miércoles, 11 de marzo de 2026

EL FERROCARRIL DEL UROLA CUMPLE 100 AÑOS (y IV)

Durante las pruebas de un automotor del ferrocarril del Urola por las vías del «Topo» en las calles de Donostia, aprovecharon para inmortalizar la ocasión ante el palacio de la Diputación de Gipuzkoa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


 ¿UN TREN O UN TRANVÍA?

La inauguración del ferrocarril del Urola se celebró por todo lo alto. Acudió desde Madrid el rey Alfonso XIII, que se desplazó en el Surexpreso hasta Zumarraga. Ahí, tras discursos y bendiciones de rigor montó en el tren inaugural, en el que viajó hasta Azpeitia, donde descubrió una descomunal placa conmemorativa que aún se conserva en el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. A continuación, el viaje prosiguió hasta Zumaia, donde la tracción, hasta entonces a cargo de uno de los automotores eléctricos suministrados por Siemens, fue relevada por una locomotora de vapor de los Ferrocarriles Vascongados, que condujo el convoy hasta Donostia.

Una vez en la capital guipuzcoana, el tren inaugural continuó su viaje por las calles de la ciudad, aprovechando el trazado urbano que disponía el ferrocarril a la frontera francesa, popular «Topo», hasta alcanzar la céntrica plaza de Gipuzkoa, donde se celebró un gran banquete en el palacio de la Diputación. Aunque en este último trayecto la composición fue remolcada por la locomotora 101 del ferrocarril fronterizo, recién construida en Berlín por AEG, inicialmente se intentó que este recorrido también fuera asumido por un automotor eléctrico del ferrocarril del Urola. Por ello, unos días antes, se realizaron varias circulaciones de prueba, en las que se tomó esta instantánea.

Al parecer, la tensión con la que se alimentaba la electrificación del «Topo», poco más de 500 voltios en corriente continua, un valor similar al de los tranvías urbanos de la época, no fue suficiente para asegurar el correcto funcionamiento de los automotores del ferrocarril del Urola, que trabajaban a la tensión nominal de 1.500 voltios, por lo que, finalmente, se desechó la idea de que fuera uno de estos vehículos el que realizase el trayecto final por las calles de San Sebastián. En consecuencia, finalmente fue una locomotora eléctrica del ferrocarril de la frontera y no un automotor del Urola el que tuvo el honor de remolcar el tren inaugural en su último tramo hasta el palacio de la Diputación.



viernes, 6 de marzo de 2026

EL FERROCARRIL DEL UROLA CUMPLE 100 AÑOS (III)

Proyecto de la estación del ferrocarril del Urola en Azpeitia, hoy sede del Museo Vasco del Ferrocarril de Eukotren, diseñado por Ramón Cortázar. Se observa que el diseño original contemplaba la instalación de una marquesina sobre el andén, que nunca se colocó.  Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

NEOVASCO

Como se ha señalado, uno de los aspectos más representativos del ferrocarril del Urola es el diseño de los edificios de sus estaciones. El 6 de marzo de 1922 el presidente de la Diputación, Julián Elorza sugirió que éstos deberían realizarse en el estilo neovasco que recientemente había utilizado la vecina Compañía de los Ferrocarriles Vascongados en sus nuevas estaciones de Lasarte y Usurbil.

El 15 de noviembre de 1922 el Comité Ejecutivo del ferrocarril decidió encomendar el diseño de los edificios al arquitecto provincial, Ramón Cortázar, quien empleó más de un año en su elaboración. Finalmente, el 30 de noviembre de 1923 presentó al Consejo de Administración los proyectos de cuatro edificios de primera clase a levantar en Zumarraga, Azkoitia, Azpeitia y Zumaia, cinco de segunda clase en Urretxu, Loiola, Zestoa-Balneario, Iraeta y Arroa, así como una estación especial para Zestoa-Villa.

Todos los proyectos presentados eran completamente diferentes entre sí, aunque mantenían como nexo de unión el empleo del estilo neovasco. Algunos, como los finalmente levantados en Azkoitia, Azpeitia o el Balneario, presentaban rasgos historicistas, al estar inspirados en las casas-torre de la zona, mientras que otros como Iraeta, Arroa, Zumarraga o Zumaia reflejaban la arquitectura tradicional del caserío y el de Loiola tenía una abierta relación con la estética del vecino santuario.

El 14 de enero de 1924 el Consejo de Administración aprobó los proyectos presentados por Ramón Cortázar, al mismo tiempo que seleccionaba para cada pueblo las propuestas presentadas por el arquitecto provincial y aceptaba que las cubiertas de los edificios fueran de hormigón armado y no de madera, por su mayor duración y menor mantenimiento. La construcción de las estaciones de Iraeta y Zestoa se encomendó al contratista José Dorronsoro, las de Zumarraga y Urretxu a Hipólito Olaizola, la de Azkoitia a Atanasio Beovide, las de Azpeitia y Loiola a Gregorio Segurola, la de Zestoa-villa a Soraluce e hijos y las de Zumaia a Juan Hormaeche.

Proyecto, nunca realizado, de edificio de oficinas para el ferrocarril del Urola, diseñado también por Ramón Cortázar. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

Ramón Cortázar diseñó también un suntuoso edificio para sede de las oficinas del ferrocarril en Azpeitia. Sin embargo, su coste, 231.575,19 pesetas, fue considerado excesivo por el Consejo de Administración, por lo que finalmente se optó por una solución mucho más sencilla: reproducir cinco de los vanos de hormigón armado diseñados para las cocheras y construir con ellos una estructura de una sola planta que se emplazaría frente al edificio de viajeros de la estación de Azpeitia.

Casilla para guardabarreras del ferrocarril del Urola construido en Urretxu según diseño de Ramón Cortázar. Años más tarde se levantó un edificio idéntico en La Cañada, en el ferrocarril directo de Zamora a A Coruña. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Pocos años después, el ejemplo del ferrocarril del Urola fue seguido por la Compañía del Norte, que construyó nuevos edificios en estilo neovasco en las principales estaciones del tramo comprendido entre Miranda de Ebro y Bilbao. En esta ocasión, el diseño correspondió al arquitecto canario José Enrique Marrero Regalado. Además, dos de los proyectos diseñados por Ramón Cortázar, la estación de Azpeitia y las casillas para los pasos a nivel del Urola, fueron replicados años más tarde en la línea directa de Galicia, en concreto, en Ordes-A Pontagra y en La Cañada, respectivamente.



martes, 3 de marzo de 2026

EL FERROCARRIL DEL UROLA CUMPLE 100 AÑOS (II)

El polifacético artista Javier Gurruchaga, fotografiado junto a su madre y viuda del ferroviario Vicente Echeverria en la antigua estación del Ferrocarril del Urola de Azpeitia, actual sede del Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

LA FAMILIA GURRUCHAGA

Es por muchos conocida la afición del popular actor y cantante donostiarra Javier Gurruchaga al ferrocarril, cariño al tren que muchas veces ha manifestado en programas de radio o televisión entre los que destaca La cucaracha express, ambientado en un vagón de ferrocarril, o El maquinista de la General. Sin embargo, la relación de este artista donostiarra con el ferrocarril está marcada por uno de los episodios más trágicos de la historia de nuestro país: La Guerra Civil y la represión de los franquistas sobre los vencidos.

En efecto, Javier Gurruchaga es hijo, sobrino y nieto de ferroviarios del ferrocarril del Urola represaliados durante la Guerra Civil, simplemente por haber obedecido las órdenes de sus legítimos superiores, los rectores de la Diputación Provincial de Gipuzkoa, de evacuar hacia Bizkaia ante el avance de las tropas rebeldes.

El primero de los Gurruchaga en ingresar en la plantilla del Ferrocarril del Urola fue el abuelo de Javier, Antonio Gurruchaga Eizaguirre. Natural de Azpeitia, donde había nacido el 29 de marzo de 1881, ingresó en 1901 como cobrador en la Compañía del Tranvía de San Sebastián, empresa en la que trabajó durante 24 años. El 15 de septiembre de 1925, al enterarse de las primeras convocatorias para trabajar en el nuevo ferrocarril, decidió presentar su solicitud, lo que le permitiría regresar a su valle natal.

Dada su dilatada experiencia, Antonio Gurruchaga superó con facilidad el proceso de selección e ingresó en el Ferrocarril del Urola el 10 de diciembre de 1925. En principio, ocupó el puesto de interventor en ruta, con residencia en la estación de Zumaia-Puerto y un sueldo anual de 2.400 pesetas, así como un complemento de otras 900 pesetas por realizar funciones de inspector de conductores.

A Antonio pronto le siguió su hijo mayor, Juan Bienvenido Gurruchaga Echeverría. Natural de Altza, municipio integrado en 1940 en Donostia, donde vino al mundo el 28 de septiembre de 1903. En 1919 ingresó en la Compañía del Tranvía de San Sebastián, donde trabajó cuatro años como mecánico y otros tres como cobrador. El 2 de julio de 1926 ingresó en el Ferrocarril del Urola en calidad de mozo de tren autorizado y un sueldo de 2.100 pesetas. Dos años más tarde, el 1 de abril de 1928, ingresó otro de sus hijos, Bernardino, nacido en Donostia el 29 de agosto de 1911. Su primer empleo en el Urola fue el de escribiente meritorio, con un sueldo de 900 pesetas.

El último de los Gurruchaga en ingresar en el ferrocarril del Urola fue Vicente Gurruchaga Echeverría, padre del actor Javier Gurruchaga. Nacido en Donostia el 21 de abril de 1914, accedió a la plantilla el 10 de octubre de 1931 con el cargo de factor meritorio, sin sueldo, de la estación de Zumaia-Empalme, aunque poco después obtuvo su primer salario de 216 pesetas mensuales.

En un primer momento, tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936, Gipuzkoa se mantuvo leal al gobierno legítimo de la República, pero el territorio pronto fue ocupado por el ejército traidor. El 20 de septiembre de 1936, ante la inminente entrada en el valle del Urola de las tropas del General Mola, los cuatro ferroviarios de la familia Gurruchaga obedecieron, al igual que buena parte de la plantilla del tren del Urola, la orden de la dirección del ferrocarril de evacuar hacia Bizkaia. Pocos días después, el nuevo Consejo de Administración del Ferrocarril del Urola, compuesto por diversos dirigentes franquistas, procedió a la disolución de la antigua plantilla y marcó un plazo improrrogable de tres días para solicitar el reingreso.

Evidentemente, como todos los miembros de la familia Gurruchaga se encontraban en la zona aún leal a la República, difícilmente podían atravesar la línea del frente y tramitar la solicitud de reingreso, por lo que aquellos que habían usurpado el poder legítimo de las urnas mediante la violencia, consideraron unilateralmente que habían abandonado voluntariamente su puesto de trabajo. En consecuencia, todos ellos, perdieron de inmediato su trabajo en el Ferrocarril del Urola. Esta arbitraria decisión afectó a 79 ferroviarios, cerca de la mitad de la plantilla.

Aunque los Gurruchaga solicitaron en diversas ocasiones el reingreso, no llegaron a alcanzar su objetivo sino una vez iniciada la transición de la dictadura franquista a la democracia. Antonio y Juan Bienvenido, ya fallecidos no lograron el reconocimiento que si alcanzaron en 1979 Bernardino y Vicente quienes, tras un largo proceso judicial, obtuvieron el reingreso en el Ferrocarril del Urola. Evidentemente, y dado el tiempo transcurrido, la readmisión solo les sirvió para conseguir una pensión de jubilación acorde con la categoría laboral que les habría correspondido en caso de no haber sido expulsados de la plantilla del ferrocarril.



domingo, 22 de febrero de 2026

EL FERROCARRIL DEL UROLA CUMPLE 100 AÑOS (I)

Composición del tren inaugural del ferrocarril del Urola, fotografiado en la estación de Azpeitia. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 

El ferrocarril del Urola culminó, el 22 de febrero de 1926, la conformación de la red ferroviaria guipuzcoana, en su momento, la más completa de España y una de las más densas de Europa. Varias singularidades marcaron la historia de esta pequeña línea que enlazaba Zumarraga con Zumaia, como es el hecho de ser una de las dos únicas del estado construidas y operadas por una Diputación provincial, el que estuviera electrificada desde sus inicios o la estética de sus estaciones, diseñadas en un depurado estilo neovasco por el arquitecto donostiarra Ramón Cortázar.

El primer contacto del valle del Urola con el ferrocarril fue la apertura de la estación del ferrocarril de Madrid a Irun en Zumarraga el año 1864. Fotografía de Jean Laurent. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un valle aislado

A comienzos de los años veinte del pasado siglo, Gipuzkoa contaba con la red ferroviaria más densa de España. Su territorio, de tan solo 1.997 kilómetros cuadrados de superficie, se vertebra en estrechos valles que se dirigen desde los montes del interior hasta el mar Cantábrico y en esa fecha todos estos valles, salvo el del Urola, contaban con alguna vía férrea. De este a oeste, el primero de ellos, el Bidasoa, era seguido por el ferrocarril de vía métrica homónimo, que enlazaba Irun con Elizondo (Navarra). El siguiente valle, el del Oiartzun, veía pasar por su cuenca inferior, la más poblada, los ferrocarriles del Norte y el popular «Topo», al tiempo que dos trenes mineros se adentraban en sus profundidades hasta Arditurri y Artikutza, respectivamente. El valle del Urumea, el río de la capital, Donostia, estaba atendido por el ferrocarril del Norte y, también, por el tren eléctrico de San Sebastián a Hernani. Le seguía el Oria, en su parte baja atravesado por el ferrocarril de Bilbao a Donostia, operado por los Ferrocarriles Vascongados; en la media, recorrida por el ferrocarril del Plazaola y el tranvía de San Sebastián a Tolosa, y en la superior, por el ferrocarril del Norte. El último río del territorio, el Deba, contaba con las vías de los Ferrocarriles Vascongados y también con el Vasco-Navarro, que ascendía hasta Vitoria y Estella y, además, disponía de un ramal de San Prudencio a Oñati.

Prácticamente desde los inicios de la era ferroviaria se intentó lograr que el nuevo medio de transporte también recorriera el valle del Urola. El primer paso fue la apertura, en 1863, de una carretera que facilitó la conexión de Azpeitia y Azkoitia con la estación de Zumarraga del ferrocarril del Norte, Madrid-Irun, todavía en construcción en aquel momento.

El ingeniero Pablo Alzola redactó en 1887 el primer proyecto para la construcción de un ferrocarril a lo largo del valle del Urola, desde Zumarraga hasta Getaria. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En una época en la que aún no se había iniciado el desarrollo de los transportes mecánicos por carretera, la conexión establecida en 1863 resultaba a todas luces insuficiente, por lo que los ayuntamientos del valle del Urola intentaron impulsar la construcción de un ferrocarril desde Zumarraga hasta Getaria, que en su camino atendería las localidades de Urretxu, Azpeitia, Azkoitia, Zestoa y Zumaia. Para su diseño, el 5 de febrero de 1884, contrataron los servicios del reputado ingeniero Pablo de Alzola,

Alzola pronto se puso manos a la obra y el 14 de mayo de 1884 remitió a los ayuntamientos del valle del Urola su primer estudio, en el que valoraba el potencial de la zona que, en aquel momento, contaba con una población de 21.323 habitantes. Pese a ser acérrimo defensor de la vía ancha, ante la baja demografía y el escaso desarrollo industrial de la zona, en su propuesta planteó la utilización de la vía estrecha, con el fin de reducir al máximo los costes e intentar así hacer más atractiva la inversión, a la que estimaba un rendimiento anual del 4,7% del capital invertido en su construcción.

El 27 de junio de 1921 se celebró la colocación de la primera piedra del ferrocarril del Urola. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Pese a los esfuerzos que hizo Pablo Alzola para reducir al máximo la inversión necesaria y al decidido apoyo de los ayuntamientos interesados, lo cierto es que el capital no se interesó por un negocio que no parecía demasiado lucrativo, sobre todo en comparación con otros proyectos ferroviarios del entorno. Por ello, pronto se estudiaron otras alternativas, como la prolongación del ferrocarril Anglo-Vasco-Navarro planteada en 1888 o la propuesta realizada por Francisco Igartua, presidente de los Consejos de Administración de los ferrocarriles Central de Vizcaya (Bilbao a Durango) y de Durango a Zumárraga, para la construcción de una línea de vía estrecha con el propósito de enlazar Eibar y Donostia por Azkoitia, Azpeitia, Zestoa, Zarautz, Orio y Usurbil. Ninguna de ellas llegó a materializarse.

Para intentar reducir aún más los gastos de construcción, y gracias al desarrollo que en la última década del siglo XIX estaban adquiriendo los tranvías eléctricos, el ingeniero José Manuel Oraá redactó un proyecto para la construcción de un tranvía desde Zumarraga hasta Zumaia, que en la mayor parte de su recorrido aprovecharía la calzada de la carretera existente a lo largo del valle del Urola. Sin embargo, aunque en 1901 el donostiarra Juan Sansinenea Solabarrieta obtuvo las concesiones preceptivas, tampoco logró la financiación necesaria para su construcción.

La difícil orografía del valle del Urola exigió la construcción de 20 puentes en sus 35 kilómetros de recorrido. Construcción del puente de Aizpurutxo. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La Ley de Ferrocarriles Secundarios

Una nueva esperanza para la construcción de un ferrocarril en el valle del Urola vino de la mano de la Ley de Ferrocarriles Secundarios, aprobada el 26 de marzo de 1908, que incluía, entre los trayectos beneficiados por las ayudas estatales, la construcción de una línea entre Zumarraga y Zumaia.

Con la nueva legislación, el ferrocarril del Urola contaría con una garantía de interés del 5% del capital invertido en su construcción. Este importante incentivo despertó la atención de algunos empresarios y, sobre todo, el de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, cuyos trenes conectaban con los dos extremos de la futura vía: en Zumarraga, gracias a su ramal procedente de Maltzaga, y en Zumaia, por su línea general de Bilbao a Donostia.

En marzo de 1908, la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados encargó al ingeniero Manuel Alonso Zabala la redacción de un nuevo proyecto constructivo del ferrocarril de Zumarraga a Zumaia que, a diferencia del propuesto en 1887 por Pablo Alzola, debería tener un trazado menos accidentado, con curvas de radio no inferior a 120 metros de radio, aunque ello obligara a realizar un mayor número de puentes y túneles. Las rampas no superarían las 22 milésimas y eludiría las contrapendientes, con lo que se facilitaría la explotación y se podría mejorar la velocidad de los trenes.

La tramitación del proyecto fue lenta y la subasta de la concesión no se celebró hasta el 20 de noviembre de 1915, en un momento en el que las consecuencias de la Primera Guerra Mundial ya habían disparado la inflación en la economía española. El rápido incremento de los precios hizo que las cantidades presupuestadas en 1908 por Manuel Alonso Zabala fueran muy inferiores a las reales en ese momento y por ello la obra exigía un capital muy superior al inicialmente previsto, capital que no quedaría cubierto con el 5% de interés garantizado. En consecuencia, ni la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, ni ningún otro postor, se presentó a la licitación.

La ubicación de la estación de Azkoitia generó una gran controversia. En la imagen, obras de construcción del edificio diseñado por Ramón Cortázar. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Interviene la Diputación de Gipuzkoa

Solo gracias a la presión de la Diputación de Gipuzkoa y de los pueblos del valle del Urola fue posible que el Ministerio de Fomento revisara los precios del proyecto elaborado por Manuel Alonso Zabala y que el presupuesto garantizado con el 5% de interés pasara de 7.235.954 a 13.664.403 de pesetas, con un incremento superior al 88%. Pese a esta mejora, y ante el temor de que la nueva subasta de la concesión, anunciada para el 20 de septiembre de 1920, quedara una vez más desierta, la institución provincial decidió presentarse al concurso. Cabe recordar que, en aquel momento, el presidente de la Diputación Provincial, Julián Elorza, era natural de Azpeitia, corazón del valle del Urola, y también lo era su vicepresidente, Ignacio Pérez Arregui, hecho que, sin duda, facilitó el éxito de su iniciativa.

Como muchos temían, la única propuesta que se presentó al segundo concurso de la concesión para la construcción y explotación del ferrocarril secundario de Zumarraga a Zumaia fue la presentada por el representante de la Diputación Provincial de Guipúzcoa, Francisco Fregueiro González, a quien le fue otorgada el 5 de octubre de 1920. El día 8 del mismo mes se constituyó el Consejo de Administración del Ferrocarril del Urola que en su primera reunión nombró como director técnico al propio Manuel Alonso Zabala, pues era quien mejor conocía el proyecto.

Una sucesión de puentes y túneles permitió desarrollar un trazado favorable en un valle tan cerrado como el del Urola. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La construcción

Manuel Alonso Zabala propuso dividir la construcción en dos secciones, ambas con su centro de operaciones en el punto central de la línea, Azpeitia, donde se podría establecer una oficina desde la que se gestionarían todos los trámites administrativos. Aunque el plazo establecido en la concesión para las obras era de tres años, Alonso Zabala confiaba en hacerlo en tan solo dos, optimista previsión que no logró alcanzar. Por el contrario, éstas se dilataron durante más de cinco años.

Tras realizar el replanteo del proyecto sobre el terreno, el 13 de junio de 1921 se adjudicaron las primeras obras, las correspondientes a la sección de más fácil ejecución, entre Azpeitia y Zumaia, y el 27 de junio se dio inicio formal a los trabajos. La ejecución de la sección entre Zumarraga y Azpeitia se encomendó poco después al contratista Juan Bautista Arzubía Olavide. Además, el 16 de agosto de 1922 se decidió prolongar la línea hasta el puerto de Zumaia, lo que incrementaba la longitud original de la línea de 35 kilómetros, en otros dos.

Sobre la marcha fue preciso modificar algunos aspectos del proyecto, sobre todo en lo relativo a los emplazamientos de las estaciones de Azkoitia y del balneario de Zestoa. Pero, sin duda, la decisión más importante fue la de sustituir la tracción vapor inicialmente prevista, por la eléctrica, planteada el 26 de julio de 1921 y aprobada por el Gobierno el 10 de agosto de 1923.

Descubrimiento de la placa inaugural del ferrocarril del Urola, colocada en el edificio de la subestación de tracción eléctrica y que en la actualidad se conserva en el mismo lugar, integrado en el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Con el nuevo sistema de tracción, los rectores del ferrocarril confiaban en que mejoraría el rendimiento del servicio, al disponer de una fuente de energía más limpia y barata que el carbón y que, además, permitiría prescindir de la figura del fogonero, con la consiguiente reducción del gasto en mano de obra. Incluso estudiaron la adquisición de algún salto de agua en el río Urola o en sus inmediaciones y, también, la construcción de una central térmica de carbón que pudiera aprovechar los lignitos del vecino valle de Aizarna, aunque, finalmente, se firmó un contrato de suministro con la Sociedad Hidroeléctrica Ibérica, antecesora de la actual Iberdrola. La tensión elegida fue, por primera vez en España, la de 1.500 voltios en corriente continua.

La mayor parte de los puentes sobre el río Urola, así como el de su afluente, el Ibai Eder en Azpeitia, se construyeron mediante vigas de hormigón con encofrados prefabricados diseñados por el ingeniero Eugenio Ribera. Únicamente tres eran de estructura metálica, suministradas por La Basconia (Basauri) y cuatro de sillería.

Todos los cambios introducidos en el trazado, los problemas con los contratistas o la sustitución del sistema de tracción provocaron el consiguiente retraso en las obras y la imposibilidad de completarlas en los tres años previstos en la concesión. En consecuencia, el 4 de octubre de 1923 el Consejo de Administración no tuvo más remedio que solicitar su prórroga por el plazo de un año, petición que fue aceptada mediante una Real Orden dictada el 5 de enero de 1924 y que, lamentablemente, no sería la única que se vería obligado a tramitar.

El 18 junio de 1924 ya estaban prácticamente concluidas las obras en los trozos quinto a séptimo, incluido el montaje de la vía, por lo que se organizó un viaje desde Zumaia hasta Azpeitia en un tren formado por una locomotora de vapor alquilada al ferrocarril del Plazaola y tres vagones adquiridos a los Ferrocarriles Vascongados para las obras, sobre los que se colocaron unos bancos corridos. Sin embargo, pese al notable avance de las obras, a finales de año fue necesario solicitar una nueva prórroga del plazo de construcción, en esta ocasión hasta el 31 de diciembre de 1925, aunque finalmente tampoco se alcanzó esta fecha, ya que la inauguración definitiva no tuvo lugar hasta el 22 de febrero de 1926, con excepción del ramal de Zumaia al puerto, que no se abrió al tráfico hasta el 29 de mayo del mismo año.

La estación del puerto de Zumaia favoreció el transporte de mercancías del valle del Urola. Fotografía de Xavier Santamaría. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El servicio

Tras la inauguración, los siete automotores de viajeros, suministrados por la firma alemana Siemens & Schuckert con carrocerías de la Carde y Escoriaza de Zaragoza, asumieron la tracción de todos los trenes de pasajeros, servicio para el que contaban con catorce remolques de carrocería metálica y siete de madera construidos por CAF en Beasain. Además, para los trenes de mercancías se contaba con tres furgones automotores, realizados también por Siemens, y 81 vagones fabricados en Bizkaia por los Talleres de Miravalles.

La apertura del Ferrocarril del Urola representó, en su momento, una notable mejora para las comunicaciones del valle. Las fábricas dispusieron de un medio de transporte eficaz para recibir materias primas, sobre todo el carbón que llegaba de Asturias a través del puerto de Zumaia, y expedir sus productos, mientras que los viajeros vieron como los tiempos de viaje se reducían notablemente frente a los autobuses que hasta entonces atendían la comarca. De hecho, el 22 de febrero de 1926, el mismo día en que se inauguraba el nuevo ferrocarril, circularon por última vez los autobuses de la empresa «La Vascongada» que, desde 1907, enlazaban el valle con la estación de Arroa de los Ferrocarriles Vascongados.

Lamentablemente, pese al intenso servicio que ofrecía el ferrocarril, su explotación no resultó un buen negocio. Una plantilla sobredimensionada y un tráfico más débil del esperado hizo que año tras año los ejercicios se cerrasen con déficit y únicamente en 1928, 1940, 1942, 1946, 1947, 1955 y 1956 se logró un pequeño margen positivo, que, desde luego, nunca alcanzó para amortizar la gran inversión realizada en su construcción.

La de Lasao fue la estación más pequeña del ferrocarril del Urola. Fotografía de Luis Blas Sedano

Tras la guerra civil, circunstancia que aprovechó la Diputación para reducir la plantilla expulsando a todos los ferroviarios que abandonaron el servicio ante el avance de las tropas rebeldes, se establecieron servicios paralelos de transporte de viajeros por carretera. Aunque el ferrocarril reaccionó implantando, en combinación con los Ferrocarriles Vascongados, trenes directos de Azkoitia a San Sebastián, así como tomando el control de la concesión de autobuses, la situación económica no mejoró.

A medida que mejoraban los transportes por carretera, el déficit del ferrocarril era cada día más abultado, hasta alcanzar en 1985 un alarmante coeficiente de explotación del 764%. La Diputación, en lugar de intentar modernizar el servicio, se desentendió de él.

Un tren del ferrocarril del Urola desciende de Zumarraga a Zumaia entre Aizpurutxo y Azkoitia. Fotografía de Manolo Maristany. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

El cierre

Ciertamente, el tiempo había dado la razón a quienes desde 1884 habían desconfiado de la viabilidad de los diversos proyectos de ferrocarriles y tranvías que se habían planteado en el valle del Urola. La propia Diputación Provincial había intentado deshacerse de su línea con la esperanza de que, al igual que había sucedido con otras muchas, su gestión fuera asumida por la empresa estatal Feve.

Las primeras propuestas de cesión, formuladas en 1976, no lograron su objetivo, en una situación de constantes cambios políticos y sucesión de ministros y ministerios. Por otra parte, el traspaso de competencias en materia ferroviaria desde el gobierno central al vasco implicó que fuera este último el posible responsable de la cesión. Finalmente, la promulgación de la Ley de Territorios Históricos el 5 de marzo de 1985, delimitó las futuras competencias de las Diputaciones y el gobierno autónomo y determinó el traspaso del Ferrocarril del Urola.

En materia de transportes, la Ley de Territorios Históricos devolvió a la Diputación Foral de Gipuzkoa todas las competencias en materia de construcción y gestión de carreteras que el gobierno del dictador Franco le había arrebatado en 1938 al declarar a este territorio, y al de Bizkaia, provincias traidoras. Por su parte, el Gobierno Vasco se reservaba todas las competencias en materia de ferrocarriles transferidos desde el Gobierno Central y, en consecuencia, también se hizo cargo del Ferrocarril del Urola.

La Asociación de Amigos del Ferrocarril de Gipuzkoa llegó a celebrar el 60 aniversario del ferrocarril del Urola poco antes de su cierre. Fotografía de Pedro Pérez Amuchastegui

Cuando el Gobierno Vasco, y su sociedad pública Euskotren, recibieron el Ferrocarril del Urola en 1985, el antaño moderno tren eléctrico era una línea moribunda en la que la totalidad de sus equipos; vías, automotores, remolques, catenarias y subestación de tracción, hacía tiempo que habían agotado su vida útil, pero que la falta de inversión durante 60 años había impedido renovar y actualizar en su momento. La situación era extrema, sobre todo en lo que se refiere a la alimentación de los trenes, ya que la línea contaba con una única e insuficiente subestación, situada en Azpeitia, totalmente desfasada y para la que resultaba prácticamente imposible lograr repuestos. Si hasta 1983 sus limitaciones se habían podido compensar, al menos de forma parcial, gracias al apoyo que podían ofrecer las instalaciones de Euskotren desde Zumaia y las de Renfe desde Zumarraga, ese año la empresa estatal elevó la tensión de alimentación de sus trenes, de los primitivos 1.500 voltios en corriente continua, comunes con el Urola, a los actuales 3.000 voltios, por lo que ya no era posible recurrir a su auxilio.

En este difícil contexto, ya en 1984, antes de la aprobación de la Ley de Territorios Históricos y su transferencia al Gobierno Vasco, la Diputación de Gipuzkoa había estudiado las posibles alternativas para la modernización del Ferrocarril del Urola. Lo cierto es que, de lo existente, únicamente se podía aprovechar el trazado y los bellos edificios de las estaciones, diseñados por Ramón Cortázar. Todo lo demás debía ser sustituido de inmediato; desde los desgastados carriles a las traviesas de madera, muchas de ellas podridas, así como los trenes y la destartalada catenaria, sin olvidar la necesidad de reemplazar la anacrónica subestación eléctrica. Naturalmente, el coste de la inversión era muy elevado e inasumible para una Diputación arruinada como consecuencia del contexto de crisis generalizada que vivía la economía vasca desde el inicio de la transición política.

El coste de la reconstrucción integral del Ferrocarril del Urola se estimó en unos 2.000 millones de pesetas de la época, motivo por el que también se valoró una actuación parcial, en la que únicamente se mantendría el servicio entre Azkoitia y Zumaia, que no requería, ni la renovación de la subestación de Azpeitia, ya que se pensó que se podría alimentar este trayecto desde las situadas en la línea de Euskotren de Bilbao a Donostia, ni la compra de nuevo material móvil, pues se podrían reaprovechar los vehículos excedentes de dicha empresa pública. De este modo, el coste de la actuación se reduciría a unos 750 millones de pesetas.

Los trabajos de renovación del ferrocarril del Urola iniciados en 1986 nunca se concluyeron. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Mientras se valoraba la oportunidad de estas inversiones, en 1985 se produjo el traspaso del Ferrocarril del Urola al Gobierno Vasco y de éste a su sociedad pública Euskotren. De inmediato, los nuevos rectores de la línea encomendaron a la ingeniería vizcaína Sener la redacción de un estudio integral, del que se pudo concluir que la demanda existente y prevista no era suficiente para garantizar la viabilidad del servicio.

De las alternativas propuestas por Sener, que iban desde el cierre total a su renovación, en un principio el Gobierno Vasco se decantó por la clausura. Como era de esperar, la decisión generó la inmediata reacción de las poblaciones del valle del Urola y sus protestas lograron que, al menos en principio y en plena precampaña para las elecciones al Parlamento Vasco que debían celebrarse el 30 de noviembre de 1986, se cambiara de opinión. Así, el 1 de mayo de dicho año se anunció la reconstrucción del ferrocarril.

Poco después, el 14 de julio de 1986 se suspendió el servicio y se iniciaron las obras de mejora, con la renovación de la vía, aunque limitada al tramo de Azkoitia a Zumaia y con material recuperado de otras líneas de Euskotren. No se llegaron a contratar otras actuaciones fundamentales, como la reconstrucción de la electrificación y una vez superado el periodo electoral, y tras un nuevo informe de viabilidad, el 5 de febrero de 1988 se anunció el definitivo cierre del ferrocarril del Urola.


miércoles, 18 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (y IV)

El coche de tercera clase C-1 del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo posa sobre el carro trasbordador de la fábrica de Material Móvil y Construcciones, antes de proceder a su transporte al ferrocarril riojano. Se observa la publicidad de la empresa constructora en cuatro de sus ventanas. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

EN LA FÁBRICA

A diferencia del parque motor, el material remolcado de viajeros del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo fue, en sus inicios, de nueva construcción. No obstante, tampoco puede decirse que los promotores del ferrocarril riojano se estirasen mucho en su compra, ya que limitaron su parque a tan solo ocho coches, un conjunto verdaderamente exiguo, incluso para una pequeña línea de apenas 35 kilómetros de longitud.

El parque de coches de viajeros inicial estaba compuesto por dos coches de bogies mixtos, dotados de departamentos de primera, segunda y tercera clase; otros dos similares, pero que, además, disponían de un pequeño espacio como furgón para el jefe de tren y el transporte de paquetería, y cuatro coches, también de bogies y similar factura, pero únicamente de tercera clase.

El suministro de este pequeño parque de coches de viajeros se contrató en 1921 con uno de los principales fabricantes españoles de la época, Material Móvil y Construcciones, antiguos talleres de Carde y Escoriaza en Zaragoza. Una vez concluida su construcción, la firma aragonesa, en la actualidad convertida en la factoría de CAF en la capital del Ebro, procedió a fotografiarlos sobre el carro transbordador de la factoría, como es el caso de este coche de tercera. En la actualidad, esta imagen, junto al valiosísimo archivo histórico de esta empresa, se conserva y está a disposición de investigadores y curiosos, en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza.



lunes, 16 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (III)

Una de las locomotoras de vapor construidas en Estados Unidos por Baldwin para el ejército francés durante la primera guerra mundial, adquirida de ocasión por la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos para su línea de Calahorra a Arnedillo. La imagen fue tomada en 1961, cuando ya se encontraba fuera de servicio. Fotografía de Frank Jones. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

SEGUNDA MANO

Uno de los muchos aspectos que evidencian la precariedad con la que fue explotado el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo a lo largo de sus poco más de cuatro décadas de su historia se encuentra en el hecho de que la totalidad de su parque motor fue adquirido de ocasión.

Como se ha señalado, las primeras locomotoras que operaron en el pequeño ferrocarril riojano habían sido alquiladas, una a la Compañía del Ferrocarril del Bidasoa, con la que los gestores del Calahorra-Arnedillo mantenían estrechos vínculos, la número 11, “Zarauz”, y dos a la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados, la número 13, “Vizcaya”, y la número 302 “Tavira”. Cabe señalar que estas tres máquinas eran gemelas de la 104 “Aurrera” que, en la actualidad, se mantiene en funcionamiento en el Museo Vasco del Ferrocarril de Euskotren y todas ellas habían sido construidas en Manchester, entre 1892 y 1898, por la firma Nasmyth & Wilson para la compañía del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián.

El parque de locomotoras del Calahorra a Arnedillo se amplió a mediados de los años veinte con otra unidad alquilada, en este caso al ferrocarril de Olot a Girona, la número 4 “Las Planas”, que se mantuvo en la línea riojana hasta 1932. Para entonces, el pequeño tren del Cidacos ya había adquirido tres locomotoras construidas por la firma norteamericana Baldwin, pero no se trataba de máquinas nuevas, pues habían sido fabricadas en 1916 para el ejército francés.

Una de las locomotoras construidas en Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón efectúa su entrada en la estación de Arnedo en cabeza de un tren mixto. Archivo Fermín de Blas

La situación no mejoró tras la incautación de la línea y su incorporación a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado. Esta entidad aportó las locomotoras que en 1936 había construido la fábrica de armas de Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón, aunque en este caso apenas habían prestado servicio antes de su llegada a la línea riojana. Hay constancia de la presencia de las máquinas 1, 7, 9 y 10 de esta serie en diversos periodos entre 1942 y 1965.

El parque de locomotoras de vapor del Calahorra-Arnedillo se completó en 1952 con la recepción de la número 32 “Cascante”, construida por Couillet en 1884 para el vecino ferrocarril de Tudela a Tarazona. Al parecer, fue la última en servicio en la línea riojana y, de hecho, arrastró también los trenes que desmantelaron sus instalaciones tras el cierre en 1966.

La última locomotora de vapor en servicio en el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo fue, paradójicamente, la más antigua de las que prestaron servicio en esta línea, ya que fue construida en 1884 por la firma belga Couillet para el Tudela-Tarazona. Fotografía de Ferrán Llauradó. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Al igual que las locomotoras, los pequeños autovías con que contó el Calahorra-Arnedillo procedían de otros ferrocarriles. Todos ellos del mismo modelo, un desarrollo de la firma alemana Wismar construido en España bajo licencia por Material Móvil y Construcciones de Zaragoza en 1935, el primero se recibió en 1943 procedente del Tudela-Tarazona. Esta misma línea transfirió otra unidad en 1947 y la tercera en 1952, tras la definitiva transformación a vía ancha de su línea originaria ese mismo año.



jueves, 5 de febrero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (II)

 

Fotografía de León Mourgues tomada durante los actos de inauguración del Ferrocarril del Bidasoa. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

LEÓN MOURGUES VEUILLOT

Como se ha señalado, la construcción del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo fue impulsada por la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos, entidad que, a su vez, era filial de la Sociedad Electro-Metalúrgica Ibérica, empresa fundada en Madrid en 1918 por el francés Alfred Massenet, en la que se agrupaban diversos intereses financieros del país vecino. Entre sus técnicos más destacados, algunos también eran de nacionalidad gala, como es el caso del primer director de explotación del tren del Cidacos, el ingeniero León Mourgues, nacido en París el año 1865.

Vinculado desde su juventud a diferentes negocios mineros, León Mourgues trabajó en varias explotaciones mineras, tanto en Francia como en sus colonias de Túnez y Argelia. De ahí que pronto se vinculara al Crédit Foncier d’Algérie et Tunisie, entidad financiera fundada en París en 1888. Tras la descolonización, este banco, integrado desde 1971 en la Société Générale, se convirtió en la base de algunas de las entidades financieras más importantes de Túnez y Líbano.

A comienzos del siglo XX León Mourgues se trasladó a España como concesionario de unas minas de cobre en el norte de Navarra. Situadas en el valle del Bidasoa, pronto se interesó por la mejora de los transportes en esta zona y en 1911 impulsó la constitución de la compañía de los Ferrocarriles del Bidasoa, empresa que en 1916 inauguró el pequeño ferrocarril de vía métrica de Irún a Elizondo y de la que el Crédit Foncier d’Algérie et Tunisie era el principal accionista.

Tras la apertura del ferrocarril del Bidasoa, Mourgues se interesó por otros proyectos en la zona, como su continuación hasta la capital de Navarra, la línea de Pamplona a Logroño o la de Marcilla a Estella. Asimismo, colaboró en muchos de los proyectos que impulsó en la misma época su socio Alfred Massenet, empresario que estuvo presente en entidades tan diversas como la Compañía General de Ferrocarriles Catalanes, la del Tranvía de San Sebastián a Tolosa, el nonato tren de Lugo a Ribadeo, diversos proyectos en el protectorado de Marruecos o el Calahorra-Arnedillo, del que León Mourgues fue también director.

Una vez en marcha el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo, León Mourgues centró su actividad en la gestión del Ferrocarril del Bidasoa, hasta el punto de fijar su residencia en la estación de Irún-Mendibil, la dependencia más importante de esta línea. En ella le sorprendió la muerte el 14 de marzo de 1931. Según rezaba su esquela, en aquel momento, además de Administrador Delegado de la Compañía de los Ferrocarriles del Bidasoa era también Consejero del Comercio Exterior de Francia y Presidente de la Sociedad Francesa de Beneficencia y Enseñanza. En la actualidad, una avenida en Santesteban (Navarra), recuerda su memoria.