciada por el propio José Mac Lennan en 1867. Veinte años más tarde, ante las limitaciones que presentaba el transporte carretero, decidió implantar un ferrocarril, de cuatro kilómetros de longitud que, en principio, debía enlazar las minas con la ría de Solía, donde pretendía embarcar el mineral con destino a sus consumidores finales. Sin embargo, pronto se pudo comprobar que el cauce fluvial presentaba notables dificultades para la navegación, debido al rápido aterramiento provocado por las propias explotaciones mineras. En conclusión, en Solía finalmente solo se establecieron los lavaderos de mineral que, una vez tratado, era nuevamente cargado en trenes que, a través de un segundo ramal, llegaban hasta un magnífico cargadero establecido en Astillero.
Locomotora Nº 3, Astillero, dotada del singular rodaje 121-T, poco común en los ferrocarriles mineros
 
Según señalan Gerardo J. Cueto Alonso y José Ajuria Ruiz en su magnífico libro El Coto Orconera, historia gráfica de la cuenca minera de la bahía de Santander, el primer embarque de mineral se verificó el 24 de marzo de 1894. Por tanto, cuando Orconera adquirió las instalaciones, el ferrocarril minero ya se encontraba plenamente operativo.
 
El ferrocarril minero de la Orconera aseguró el transporte del mineral extraído en Obregón en las dos etapas antes mencionadas: de las minas a los lavaderos de Solía y desde este punto hasta el cargadero de Astillero, hasta que el declive de la explotación propició su clausura en 1970. La producción supuso, aproximadamente, una cuarta parte de la que generaban las minas de la misma empresa en Vizcaya, con una media de unas 250.000 toneladas anuales.
 
El material móvil
 
Para iniciar la explotación de su ferrocarril, José Mac Lennan adquirió hasta seis locomotoras de vapor. Las dos primeras, construidas por Kerr Stuart en 1892 eran dos pequeñas máquinas, de rodaje 020-ST, que recibieron los números de fábrica 64 y 65. En Cantabria fueron matriculadas con los números 1 y 2 y bautizadas con los nombres de Solía y Obregón, topónimos correspondientes a los puntos extremos del primer proyecto ferroviario de este empresario.
 
Un año más tarde llegó a las minas una tercera locomotora, dotada de un rodaje verdaderamente singular y poco común para un ferrocarril minero: 121-T. Construida por W.G. Bagnall en 1893, con el número de fábrica 1.427, fue matriculada con el número 3 y el nombre de Pámanes.
Locomotora Nº 4, construida por Sharp Stewart en 1894. Se aprecia que, además de los topes propios de Orconera, también cuenta con un tope central de platillo para poder maniobrar vagones del ferrocarril de Santander a Bilbao
 
Para el servicio en la nueva línea de Solía a Astillero, Mac Lennan adquirió dos hermosas locomotoras de rodaje 230-T, construidas por Sharp Stewart en 1894 con los números de fábrica 3.980 y 3.981. Fueron matriculadas, a continuación de las anteriores, con los números 4 y 5 y los nombres de Cabarga y Dora. Finalmente, en 1896 llegó la locomotora Nº 6, Pámanes, construida por Vulcan Foundry con el número de fábrica 1.457.
Locomotora Nº 6, Pámanes
 
Orconera pronto amplió amplió el parque de locomotoras de vapor de sus nuevas propiedades en Cantabria, con la adquisición de diversos ejemplares de su clásico modelo de locomotora con rodaje 130-ST que tan buenos resultados estaban ofreciendo en sus explotaciones en Vizcaya. Así, en 1899 llegaron las locomotoras 7 y 9, fabricadas por Beyer Peacock con los números 3.961 y 3.962. En 1903 se incorporó la Nº 10, del mismo constructor y con el número de fábrica 4.559 y, en la tardía fecha de 1920, la Nº 12 (número de fábrica 6.033).
Una de las clásicas locomotoras 130-ST de los ferrocarriles de Orconera, en concreto la Nº 10
 
La línea cántabra de Orconera también recibió locomotoras del mismo modelo 130-ST que, en principio, habían iniciado su servicio en Vizcaya. Este es el caso de las Nº 15, 20 y 21, así como diversas locomotoras tipo 030-T y 020-T. Ciertamente, el trasvase de material móvil entre ambas explotaciones se veía facilitado por el enlace existente en Astillero con el ferrocarril de vía métrica de Santander a Astillero que, en la provincia vecina, y a través del tren de la Robla y la red interior de Altos Hornos de Vizcaya, conectaba con la línea minera vizcaína. Sin embargo, pese a pertenecer a la misma empresa, la separación y altura de los topes no estaba unificada, situados más altos y separados en Vizcaya que en Cantabria. En consecuencia, era preciso modificar este extremo y, de hecho, la existencia de soportes para topes en ambas posiciones, permitía conocer de un simple vistazo si una locomotora había trabajado en ambas redes.
Locomotora Nº 1 del ferrocarril de Orconera que, en 1877, inauguró la línea vizcaína de esta empresa. Sin embargo, la instantánea está tomada en Cantabria. Se puede apreciar perfectamente el doble juego de topes. 
 
Al igual que en Vizcaya, en los años cincuenta se inició la modernización de la tracción, primero con la introducción de tractores Rhurtahler y, más tarde, con locomotoras diesel Hunslet.
Locomotora Asua, originaria también de las explotaciones de Orconera en Vizcaya, fotografiada en Cantabria. Se puede observar en la traviesa de la topera la existencia de taladros para el soporte de los topes utilizados en Vizcaya
 
Por lo que respecta al material remolcado, Orconera contaba, en 1947, con 332 vagones de caja metálica, 179 de madera, 26 para transporte de balasto y nueve coches de viajeros para el servicio interior.
El ferrocarril de Orconera en Cantabria también dispuso de algunos coches de viajeros para el transporte de su personal. En la imagen, un tren especial para un grupo de amigos del ferrocarril británicos organizado por la Railways and Correspondence and Travel Society